7. La puerta cerrada
La puerta cerrada
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Hay una corriente en esta casa que ningún burlete arregla.
La buscas con la mano por los marcos de las ventanas y no la encuentras; las ventanas cierran bien, las cambiamos hace años.
La corriente no viene de fuera. Viene del fondo del pasillo, de una puerta que dejo siempre entornada lo justo, ni abierta ni cerrada, y que en invierno suelta un frío fino que recorre la casa entera a la altura de los tobillos, como si por debajo de esa hoja de madera hubiera un sótano, o un campo, o noviembre.
Esa puerta la limpio los lunes. Solo por fuera.
Paso el paño al picaporte, que es de los antiguos, redondo, y luego a la moldura del marco, despacio, de arriba abajo, y vuelvo a dejar la puerta como estaba.
No entro. Llevo años sin entrar salvo un día al año, y ese día se acerca, lo noto, lo nota el cuerpo antes que el calendario.
En el marco, a media altura, hay unas rayitas a lápiz.
Pequeñas. Una encima de otra, subiendo, con una letra al lado y una fecha que el tiempo ha ido borrando hasta dejarla en un fantasma de número.
La de más arriba no llega a la mitad del marco.
Quien las hizo medía, el día de la última, lo que mide alguien que todavía tiene que ponerse de puntillas para llegar al picaporte.
Las desempolvo con el paño sin frotarlas.
Una marca a lápiz se va con nada, con un paño húmedo y dos pasadas, y a mí no se me ha ido en todos estos años porque hay cosas que una limpia alrededor, no encima.
Es lo único de esta casa que dejo crecer el polvo encima, un polvo finísimo que vuelvo a quitar cada lunes para volver a no tocarlas.
Lo hago con cuidado. Es la única tarea de la semana que me lleva más de la cuenta y de la que nunca llevo la cuenta.
La de más arriba se quedó a media altura porque dejó de hacer falta seguir subiéndola.
Eso es todo lo que el marco cuenta, y es todo lo que yo dejo que cuente: una raya que un año no tuvo una raya encima.
En esta casa hay dos clases de medidas que se pararon a la vez, la del marco y la de las listas, y las dos las llevo yo, y las dos se quedaron sin el renglón siguiente la misma temporada, hace ya, en un invierno.
Pero eso no lo pienso los lunes con el paño en la mano.
Los lunes solo quito el polvo, despacio, alrededor, y bajo a fregar, que fregar es lo contrario de subir rayas: es dejar el sitio como si nadie hubiera medido nunca a nadie contra ningún marco.
El calendario está en la cocina, al lado de la nevera.
Cada año, por estas fechas, rodeo un día con bolígrafo.
No escribo nada dentro del círculo; un círculo sin nada dentro no le dice a nadie qué hay, ni a Amparo si entrara, ni a mí si un día me fallara la cabeza del todo.
Pero yo sé lo que hay. El cuerpo lo sabe mejor que yo.
Las semanas de antes son siempre las peores: duermo menos, como menos, se me van más las horas.
Pierdo días enteros sin enterarme y luego, al mirar la lista de la nevera, veo que la compra de esos días la hice igual, que el caldo se hizo, que las rosas se cambiaron, que la casa siguió funcionando sola mientras yo estaba en otra parte.
El cuerpo cumple aunque yo no esté. Es una suerte tener un cuerpo así, que sabe seguir sin una.
Aunque hay un tramo de esas semanas, todos los años, en que ni el cuerpo deja constancia.
Tres o cuatro días, alrededor del círculo, en que no hay lista en la nevera, ni caldo en la olla, ni rosas cambiadas: nada.
Como si esos días la casa entera se ausentara conmigo.
Los demás los relleno mirando lo que dejé hecho; esos no, porque no dejé nada hecho, y de lo que pasó en ellos no me queda ni el rastro que dejan las manos.
Son míos y no los tengo. Cada año vuelven, el mismo hueco en el mismo sitio, como vuelve el frío por debajo de la puerta, y cada año decido lo mismo: no meter la mano ahí, ni en el hueco de la nevera ni en el del fondo del pasillo, porque a algunos sitios de una casa, y de un año, una no baja más que entornando la puerta y dejando que el frío pase.
Gonzalo también lo sabe. No lo decimos. Llevamos años no diciéndolo, y eso, con el tiempo, se ha convertido en una forma de decírnoslo: el no hablar de una cosa, cuando los dos sabéis cuál es la cosa, es casi tan grande como hablarla, y duele menos en voz alta.
Esta tarde, cuando le subo el caldo, me coge la muñeca como hace ahora, para que me quede.
—¿Qué día es hoy? —pregunta.
Se lo digo. No el del círculo todavía; faltan dos.
Pero noto que lo pregunta por eso, que lleva la cuenta a su manera, desde la cama, mirando el techo, y que esa pregunta suya de los últimos meses, la del día y la del año, no es siempre la del hombre al que se le va la cabeza.
A veces es la del hombre que cuenta lo que falta para algo.
—Tráeme el calendario —dice.
—Para qué quieres el calendario.
—Para mirarlo. Tráemelo.
Le subo el calendario de la cocina. Lo sostiene un rato con las dos manos, sin gafas, mirando el mes como quien mira un mapa de un sitio donde estuvo.
Encuentra el círculo enseguida; sabe dónde está sin buscarlo.
Pone el dedo encima, en el redondel vacío, y se queda así, con el dedo dentro del círculo, mucho rato.
—Este año bajo yo contigo —dice.
—No puedes bajar tú a ningún sitio.
—Me bajas. Como me subes. —Me mira—. Llevo todos estos años dejándote ir sola al fondo del pasillo. Una vez al año, sola. Y yo aquí, en la cama, oyéndote ir y oyéndote volver, haciéndome el dormido para no quitarte el rato. —Aprieta el calendario—. Este año quiero ir. Por si es el último que puedo.
No le contesto. Le retiro el caldo. Le coloco la sábana. Bajo el calendario a la cocina y lo cuelgo en su clavo, con el círculo vacío hacia la pared.
El día del círculo amanezco sin temblor.
Es lo raro. Las semanas de antes el pulso me baila y, llegado el día, se me queda quieto, como si el cuerpo supiera que hoy hay que tener la mano firme.
Bajo a la rotonda temprano. Don Ernesto no me pregunta; me tiene las blancas apartadas, las de siempre, las de tallo largo, y me da las más cerradas, las que aún no han abierto, porque sabe —no sé cómo lo sabe, lleva años dándomelas así sin que yo le diga nada— que estas no son para enseñar en un recibidor.
Subo a por Gonzalo. Pesa, pero no tanto como pesaba; se ha quedado en poco, los dos nos hemos quedado en poco, y entre el poco suyo y el poco mío llegamos al fondo del pasillo apoyados el uno en el otro, dos viejos en un equilibrio que no soltaría ni un soplo de aire.
Abro la puerta. La hoja roza la moqueta con ese sonido que solo hace una vez al año y que me sé de memoria.
Dentro hace más frío que en el resto de la casa, el frío que se cuela por debajo todo el invierno y que aquí, en su origen, es un frío entero, sin filtrar.
La cama está hecha. Pequeña. La hice yo aquel día y la he rehecho cada año, retirando la colcha y volviéndola a poner para que las sábanas no cojan ese olor a cerrado, y luego la dejo igual de tirante que estaba.
En el jarrón de la mesilla, las rosas del año pasado están secas, color de papel viejo, perfectas en su estar muertas, porque las rosas secas no se pudren, solo se quedan.
Las saco. Pongo las nuevas, las cerradas, en agua limpia.
Para cuando vuelva el año que viene estarán como estas, secas y enteras, esperando.
Gonzalo se sienta en el borde de la cama pequeña.
Le cuesta. Mira alrededor sin tocar nada, igual que yo, los dos de pie y sentado en un cuarto que se mantiene fuera del tiempo de la casa, donde no entra la lejía ni el orden ni las normas de Las Acacias, el único sitio que no enseño por la ventana porque esta ventana da al jardín de atrás y no la ve nadie y sus cortinas llevan años corridas sin que sea falta para nadie más que para mí.
—Hace frío —dice Gonzalo.
—Siempre hace frío aquí.
—Por eso entra por toda la casa. —Pasa la palma por la colcha, una vez, sin arrugarla—. Lo he notado todos estos años desde la cama. El frío que viene del fondo. Pensaba que era el burlete.
—No es el burlete.
—No —dice—. Ya veo que no.
Mira el marco de la puerta desde donde está sentado.
Sé que mira las rayitas; desde la cama pequeña se ven justo, a media altura, la última a media altura.
No se levanta a tocarlas. Pero las mira mucho rato, y luego me mira a mí, y abre la boca como si fuera a decir algo, una cosa que lleva años sin decirme, y yo, sin saber por qué, le pongo la mano en el hombro, despacio, que es mi manera de pedirle que no la diga.
Y no la dice. Vuelve los ojos a la colcha.
Hay cosas que en este cuarto se vienen a no decir, igual que en la casa entera, solo que aquí, al menos, los dos sabemos del todo cuál es la que callamos, y eso, hoy, con su mano fría buscando la mía sobre la colcha, casi es una manera de tenerla.
Nos quedamos un rato sin decir nada más, que es lo que se viene a hacer a este cuarto, estar callados los dos donde antes había otra cosa, y luego lo ayudo a levantarse y salimos, y cierro la puerta hasta dejarla otra vez entornada lo justo, ni abierta ni cerrada, porque cerrarla del todo sería decir que ya está, y abrirla del todo sería no poder con ello, y entornada es como hemos aprendido a vivir, en el resquicio, dejando que el frío pase por toda la casa antes que admitir de dónde sale.
Hay una puerta en mi casa que lleva años cerrada y por la que, sin embargo, entra todo el frío.
Esa noche le pongo a Gonzalo la copa de las once en la cama, porque no ha querido bajar después del esfuerzo de la mañana.
Le tiembla el pulso al cogerla. A mí me ha vuelto el temblor en cuanto se ha puesto el sol; ha aguantado quieto justo el día que tenía que aguantar y ahora se desquita.
Le sostengo la copa hasta que la tiene firme.
Bebe despacio, con los ojos cerrados, descansando en su orilla.
—Gracias por llevarme —dice, sin abrir los ojos—. Llevaba años queriendo ir y no sabía cómo pedírtelo.
—No hay que pedir esas cosas.
—No. —Una pausa larga, la respiración trabajándole dentro—. Pero tú apúntalo igual. En una de tus listas. Que este año fuimos los dos. —Otra pausa, más larga—. Y apunta también que no fue culpa de nadie. Por si un día lo necesitas apuntado.
No le pregunto qué quiere decir. En este cuarto, y en esta casa, no se preguntan esas cosas. Le retiro la copa cuando la termina.
Bajo a la cocina a hacer lo de la noche.
Mientras hierve el agua, descuelgo el calendario y le doy la vuelta, el círculo otra vez hacia delante, vacío, esperando al año que viene.
Saco una cuartilla. No escribo «fuimos los dos».
No escribo «no fue culpa de nadie». No escribo nada de eso; esas cosas, ya lo dije, no van en las listas, que las listas son para lo que falta y para lo que se compra.
Escribo leche, tomates, lejía, y debajo, sola, sin pensarlo, una palabra más: rosas.
Aunque es viernes y las rosas son de jueves.
Las apunto igual. Por si acaso. Por si un día hacen falta más blancas de las que una cree.