14. La semana espejo
La semana espejo
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Ahora que he escrito el nombre, puedo llegar al fondo del cajón.
Es así de tonto y así de cierto: durante años el taco de las listas viejas tuvo un fondo al que no llegaba, igual que el pasillo tiene una puerta a la que no entro.
Sabía que estaba. Lo tocaba con la yema, el papel más amarillo, sin sacarlo.
Pero anoche escribí «Clara» en una cuartilla y la metí ahí con las demás, y al meter la mano hasta el fondo para dejarla bien al fondo, donde tienen que estar las cosas que no se miran, los dedos dieron con los tacos de antes, los de la otra mujer, los de cuando esta casa compraba para tres.
Y hoy, mientras Gonzalo duerme y Reme no viene hasta mañana, me siento en el suelo de la cocina y los saco todos.
Hay que quitarles la goma con cuidado, que de tan reseca se parte.
Los extiendo por fechas, como hago siempre, de la más reciente a la más vieja, y la cocina se va llenando de cuartillas hacia atrás en el tiempo, una alfombra de mañanas.
Las del año, ya las conozco: la cuesta de Gonzalo, el filete que se vuelve puré que se vuelve caldo que se vuelve leche templada.
Sigo hacia atrás. Antes del año pasado las listas se ensanchan otra vez, vuelve el filete, vuelven dos cosas de cada, vuelve un hombre que comía.
Y más atrás todavía, hace tres, cuatro, cinco años, la letra cambia.
Se pone más entera. Más firme. Sin el temblor.
La letra de una mujer más joven que apuntaba lo que faltaba sin que le bailara la mano, y que compraba, además del filete y la leche y la lejía, otras cosas.
Cuaderno. Lápices. Zapatillas (n.º 32). Yogures de los de fresa. Merienda colegio. Tirita rodillas, que se cae mucho.
Voy leyéndolas hacia atrás como quien baja una escalera a oscuras, contando los peldaños sin querer llegar al final, y cada cuartilla es un escalón hacia una casa que ya no existe, una casa de tres bocas donde se compraban zapatillas del 32 y tiritas para unas rodillas que se caían mucho.
No lloro. Hace años que no lloro; lo que sale por otro sitio, no sé cuál.
Solo leo, y ordeno, y dejo cada lista en su fecha sobre el gres.
Hasta que llego a aquella semana.
La conozco antes de leerla. La conozco por la fecha, ese invierno, esos días que rodeo cada año en el calendario sin escribir nada dentro del círculo. Y ahí está la lista, en mi letra de entonces, firme, sin temblor, dada de alta la mañana de un día cualquiera de aquella semana:
[aquel diciembre, hace siete años]
– Leche (2) · pan · fruta · cuaderno · lápices de colores · merienda · tomates · lejía · pilas · rosas (cumple Amparo)
Una lista de casa que funciona. Dos leches, porque entonces se bebían dos.
Cuaderno y lápices de colores, porque al día siguiente, o al otro, había algo en el colegio.
Merienda. Rosas para el cumpleaños de Amparo, que cae por esas fechas.
La lista más corriente del mundo, escrita por una mujer corriente una mañana corriente, con la mano firme, sin saber lo que iba a pasar esa semana, porque las listas se escriben siempre sin saber, mirando hacia delante, hacia lo que falta por traer, nunca hacia lo que va a faltar de verdad.
Y detrás de esa lista no hay otra.
Eso es lo que me deja sin aire, ahí sentada en el suelo.
No la lista. El hueco detrás de la lista.
Yo apunto cada día, toda la vida lo he hecho, una lista por mañana, sin saltarme ninguna, ni enferma, ni de viaje.
Y aquí, después de esta —cuaderno, lápices, merienda—, hay un salto.
Cuatro días, cinco, sin una sola cuartilla.
La primera vez en toda mi vida de listas que dejé de apuntar lo que faltaba.
Y luego, pasada esa semana sin papeles, la letra vuelve.
Pero no es la misma. Es una letra que empieza a temblar un poco, la mía de ahora, la de los días malos, y la lista que la estrena es más corta, y ya no pone dos leches, pone una; y ya no pone cuaderno, ni lápices, ni merienda; y ya no volverá a ponerlos nunca más.
La casa, esa semana, dejó de comprar para tres.
Y entre la lista de antes y la de después no hay nada escrito, porque hay días que una no apunta lo que falta porque lo que falta no se apunta. No cabe en una cuartilla. No se compra.
Encuentro una lista de hace siete años. La misma letra. Solo que aquella semana faltaba algo que no se compra.
Cojo la cuartilla del suelo. La sostengo.
Es papel, nada más, papel amarillo de hace siete años con tinta de un boli que ya no tengo, pero al sostenerla me parece tener entre las manos aquella mañana entera, la mujer firme que la escribió, la cocina de entonces, la voz que subía las escaleras pidiendo el cuaderno, las zapatillas del 32 por el pasillo.
Por un momento es casi un consuelo. Por un momento, ahí sentada, vuelvo a tener una casa de tres bocas y una lista con merienda, y me quedo quieta dentro de ese momento todo lo que me deja, que es poco.
Porque enseguida vuelvo a la cocina de ahora. Y lo veo.
Pongo la lista de aquella semana al lado de la de esta.
Las dos en el suelo, una junto a otra, siete años entre ellas.
Y son la misma. No en lo que ponen —una tiene merienda y la otra no tiene casi nada—, sino en lo que son: dos listas escritas la semana en que se acaba alguien en esta casa.
La de entonces, la última antes del hueco.
La de ahora, la de leche, tomates, lejía, que pronto será de dos renglones, y luego de uno, y luego habrá otro hueco detrás, otros días sin apuntar, porque lo que va a faltar no se apunta.
Es la misma semana. La misma estación, el mismo frío que entra por el fondo del pasillo, el mismo tipo de espera de una mujer que vela a alguien y va acortando la compra al ritmo en que se acorta la vida.
Aquella semana se cerró una puerta al fondo del pasillo.
Esta semana se cerrará otra, la del dormitorio.
Y yo, en medio, escribiendo listas las dos veces, con la misma letra, con la misma mano, mirando hacia delante hacia lo que falta por traer sin querer mirar lo que de verdad falta.
La casa nos hace esto. Cada siete años, o cada los que sean, la casa se lleva al que se tiene que llevar en este mismo mes, con este mismo frío, y yo apunto la leche.
O la casa no hace nada y soy yo la que apunto la leche las dos veces mientras al fondo se cierra una puerta.
Empiezo a no poder distinguir las dos cosas, igual que no distingo el cuidar del dejar, igual que no distingo la copa de amor de la copa de lo otro.
Todo en esta casa se hace con el mismo gesto, y de tanto repetirse el gesto ya no sé qué nombre ponerle.
No tiro la lista de aquella semana. Claro que no.
Nunca he tirado una lista, y esta menos que ninguna.
La doblo con cuidado, por la mitad, por donde ya estaba doblada de antes, y la meto en el fondo del cajón, con la de «Clara» que escribí anoche, con la de «lo cuidó hasta el final» que me pidió Gonzalo.
Tres cuartillas que no son de la compra, en el fondo de un cajón de cubiertos, debajo de la bandeja: el nombre, la promesa y la última mañana corriente.
Es el único álbum que tengo. Otras guardan fotos. Yo guardo lo que faltó.
Recojo las demás, las ato otra vez con la goma —con otra goma, que la vieja se ha partido—, y las devuelvo al fondo.
Cierro el cajón. Me levanto del suelo con las rodillas tiesas de llevar tanto rato ahí, y me lavo las manos, que se me han manchado del polvo amarillo del papel viejo, y por más que froto el amarillo se me queda un rato en las grietas de los dedos, como se me quedaba el rojo de los tomates, como se queda todo lo que esta casa no quiere soltar.
Subo. Gonzalo respira al otro lado de la pared, trabajoso, vivo todavía esta semana.
Me siento en el borde de la cama a contarle la respiración, y mientras la cuento pienso que ya he vivido esta semana antes, que sé cómo termina, que conozco el hueco que viene detrás, los días sin lista, la cuartilla más corta que estrenará otra letra más temblorosa que la de hoy.
Lo sé y aun así mañana, al abrir la nevera, la mano volverá a escribir lo que falta.
Leche. Tomates. Lejía. Como aquella mañana escribió cuaderno y merienda sin saber.
Las listas se escriben siempre sin saber. Eso es lo único que las salva. Y lo único que no me salva a mí, que esta vez sí sé.