La Buena Esposa 9. Releer
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9. Releer

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Lo pensé una noche, de pie en la cocina, con un vaso de agua en la mano, y a la mañana siguiente ya no lo pensaba.

Así funciona la cabeza, al menos la mía.

De noche, cansada, una se deja decir cosas que de día no se sostienen.

De día hay que descorrer las cortinas, ir a por el pan, subir el caldo, y entre tarea y tarea no queda hueco para esas frases que se le ocurren a una a las tres de la madrugada y que a las nueve de la mañana ya parecen de otra.

Me levanté, puse el agua, fregué el suelo que no hacía falta fregar, y para cuando descorrí la última cortina el suelo de aquella frase estaba otra vez entero, sin grieta, como lo dejo todo en esta casa.

Porque hay una manera de mirar lo que hago que lo deja en nada, y es la manera verdadera, la de los hechos, no la de las tres de la madrugada.

Yo le subo la bandeja. Eso es cierto. Le corto la comida en trozos pequeños porque no puede con trozos grandes.

Le sostengo la copa porque le tiembla el pulso y, si no se la sostengo, la derrama, y a Gonzalo derramar le da más vergüenza que cualquier otra cosa de las que le pasan ahora.

Le doy lo que pide. Nunca le he dado nada que no pidiera.

Si una noche no quiere copa, no hay copa; pero quiere, todas las noches quiere, es lo único que todavía le sienta bien, lo dice él, «es lo único que me sabe a algo», y yo no soy quién para negarle a un hombre en la cama lo único que le sabe a algo.

¿Dónde está, en todo esto, lo que pensé aquella noche?

No está. Lo busco a la luz del día, gesto por gesto, y no aparece.

Aparece un caldo, una copa, un paño, una cortina descorrida.

Aparece una mujer que cuida. Lo otro —lo de servir, lo de medir, lo de la noche— es la misma mujer haciendo lo mismo, y que de noche eso tenga otro nombre y de día no lo tenga es cosa de la noche, no mía.

Yo no le hago nada. Solo dejo de salvarlo un poco cada noche, y eso no tiene nombre en ningún código penal.

Salvar a alguien es ir al médico cada semana, insistir, pelear, exigir camas y pruebas y máquinas que lo aten a la vida a la fuerza, contra su gana, hasta que la vida deje de ser suya y pase a ser de las máquinas.

Eso no lo hago. No insisto. No peleo. Las visitas al médico se hicieron por teléfono y luego se dejaron de hacer, y nadie —ni él, ni yo, ni el médico— dijo en voz alta que se dejaban; simplemente la última vez no pedimos la siguiente.

Dejar de salvar no es matar. Lo sabe cualquiera.

Una madre que deja de despertar a un hijo para el colegio porque hoy lo deja dormir no le hace nada al hijo; solo deja de hacerle algo.

Lo mío es de ese orden. Yo dejo. Dejo que descanse.

Dejo que no luche. Dejo que beba lo que le sabe a algo.

Y si dejar tiene un precio que se paga en gramos y en horarios, lo pago yo, con la mano, todas las noches, y nadie me ha dado las gracias por ahorrarle a Gonzalo el otro final, el de las máquinas, el del camión.

Esto me lo digo mientras tiro los tomates.

Llevo meses comprándolos. Cada lista: leche, tomates, lejía.

Los tomates por la costumbre de tenerlos, por si hoy quiere uno con sal, como le gustaban; pero hace mucho que no quiere, hace mucho que no le pongo ninguno porque crudos ya no los pasa, y los tomates se quedan en el frutero, semana sobre semana, ablandándose, hasta que el frutero es un cementerio dulzón que un día hay que vaciar.

Hoy es ese día. Los saco con las dos manos y la mayoría ya no son tomates: son una pulpa roja que se me escurre entre los dedos, caliente casi, con ese olor que se me sube por la garganta y me dobla un momento sobre el fregadero.

Al fondo del frutero hay uno que aguantó mejor que los otros, uno que compré sin mirar y que creció con una hendidura en el centro que lo parte en dos lóbulos, y que de lejos, ahí, hundiéndose en su propio rojo, tiene una forma que no quiero nombrar.

Ese lo cojo el último. Lo sostengo un segundo en la palma.

Pesa lo que pesa lo que ya no sirve. Lo tiro con los demás.

Friego el frutero con lejía hasta que no queda rojo, ni olor, ni nada.

Me lavo las manos, que se me han teñido en los pliegues, en las grietas que tengo de fregar tanto, y por más que froto el rojo se me queda un rato en las rayas de la piel, como si la mano guardara lo que la cabeza tira.

Me quito el anillo antes, lo dejo en el platillo del jabón, que con lo flaca que estoy se me va al desagüe a la mínima.

La perla, blanca, en el borde, mirándome fregar.

Esa noche bajo la copa. La de las once. Dos dedos, ni uno más; la mano sabe dónde parar, no lo pienso.

Subo. Gonzalo está despierto, vuelto hacia la puerta, esperándome, porque ahora me espera, ahora soy lo único que entra y sale de este cuarto.

Le pongo la copa en la mano. Le tiembla el pulso; se la sostengo hasta que la tiene firme; nuestros dedos coinciden en el cristal, que es lo más parecido a darnos la mano que nos queda.

Bebe despacio, con los ojos cerrados, descansando en su orilla.

Le limpio con la servilleta una gota que le queda en la comisura. Le aparto el pelo de la frente.

Mírame haciendo esto. Mírame de día, a plena luz, con la cortina descorrida.

¿Qué ves? Ves a una mujer que le sostiene la copa a su marido enfermo y le limpia la boca y le aparta el pelo.

Eso es lo que ve cualquiera. Eso es lo que veo yo.

Que sea, a la vez, la otra cosa —la de la noche, la de los gramos— no cambia la mano, ni el gesto, ni la copa.

Es el mismo movimiento. Cuidarlo y lo otro se hacen exactamente igual, con la misma mano, a la misma hora, en la misma cocina, y yo he dejado de saber, si es que alguna vez lo supe, dónde acaba uno y empieza el otro.

A lo mejor no acaban. A lo mejor son, desde hace meses, un solo gesto que de día llamo de una manera y de noche de —

Gonzalo abre los ojos cuando le retiro la copa.

—No te canses tú por mí —dice, con esa voz baja de las noches—. Que al final el que se va soy yo y la que se queda eres tú, y la que se queda tiene que aguantar más.

—No me canso.

—Te cansas. Lo veo. —Me sostiene la muñeca un momento, sin apretar—. Lo haces todo tan bien que no se nota lo que cuesta. Siempre has sabido hacer eso. Que no se note.

Cierra los ojos. Lo dice como un cumplido viejo y yo lo recojo como un cumplido viejo, porque a estas horas no tengo cuerpo para recogerlo de otra manera.

Le coloco la sábana. Le cambio el agua de la mesilla.

Bajo a hacer lo de la noche, lo que no apunto en ninguna lista porque no se compra y porque hay cosas que la mano hace mientras una mira por la ventana la luz encendida de Amparo, que sigue ahí, de pie en su ventanal, velando esta casa como se vela un enfermo, sin saber —ella tampoco— a cuál de los dos vela.

Apago la luz. Cierro la cortina, la única, la de la cocina, la de la noche.

Antes de subir, miro la lista pegada en la nevera con el imán y, debajo, tacho los tomates, que ya los he tirado, aunque tirar no es lo mismo que traer y en las listas solo debería tacharse lo que se trae.

Da igual. Los tacho. Mañana pondré tomates otra vez.

Los seguiré comprando aunque no haya quien los coma, porque dejar de comprarlos sería admitir algo, y yo no admito; yo compro, friego, sostengo, dejo.

Verbos limpios, todos. Ninguno de ellos viene en ningún código.

Subo a oscuras, que me sé la casa, y me acuesto en su lado, pegada a su espalda de huesos, y le cuento la respiración hasta que sé que sigue. Sigue. Lo quiero. Lo cuido. No le hago nada.

Lo pienso así, y casi cuadra, y con casi me basta para dormir.