La Buena Esposa 11. Reme
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11. Reme

Reme

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El médico me manda a Reme sin preguntarme si la quiero.

Me lo dice por teléfono, en ese tono de cosa ya decidida que usan los médicos cuando han hablado de ti con otros: que va a venir una enfermera de atención domiciliaria, dos o tres mañanas por semana, para lo de Gonzalo y para descargarte un poco a ti, Elena, que la que se me va a quedar en el sitio eres tú.

Le doy las gracias. Qué voy a hacer. Decir que no a una enfermera que viene a ayudarte con un marido en la cama es de esas cosas que una mujer de Las Acacias no puede decir sin que la frase, sola, se convierta en una pregunta sobre ella.

Llega un martes, a las nueve, con una bolsa de tela colgada del hombro y un cuaderno de espiral.

Reme. Cincuenta y tantos, manos grandes, el pelo recogido con una pinza, unas zapatillas blancas de las que no hacen ruido.

No me da la mano: me mira. De arriba abajo, rápido, como mira Amparo, pero sin la dulzura de Amparo, sin el inventario social; Reme mira para trabajar.

Calcula mi peso, mi color, las ojeras, en el tiempo que tarda en cruzar el recibidor, y por la cara que pone sé que el cálculo no le sale bien.

—¿Y usted come? —me pregunta antes de quitarse el abrigo.

—Yo estoy bien. El que está malo es él.

—Ya. —Cuelga el abrigo donde le señalo—. Eso lo dicen todas. Lléveme con él.

Subimos. En la escalera no dice nada, pero la oigo contar los escalones por lo bajo, una costumbre suya que entiendo luego: cuenta todo, los escalones, los pasos hasta el baño, las veces que respira un enfermo en un minuto.

Cuenta para saber. Entra en el dormitorio, descorre del todo la persiana sin pedir permiso —«aquí hay que ver lo que se hace», dice—, y por primera vez en meses la habitación de Gonzalo se llena de luz entera, de mediodía, la que yo le doy siempre a media asta para no enseñarlo.

A Gonzalo se le ve. Eso es lo que pasa cuando entra Reme y abre la persiana: que a Gonzalo se le ve.

Y yo, que lo subo y lo bajo y lo limpio y lo sostengo, que conozco sus huesos uno a uno, lo miro a la luz de Reme como si lo viera otra mujer, y lo que veo es lo que ve ella: un hombre que ya casi no es, hundido en la cama, la piel sobre el armazón, la cara de calavera amable, las manos quietas sobre la sábana como dos cosas dejadas ahí.

Reme no dice ay, ni pobre, ni nada de lo que dirían las vecinas.

Se sienta en el borde, le toma el pulso, le mira por dentro de los párpados, le palpa, le levanta el camisón y le mira la espalda, los talones, las caderas, donde la piel de los que llevan meses tumbados se rompe, y va apuntando en su cuaderno sin levantar la voz.

—¿Desde cuándo no lo ve el médico? —pregunta, todavía escribiendo.

—Lo lleva por teléfono. Bajar lo dejaba muy cansado.

—¿Y la última vez en persona?

Hago memoria. No me sale. Las visitas se fueron espaciando, primero al centro, luego por teléfono, luego ni eso, sin que yo decidiera nada, sin que nadie dijera en voz alta que se dejaban.

—No sé. Hace meses.

Reme deja de escribir un segundo. No me mira. Mira el cuaderno.

—Meses —repite, y lo apunta también, esa palabra, meses, como si pesara más que las otras—. ¿Y come?

—Le subo caldo. Leche templada. Lo que admite.

—¿Cuánto admite?

—Poco. Cada vez menos.

—¿Bebe?

—Una copa de vino por las noches —digo, y me oigo decirlo con naturalidad, porque es verdad, porque es lo más natural del mundo, una copa por las noches, lo único que le sabe a algo—. Le acompaño yo.

Reme levanta la cabeza con eso. Es el único momento de toda la mañana en que la enfermera deja paso a otra cosa, a la mujer que hay debajo de la enfermera, y esa mujer me mira un segundo de más antes de volver al cuaderno.

—Vino —dice—. Bueno. A estas alturas, lo que le siente bien.

—Cierra el cuaderno—. Tampoco le queda mucho que cuidarle, se lo digo claro, que para eso me pagan.

Lo que hay que cuidar es que no sufra y que esté limpio.

Y que usted no se me caiga antes que él, que la veo peor a usted que a muchos pacientes míos.

Baja a la cocina a lavarse las manos. La sigo. Y es ahí, en mi cocina, donde la mañana cambia de temperatura.

Reme se lava las manos en mi pila y, mientras se las seca con el papel que le doy, mira.

Mira como ha mirado a Gonzalo: para saber.

Recorre la encimera, el suelo de gres, los azulejos, la fila de botes bajo el fregadero, que dejé entornado, la nevera con su taco de listas debajo del imán, la copa de él lavada y boca abajo en el estante, sola, separada de las demás.

Sus ojos se paran en cada cosa el tiempo justo de leerla y pasan a la siguiente, y yo, de pie con el rollo de papel en la mano, la veo leer mi cocina y no entiendo qué lee, porque para mí es mi cocina, la que friego cada mañana, la que tengo limpia porque una casa limpia es lo que se espera de mí, la que huele a lejía porque la lejía se gasta aquí como el agua.

Reme mira mi cocina como se mira la escena de un crimen, y yo solo veo mi cocina.

—Qué limpio está todo —dice por fin. No es un cumplido. Lo dice despacio, midiendo, como quien anota un dato—. Da gusto. No he visto una casa de enfermo tan limpia en mi vida, y mire que entro en casas.

—Es lo único que sé hacer bien.

—Será. —Abre del todo el armario de debajo del fregadero, sin pedir permiso, igual que abrió la persiana, y mira la fila de botellas de lejía, cuatro, cinco, todas empezadas o por empezar—. Cuánta lejía.

—Una nunca sabe.

—Una nunca sabe —repite, y cierra el armario, y se queda un momento de espaldas a mí, frente al fregadero, mirando por la ventana el jardín de atrás y, más allá, no sé qué—. Mi madre era igual. Cuanto peor estaba lo de dentro, más fregaba lo de fuera. Hay mujeres que limpian para no pensar.

—¿Y eso es malo?

Se vuelve. Me mira con una cosa en la cara que no es sospecha, todavía no, pero que tampoco es la cara con la que se mira a una pobre mujer agotada.

Es la cara del que lleva treinta años entrando en casas donde se muere gente y ha aprendido a oler cuándo una casa está cuidando a un enfermo y cuándo está haciendo otra cosa que se le parece mucho.

—No —dice—. No es malo. Limpiar nunca es malo. —Coge su bolsa, su cuaderno—. Vuelvo el jueves. Y hágame caso: coma usted algo. Que en esta casa, por lo que veo, la que se está acabando más deprisa no es la que está en la cama.

Antes de irse sube otra vez, sola, a despedirse de Gonzalo, y desde la escalera oigo que él le dice algo y ella se ríe, una risa corta, de las que se le sacan a los enfermos para que se sientan personas. No oigo lo que le dice. Cuando baja, Reme tiene una cara distinta, más cerrada.

—Su marido es un hombre con mucha gracia —dice en la puerta—. Me ha dicho una cosa rara.

—¿El qué?

—Que le cuide a usted. Que a él ya lo cuidan bien, que demasiado bien, ha dicho, y que a la que hay que cuidar ahora es a usted.

—Reme se cuelga la bolsa—. Cosas de enfermo.

Dicen lo que se les pasa por la cabeza. —Pero lo dice sin convencimiento, mirándome, como si la frase de Gonzalo se le hubiera quedado dentro igual que se me ha quedado a mí—. En fin. El jueves.

Se va. Cierro. Me quedo en el recibidor, con la casa de pronto enorme y mirada, todas las persianas que Reme ha dejado descorridas dejando entrar una luz que yo no le daba, y subo a cerrarlas un poco, a devolverle a la casa su media asta, su penumbra de costumbre, porque a plena luz la casa enseña cosas que yo había dejado de ver de tan vistas.

Luego bajo a la cocina y la friego entera, de rodillas, con lejía, aunque está limpia, aunque Reme ha dicho que da gusto, aunque no hay una sola mancha en el gres.

La friego porque ha estado aquí, porque la ha mirado, porque ha abierto el armario y ha contado las botellas y ha dicho cuánta lejía con esa voz, y porque después de que unos ojos de fuera leen tu cocina, una necesita pasarle el paño por encima a todo lo que han tocado esos ojos, hasta que vuelva a ser solo tuya, solo cocina, solo el sitio donde una mujer cuida a su marido y le sirve una copa por las noches y no hay nada, nada, que leer.

Cuando termino, el agua del cubo está turbia.

La tiro. La veo irse por el desagüe, gris, arrastrando lo que sea que arrastre, y por una vez no espero a que se aclare.

Subo a oscuras, que me sé la casa, a contar la respiración de Gonzalo hasta que sé que sigue.

Sigue. Y pienso, ya medio dormida, que el jueves vuelve Reme, y que ahora hay en el mundo una mujer que mira mi cocina y no ve mi cocina, y que tendré que aprender a fregar también eso: la manera en que me mira.