3. Amparo
Amparo
♦
La reunión es el primer martes de mes y no faltar es una de las normas que no están escritas, que son las que de verdad mandan.
Se celebra en el salón de Amparo, porque tiene la casa más grande y porque la presidencia, con los años, ha ido pegándose a su dirección como se pega un cargo al cuerpo de quien no piensa soltarlo.
A las siete. Café y pastas que trae cada una por turno; hoy me toca a mí, así que bajo a la rotonda por la mañana y de paso recojo las rosas de don Ernesto, que es jueves no, pero me las da igual cuando se las pido.
Antes de salir le subo a Gonzalo el vaso de agua y le dejo la radio puesta para que la casa no se le quede muda. Está adormilado. Le digo que voy un rato a lo de Amparo, que vuelvo para la cena. Abre un ojo.
—Dale recuerdos —dice—. Y no le cuentes nada.
—Nunca le cuento nada.
—Ya. Por eso me cae bien.
Cruzo a su casa con la bandeja de pastas tapada con un paño.
Son veinte pasos, pared con pared, pero en esos veinte pasos me sé mirada: la del nueve, Rosario, saca al perro justo cuando salgo, y el perro no tiene ninguna gana de salir; el de los Carrasco, que lava el coche un martes, levanta la esponja para saludar y se queda con ella en alto más de lo que dura un saludo.
En Las Acacias una no va a ningún sitio: una se traslada de una ventana a otra.
Amparo abre antes de que llame. Siempre lo hace, como si estuviera esperando detrás de la puerta el ruido de mis pasos, que a lo mejor lo está.
—Las rosas otra vez —dice, cogiéndome la bandeja y mirando el ramo que llevo en la otra mano—. Don Ernesto va a jubilarse rico contigo.
—Son para la mesa.
—Para la mesa. —Las huele—. Blancas. Tú y yo somos las únicas de blanco en esta calle. Las demás las quieren rojas, que se ven más. No entienden que lo que se ve más se marchita igual y encima canta.
Tiene un rosal en el patio de atrás, todo blanco, podado a conciencia.
Lo cuida ella sola, sin jardinero, con unos guantes amarillos de fregar que se pone para no pincharse.
Me lo enseñó una vez, hace años, con un orgullo callado, y me dijo que un rosal es como una casa: que se conoce por lo que le quitas, no por lo que le dejas crecer.
—Las flores blancas tienen una cosa buena —añade hoy, dejando el ramo en agua—: que valen lo mismo para una alegría que para un disgusto.
Una mujer que tiene siempre blancas en casa está preparada para lo que venga, y en esta vida, Elena, viene de todo y casi nunca avisa.
—Lo dice sin mirarme, colocando los tallos—.
Yo desde que enviudé no tengo otras. Para qué arriesgarse con el color.
El salón huele a café. Están casi todas. Rosario, la mujer de Carrasco, las dos hermanas del chalé de la esquina, la del catorce, alguna más. Falta la del doce. Siempre falta la del doce, y ese hueco, a estas alturas, ya no es un hueco: es un tema.
Se habla primero de lo de siempre. La cuota de la piscina, que hay que renovar el liner.
La poda de los setos antes de la verbena.
El bando del Ayuntamiento sobre la recogida.
Amparo lleva la reunión como lleva el rosal, quitando lo que sobra, y las demás asentimos, que para eso venimos: para que alguien decida por nosotras qué día se poda y a qué hora se calla la música.
Sirvo el café. Reparto mis pastas. Todo el mundo dice que están buenísimas y nadie come más de una, que aquí comer delante de las demás es otra cosa que se vigila.
Y entonces, como cada mes, llega el rato de las ausentes.
—El doce sigue con las cortinas corridas —dice Rosario, bajando la voz como si la del doce pudiera oírla a través de tres jardines—. A mediodía. He pasado a las doce y media y cerrado.
—Lleva así desde la primavera —dice una de las hermanas.
—Desde que se le fue el marido —corrige la otra, y la palabra «fue» se queda un momento en el aire sin que nadie aclare si se le fue de viaje, de la cama o de la vida.
Amparo deja la taza. No dice nada al principio.
Mira por el ventanal, que da a la calle, y desde su sitio —lo sé porque me siento a su lado y veo lo que ve— se abarca media urbanización: la rotonda, el seto de los Carrasco, y mi fachada, con sus cortinas descorridas como Dios manda y, arriba, la ventana del dormitorio, la nuestra, con la persiana a media asta.
—Una casa que se cierra es una casa que pide ayuda y no sabe —dice por fin—.
Eso es lo que pasa en el doce. No es que esconda nada.
Es que se ha quedado sola y la soledad da mucha vergüenza.
—Vuelve la cara hacia la mesa—. Por eso estamos las unas para las otras.
Para que ninguna se nos cierre del todo sin que vayamos a llamar a tiempo.
Suena a discurso de presidenta. Pero Amparo no vigila la basura: vigila quién baja a sacarla, y con qué cara.
Lleva treinta años en esa silla aprendiendo a leer una calle entera por las cortinas, los horarios y el peso con que cada una arrastra el cubo, y bajo cada norma suya, si una afina, hay menos reglamento que aviso.
Lo que pasa es que desde dentro de la propia casa cuesta saber si la están vigilando o cuidando, porque las dos cosas se hacen mirando.
Y hay una tercera cosa que se hace también mirando, y de esa nadie habla, y es decidir.
El que mira mucho tiempo una calle termina sabiendo de cada casa más que sus dueños, y ese saber, en una mujer como Amparo, no se queda quieto: tarde o temprano hace algo.
Lo que no sé todavía, sentada a su lado con la bandeja de pastas, es qué hace Amparo con lo que sabe de mí.
—¿Y tú qué tal, Elena? —Es la mujer de Carrasco la que pregunta, con la pasta a medio camino de la boca—. ¿Cómo lleva Gonzalo lo suyo? Que hace un siglo que no lo vemos por aquí.
Se hace un pequeño silencio. No es hostil. Es atento. Todas las caras se vuelven hacia mí con esa curiosidad de barrio que es mitad cariño y mitad inventario, y noto que la mano, la derecha, me empieza con el temblor de siempre, el del café, y la meto debajo del muslo para que se esté quieta.
—Anda flojo —digo—. La edad, el trabajo. El médico dice que tiene que descansar y descansar le cuesta, ya sabéis cómo es.
—Cómo es —dice Amparo—. El alma de las cenas. ¿Te acuerdas, Rosario, cómo servía el vino? Iba copa por copa. No dejaba a nadie con el vaso vacío.
—Ay, sí. Qué hombre.
—Un hombre así no se queda en la cama por gusto —dice Amparo, y lo dice mirándome a mí, no a Rosario, con una suavidad que pesa más que un reproche—. Cuando esté para visitas, nos dices. Subimos un caldo y lo animamos un rato. Que un enfermo necesita ver caras, no solo paredes.
—Cuando esté para visitas —repito—. Ahora no es. Le da apuro que lo vean flojo. Ya sabéis lo presumido que es.
Lo digo sonriendo y todas sonríen, porque es verdad, porque Gonzalo siempre fue presumido, y la conversación rueda hacia otra parte, hacia el liner de la piscina otra vez, hacia el nieto de los Carrasco.
Pero Amparo no la suelta del todo. Cada poco vuelve a mí los ojos, como quien comprueba que una olla no se sale mientras atiende otra cosa, y un par de veces, sin disimulo, mira por el ventanal hacia mi ventana, hacia la persiana a media asta, como si esperara ver moverse algo detrás.
No se mueve nada. Gonzalo no se asoma. Gonzalo ya casi no se asoma.
A las ocho y media recojo mi bandeja vacía.
Amparo me acompaña a la puerta, lo cual no hace con las demás; a las demás las despide desde el sillón.
En el recibidor, mientras me da el paño doblado, me pone la otra mano en el brazo y lo aprieta un punto, lo justo para que sea un gesto y no un descuido.
—Elena. —Baja la voz, aunque ya no nos oye nadie—. Lo que necesites. A la hora que sea. Esta puerta no tiene cerrojo para ti. ¿Me oyes?
—Te oigo. Gracias. No hace falta.
—Eso lo dicen todas hasta el día que hace falta. —Me suelta el brazo—. Una mujer sola con un hombre en la cama no es ninguna heroína por no pedir. Es una tonta. Y tú no eres tonta.
—No estoy sola. Lo tengo a él.
Me mira un segundo de más. Es la misma mirada que le echa al rosal antes de decidir qué rama corta.
—Claro —dice—. Lo tienes a él. —Y, ya con la puerta abierta, cuando creo que me deja ir, añade, en el mismo tono con que ha hablado del liner de la piscina—: A él no se lo lleva nadie mientras lo tengas tú en casa.
Eso lo digo yo, que lo sé. La del doce no tuvo quien la cuidara hasta el final; por eso vino el camión.
A Gonzalo no le va a hacer falta camión.
Te tiene a ti. —Una pausa mínima—. Y me tienes a mí, para lo que haga falta cuando llegue el momento. Que llegará. A todas nos llega.
No le contesto, porque a algunas frases de Amparo no se les puede contestar sin entrar en un sitio del que luego no se sale. Le doy las gracias por el café. Me guardo el paño.
Vuelvo a casa por mis veinte pasos. Es de noche ya, y en una calle como esta la noche no apaga las ventanas: las enciende.
Cuadros amarillos por todas partes, cada uno con su vida dentro, y detrás de los visillos, sin que mueva un dedo, sé que hay ojos que me ven cruzar de la puerta de Amparo a la mía con la bandeja vacía y el paso un poco más rápido de la cuenta.
No es persecución. Es Las Acacias. Aquí nos cuidamos así, con la luz encendida y la cortina abierta, dándonos unas a otras la prueba constante de que seguimos en pie.
Yo doy la mía cada mañana descorriendo las cortinas.
Lo que pasa detrás de la persiana a media asta no lo da nadie, y eso —empiezo a entender mientras meto la llave— es exactamente lo que Amparo lleva semanas leyendo desde su ventanal.
Dentro, la casa está como la dejé. La radio sigue puesta arriba, una voz que habla sola para nadie.
Subo. Gonzalo duerme, o lo finge, con la cara hacia la pared.
Le apago la radio. Le toco la frente, que es lo que sé hacer, y está fresca, ni fiebre ni nada, solo ese cansancio suyo que no baja con paños.
—¿Qué quería? —murmura sin abrir los ojos.
—Nada. Que subamos un caldo cuando estés para visitas.
—Diles que estoy para visitas el mes que viene.
—Un silencio—. O el otro. —Y luego, más bajo, casi para él—: Esa mujer sabe contar.
Siempre supo cuánto vino le quedaba a cada uno en la copa sin mirar la botella.
Ten cuidado con la gente que sabe contar tan bien, Elena.
Son las que se dan cuenta cuando empieza a faltar algo.
Me quedo quieta con la mano en el interruptor de la radio. No sé si lo ha dicho por Amparo o por mí, o por las dos, que a estas alturas casi es lo mismo.
—Duérmete —le digo.
Me río bajito para no asustar la casa, aunque no me he reído.
Le coloco la sábana. Bajo a preparar la cena que ya casi no come y, antes, en la cocina, me lavo las manos sin haber tocado nada, me las seco, las dejo planas sobre el mármol frío hasta que se estén quietas.
Por la ventana de la cocina, al fondo del jardín, se ve un rectángulo de luz: el salón de Amparo, todavía encendido, y su silueta de pie junto al ventanal, sin café ya, sin reunión, mirando hacia aquí.
Corro la cortina de la cocina. Es la única que cierro en toda la casa, y la cierro solo de noche, cuando ya no es falta. Y aun corrida, sé que Amparo sigue ahí, contando lo que no ve igual que cuenta lo que ve, porque las que saben contar cuentan también los huecos.