17. Frotar
Frotar
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Hay un punto en que una casa ya no admite más limpieza, y ese punto lo pasé hace días.
No queda mancha. No queda olor. El gres de la cocina ha perdido el brillo de tanto frotarlo, blanco mate, blanco de hueso, un blanco al que ya no le puedo quitar nada porque no le queda nada que quitar.
Y sigo. Me arrodillo por las mañanas, lleno el cubo, echo la lejía —más de la cuenta, el doble, el agua sale del cubo casi blanca— y froto el suelo que está limpio, los azulejos que están limpios, los rodapiés, las patas de la mesa, el zócalo de detrás de la nevera adonde no llega nadie a mirar.
Froto hasta que el agua del cubo se aclara, y luego la tiro y la vuelvo a llenar y vuelvo a frotar, porque el agua, cuando se aclara del todo y ya no arrastra nada, me deja un momento de paz, y ese momento dura lo que tarda el agua en volver a ensuciarse, que es nada, que es enseguida, y entonces vuelvo a empezar.
Tengo las manos en carne viva. Los nudillos partidos, las yemas en blanco de tanta agua, las grietas que ya no cierran porque no les doy tiempo, y la lejía entrando por las grietas, que escuece, que escuece bien, que es un escozor limpio, el único dolor de esta casa que sé de dónde viene.
Reme me lo dijo el primer día, con su manera de decir las cosas sin literatura: hay mujeres que limpian para no pensar.
Tenía razón. No supo hasta qué punto. Yo limpio para no pensar, y pienso para tener algo que limpiar, y entre las dos cosas se me va el día entero, de rodillas, con las manos rojas, esterilizando una casa que ya no tiene nada vivo dentro salvo un hombre que respira cada vez más despacio al fondo del pasillo.
Porque Gonzalo se acaba.
Lo noto en la respiración, que cuento cada noche y que cada noche es más larga entre una y otra, más trabajosa, con esa pausa al final que me hace esperar, contar, esperar, hasta que vuelve.
Lo noto en la cara, que ya casi no es cara.
Lo noto en que la copa de las once la bebe a medias y a veces no la bebe, y en que la leche templada se la doy con una jeringuilla sin aguja que me trajo Reme, gota a gota, porque tragar ya le cuesta.
Ya no hay listas que acortar. La lista lleva tres renglones desde hace semanas, leche, tomates, lejía, y de los tres ya solo compro de verdad la lejía, que la otra leche apenas la toca y los tomates los tiro sin abrir.
Pronto será de dos renglones. Pronto será de uno. Pronto no hará falta.
Friego. Es lo único que me sostiene de pie.
Mi madre fregaba así el invierno aquel, ahora me acuerdo, cuando vino a ayudarme con el cuarto cerrado; se arrodillaba en mi cocina y fregaba un suelo limpio durante horas, sin decir nada, y yo no la entendía y la dejaba, y ahora soy ella, arrodillada en la misma cocina, fregando para que las manos tengan adónde ir mientras la cabeza no va a ninguna parte buena.
Porque si paro, pienso. Y si pienso, no pienso en Gonzalo, que se muere, ni en la copa, ni en lo que hago.
Pienso en lo otro. En la pieza. En la cosa pequeña que tengo en la mano desde hace siete años y que no miro, del tamaño de unos días en blanco, del tamaño de un hueco sin lista.
Cada vez que dejo el estropajo un segundo, ahí está, esperándome en mitad de la cocina como un charco que no he fregado, y me asomo a él sin querer, veo asomar algo, rojo, y cojo el estropajo otra vez y froto, froto encima, froto el charco que no existe, froto el suelo donde no hay nada, hasta que la cosa se vuelve a hundir y me deja respirar.
No esta semana. No con él ahí al fondo, muriéndose.
No tengo manos para fregar dos cosas a la vez.
Es rezar, esto. Lo he entendido fregando.
La gente que reza no le habla a nadie; repite.
Repite las mismas palabras hasta que las palabras dejan de querer decir nada y se vuelven solo el sonido de no estar sola, el ruido que tapa el otro ruido.
Yo no sé rezar. Nunca supe. Pero sé frotar, y frotar es lo mismo: el mismo gesto repetido hasta vaciarlo de sentido, las rodillas en el suelo, la cabeza gacha, las manos juntas en el agua, y un dios al que no le pides nada porque ya sabes que no va a venir, que solo está ahí para que tú tengas a quién no mirar mientras al fondo del pasillo se apaga lo que se apaga.
Subo a verlo entre fregado y fregado. Le limpio la boca, le humedezco los labios con la gasa, le cambio el agua de la mesilla aunque no la bebe.
La habitación de Gonzalo es lo único de la casa que no froto con lejía; ahí entro con otra mano, la suave, la de cuarenta años de apartarle el pelo de la frente.
A él lo limpio distinto. A él lo cuido. Al resto de la casa la esterilizo; a él lo lavo como se lava a quien se quiere, con agua tibia y sin prisa, y luego salgo de su cuarto y bajo y vuelvo a la lejía, a la otra limpieza, la que borra, y de los dos tipos de limpieza que hay en esta casa él recibe el bueno y las paredes el otro, y empiezo a no saber por qué a las paredes les doy lejía y a él agua tibia, si al final a los dos los estoy dejando blancos, sin nada dentro, sin rastro.
Una tarde Reme me coge las manos. Me las gira, me las mira por las palmas, por los nudillos, las grietas abiertas, la piel comida.
—Esto no es de fregar —dice—. Esto es de fregar como quien se castiga.
—Me suelta las manos con cuidado, como si fueran de otra—.
Su marido se va, Elena. Dos días, tres. No lo va a salvar usted dejándose las manos en una cocina que ya está más limpia que un quirófano.
—Recoge su bolsa—. Cuando pase, llámeme.
Yo le firmo lo que haya que firmar y le digo lo que hay que hacer.
Y deje de fregar, por Dios, que me la voy a encontrar a usted muerta antes que a él, y de los dos la que no le toca es usted.
Le digo que sí. Que dejaré de fregar. La acompaño a la puerta y, en cuanto cierro, vuelvo a coger el estropajo, porque Reme no entiende que no friego para salvarlo a él.
Friego para no mirar el charco. Friego para no colocar la pieza.
Friego porque dentro de dos o tres días, dice Reme, habrá en esta casa una cosa de verdad que limpiar —la primera en siete años—, y yo necesito tener las manos hechas, entrenadas, listas, porque hay manchas que salen a la primera y otras que tardan años, y yo no sé todavía de cuál va a ser esta, la que viene, la que se acerca por el pasillo respirando cada vez más despacio.
Esa noche le subo la copa por costumbre, aunque sé que no la va a beber. Se la pongo en la mano. No la coge. Tiene los ojos entreabiertos, en ese sitio que no es ni sueño ni vigilia, y mueve los labios. Me acerco.
—¿Está limpia? —murmura. No sé si pregunta por la copa, por la casa, por él, por la niña, por aquella semana. No sé por qué pregunta.
—Está todo limpio —le digo—. No queda nada.
—Bien —dice, y es lo último coherente que le oigo esa noche—. Que no quede nada.
Me bebo yo la copa, la suya, los dos dedos enteros, sentada en el borde de la cama, sin saber por qué, a lo mejor porque tirarla sería una falta y dejarla una mentira, a lo mejor porque quiero saber a qué sabe lo que le he estado dando todo este tiempo.
Sabe a tinto. Solo a tinto. No sé qué esperaba.
Bajo a fregar la copa, la última, con agua caliente, y el poso se va por el desagüe rosa primero y luego nada.
Y luego, ya de madrugada, con la casa entera oliendo a lejía y blanca como un hueso, me quedo de rodillas en mitad de la cocina, sin cubo, sin estropajo, con las manos abiertas sobre el gres frío, y por primera vez en días dejo de frotar.
Y ahí está el charco. En el sitio de siempre. Esperándome.
No lo froto. No tengo con qué. Solo lo miro, un segundo, dos, lo que aguanto, y por la hendidura del centro asoma el rojo, despacio, como del tomate, como de la copa, como de aquella semana, y entiendo —antes de volver a levantarme, antes de llenar otra vez el cubo, antes de tapar otra vez con lejía lo que no se tapa con lejía— que cuando Gonzalo se apague del todo, en dos días, en tres, ya no me quedará nada que fregar para no mirarlo.
Y que entonces tendré que mirarlo.
Me levanto. Lleno el cubo. Froto.