12. Lo que él sabía
Lo que él sabía
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Hay una noche en que Gonzalo no cierra los ojos.
Llevo meses sirviéndole la copa de las once, y desde hace meses bebe igual: el primer sorbo despacio, con los ojos cerrados, soltando el aire por la nariz como si el día entero le saliera por ahí, descansando en su orilla.
Es el único momento en que lo veo de verdad en paz.
Cierra los ojos y se va a algún sitio que no es esta cama, y yo lo dejo ir, y le sostengo la copa hasta que vuelve.
Esta noche no se va.
Subo a las once con la copa servida, dos dedos, ni uno más, la mano firme que tengo para esto.
Está incorporado contra el cabecero, despierto, vuelto hacia la puerta, esperándome.
Le pongo la copa en la mano. Le tiembla el pulso; se la sostengo hasta que la tiene firme; nuestros dedos coinciden en el cristal.
Y cuando se la lleva a la boca, en lugar de cerrar los ojos, los abre.
Los abre y los pone en mí. Bebe el primer sorbo mirándome, sin parpadear, con una atención que no le había visto desde hace años, desde antes de todo, y no aparta la vista mientras traga, ni después.
—Siéntate —dice.
Me siento en el borde, donde me siento a contarle la respiración. La copa la tiene él, en las dos manos ahora, sobre la sábana.
—Llevo un tiempo queriendo decirte una cosa —empieza, y se para, busca—. Y no encuentro la manera de decirla sin que parezca un reproche. Quiero que sepas, antes de decirla, que no es un reproche. Que es lo contrario de un reproche, si lo contrario tiene nombre.
—Gonzalo.
—Déjame. —Levanta una mano, la de los huesos—. Si no lo digo esta noche, a lo mejor mañana ya no me acuerdo de que quería decirlo. Se me van las cosas. Esta no quiero que se me vaya.
Me callo. Me tiembla la mano, la derecha, la del café, la de lo otro, y la meto debajo del muslo para que se esté quieta, como en la reunión de Amparo, como siempre que alguien me mira de cerca.
—Yo sé lo que me das, Elena —dice.
Lo dice sin levantar la voz, con la misma con que me pide la radio, con la que dice que el caldo está bueno. Lo dice mirando la copa y luego mirándome a mí.
—Lo sé desde hace meses. No sé desde cuándo exactamente; un día lo supe, como se saben estas cosas, sin pruebas, por el cuidado.
Porque hay un cuidado que es para que mejores y otro que es para otra cosa, y los dos se hacen igual de bien, con la misma mano, y yo te conozco la mano desde hace cuarenta años.
Sé cuándo me das de cenar y sé cuándo me das lo otro.
Y me lo das tan bien, con tanto cariño, que casi no se distingue. Casi.
No puedo decir nada. Tendría que decir que no sé de qué habla, que está confundido, que se le va la cabeza, que son cosas de enfermo, lo que le dije a Reme, lo que me digo a mí. Tendría que poner la baranda. Pero me ha mirado mientras lo decía, y a una mirada así no se le pone baranda.
—Yo no te hago nada —digo, y me sale la voz pequeña, la de la frase que ya no me cuadra ni a mí.
—Ya. —Sonríe con media boca—. No me haces nada. Solo dejas de salvarme un poco cada noche. Ya lo sé. —Da un sorbo, los ojos en mí—. Y yo te lo dejo, Elena. Eso es lo que vengo a decirte. Que te lo dejo. Que lo bebo sabiendo lo que bebo, todas las noches, porque prefiero esto a lo otro.
—A lo otro.
—Al hospital. A las máquinas. Al camión que se llevó a la del doce.
—La copa le tiembla en las manos y no se la sostengo, porque esta vez es él quien tiene que sostenerla—.
¿Te acuerdas de lo que te hice prometer?
De aquí me sacas tú o no me saca nadie. Lo dije medio en broma.
No era broma. No quiero irme de la mano de nadie que no seas tú.
No quiero que venga un extraño a alargarme esto tres meses más en una cama que no es esta.
Quiero irme de tu copa, a mi hora, en mi casa, contigo sentada donde estás.
Y eso, lo creas o no, es lo único que he pedido en toda mi vida, yo que nunca pedía nada.
Me quedo mirándolo. Han pasado cuarenta años por esa cara que ahora es de hueso, y debajo del hueso sigue estando el hombre que servía el vino copa por copa en las cenas, el que no dejaba a nadie con el vaso vacío.
Ahora soy yo la que no lo deja a él con el vaso vacío.
Es lo mismo. Siempre fue lo mismo, y yo no lo había visto hasta esta noche, en que él abre los ojos para que lo vea.
—Solo te pido una cosa más —dice—. No me lo des con miedo.
No me lo des con culpa. La culpa estrópealo todo, y esto no quiero que se estropee.
Dámelo como me das todo lo demás. Como me has dado de cenar todos estos años.
Con esa mano que no tiembla cuando hace falta.
—Una pausa larga, la respiración trabajándole dentro—.
Y apúntalo en una de tus listas, si quieres.
Que conste que su mujer lo cuidó hasta el final.
Que no falte ese renglón. Porque cuando esto pase, los de fuera van a preguntar, y van a mirarte, y yo no quiero que te miren mal.
Quiero que vean lo que yo veo: que me quisiste tanto que no me dejaste sufrir.
Y entonces se lleva la copa a la boca y bebe el resto, los dos dedos enteros, despacio, sin cerrar los ojos en ningún momento, mirándome beberme con la mirada como nunca me ha mirado beber yo a él. Bebe mirándome a los ojos, y comprendo que beber es su manera de no dejarme sola en lo que hago.
No es un enfermo que se deja morir. Es un hombre que coge la copa con sus dos manos de hueso y se la bebe entera, a propósito, mirándome, para que yo sepa que no estoy haciéndole nada que él no esté haciendo conmigo.
Que somos dos en esto, como hemos sido dos en todo, en la casa, en la calle, en el cuarto del fondo del pasillo.
Que lo que yo creía hacer sola me lo estaba dejando hacer él desde el principio, sosteniéndome desde la cama igual que yo lo sostengo a él, y que el amor, a estas alturas, a esta hora, en esta casa, es esto: una copa de tinto que él bebe sin apartar los ojos para que yo no me quede sola siendo lo que soy.
Deja la copa vacía en la mesilla. Gira el pie para que el culo no manche la madera, su manía de siempre. Me coge la muñeca, sin apretar, hasta que el pulso se nos acompasa.
—Buena —dice—. La de hoy estaba buena.
—Es la misma de ayer.
—Pues qué quieres. A mí me sigue sabiendo bien lo que me das.
Y cierra los ojos, por fin, y se va a su orilla, y yo me quedo sentada en el borde, con la copa vacía a un palmo y la muñeca todavía caliente de su mano, sin temblor por primera vez en meses, sin culpa por primera vez en años, y eso —el no temblar, el no culparme— me asusta más que todo lo de antes, porque significa que él me ha dado permiso, y que con permiso ya no es lo mismo, y que a partir de esta noche lo que hago no lo hago sola.
Bajo a la cocina. Lavo su copa la última, con agua bien caliente, y el poso del tinto se va por el desagüe en una espiral fina, rosa primero y luego nada.
La seco. La guardo boca abajo en el estante, sola.
No friego el suelo. No hace falta. Esta noche, por una vez, no hay nada que limpiar que no esté ya limpio.
En la nevera, bajo el imán de Benidorm, saco una cuartilla.
No escribo leche, ni tomates, ni lejía. Escribo, en mi letra firme, una sola línea, y la doblo, y la guardo donde no van las listas de la compra, en el fondo del cajón, con las viejas, con las de antes.
«Lo cuidó hasta el final.» Que conste. Él me lo ha pedido.
Y a un hombre que se bebe la copa mirándote a los ojos no se le niega un renglón.