5. La lista
La lista
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Lo primero que me enseñó mi madre fue a apuntar lo que faltaba.
No a cocinar, no a coser; eso vino después.
Lo primero fue el lápiz pequeño y el papel cuadrado pegado al borde del aparador, y la costumbre de mirar la despensa cada mañana y escribir, no lo que había, sino lo que ya no.
«Una casa se lleva por las ausencias», decía, y de niña no la entendía y ahora la entiendo demasiado.
Mi madre tuvo lista hasta el día que se murió.
La última se la encontré en la mesilla del hospital, escrita con esa letra suya que para el final ya temblaba, y ponía colonia, un camisón limpio, y debajo, en un renglón aparte, mi nombre: Elena.
Como si yo fuera también algo que le faltaba y hubiera que encargar.
Apuntaba la fecha siempre arriba a la derecha; decía que una lista sin fecha no vale nada, que es como una carta sin firmar.
Y apuntaba solo lo que no estaba, jamás lo que sobraba.
«Lo que sobra ya se sabe que está, hija.
Lo que hay que tener apuntado es el hueco, que el hueco es traicionero y se olvida.
» Salí a ella, dicen las pocas que me trataron de joven.
En la cara, y en las manos, y sobre todo en esto.
Porque una hereda de su madre más cosas de las que cree: la cara, desde luego; pero antes que nada la manera de llevar una casa, que en el fondo no es más que la manera de llevar la cuenta de lo que va faltando dentro de ella.
Yo escribo las mías en cuartillas que corto de los folios viejos, siempre del mismo tamaño, y las pego en la puerta de la nevera con un imán de Benidorm que trajimos de un viaje del que ya no me acuerdo.
Cada lista nueva va encima de la de ayer, sin quitar la de ayer, de modo que bajo el imán se va formando un taco grueso de papeles que crujen cuando abro la nevera.
No los tiro. Nunca he tirado una lista. No sé por qué; supongo que tirar una lista hecha es como tirar un día, y los días, aunque no sirvan ya para nada, una los va guardando por si acaso.
En el cajón de los cubiertos, debajo de la bandeja, hay años de cuartillas atadas con una goma.
Leche, tomates, lejía. Pan. Caldo. Bombillas.
La letra mía de siempre, más o menos firme según el día.
Las de arriba son de esta temporada. Las del fondo, de hace años, de cuando esta casa era otra y una lista no cabía en cuatro renglones.
No bajo nunca hasta el fondo del taco. Para qué.
Las listas son para mirar lo que falta por traer, no lo que ya se trajo, se comió y se acabó.
Pero sé que están. Sé que si un día metiera la mano hasta abajo y deshiciera la goma, saldría, mes por mes, todo lo que esta casa ha necesitado alguna vez; y también, porque las ausencias se apuntan más que las presencias, todo lo que esta casa ha ido dejando de necesitar, y la semana exacta en que lo dejó.
Hay semanas enteras ahí abajo. Hay alguna que preferiría no haber guardado y que tampoco soy capaz de tirar, porque no se tira una lista, igual que no se tira un día, ni siquiera los días que una daría cualquier cosa por no haber vivido.
Esos se atan con la goma, se meten al fondo del cajón, y se deja de bajar hasta ahí.
Escribir la lista es de las pocas cosas que el temblor todavía me respeta.
Será porque la mano, para esto, no piensa: sabe sola lo que falta.
Bajo por la mañana, abro la nevera, miro, y el lápiz va escribiendo antes de que yo decida nada.
Leche, aunque traigan la del cristal a la puerta, porque una nunca sabe.
Tomates, que se pasan en el frutero y vuelvo a comprar igual, por la costumbre de tenerlos, por si hoy él quiere uno con sal.
Lejía, siempre lejía, que en esta casa se va como el agua.
Con la lista en el bolsillo bajo a la calle a media mañana, que es cuando la calle está limpia de coches y de preguntas.
Compro en lo de Marisa, la tienda de la esquina, casi siempre; en el supermercado grande hay que coger carro, y el carro, para lo poco que llevo ahora, es una humillación: cuatro cosas bailando en el fondo de una jaula con ruedas.
Marisa me lo va metiendo en la bolsa y cantándomelo —leche, una; tomates, medio kilo; lejía, dos—, y cada vez que llega a la lejía levanta un instante la vista y me mira, un instante nada más, y vuelve a bajarla y sigue.
Lleva así meses, con esa mirada y con una pregunta detrás de los dientes que no termina de soltar.
Yo le pago justo, le doy los buenos días y me voy antes de que se decida, porque una pregunta, mientras no se hace, no obliga a nadie a contestar.
Amparo, a la vuelta, me ve pasar desde su ventanal y me dice que tengo buena cara.
Le digo que Gonzalo está mejor, que ayer hasta probó la sopa. No es del todo mentira.
Las necesito más que antes. Lo reconozco.
Desde que se me empezaron a ir las horas, la lista es lo único que me dice con seguridad qué hice y qué no.
Si pone «pan» y está tachado, fui a por pan, aunque no lo recuerde.
Si pone «pan» sin tachar, aún no he ido.
La lista no se equivoca. La lista no me dice que ya fui cuando no fui, ni me jura que dijo una cosa cuando dijo otra.
La lista es la única de esta casa que no me lleva la contraria.
Porque a Gonzalo se le va. Eso es lo nuevo de estos meses, lo que no le cuento a nadie.
Un día está fino, agudo como siempre, me suelta una de las suyas y nos reímos; al siguiente me pregunta por la mañana si ya he ido a por el pan, y le digo que sí, que está en el cesto, y a la media hora vuelve a preguntar, con la misma cara de primera vez, como si la pregunta se le hubiera borrado por dentro nada más hacerla.
A veces se enfada. Me dice que él no ha pedido caldo, que para qué le hago caldo si lo odia, y yo le enseño que sí, que ayer me lo pidió, y él me mira como se mira a alguien que miente, con una pena que duele más que un reproche, y dice: «Yo no he dicho eso, Elena.
Tú te confundes.» Y a lo mejor me confundo.
A lo mejor fui yo la que pensó el caldo y se lo colgué a él para no estar tan sola decidiendo.
Ya no lo sé. En esta casa hay dos personas a las que se les escapa la cabeza por turnos, y solo una cuartilla pegada a la nevera lleva la cuenta de lo que de verdad pasó.
Y me da por pensar, fregando, que a lo mejor lo que se nos va no es la cabeza, sino el reparto.
Que llevamos tantos años siendo dos para una sola vida que ya no se sabe de quién es cada recuerdo: quién pidió el caldo que ninguno de los dos quería, quién dijo aquello que los dos juraríamos no haber dicho.
Los matrimonios viejos somos así, una sola memoria mal repartida entre dos cabezas que empiezan a fallar a la vez.
Lo malo viene cuando una de las dos se apaga del todo.
Entonces la memoria entera se le queda a la que sigue encendida, y esa carga sola con lo que recordaban entre los dos.
Con todo. También con la parte que una habría preferido dejarle a él, para no tener que recordarla por las dos.
El martes encontré una lista que no me acuerdo de haber escrito.
Estaba bajo el imán, encima de todas, en mi letra —mi letra del temblor, la de los días malos, con las patas de las eles temblando—, y ponía leche, tomates, lejía, y debajo, sola, una palabra: «caldo».
No me acuerdo de haberla puesto. No me acuerdo del martes entero, si he de ser sincera.
Pero la letra era mía, el imán era el mío, y el caldo, cuando bajé, estaba hecho, enfriándose en la olla, así que la escribí yo.
Tuve que ser yo. En esta casa no hay nadie más que escriba listas.
Me quedé un rato con la cuartilla en la mano, leyendo mi propia letra como se lee la de un desconocido, y luego la dejé donde estaba y me puse a fregar, que es lo que hago cuando una cosa me pide pensar y yo no quiero.
Por la tarde subo a Gonzalo el caldo que no recuerdo haber hecho. Lo prueba. Hace una mueca.
—Está bueno —dice, que es lo que dice siempre, lo bueno y lo malo—. ¿De qué es?
—De pollo. Como te gusta.
—A mí no me gusta el caldo.
—Te lo pediste tú.
—Yo no me he pedido nada en mi vida —dice, y sonríe, porque sabe que eso es verdad: Gonzalo nunca pidió nada, esperaba a que yo se lo adivinara, y de tanto adivinarle se me ha olvidado dónde acaban sus gustos y empiezan los míos—. Anda, dame otra cucharada. Ya que lo has hecho.
Le doy la cucharada. Le doy otra. Entre las dos me pregunta qué día es, y se lo digo, y a la cuarta vuelve a preguntar, y se lo vuelvo a decir, y la quinta vez no me pregunta el día sino el año, así, de pasada, como quien duda de una fecha en una carta, y yo se lo digo también, con la misma voz tranquila, y por dentro apunto la pregunta en una lista que no está en ninguna nevera.
LISTA — jueves, 6 de noviembre
– Leche
– Tomates
– Lejía
– Caldo (pollo)
– Pilas mando
– Rosas (don Ernesto)
Esa es la de hoy. La pego encima de la del martes, encima de la del lunes, encima de todas.
Tacho la leche, que ya la he subido. Tacho las rosas, que ya están en el recibidor, la más abierta en el centro.
Lo demás puede esperar. Lo demás, en esta casa, siempre puede esperar; lo único que no espera es lo que va faltando, y eso lo apunto enseguida, antes de que se me olvide a mí también.
Una lista de la compra es lo más sincero que escribe una mujer: ahí no se miente sobre lo que falta.
Lo demás sí. Lo demás se cuenta como una puede.
A Amparo le digo que Gonzalo está flojo.
Al médico le digo que duermo regular. A mí misma me digo que esto es el agotamiento y que la sangre me ha salido bien.
Pero la cuartilla de la nevera no sabe mentir, porque no sabe hablar; solo enumera.
Y si una se pone a leer los tacos del cajón, año tras año, atados con su goma, vería —si quisiera ver— cómo las listas se han ido quedando cortas.
Antes ocupaban la cuartilla entera, las dos caras.
Filete, fruta, dos botellas de leche, vino para las visitas, detergente, lo de los niños.
Ahora caben en cuatro renglones. Leche, tomates, lejía, y lo que aún coma él ese día, que cada vez es menos.
No me pongo a leerlas. Para qué. Las listas son para mirar hacia delante, hacia lo que falta por traer, no hacia atrás, hacia lo que ya no hace falta traer porque ya no hay quien lo coma. Cierro el cajón. Pongo el agua. Mientras hierve, ordeno lo que ya está ordenado.
Por la noche, después de la copa, Gonzalo me coge la muñeca cuando le retiro el vaso. No me la aprieta; la sostiene, como yo le sostengo la copa, hasta que el pulso se nos acompasa.
—Apunta una cosa en tu lista —dice, con los ojos ya medio cerrados.
—¿El qué.
—Que me has dado de cenar. Por si mañana no me acuerdo y te digo que no. —Una pausa larga, la respiración trabajándole en el pecho—. Que conste por escrito que su mujer le daba de comer todos los días. Que no falte ese renglón.
—No te voy a poner en la lista de la compra, Gonzalo.
—Pues en otra —dice—. Tú tienes listas para todo. Hasta para lo que no se compra.
Y se duerme, o lo finge, con la mano todavía en mi muñeca, y yo me quedo un rato sentada en el borde de la cama, en la penumbra, contándole la respiración como quien tacha renglones, hasta que estoy segura de que sigue, y solo entonces bajo a la cocina a hacer lo que hago de noche y no apunto en ninguna parte.