La Buena Esposa 13. Clara
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13. Clara

Clara

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Hay un nombre que en esta casa no se dice.

No es que esté prohibido. Nadie lo prohibió.

Pasó como pasan estas cosas: un día se dejó de decir, igual que se dejó de entrar en el cuarto del fondo, igual que se dejaron de comprar ciertas cosas que ya no se ponen en la lista.

Llevamos años hablando alrededor del nombre, rozándolo, diciendo «aquello», «entonces», «aquel invierno», construyendo frases enteras con tal de no ponerle las cinco letras encima, y de tanto no decirlo el nombre se ha quedado en el centro de la casa como un mueble que se rodea sin mirarlo. Está. Pesa. No se nombra.

Esta noche Gonzalo lo dice.

Subo a las once con la copa. Está medio dormido, con los ojos a media asta, en ese sitio de las últimas semanas que no es ni el sueño ni la vigilia, donde a veces se le mezclan los tiempos y me pregunta el día, el año, si ya he ido a por el pan.

Le pongo la copa en la mano. No la coge.

Tiene la cara vuelta hacia la puerta, hacia el pasillo, hacia el fondo del pasillo, y mira la oscuridad de allí con una atención que no le había visto, como quien oye algo que los demás no.

—¿Está dormida? —pregunta.

—¿Quién.

—Clara. —Lo dice con una naturalidad que me parte por dentro, la naturalidad de hace años, de cuando se preguntaba eso en esta casa todas las noches—. Que no se despierte. Déjala dormir. Mañana hay colegio.

Me quedo de pie con la copa en la mano. No le corrijo.

No le digo que no hay colegio, que no hay mañana de colegio desde hace años, que el cuarto del fondo está vacío y frío y que lo único que duerme allí son unas rosas secas que cambio una vez al año.

No se lo digo porque hay confusiones que son más verdad que la verdad, y porque oír a Gonzalo preguntar por Clara como se preguntaba entonces, en presente, con voz de padre que vela el sueño de su hija, es lo más parecido a tenerla viva que me ha pasado en mucho tiempo, y no voy a ser yo quien apague eso.

—Está dormida —digo—. No se despierta.

—Bien. —Cierra los ojos. La copa se le ladea en la mano y se la enderezo—. Tápala, que tira las mantas. Siempre las tira.

—Ya la tapo.

—Eres muy buena, Elena —dice, y se duerme, o se va, con la copa sin beber.

Me siento en el borde de la cama con la copa entre las manos.

No se la quito; se la dejaré para cuando vuelva de donde esté.

Y mientras lo oigo respirar, trabajoso, vivo todavía, miro yo también hacia el fondo del pasillo, hacia la puerta entornada, y por primera vez en años no rodeo el nombre.

Lo digo por dentro, entero, las cinco letras.

Clara. Y la casa entera, que llevaba años conteniendo la respiración alrededor de ese hueco, no la suelta: la contiene más, como si decirlo, aunque sea por dentro, pudiera despertar lo que duerme al fondo.

Me levanto. Voy al pasillo. Empujo la puerta lo justo para que pase la luz que entra de la calle, y dentro hace el frío de siempre, el que recorre toda la casa a la altura de los tobillos, el que viene de aquí.

No enciendo. No hace falta. Me lo sé. La cama pequeña hecha.

El jarrón con las rosas que cambié hace poco, aún cerradas, aún blancas.

Y en el marco de la puerta, a media altura, las rayitas a lápiz que desempolvo los lunes sin frotarlas nunca, una encima de otra, subiendo, con una letra al lado que el tiempo casi ha borrado y que esta noche, a la luz de la farola, vuelvo a leer entera: una C, una l, el resto adivinado.

La última raya no llega a la mitad del marco.

Quien la hizo medía, el día de la última, lo que mide alguien que todavía se pone de puntillas para llegar al picaporte.

Hay una edad que esas rayitas no pasaron.

Eso es todo lo que diré. No diré qué semana fue, ni cómo, ni de quién es la culpa de que las rayitas se pararan, porque hay cosas que en esta casa no tienen contorno, que nunca lo tuvieron, que se quedaron en aquel invierno sin que nadie se atreviera a darles forma, ni Gonzalo ni yo, cada uno con su mitad del silencio.

Solo diré que las rayitas se pararon, que el colegio se acabó, que el cuarto se cerró, y que desde entonces compro rosas blancas todos los jueves y no sé explicarle a nadie, ni a don Ernesto, que me las aparta, por qué tienen que ser siempre blancas.

Y mientras estoy ahí, en el frío, con la copa de Gonzalo todavía en la mano, me doy cuenta de una cosa que llevaba semanas rondándome sin dejarse pensar.

Es esta semana. La de ahora. La que estamos viviendo Gonzalo y yo, con su copa de las once y sus listas que se acortan y este frío que se mete por toda la casa, es la misma semana de aquel invierno.

La misma estación. El mismo tipo de espera.

Hace años velé el sueño de Clara una semana de estas y al final de aquella semana el cuarto se cerró; ahora velo el de Gonzalo otra semana de estas, y al final de esta semana —lo sé sin querer saberlo— se cerrará otra puerta.

La casa nos está haciendo morir a sus hijos en el mismo mes.

O nos los está dejando morir. Una de las dos cosas.

Empiezo a no saber distinguirlas, igual que ya no distingo el cuidar del dejar.

Bajo a la cocina. No a hacer lo de la noche; esta noche no hay nada que hacer, la copa sigue arriba sin beber.

Bajo porque las piernas me llevan al único sitio donde sé estar, y abro el cajón de los cubiertos, y de debajo de la bandeja saco el taco de cuartillas atado con la goma, las del año encima, las viejas debajo, y la cuartilla doblada que metí hace unas noches y que solo dice «lo cuidó hasta el final».

Y entonces saco una cuartilla nueva, la corto del tamaño de siempre, cojo el lápiz pequeño, y por primera vez en años escribo el nombre.

No en una lista de la compra. No entre la leche y la lejía.

En una cuartilla sola, en el centro, con mi letra que esta noche no tiembla.

Clara. Lo escribo y la casa entera contiene la respiración.

Me quedo mirando la palabra. Cinco letras.

Es lo único que he escrito en años que no es algo que falte por traer ni algo que haya que tachar cuando se trae.

Mi madre decía que una casa se lleva por las ausencias, que en la lista no se apunta lo que hay, sino lo que no.

Toda la vida apuntando ausencias, leche que falta, pan que falta, y la ausencia más grande de esta casa, la única que de verdad llevo apuntada por dentro cada día desde hace años, nunca la había puesto en una cuartilla, porque hay cosas que no se compran y porque escribir un nombre es admitir que falta, y yo no admito; yo compro, friego, sostengo, cuido, dejo.

Pero esta noche lo escribo. Clara. Lo que falta.

Lo que no se trae nunca por más jueves que pasen ni por más rosas blancas que ponga.

Doblo la cuartilla. La meto en el fondo del cajón, con las viejas, con la de «lo cuidó hasta el final», con las listas de cuando esta casa compraba para más bocas. Ato la goma. Cierro el cajón.

Subo. Gonzalo respira. Le quito la copa de la mano, con cuidado, la que no ha bebido, y por una vez no sé qué hacer con ella.

Bajarla y tirarla me parece una falta. Dejarla en la mesilla, una mentira.

Me la bajo a la cocina y la dejo en el escurridor, junto a la mía, las dos llenas, las dos sin beber, dos copas de tinto que nadie ha tocado esta noche, raras de ver juntas después de tantos meses en que la suya siempre se vaciaba.

Me acuesto en su lado, pegada a sus huesos, y le cuento la respiración.

Y mientras la cuento pienso que mañana, si despierta, a lo mejor ya no se acuerda de haber dicho el nombre, y que tendré que decidir si se lo recuerdo o lo dejo dormir, como a ella, como a Clara, mañana hay colegio, que no se despierte.

Pienso que esta semana es aquella semana.

Pienso que al fondo de esta casa hay dos puertas, una entornada y otra que pronto habrá que cerrar, y que las dos dan al mismo frío.

Y por primera vez desde la noche en que Gonzalo me dio permiso, vuelvo a temblar.