La Buena Esposa 2. La copa
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2. La copa

La copa

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A Gonzalo lo quiere todo el mundo. Es lo primero que habría que saber de mi marido, y lo último que una llega a entender.

En las cenas de la Asociación siempre fue él quien traía el vino.

No el que tocaba, el bueno, una botella de más que dejaba sobre la mesa como quien no quiere la cosa y que hacía que las otras parejas parecieran haber venido con las manos vacías.

Servía él. Iba copa por copa, preguntando si querías un poco más, mirándote a los ojos mientras inclinaba la botella, y las mujeres de Las Acacias se reían un punto más alto cuando él escanciaba.

Amparo, que no se ríe por nada, se reía.

«Qué suerte tienes, Elena», me decían en la cocina mientras yo sacaba el postre. Y yo decía que sí. Que mucha suerte.

Servía con una mano en el cuello de la botella y la otra en el respaldo de la silla, inclinándose lo justo, y tenía el don de saber cuánto ponerle a cada uno: a este hasta el borde, a aquel dos dedos, según lo que cada cual aguantara y lo que fuera a hacer después, y no se equivocaba nunca.

A mí me ponía dos dedos. Siempre dos dedos, ni uno más, porque decía que a mí el tinto me daba sueño y que él prefería llevarme despierta a casa.

«Este sabe lo que le conviene a cada uno», decía Amparo, que lo miraba servir con los ojos entornados de quien tasa una fruta antes de comprarla.

Y tenía razón. Un hombre que mide lo que sirve es un hombre que cuida, y en Las Acacias eso vale más que ser guapo, aunque Gonzalo, además, lo fuera.

La medida se la aprendí a él, los dos dedos, sin saber entonces para qué iba a necesitar saberlos un día.

En casa es otra cosa. En casa Gonzalo se calla.

No de mal humor, sino como se callan los hombres que han gastado fuera todas las palabras amables y vuelven con la cara lavada de tanto sonreír.

De puertas afuera reparte; de puertas adentro recibe.

Y yo aprendí pronto a darle lo que esperaba sin que tuviera que pedirlo, porque pedir le parecía de mal gusto y porque a mí, no sé desde cuándo, adivinar lo que necesitaba se me volvió la forma de estar en paz.

No siempre supe hacerlo. Los primeros años le preguntaba.

Le preguntaba si quería más, si estaba a gusto, si le pasaba algo, y él me contestaba con paciencia hasta que una noche —no sabría decir cuál, esas cosas no tienen fecha— entendí que preguntar lo cansaba, que cada pregunta mía era un pequeño trabajo que le ponía encima al final del día, y que el regalo de verdad, el que un hombre agradece sin saber que lo agradece, era no tener que contestar.

Así que dejé de preguntar y empecé a mirar.

Aprendí a leerle el hambre antes de que la sintiera y el frío antes de que se quejara.

Aprendí a ver venir, desde la cocina, el momento exacto de la tarde en que un día bueno se le empezaba a torcer.

Le tenía el plato servido, la rebeca a mano, la copa lista a su hora sin que mirara el reloj.

Y él se dejó, despacio, agradecido, como quien se mete en una cama ya caliente, y los dos llamamos a eso felicidad, y puede que lo fuera.

Adivinar a un hombre es la manera más callada de llevarlo de la mano, pero eso lo entendí mucho más tarde, cuando ya tenía las dos manos metidas hasta el codo en su vida y él no habría sabido pasar un día sin que yo le adivinara hasta la sed.

Tiene sus cosas. Toda la vida juntos y todavía me sé sus cosas mejor que las mías. La camisa planchada con la raya por dentro de la manga, nunca por fuera. El café sin azúcar pero con la cucharilla puesta, aunque no la use. Y la copa. La copa es de las once.

Los días se me parecen tanto que casi podría contarlos por la copa.

La mañana es de la calle —el pan, las rosas los jueves, lo que haga falta de la lista—; la tarde es de la casa; y la noche es de la copa de las once, que es la frontera, lo último que hago antes de subir.

Entre una copa y la siguiente cabe un día entero, y yo los voy pasando así, de once en once, como se pasan las cuentas de un rosario sin pararse a mirar ninguna.

Hoy ha bajado a cenar. Hay días que sí. Lo oigo en la escalera —el tercer escalón, que cruje, lo avisa antes que sus pasos— y bajo el fuego para que la cena lo espere caliente sin pasarse.

Llega despacio, con la rebeca puesta aunque la casa está templada, y se sienta en su sitio de siempre, de espaldas a la ventana, de cara a mí.

Le he hecho puré y un pescado blanco, que es lo que admite ahora su estómago; los tomates que compré por la mañana siguen en el frutero, porque crudos ya no los tolera y a mí me da pena cocerlos, que pierden lo que tienen.

Le corto el pescado en trozos pequeños, del tamaño que puede con ellos, quitándole las espinas una a una a la luz de la campana, despacio, porque una espina a estas alturas sería una crueldad y porque hacer bien las cosas pequeñas es de lo poco que todavía me deja las manos quietas.

Le pongo poca cantidad en el plato; un plato lleno lo agobia, lo mira como quien mira una cuesta, y deja de comer antes de empezar.

Eso también lo he aprendido: que se cuida igual con lo que se pone que con lo que se quita.

Come poco. Empuja la comida por el plato y se la lleva a la boca cuando nota que lo miro, igual que un niño educado.

No le digo nada. En esta casa comer se ha convertido en una cortesía que él me hace.

—Está bueno —dice.

—Está soso. El médico.

—Tú haces que lo soso sepa a algo. —Deja el tenedor—. Siempre lo has hecho.

Lo dice mirando el plato, no a mí, con esa voz baja de las noches, y yo lo recojo como lo que parece: un cumplido viejo, de los que ya no calientan pero abrigan.

Le retiro el plato antes de que tenga que decidir si seguir o no.

Una buena esposa no obliga a su marido a dejar la comida; se la quita ella, y así nadie ha fracasado en nada.

Recojo la cocina mientras él se queda en su silla, las manos sobre la mesa, mirando el jardín que ya no se ve porque es de noche y la ventana le devuelve la cocina y a mí dentro de ella, fregando.

Lo noto mirarme en el reflejo. Me mira mucho últimamente.

Antes apenas levantaba la vista del periódico; ahora me sigue por la casa con los ojos como si quisiera aprenderse de memoria el orden en que hago las cosas, o como si temiera que, en cuanto dejara de mirarme, yo fuera a desaparecer.

Le sostengo la mirada en el cristal un segundo.

Él no la aparta. Es de las pocas batallas domésticas que me gana sin pelear.

A las once menos cuarto saco la copa. La de él.

No tenemos juego: tenemos una copa para Gonzalo y otra para mí, distintas, y la suya es la de pie largo y boca ancha que le regalaron en la bodega de un cuñado hace años y de la que no bebe nadie más.

La enjuago aunque está limpia. Saco también la mía, más pequeña, de cristal corriente, y las dejo juntas en la encimera, una al lado de la otra, como dos personas que se conocen de toda la vida y ya no tienen que decirse nada.

Abro el tinto que dejé respirando después de comer —siempre lo abro antes, para que se haga, porque al vino, como a los hombres, hay que darle su tiempo antes de pedirle nada—.

Sirvo dos dedos en la suya. Ni uno más. En la mía me pongo menos todavía, un dedo escaso que no me voy a terminar, porque la mía es de acompañar, no de beber; yo a estas horas tengo que estar entera.

Gonzalo nunca quiso la copa llena; decía que una copa llena es de quien no sabe beber, y yo le tomé la medida hace tanto que ya no la pienso: la mano sabe dónde parar.

Aprendí a quererlo en gramos y en horarios.

No se la dejo en la mesa. Se la llevo. Esto también es de sus cosas, aunque él no lo llame así: la copa de la noche se la pongo yo en la mano, no se la sirve él.

Empezó hace mucho, una noche cualquiera en que le acerqué la suya antes de que se levantara a por ella, y se quedó como acostumbrado a ese pequeño cuidado, y de la costumbre hicimos rito sin decírnoslo.

Ahora le tiembla un poco el pulso al cogerla —a los dos nos tiembla algo a estas horas; a mí la mano cuando llevo dos cafés de más, a él vete a saber qué de tantas pastillas— y por eso se la sostengo un instante de más, hasta que la tiene firme.

Nuestros dedos coinciden en el cristal. Es lo más parecido a darse la mano que nos queda.

Bebe el primer sorbo despacio, con los ojos cerrados, y suelta el aire por la nariz como si el día entero le saliera por ahí. Es el único momento en que lo veo descansar de verdad. No de dormir, que duerme a ratos y mal; descansar. Como si la copa fuera una orilla.

—Ponme la radio —dice.

Le pongo la radio bajita, la emisora de siempre, donde a estas horas dan boleros viejos que ninguno de los dos confesaría que le gustan.

Me siento enfrente con mi copa, que no me termino nunca, y lo acompaño mientras bebe la suya a sorbos.

Hablamos poco. De la lavadora, que hace un ruido.

De que a los Carrasco les ha venido un nieto.

De que mañana es jueves y hay que pasar por las rosas.

Cosas que no son nada y que son, supongo, el matrimonio: este idioma de cuartos pequeños que solo entendemos los que vivimos dentro.

—Estás cansada —dice en una de esas pausas.

—Estoy bien.

—Te paras delante de las cosas. Antes no te parabas. —Da otro sorbo—. Te he visto esta tarde parada delante de la nevera, con la puerta abierta, mirando como si se te hubiera olvidado para qué la habías abierto.

No me había dado cuenta de que me veía desde la escalera.

Le digo que será el sueño, que duermo regular.

Es verdad que duermo regular. Es verdad casi todo lo que digo en esta casa; lo que pasa es que decir la verdad y contar lo que ocurre no siempre es lo mismo, y yo hace tiempo que escogí lo primero, que cansa menos.

—¿Sabes una cosa? —dice, dándole vueltas al pie de la copa, sin levantar la vista—.

Que me conoces mejor de lo que me conozco yo.

Sabes lo que voy a querer antes de que lo quiera.

Lo que me sienta bien, lo que no. La hora a la que me entra el frío.

—Bebe un sorbo corto—. Da gusto que lo cuiden a uno así.

Da gusto y da un poquito de vértigo, las dos cosas a la vez.

—Es que llevo media vida mirándote.

—Ya lo sé. —Y entonces sí me mira, por encima de la copa, un segundo más largo de lo que mira a nada—. Es justo lo que estoy diciendo.

No sé qué quiere decir con eso, o no quiero saberlo, que muchas veces es lo mismo. Le sostengo la mirada hasta que la baja él, a la copa, y bebe.

—Deberías cuidarte tú también —dice.

—Una de los dos tiene que estar entera.

Sonríe con media boca. No sé qué ve en mi cara, pero levanta la copa unos centímetros, hacia mí, como un brindis que no llega a serlo, y se la termina.

La deja en la mesa con cuidado, girando el pie para que el culo no manche el mantel, otra de sus manías, y se queda un momento con la palma alrededor del cristal vacío, calentándolo, aunque ya no hay nada que calentar.

—Buena —dice—. La de hoy estaba buena.

—Es la misma de ayer.

—Pues qué quieres. A mí me sigue sabiendo bien lo que me das.

Lo ayudo a subir. En el primer escalón se apoya en mí más de lo que admitiría de día, y yo le paso el brazo por la cintura y subimos pegados, despacio, contando los peldaños sin contarlos.

Lo dejo sentado en la cama, le quito la rebeca, le pongo el vaso de agua fresca en la mesilla —el de anoche estaba del tiempo; lo tiro, lo enjuago, lo lleno de nuevo, que el agua quieta de toda una noche no la bebería ni yo—.

Le aparto el pelo de la frente. Veinte años haciendo este gesto y la mano va sola.

—Mañana hago tomate —le digo—. Si te apetece. Un tomate con sal, como te gustan.

—Como me gustan —repite, y cierra los ojos.

Bajo. Apago la radio a media canción. En la cocina lavo su copa la última, siempre la última, con agua bien caliente, y el poso del tinto se va por el desagüe en una espiral fina, rosa primero y luego nada.

La seco con el paño limpio. La guardo en su sitio, sola en el estante, boca abajo.

Mi copa la dejo en el escurridor; la mía puede esperar.

Antes de subir paso la bayeta por la mesa, por si una gota. No hay ninguna. Gonzalo no derrama nunca. Es de las pocas cosas que todavía hace tan bien como siempre: beber sin manchar.

Cierro la cocina. Subo a oscuras, que me sé la casa.

En el descansillo me llega su respiración por la puerta entornada, ese ronquido suave y trabajoso de los últimos meses, y me quedo un segundo escuchándolo desde fuera, como se escucha la lluvia para saber si hay que recoger algo.

Cuento unas cuantas sin darme cuenta, igual que cuento los peldaños al subir o los dos dedos al servir; contar es mi manera de estar segura de las cosas, y mientras lo oigo respirar sé exactamente dónde está y qué le falta.

Lo que le falta lo apunto en la lista. Lo que respira no se apunta, pero de eso también llevo yo la cuenta.

Respira. Está bien. Mañana le haré el tomate.

Me lavo las manos antes de acostarme aunque no he tocado nada sucio.

Me las seco. Me miro las uñas a la luz del baño.

Limpias. En esta casa todo está siempre limpio, y eso, a estas horas, en lugar de tranquilizarme, me deja despierta un rato largo, mirando el techo, oyéndolo respirar a través de la pared, queriéndolo como se quiere lo que una tiene la costumbre de cuidar todos los días.