4. El temblor
El temblor
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El temblor ya no espera al café.
Antes era de buena mañana, con la primera taza, y bastaba con dejar la taza en el plato y respirar para que se pasara.
Ahora me despierta. Me despierto con la mano derecha cerrada sobre la sábana como si agarrara algo, y al abrirla los dedos van por libre un momento, finos, rápidos, igual que cuando una toca el agua fría y le da el escalofrío.
Lo miro con curiosidad, como si la mano fuera de otra.
Luego me levanto, bajo a oscuras, pongo el agua, y para cuando descorro las cortinas ya casi no se nota. Casi.
Lo raro es dónde se me para. Porque hay cosas que me salen sin temblor ninguno, finas, exactas, como si esa mano y la que tira la jarra de la leche fueran dos manos distintas metidas en el mismo guante.
Para servir los dos dedos de tinto, ni un temblor.
Para enhebrar la aguja cuando le coso un botón a la rebeca, ni uno.
Para lo que hago de noche, tampoco. El pulso se me va con la taza del desayuno, con el peine, con cosas que no importan; y se me queda firme, quirúrgico, para las que sí.
Como si el cuerpo tuviera claro, mejor que yo, en qué cosas no se puede permitir fallar.
Esta mañana se me cae la jarra de la leche.
No entera; la cojo a tiempo, pero un chorro va al suelo y tengo que fregar el gres dos veces para que no quede el cerco.
Me arrodillo a frotar y me quedo más rato del que hace falta, frotando un suelo que ya está limpio, hasta que el agua del cubo se aclara del todo.
Me gusta cuando el agua deja de arrastrar.
Es lo único del día que me sale sin que me tiemble nada: las manos en el agua caliente saben lo que tienen que hacer, aunque las tenga rojas y ásperas de tanto, con los nudillos partidos, unas manos de mujer mayor que no reconozco como mías cuando me las miro al sol.
No como. Llevo así desde no sé cuándo. Me preparo el desayuno y lo dejo enfriar; subo el de Gonzalo y bajo a fingir que tomo el mío y al final lo tiro.
La comida se me pone delante y se me cierra el cuerpo, como si alguien hubiera echado el cerrojo por dentro.
Pruebo un bocado por disciplina y se me queda subido, en la garganta, con un punto metálico al fondo que ya conozco y al que ya no hago caso.
Me he quedado en los huesos. El vestido azul, el que me ponía para las reuniones, me cuelga de los hombros como de una percha, y el anillo —la perla, la que era de mi madre— me baila en el dedo; se me ha ido dos veces al fondo del fregadero y la segunda casi se me va por el desagüe.
Ahora me lo quito antes de fregar y lo dejo en el borde, en el platillo del jabón, donde puedo verlo.
Hay una cosa que no le cuento a nadie, ni al médico, ni a la cara del espejo cuando me lavo los dientes: que adelgazo a la vez que él.
Lo vi un día sin buscarlo, subiéndole la bandeja, mi muñeca al lado de la suya sobre la sábana, las dos igual de finas, el mismo hueso saliéndose en el mismo sitio.
Bajamos los dos por la misma cuesta, cada uno por su lado de la cama.
Él porque le quito y porque la enfermedad le quita; yo porque no me entra nada desde que esta casa hace lo que hace de noche.
Como si lo que le voy restando a él me lo restara también a mí, como si fuéramos un solo cuerpo mal repartido y no se pudiera vaciar la mitad sin que se vaciara la otra.
La buena esposa adelgaza con el marido. Eso sí lo dirían en las revistas, y por una vez sería verdad, aunque no por el motivo que ellas creen.
Me dije que era el verano, que con el calor una no tiene hambre.
Pero ya no es verano y sigo sin tenerla.
Me digo entonces que son los nervios. Que cuidar de un enfermo pasa factura, que lo dicen hasta en las revistas.
Me lo digo con la voz de quien tranquiliza a otra, y me hace el mismo efecto: ninguno.
Lo de las horas es lo que más me cuesta contarme.
Empezó con tonterías. Subía a por algo y abajo no me acordaba de qué.
Iba a la nevera, la abría, y me quedaba con la puerta abierta y el frío saliéndome a la cara, mirando dentro como quien mira un armario ajeno, sin saber qué buscaba.
A Gonzalo se lo noté antes que a mí misma: «Te paras delante de las cosas», me dijo una noche.
Tenía razón. Me paro. Me quedo quieta en mitad de un gesto, con el paño en la mano o el cuchillo en alto, y el mundo sigue sin mí un rato, y cuando vuelvo no sé cuánto he estado fuera.
Pero estos días ya no son tonterías. Estos días pierdo trozos enteros.
El jueves bajé a por las rosas y, según don Ernesto, estuve.
Me las cobró, me las envolvió, hablamos del tiempo.
No me acuerdo de nada. Aparecí en mi cocina con el ramo ya en el jarrón, cortados los tallos en diagonal como me sale a mí, el agua cambiada, y no tengo ni idea de cuándo hice todo eso.
Las rosas estaban bien puestas, la más abierta en el centro, como las pongo siempre.
Las puse yo. Tuve que ser yo. En esta casa no hay nadie más que las ponga.
Y no es la primera vez que vuelvo a estar de pie en mitad de algo ya hecho, sin recordar haberlo empezado.
Pasa más con las cosas de las manos que con las de la cabeza: las manos siguen, aunque yo me ausente.
Bajan, sirven, friegan, cortan en diagonal, miden los dos dedos, y me devuelven el mando cuando el trabajo está terminado, como un empleado de confianza que no necesita que lo vigiles.
A veces pienso que la que se está yendo de esta casa soy yo, despacio, igual que él, solo que lo mío no lo nota nadie porque las manos cubren el puesto.
Mientras las manos sepan lo que tienen que hacer, la calle ve a una mujer entera.
Lo que haya o no haya detrás de las manos es asunto de esta casa.
Voy al médico. No por las rosas, eso no se lo cuento a nadie; voy por el temblor y porque he adelgazado y porque una mujer que no come y a la que le bailan los anillos termina yendo al médico aunque no quiera.
Es el mismo de siempre, el del centro de salud, el que en su día me dijo que tomaba el café demasiado cargado.
Me pesa. Frunce el ceño con el número. Me mira las manos, me hace estirar los brazos y cerrar los ojos, me toca la tripa, me pregunta si duermo, si voy de vientre, si bebo.
—Una copa por las noches —digo—. Le acompaño a mi marido.
—¿Y él cómo está?
—Flojo. Usted lo sabe mejor que yo. —Y es verdad, que a Gonzalo lo lleva él también, aunque hace tiempo que las visitas se hacen por teléfono porque bajar al centro lo deja para el arrastre.
El médico asiente despacio, escribiendo.
Me saca sangre «para quedarnos tranquilos».
Me dice que lo mío tiene pinta de ser de los nervios y del agotamiento, que cuidar a un enfermo en casa, sola, sin relevo, es un trabajo que no figura en ninguna parte y que se cobra en el cuerpo de la que lo hace.
Que no es raro perder peso, ni dormir mal, ni que a una se le vaya el santo al cielo.
«Usted se está vaciando para llenarlo a él», dice, y lo dice con buena intención, y yo asiento como si me hubiera entendido, aunque por dentro pienso que no, que no es eso, que él no sabe lo que pasa en mi casa porque nadie sabe lo que pasa en mi casa, ni yo del todo.
La sangre, a la semana, sale bien. Normal.
«Todo en orden, Elena», me dice por teléfono, con alivio.
Le doy las gracias. Cuelgo. Me quedo con el auricular en la mano, mirándolo, pensando que en este mundo a una pueden estar pasándole cosas y que la sangre, mientras tanto, salga normal, como si el cuerpo y lo que le ocurre fueran dos vecinos que no se hablan.
Pienso también, y enseguida espanto el pensamiento como se espanta una mosca de la fruta, que más vale que mi sangre salga normal, que en esta casa conviene que todo lo que se pueda analizar salga normal, la sangre mía y lo que haga falta.
Y luego me digo que vaya cosa de pensar, que una está cansada y piensa tonterías, y cuelgo el delantal y me pongo a fregar.
Hago el tomate. Se lo prometí a Gonzalo, un tomate con sal y aceite, como le gustaban cuando comía, y aunque ya no come quiero ponérselo, por si acaso, por si hoy es de los días.
Saco los del frutero. Casi todos están pasados, blandos, pero al fondo hay uno que compré sin mirar y que ha crecido con un pliegue raro en mitad, una hendidura que lo parte en dos lóbulos y le da, de lejos, una forma que no me gusta.
Lo dejo aparte. Cojo otro, lo lavo, lo corto en rodajas sobre la tabla, y el cuchillo entra en la carne y suelta ese jugo claro con las pepitas y un rojo que se queda en la madera, y de pronto el olor —ese olor verde y dulzón del tomate abierto— me sube por la garganta y tengo que dejar el cuchillo y agarrarme al fregadero y respirar por la boca hasta que pasa.
No vomito. Hace tiempo que no me queda nada que vomitar.
Pero me quedo doblada sobre la pila un rato largo, sudando frío, con la rodaja a medio cortar y la mano otra vez de viaje.
Le subo el plato igual. Gonzalo lo mira, me mira a mí, y no toca el tomate.
—Cómetelo tú —dice—. Tienes peor cara que yo, y mira que es difícil.
—Tú tienes que comer.
—Yo ya he comido bastante en esta vida. —Aparta el plato unos centímetros, hacia mí, en mi dirección, igual que aquella noche levantó la copa—. La que tiene que cuidarse eres tú. Te estás quedando en nada, Elena. Te estás yendo.
—No me voy a ningún sitio.
—Eso digo yo cada mañana —dice, y cierra los ojos, y no sé si es una broma de las suyas o la cosa más triste que me ha dicho nunca.
Esa noche le pongo la copa de las once. Le tiembla el pulso al cogerla; me tiembla a mí la mano al sostenérsela; los dos cristales chocan un segundo, un tintineo pequeño, y nos reímos los dos, bajito, de nuestros temblores, como dos viejos que comparten enfermedad sin saber cuál.
Bebe. Cierra los ojos. Descansa en la orilla.
Lo siguiente que sé es que estoy de pie en la cocina, a oscuras, con los guantes amarillos puestos y las manos dentro del agua, que ya está fría.
Su copa está lavada y boca abajo en el estante, sola, como siempre.
La mía sigue llena en el escurridor, también como siempre.
El reloj del salón da algo, no cuento cuántas.
No me acuerdo de haber bajado. No me acuerdo de haber fregado.
Tengo las manos arrugadas de llevar dentro del agua quién sabe cuánto, blancas y blandas como las de los ahogados, y me las miro a la luz que entra de la farola y pienso, con una calma que debería asustarme y no me asusta, que esto no lo hace el café.
Y pienso otra cosa peor, que es que las manos han trabajado bien sin mí: la copa lavada, el estante en orden, los guantes puestos para no dejar rastro.
Si yo me ausento y ellas siguen, y siguen haciéndolo bien, entonces a lo mejor la que decide en esta casa no es la que se acuerda, sino la que no necesita acordarse.
Me tiembla la mano y le echo la culpa al café. El café es lo único inocente que entra en esta casa.
Me quito los guantes. Los cuelgo a secar.
Subo a oscuras, que me sé la casa, y al pasar por el descansillo oigo a Gonzalo respirar a través de la puerta entornada, ese ronquido trabajoso de los últimos meses, y me quedo un momento escuchándolo, comprobando que sigue, como se comprueba que no se ha dejado el gas.
Sigue. Respira. Mañana habrá que cambiarle el agua, descorrer las cortinas, ir a por el pan.
Mañana habrá que sostenerse en pie y que nadie note, en la calle, lo poco que va quedando de mí.
Me acuesto sin lavarme las manos. Es la primera vez en años. Me las dejo como están, frías y arrugadas sobre el pecho, y me digo que mañana, que mañana ya, y me duermo mirando el techo mientras al otro lado de la pared él respira por los dos.