La Buena Esposa 8. La buena esposa
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8. La buena esposa

La buena esposa

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Una noche Gonzalo no llega al baño.

Lo oigo desde la cocina, donde estoy fregando lo que no hace falta fregar: un golpe seco arriba, blando, el de un cuerpo que se sienta donde no hay silla.

Subo. Está en el suelo del dormitorio, entre la cama y la puerta, con el pijama a medio bajar y la cara contra la moqueta, no desmayado, despierto, mirando la pared con los ojos muy abiertos de quien se ha caído y todavía no se cree que el suelo lo haya tenido.

—Quería ir solo —dice—. No te quería despertar.

No estaba dormida. Hace meses que no duermo.

Me arrodillo a su lado y le paso un brazo por debajo de los hombros, y al levantarlo descubro que no pesa.

Esto es lo que no había querido saber hasta esta noche, aunque lo subía y lo bajaba por la escalera, aunque lo sostenía cada noche para la copa: que no pesa.

Que lo levanto del suelo con una sola mano bajo la espalda, como se levanta a un niño dormido o a un saco vacío, y que mientras lo siento en el borde de la cama le noto bajo el pijama el armazón entero, las costillas una por una, los hombros que ya no son hombros sino dos perchas, la columna como una cremallera.

El cuerpo que abrazo no es el cuerpo de mi marido.

Es lo que va quedando de él después de meses, y yo, que lo he ido vaciando cucharada a cucharada, copa a copa, no lo había mirado de frente hasta esta noche, en que se cae al suelo y me obliga a cogerlo y a saber, con las manos, lo que la cabeza llevaba medio año tachando de las listas.

Lo limpio. Hay que limpiarlo, porque no ha llegado al baño, y lo hago como hago todo en esta casa, con agua templada y un paño y sin una palabra de más, levantándole las piernas que son dos huesos forrados, pasándole el paño por una piel que cuelga donde antes había hombre.

No le miro la cara mientras lo hago, por dejarle eso, y él tampoco me mira a mí, por lo mismo.

Le pongo el pijama limpio. Lo acuesto. Le subo la sábana hasta la barbilla, que es lo único de él que sigue siendo grande, la barbilla, la nariz, los huesos de la cara, esa cara que se le ha quedado de calavera amable en los últimos meses sin que yo —de tanto verla a diario— notara el día en que dejó de ser una cara cansada para ser otra cosa.

—Gracias —dice, cuando ya está tapado—. Eres muy buena, Elena.

Cierro los ojos un segundo. Bajo a por agua fresca para la mesilla.

En la cocina, mientras lleno el vaso, me veo en el cristal de la ventana, de noche, con la cocina encendida detrás.

Estoy en los huesos yo también; lo sé, me cuelga el vestido, me baila el anillo, el médico me pesa y frunce el ceño.

Pero ahora, con las manos todavía templadas de haber sostenido lo poco que pesa Gonzalo, miro mi reflejo y entiendo por primera vez la diferencia entre las dos delgadeces.

La mía es la de quien no come porque cuidar a un enfermo a solas se cobra en el cuerpo de la que cuida; eso dijo el médico, «usted se está vaciando para llenarlo a él», y lo dijo como un consuelo.

La de Gonzalo es otra. La de Gonzalo es la del que se va.

Yo me he quedado en los huesos sosteniéndome.

Él se ha quedado en los huesos yéndose. La sangre, a mí, me sale normal.

A él no le sacan ya sangre porque para qué.

Y de pronto, de pie en mi cocina con el vaso de agua en la mano, las cosas se ordenan solas, sin que yo quiera ordenarlas, como cuando una baraja unos papeles sueltos y caen por azar en su fecha.

Las listas. Los tacos de cuartillas atadas con la goma, en el cajón.

Antes ocupaban las dos caras: filete, fruta, dos botellas de leche.

Después, una cara. Después, cuatro renglones.

Leche, tomates, lejía. No es que la casa encogiera.

Es que él comía menos. Es que cada lista más corta era un escalón que bajaba, y yo iba apuntando, mañana tras mañana, sin leerlo, el calendario exacto de lo que se le iba quitando a un hombre hasta que de un hombre no quede nada.

Tengo en un cajón, atado con una goma, el diario de estos meses, escrito de mi puño y letra, día por día, y nunca lo he querido leer hacia atrás porque las listas son para mirar lo que falta por traer, no lo que ya no hace falta porque ya no hay quien lo coma.

El temblor. Las náuseas. Las horas que se me iban.

Me las achacaba al café, a los nervios, al agotamiento de cuidar.

Y será verdad lo del cuidar. Pero hay un cuidar que se hace de día, a la vista, con el caldo y el paño y la cortina descorrida, y hay otro que se hace de noche, en la cocina, con los guantes puestos y las manos dentro del agua fría, y del que vuelvo sin acordarme, y que no apunto en ninguna lista porque no se compra y porque hay cosas que el cuerpo prefiere hacer mientras una está en otra parte.

El café no me temblaba la mano. Me temblaba lo otro.

El cuerpo sabía antes que yo de qué iban de verdad mis días, y se vaciaba al ritmo en que se vaciaba él, como si entre los dos no hubiera ya más que un solo cuerpo repartido y lo que yo perdía fuera exactamente lo que él perdía, a la vez, cada noche, en la copa de las once.

No soy la mujer a la que están matando. Soy la que sirve la copa.

Lo pienso así, de golpe, con esas palabras, de pie en la cocina, y el suelo de la frase no aguanta y se abre, y por un instante me quedo mirando el agujero, el vaso de agua en la mano, sin poder volver a tapar lo que se ha destapado.

Es un instante. Luego subo el vaso. Le cambio el agua de la mesilla, la del tiempo por la fresca, porque el agua quieta de toda una noche no la bebería ni yo.

Le toco la frente, que está fresca. Respira.

Mañana habrá que descorrer las cortinas, ir a por el pan, sostenerse en pie y que nadie note, en la calle, lo que aquí ya no se puede no saber.

Y la cabeza, que es buena tapando, vuelve a tapar: que está enfermo, me digo, que lleva meses muy malo, que la edad y el trabajo, que el médico, que yo lo único que hago es darle lo que pide, sostenerle la copa, que es lo único que todavía le sienta bien, que una de los dos tiene que estar entera.

Vuelve a cuadrar. Casi.

Pienso en Amparo, que lleva medio año mirando mi ventana desde su ventanal, preocupada por mí.

En el médico, que me pesa a mí y me saca sangre a mí.

En Marisa, que me mira la cesta y no se atreve a preguntar nada.

En la calle entera, que ve cruzar a una mujer cada vez más flaca con la bolsa de la lejía y piensa, pobre Elena, cómo la está dejando esto, cuidar sola a un marido en la cama.

Todos mirándome a mí. Y arriba, detrás de la persiana a media asta, la única que en esta casa no se descorre nunca de día, el que de verdad se está yendo, sin que lo vea nadie más que yo, que soy la que sube y baja la bandeja y la copa, la buena esposa, la que lo cuida, la que no lo deja solo, la que no permite que se lo lleven en camión.

De aquí me sacas tú, me dijo, o no me saca nadie.

Apago la luz de la cocina. Cierro la cortina, la única, la de la cocina, la de la noche.

Subo a oscuras, que me sé la casa, y me acuesto a su lado, no en mi lado, en el suyo, pegada a su espalda de huesos, pasándole un brazo por encima para sostenerle también esto, el sueño, y noto cómo respira, despacio, trabajoso, vivo todavía, y le cuento las respiraciones como quien tacha renglones de una lista, una a una, hasta que me duermo sin saber en cuál me he quedado.

Mañana le haré el caldo. Mañana le pondré la copa. Mañana seré, otra vez, lo que he sido todos estos meses sin querer mirarlo: la mujer que lo quiere y la mujer que lo va matando, las dos a la vez, con las mismas manos, en la misma cocina, con la misma medida de siempre.

Dos dedos. Ni uno más.