La Buena Esposa
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Prólogo
Estoy de rodillas en el suelo de la cocina, fregando una mancha roja, y lo hago con toda la calma de un domingo por la mañana.
No es domingo. O a lo mejor sí; hace tiempo que perdí la costumbre de saber qué día es, y para esto tampoco importa.
Para esto solo hacen falta tres cosas, y las tengo: el cubo, el paño, la lejía.
Una cocina blanca, de gres, fácil de dejar como nueva.
Y una mancha en el suelo, roja, que avanza por las juntas que tantas veces he fregado y que se va aclarando bajo mi mano, pasada tras pasada, primero a rosa, luego a casi nada, luego a nada.
No diré de qué es. En parte porque, una vez diluida en el agua del cubo, ya no se ve qué fue antes de ser agua sucia; y en parte porque, a estas alturas, no sabría jurarlo.
Podría ser vino. En esta casa siempre ha habido vino, dos dedos cada noche, y el tinto, cuando cae, deja exactamente este rojo que pierde el color al frotarlo.
Podría ser otra cosa. El rojo, en un suelo, no lleva etiqueta.
Lo único seguro es que el gesto es el mismo, se trate de lo que se trate: una se arrodilla, moja el paño, frota en círculos, aclara, vuelve a frotar, hasta que el blanco del suelo es otra vez un blanco sin historia.
Lo hago despacio. Sin prisa, sin susto, sin fregar a manotazos mirando hacia la puerta.
Aquí no mira nadie hacia la puerta. Aquí hay una mujer limpiando su cocina por la mañana, que es la cosa más corriente del mundo, la más limpia, la que no levanta una sola pregunta en una calle donde lo único que de verdad se vigila es quién tiene la casa sucia.
He fregado muchas manchas en esta vida. Sé de manchas más que de casi nada.
Sé cuáles salen con agua fría y cuáles piden caliente, cuáles se van a la primera y cuáles hay que dejar a remojo y volver al día siguiente.
El tomate tiñe, la grasa repele, el vino, si lo coges a tiempo, no es nada, y si lo dejas, se queda.
Y sé —esto es lo último que se aprende, y lo aprendí tarde— que hay una clase de mancha que no depende del agua, ni del jabón, ni de la prisa, sino de una misma.
Una mancha que saldría, si una quisiera, frotando un poco más; y que no sale porque la mano, llegado el momento, se para sola, porque quitarla del todo sería quedarse sin ella.
Hay cosas a las que una se acostumbra a fregar alrededor, para no tener que fregar encima.
Esta de hoy no es de esas. Esta de hoy es vino, o lo que sea, y se va con dos pasadas, y se va.
Aclaro el paño. Tiro el agua del cubo, que sale rosa por el desagüe en una espiral fina. Me levanto. El suelo está otra vez blanco, sin nada, perfecto. Nadie diría, mirándolo, que aquí ha habido nunca algo que limpiar.
Hay manchas que salen a la primera y manchas que tardan años; las peores son las que una ya no quiere quitar.