La Buena Esposa 10. El diario que no sabía que escribía
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10. El diario que no sabía que escribía

El diario que no sabía que escribía

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El cajón de los cubiertos no se abre solo por los cubiertos.

Debajo de la bandeja, donde los tenedores no llegan, hay años de cuartillas atadas con una goma que ya está reseca y deja un polvo de goma vieja en los dedos.

Llevo toda la vida sin tocar ese taco. Las listas, cuando las hago, las pego en la nevera, y cuando la de la nevera ya no cabe, la del fondo del imán se va al cajón, debajo de la bandeja, con las otras.

Nunca he tirado una lista. Tampoco las leo.

Una lista es para mirar lo que falta por traer, no lo que ya se trajo.

Esta noche no puedo bajar a hacer lo de la noche.

Me he sentado en el suelo de la cocina, a oscuras, con la espalda contra los armarios bajos, y antes de poder ponerme con nada he abierto el cajón, he sacado el taco y le he quitado la goma.

No sé por qué. O sí: porque ayer, al tachar los tomates que tiré, me oí pensar que tachar no es traer, que llevo meses tachando cosas que no traigo y trayendo cosas que no come nadie, y eso —que el sistema de las listas haya dejado de obedecer a la compra— es de esas grietas que de día se tapan y de noche, no.

Las extiendo en el suelo. Por fechas. Es lo que tienen las listas, que las fecho siempre, arriba a la derecha, una manía de mi madre que se me pegó: una compra sin fecha no vale, decía, porque no sabes si lo que falta falta de hoy o de hace una semana.

Las pongo en fila sobre el gres, de la más vieja que alcanzo a la de esta semana, y la cocina se llena de cuartillas como de un solitario de cartas que no entiendo hasta que lo veo entero.

14 de marzo

​– ​ Filete (2) · pescadilla · dos leches · fruta · tomates · vino (visita Amparo) · detergente · lejía · pan · pilas

Esa es de las primeras del año. Dos leches. Filete para dos. Vino para una visita. Una lista de casa que funciona, de matrimonio que cena. Me acuerdo de marzo: él bajaba a comer todavía, se quejaba del filete duro, traía Amparo el postre. En marzo Gonzalo comía filete.

2 de julio

​– ​ Leche · pescado blanco · puré (sobres) · fruta blanda · tomates · lejía (2) · caldo · pan

Aquí ya no hay filete. Aquí hay pescado blanco y puré de sobre y fruta blanda, lo que admite un estómago que empieza a no admitir. Dos lejías. Aparece el caldo, que en marzo no estaba. La lista se ha quedado en una cara.

6 de noviembre

​– ​ Leche · tomates · lejía · caldo (pollo) · pilas mando · rosas

Cuatro renglones y lo de las rosas. Ni filete, ni pescado, ni fruta. Tomates que ya no se comen pero que sigo comprando, no sé para qué, para tener algo rojo en el frutero, para que la casa no parezca de enferma del todo. Lejía. Caldo que él dice que no ha pedido. Las rosas, que son de jueves.

esta semana

​– ​ Leche · tomates · lejía

Tres. Solo tres. Lo demás ya no hace falta porque ya no hay quien lo coma. Leche, que se la bebe templada cuando se la subo. Tomates, que tiro los lunes. Lejía, que se va de esta casa como el agua.

Las miro puestas en fila en el suelo y entiendo lo que tengo delante, y no es una compra.

Es una cuesta. Marzo arriba, esta semana abajo, y entre las dos, escalón a escalón, un hombre que va dejando de comer hasta que de un hombre solo queda la leche templada y un frutero que vacío los lunes.

Cada lista más corta es una semana en que se le quitó algo.

No lo apunté pensando. Lo apuntaba sin mirar, cada mañana, abriendo la nevera, dejando que la mano escribiera lo que faltaba; y resulta que lo que iba faltando, mes a mes, era él, y que mi mano lo sabía y lo llevaba en cuenta mientras yo me decía que era la casa, que las casas encogen, que será la edad.

Las listas no son de la compra. Son un diario, y yo no sabía que lo estaba escribiendo.

Un diario de su enfermedad, me digo enseguida, porque la cabeza no aguanta el suelo abierto mucho rato y corre a poner una baranda.

El diario de un hombre que se fue poniendo malo y comiendo menos, como se ponen malos los hombres y comen menos, y de una mujer que iba ajustando la compra a lo que su marido podía tragar.

Eso es lo que ve cualquiera. Una lista que se acorta porque el enfermo decae.

Lo escribiría igual una buena esposa de cualquier casa de Las Acacias.

Lo escribiría Amparo si le tocara. No hay nada en estas cuartillas que diga otra cosa.

Tomates, leche, lejía. Palabras limpias. Ninguna delata nada.

Y sin embargo no puedo dejar de mirarlas.

Porque están fechadas. Porque están en mi letra.

Porque si alguien —Amparo, el médico, quien sea— se sentara una tarde en este suelo y las pusiera en fila como las he puesto yo, vería lo mismo que veo: la cuesta, exacta, semana a semana, firmada de mi puño.

No hace falta una confesión cuando una ha ido dejando, sin saberlo, el recibo de cada día.

Yo creía que las listas no mentían sobre lo que falta.

No sabía que tampoco callan sobre lo que se hace faltar.

Y hay una cosa peor que el orden de la cuesta, y es lo que la cuesta no tiene.

Porque una cuesta, si está entera, baja sin saltos: una semana menos que la anterior, y la siguiente menos que esa, escalón a escalón, sin huecos.

La de Gonzalo los tiene. Hay semanas sin lista, dos, tres seguidas, en que no apunté nada, ni leche, ni lo de siempre, como si esas semanas la casa no hubiera necesitado nada o yo no hubiera estado en ella para apuntarlo.

No me cuadran. Una casa siempre necesita algo; el que las semanas en blanco existan quiere decir que hubo días en que dejé de llevar la cuenta, y yo no dejo de llevar la cuenta jamás, esa es la única cosa que no se me ha ido nunca.

Salvo entonces. Salvo en esos huecos. Paso el dedo por el sitio donde tendría que haber una cuartilla y no la hay, y noto el mismo frío exacto que entra por la puerta del fondo del pasillo, y retiro el dedo, y sigo, porque hay huecos que una no se pone a medir a las tantas de la noche, sola, en el suelo de la cocina.

Pienso en quemarlas. Lo pienso de verdad, ahí sentada, con la caja de cerillas a un brazo de distancia, en el cajón de al lado.

Sería fácil. Un montón de cuartillas viejas arde en nada; nadie echa de menos las listas de la compra de hace meses; ni siquiera Gonzalo sabe que las guardo.

Cojo las cerillas. Las dejo. Cojo otra vez el taco para llevarlo a la pila y prenderlo, y no puedo.

No puedo tirar una lista, ya lo dije; tirar una lista es tirar un día, y aunque estos días no quiera tenerlos, son los míos, los nuestros, los únicos que me van quedando de él, y quemar el 14 de marzo sería quemar el filete que se quejaba de duro, y el postre de Amparo, y a Gonzalo bajando todavía la escalera por su pie.

No se puede. Hay quien guarda fotos. Yo guardo lo que faltaba.

Y además —esto lo pienso después, ya con el taco otra vez en la mano— quemarlas sería lo único que de verdad me delataría.

Una mujer que guarda treinta años de listas de la compra y un día quema las de los últimos meses está diciendo, con la ceniza, que en esos meses había algo que no quería que se leyera.

La ceniza habla más que el papel. Lo más limpio, lo que no levanta una sola pregunta, es dejarlas donde están, atadas con su goma, inocentes, aburridas, una sobre otra, hasta el día en que ya nadie las mire.

Una casa demasiado limpia da que pensar; un cajón de listas viejas, no.

Aprendí hace mucho que la mejor manera de esconder una cosa es no esconderla: dejarla a la vista, en su sitio de siempre, tan a mano que nadie sospecha que importe.

Al fondo del cajón, debajo de las del año, hay otras más viejas que no saco.

Las veo, las toco con la yema, el papel más amarillo, la letra mía pero más entera, sin temblor, de otra mujer.

Hay renglones ahí que ya no se escriben en esta casa.

«Lo de los niños.» «Cuaderno.» Cosas que se compraban antes, cuando esta casa compraba para más bocas que las dos que hay ahora.

No las saco. No esta noche. Hay un fondo de cajón al que una no llega de un tirón, igual que hay un fondo de pasillo con una puerta entornada, y a las dos cosas se va una vez al año o no se va.

Y en algún punto de ese fondo, lo sé sin sacarlo, está una de las semanas en blanco, la más vieja, la que no apunté, atada con las demás como si fuera una más, aunque sea justo la que no existe.

Vuelvo a poner las del año sobre las viejas, tapándolas. Ato la goma. Cierro el cajón.

Y entonces hago lo que llevo sin poder hacer toda la noche: me levanto, saco una cuartilla nueva, la corto del tamaño de siempre, y escribo la lista de mañana.

Leche. Tomates. Lejía. La misma de esta semana, la de tres renglones, sabiendo ya lo que sé, sabiendo que la estoy añadiendo al diario, que mañana esta cuartilla será otro escalón de la cuesta, otra prueba de mi letra, y la escribo igual, entera, con la mano firme que tengo para esto, porque dejar de escribirla sería peor que escribirla: sería confesar, con el silencio, que sé lo que es.

La fecho arriba a la derecha, como mi madre, como siempre.

Una lista sin fecha no vale. Y yo, esta noche, necesito más que nunca que las mías valgan, que cuadren, que digan que hoy fue un día como otro cualquiera en una casa donde se compra leche, tomates y lejía, y nada más.

La pego en la nevera, encima de la de hoy, debajo del imán de Benidorm. Tacho la leche, que ya la tengo. Lo demás puede esperar.

Subo a oscuras, que me sé la casa. Gonzalo respira al otro lado de la pared, trabajoso, vivo.

Me acuesto en su lado, pegada a sus huesos, y le cuento la respiración hasta dormirme, y mientras la cuento pienso, sin querer, que mañana, al abrir la nevera, la mano volverá a escribir lo que falta, y que un día —no muy lejos— habrá una lista en la que ya no haga falta poner leche templada, porque ya no habrá quien la beba, y que esa lista, la primera de dos renglones, será la última página de un diario que nunca quise empezar y que no he sabido, en todos estos meses, dejar de escribir.