1. Las Acacias
Las Acacias
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Me despierto antes que la calle. Es una costumbre que traje de soltera y que el matrimonio no me quitó: a las seis y diez ya estoy en pie, antes de que el primer aspersor se encienda en el jardín de los Carrasco, antes de que nadie en Las Acacias pueda decir que en mi casa se duerme tarde.
Bajo a oscuras. No me hace falta la luz.
Conozco esta casa como se conoce un cuerpo con el que llevas durmiendo media vida: dónde cruje el tercer escalón, qué ventana no cierra del todo, qué puerta conviene dejar como está.
La cocina huele a la noche, a frío y a limón del último fregado.
Abro la persiana un palmo. Fuera todavía es azul.
Pongo el agua. Mientras hierve, ordeno lo que ya está ordenado, que es la única forma de orden que dura.
Aliso el paño del horno. Giro las asas de las tazas hacia el mismo lado.
En el recibidor cambio el agua de las rosas, aunque las puse anteayer y aún aguantan: corto medio dedo de tallo en diagonal, retiro la hoja que empieza a ponerse marrón y vuelvo a colocarlas de modo que la más abierta quede en el centro.
Rosas blancas. Siempre blancas. Don Ernesto, el de la floristería de la rotonda, ya no me pregunta; me las tiene apartadas los jueves.
Dice que soy de gustos fijos. Le digo que sí, que en eso he salido a mi madre.
Las blancas no las elijo por bonitas. Las elijo porque son las únicas que sirven para todo: quedan bien en un recibidor un martes cualquiera y quedan bien también el día que no sea un martes cualquiera.
Una mujer prevenida tiene siempre en casa la flor que vale para las dos cosas, para recibir y para despedir, y no tiene que salir corriendo a la floristería el día que le toque una o la otra.
Eso tampoco lo aprendí sola. En esta calle hay solo dos mujeres que compran siempre rosas blancas: Amparo y yo.
Las demás van cambiando, según la temporada y el humor, claveles, gerberas, lo que haya.
Nosotras dos, no. Nosotras dos sabemos para qué se tiene una flor en casa.
A las siete sube el camión de la leche hasta el número catorce y luego baja vacío, y ese ruido —el motor que aminora en la cuesta y el tintineo del reparto— es mi reloj.
En Las Acacias quedan tres o cuatro casas que aún recibimos la leche en botella de cristal a la puerta.
Lo demás lo trae el del súper, pero la leche no.
La leche se deja fuera, en el escalón, y una sabe que ha amanecido cuando oye el vidrio contra la piedra.
La recojo todavía fría. La botella suda.
La dejo en la nevera con la cara hacia delante, la etiqueta recta, junto a la de ayer, que aún está casi entera porque ahora bebemos poca.
Antes íbamos por dos botellas. Las costumbres de una casa encogen igual que la casa: sin que una se dé cuenta, sobran cuartos, sobran tazas, sobra leche.
Gonzalo no ha bajado. Últimamente le cuesta más arrancar las mañanas; el médico dice que es la edad y el trabajo, y yo digo que sí, que será eso.
Le oigo arriba, el peso conocido de su cuerpo en el somier cuando se gira.
No lo despierto. Que descanse. Le subo el desayuno a las nueve, cuando la calle ya está despierta y nadie puede pensar que en esta casa se hace nada raro.
A las siete y media salgo a barrer el trozo de acera que me toca.
No es obligatorio. No está escrito. Pero en Las Acacias hay dos clases de cosas: las que están en el reglamento de la Asociación y las que no hace falta escribir porque las sabe todo el mundo, y son las segundas las que de verdad gobiernan.
Barro hasta la línea invisible que separa mi acera de la de Amparo.
Ella ya está fuera, regando, aunque ha llovido. Riega para estar fuera.
—Buenos días, Elena. Madrugadora.
—Como siempre.
—Como siempre —repite, y lo dice mirándome la bata, los zapatos, la cara.
Tiene una manera de saludar que es un inventario.
No es mala mujer. Es la presidenta de la Asociación desde hace tantos años que ya nadie se presenta contra ella, y desde ese cargo lo ve todo: quién saca la basura el día que no toca, qué coche aparca de noche delante de qué portal, qué cortinas siguen corridas pasadas las ocho.
Una cortina corrida a media mañana, en esta calle, es casi una falta.
La gente decente abre. La gente decente no tiene nada que esconder a la luz.
—¿Y Gonzalo? —pregunta, con la manguera apuntando a los geranios pero los ojos en mi puerta.
—Descansando. Estos días anda flojo.
—Pues que se cuide. —Cierra el grifo. El silencio del agua deja la calle muy quieta—. Que un hombre en casa da más trabajo que diez.
Me río un poco, lo justo, y vuelvo a barrer.
Sé que se queda mirándome la espalda hasta que entro.
No me molesta. Aquí todas miramos a todas; es el precio del césped recto y de que a ninguna nos hayan robado nunca, ni una bicicleta.
Una calle que se vigila a sí misma es una calle segura.
Eso lo repite Amparo en las reuniones, y tiene razón, aunque a veces, al cerrar la puerta, me parece que he entrado en la única casa de la urbanización que de verdad están mirando.
Y a veces pienso que se mira al revés de como una cree.
Aquí todas damos por hecho que se vigila a la que esconde algo: la cortina corrida, el coche raro, la que no saluda.
Pero llevo media vida en esta calle y he visto irse a unas cuantas —por enfermedad, por viudedad, por cosas peores que no se nombran—, y el día que vino a por ellas el camión, la calle entera juraba que no había visto nada, que quién lo iba a decir, que con lo normal que parecía.
Y era verdad. No habían visto nada. Porque lo que de verdad se vigila aquí no es lo que se esconde, que eso da igual; es lo que se enseña.
Quien enseña una casa limpia, una cortina abierta, un marido bien cuidado, queda fuera de sospecha por norma, y eso lo aprendí pronto, y por eso enseño tanto.
Dentro, el reloj del salón da las ocho. Descorro todas las cortinas de la fachada, una por una, para que se vea que en mi casa entra la mañana entera. Es lo primero que aprendí cuando vinimos: que aquí la luz no es para ver, es para que te vean.
La Asociación tiene un reglamento de catorce puntos.
Los sé de memoria, como una oración. La altura del seto, los horarios de riego, el ruido, el color de las puertas —todas hueso, ninguna blanca, que el blanco amarillea y delata—, las plantas permitidas en la fachada, la prohibición de tender a la vista.
Suena ridículo escrito. No lo es cuando vives dentro.
Dentro entiendes que el reglamento no protege los setos: protege la idea de que detrás de cada seto hay una familia que funciona.
Y una casa que se sale del reglamento mancha a las de al lado.
Por eso lo cumplimos. Por eso, sobre todo, lo cumplo yo, que vivo pared con pared con la mujer que lo redactó.
Friego el suelo de la cocina aunque está limpio.
Lo friego cada mañana, con lejía, hasta que el blanco del gres vuelve a ser un blanco sin historia.
Me gusta el momento en que el agua se aclara del todo y ya no arrastra nada.
En Las Acacias una casa sucia no es un descuido: es una confesión.
Y yo no tengo nada que confesar que no quepa en un cubo.
Mientras se seca el suelo no se puede pisar, así que me siento en el escalón que da al jardín y me bebo el café ya frío.
Desde aquí se ve el cuarto de invitados, el de la ventana que no cierra, y la puerta del fondo del pasillo, que dejo siempre entornada lo justo.
No entro. La limpio los lunes, por fuera, paso el paño al picaporte y a la moldura, y vuelvo a dejarla como estaba.
Hay cuartos que se mantienen así, ni abiertos ni cerrados, igual que hay fechas que una rodea en el calendario sin escribir nada al lado.
No es esconder. Es que algunas habitaciones de una casa no son para estar; son para saber que están.
Hay una fecha así en el calendario de la cocina, dentro de poco.
La rodeé con boli el primer año y desde entonces el círculo se ha ido pasando solo de calendario en calendario, de diciembre en diciembre, sin que yo escriba nunca al lado qué es.
No hace falta. Las cosas que de verdad importan en una casa no se apuntan; se saben.
Lo que se apunta es la leche, los tomates, la lejía.
Lo otro se rodea y se deja, y se cambia de hoja, y se vuelve a rodear al año siguiente, y así hasta que una se muera y venga otra a colgar su calendario en esta misma pared sin saber por qué la de antes rodeaba ese día.
Me tiembla un poco la mano con la taza. Es el café, que lo tomo demasiado cargado; me lo ha dicho hasta el médico.
Lo dejo en el escalón. Cuando el suelo seca, recojo la taza, la lavo, la seco, la coloco con el asa hacia la derecha.
Una casa se sostiene con esto, con gestos que nadie cuenta y que solo se notan el día que faltan.
A las nueve subo la bandeja. Tostada, la leche templada como le gusta, la fruta cortada en trozos pequeños.
Gonzalo está despierto, sentado contra el cabecero, mirando el jardín por la rendija de la persiana.
Tiene buen color hoy, o eso me digo. Le pongo la bandeja en las rodillas y le aparto el pelo de la frente, un gesto de hace veinte años que ninguno de los dos ha querido jubilar.
—Hueles a limpio —dice—. Como toda la casa.
—Es lo único que sé hacer bien.
—No es verdad. —Coge la tostada, la deja otra vez—. Sabes hacer que todo parezca fácil. Eso es lo difícil.
Lo dice sin mirarme, con la voz baja de las mañanas, y yo lo tomo por uno de esos cumplidos que se gastan los matrimonios viejos cuando ya no hay nada nuevo que decirse.
Le coloco la servilleta. Le digo que coma, que bajo a hacer la compra, que vuelvo en una hora.
Asiente. Cuando salgo del cuarto lo oigo respirar despacio, como si masticara el aire, y pienso que tengo que cambiarle el agua de la mesilla, que la de anoche ya estará del tiempo.
Para bajar al pueblo hay que cruzar toda la urbanización, y a esa hora Las Acacias es un escaparate de buena conducta.
Los Carrasco lavando el coche. La del nueve, Rosario, sacando al perro con la bolsita ya en la mano antes de que el perro haya hecho nada, por si acaso, por si alguien apunta.
Dos cortinas todavía corridas en el doce, y todas sabemos de quién es el doce y todas miramos sin mirar.
Saludo a derecha e izquierda. Aquí saludar no es cortesía: es decir presente, decir nada que esconder, decir mírame, estoy entera.
En la tienda compro lo de siempre. Pan. Leche, que aunque la traigan a casa nunca está de más.
Tomates, que a Gonzalo, cuando comía, le gustaban con sal y un hilo de aceite, y que ahora compro igual, por costumbre, aunque luego se pongan blandos en el frutero.
Y lejía, que en esta casa se gasta como en otras el aceite.
Marisa, en la caja, me mira la cesta y hace la broma de siempre.
—Otra vez lejía, Elena. Vas a poder fregar la calle entera.
—Una nunca sabe.
Me lo apunta en la libreta del fiado, que aún la usamos cuatro gatos, y me da el cambio, y por un segundo, mientras cuenta las monedas, levanta la vista hacia mí con una cosa rara en la cara, una pregunta que no llega a hacer.
Luego sonríe y dice que le dé recuerdos a mi marido. Le digo que se los daré.
Vuelvo cuesta arriba con la bolsa. A medio camino me cruzo con Amparo, que ya ha cambiado la bata por la ropa de calle y lleva, no sé por qué, un ramo de las mismas rosas blancas que tengo yo en el recibidor.
No me dice de dónde sale ni adónde va. Me mira la bolsa, ve asomar el cuello de la botella de lejía y la barra de pan, y asiente, como si confirmara algo que llevaba tiempo confirmando.
—Cuídamelo —dice, y no sé si habla de Gonzalo o de la casa o de mí.
—Siempre.
Sigue su camino con las rosas. Yo subo la cuesta despacio, porque la bolsa pesa y porque el sol ya da fuerte, y al llegar a mi puerta me vuelvo un momento, sin querer, hacia la calle.
Tres cortinas se mueven a la vez. Tres ventanas que vuelven a su sitio en cuanto noto que las miro.
No es desconfianza. Es Las Acacias. Aquí nos cuidamos así, vigilándonos, y una aprende a vivir bajo esa luz como se vive bajo un cielo: sin preguntarse a todas horas qué se ve desde arriba.
Entro. Cierro. Dejo la lejía en su sitio, bajo el fregadero, en fila con las otras.
Pongo el pan en el cesto y los tomates en el frutero, encima de los de ayer, que ya casi no aprovechan.
Antes de subirle el agua fresca a Gonzalo me lavo las manos, me las seco, me las miro.
Han dejado de temblar. Será que aquí dentro, donde no hay nadie que mire, las manos saben lo que tienen que hacer.
Arriba, Gonzalo no ha tocado la tostada. Pero la leche se la ha bebido entera. Me alegro. Algo es algo.