Capítulo 71
Rosina
Tras pasar la semana completamente sola, Rosina se sobresaltó al oír unos golpes tímidos en la puerta el sábado por la noche.
Miró por la ventana, pero quien estaba en el escalón llevaba una capa con capucha, así que no pudo distinguirle el rostro.
Aunque sí le pareció que era una mujer. Cuando Rosina abrió la puerta, la repentina ráfaga de aire frío le cortó la respiración.
La temperatura había bajado en picado desde la tarde, y pensó que incluso podría nevar.
—Entra —instó a la mujer, y cerró rápidamente la puerta tras ellas.
Cuando la visitante se bajó la capucha, Rosina vio que era Mina, la criada del vicario Winslow.
Tenía el rostro tan pálido y enfermizo como el sol que tan poco veían últimamente, y a la luz de la vela, Rosina pudo ver el miedo en sus ojos.
Supuso que debía de haber sido aterrador caminar por el bosque de noche, especialmente para alguien que vivía en el pueblo y no conocía el terreno.
—¿Es el vicario? —preguntó Rosina mientras Mina se acurrucaba junto al fuego.
La pobre muchacha temblaba tanto que le castañeteaban los dientes.
—¿Está enfermo?
Mina negó con la cabeza.
—Por favor, necesito tu ayuda —balbuceó.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y agarró a Rosina por la muñeca.
—Por favor.
Incluso antes de que Mina le dijera cuál era el problema, Rosina lo había adivinado.
Las mujeres solo tenían ese aspecto cuando esperaban un hijo que no querían.
Y dado que Mina no estaba casada y trabajaba para el hombre más inflexible de la parroquia, sus perspectivas no serían buenas una vez que su estado resultara evidente.
—¿De cuánto estás? —preguntó Rosina.
—Unos tres meses.
Las lágrimas se deslizaron por el rostro estrecho y pálido de Mina, que parecía enferma de vergüenza. Era muy joven, y aquello probablemente era consecuencia del arrebato embriagador del primer amor.
—¿El padre de tu hijo lo sabe? —preguntó Rosina.
No había oído que nadie estuviera cortejando a Mina, pero la gente no siempre hacía públicas sus intenciones, especialmente cuando tendrían que responder ante Winslow.
Rosina había oído de Dulcie, hacía lo que parecían meses, que el diácono, Warren Mills, sentía algo por Mina y que una vez había comprado una cajita de mazapán en la tienda para regalársela el Día de Mayo, pero, que ella supiera, aquello no había llegado a nada.
Y si el padre del bebé de Mina era Warren, seguramente él asumiría la responsabilidad.
—No lo sabe. Y nunca lo sabrá.
—Quizás se alegre.
Mina negó con la cabeza obstinadamente.
—No puedo tener este hijo. No lo haré.
La ira brotó en el pecho de Rosina. La reacción de Mina le decía que el hombre o bien estaba casado y no podía arreglar las cosas aunque quisiera, o bien la había presionado —o peor, forzado—, y ahora le tocaba a ella enfrentar las consecuencias sola.
Pero ¿qué podía hacer? ¿Y a quién podía decírselo?
Los padres de Mina habían muerto hacía tiempo y no tenía otra familia.
Si el vicario se enteraba, la echaría tanto de su casa como de su iglesia. Mina quedaría humillada y deshonrada.
Pero ¿quién en el pueblo se atrevería a desafiar al vicario?
E incluso si alguien lo hiciera, Mina seguiría sin trabajo en un momento en que nadie contrataba nuevos sirvientes.
Bien podría morir de hambre en la calle, porque acogerla significaría compartir las escasas provisiones de las que disponía una familia para subsistir.
—No puedo tener este hijo —gimió Mina—. Te ruego que me ayudes.
Rosina vaciló. Ya la trataban con sospecha y la evitaba la mayoría del pueblo, y si alguien descubría lo que había hecho, de verdad se convertiría en un blanco.
No hacía falta mucho para provocar a gente que ya estaba enfadada, hambrienta y asustada, especialmente cuando se les recordaba semana tras semana que Dios los estaba castigando por sus pecados y que debían expiar y volverse más virtuosos si querían que su sufrimiento cesara.
Pero ¿cómo podía permitir que esta pobre muchacha se enfrentara al juicio de Winslow?
Su vida quedaría destruida, y tanto la madre como el hijo podrían acabar desterrados y muertos de hambre.
—Está bien, te ayudaré —dijo Rosina con una determinación que no sentía.
Sería la primera vez que hacía algo así desde que había llegado al pueblo.
—Pero ¿qué pasa con el vicario? ¿No se dará cuenta de que te has ido?
—Nunca se despierta durante la noche.
Mina levantó una mano para enjugarse una lágrima, y Rosina notó un feo arañazo en ella.
—¿Te arañó el gato? —preguntó.
Tendría que ponerle un poco de ungüento en la herida.
La chica le lanzó una mirada extraña.
—¿El gato?
Se miró la mano.
—Ah, no. Me raspé la mano con una piedra afilada mientras limpiaba el hogar.
—Siéntate —dijo Rosina, y se dispuso a preparar lo que necesitaría: poleo, trapos, un orinal y una pala para enterrar el feto.
Nadie podía enterarse de lo que iba a hacer, y lo último que necesitaba era un lobo hambriento en su puerta, devorando lo que quedara del bebé de Mina.
Mientras preparaba la mezcla, Mina se sentó junto al fuego con la mirada fija en las llamas.
Aún no se había quitado la capa y seguía temblando, pero Rosina sospechaba que era más de miedo que de frío.
La chica casi dejó caer la taza con el potente brebaje que Rosina le había dado, pero tras varias respiraciones temblorosas, Mina apuró el contenido.
Por fin se quitó la capa, y las dos se acomodaron a esperar, en un silencio roto solo por el chasquido de los troncos en el fuego y la suave respiración de Holly mientras dormía en su cesta junto al hogar, donde hacía más calor.
—Mina —comenzó Rosina al fin, pero no estaba segura de qué quería decir.
Quería ofrecerle consuelo, pero era evidente que Mina estaba asustada y no deseaba hablar. Solo quería pasar aquella noche y olvidar que nada de aquello hubiera sucedido jamás. Rosina echó otro tronco al fuego. Esa era la única ventaja de vivir en el bosque. Al menos tenía leña de sobra.
De repente, Mina se levantó de un salto de la silla y salió corriendo.
Rosina la siguió. Mina estaba doblada en dos, vomitando en el huerto estéril de Rosina, con los brazos fuertemente cruzados sobre el vientre.
No parecía haber nada que vomitar, ya que probablemente no había comido, pero debía de haber expulsado parte del poleo que Rosina le había dado.
Mina se enderezó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se volvió hacia Rosina con los ojos llenos de horror.
—Debes darme más —suplicó—. Necesito más.
Rosina negó con la cabeza.
—No puedo correr ese riesgo, Mina. Si te doy demasiado, podría matarte.
—Pero lo vomité todo.
—Eso no lo sabemos. Debemos esperar un rato. Entra. Hace frío.
Y lo estaba. El cielo se había aclarado, las ramas desnudas se recortaban negras y austeras contra la bruma pálida.
Los copos giraban en el aire gélido, y Rosina pensó que nevaría antes del amanecer.
Era demasiado pronto para esa época del año, pero últimamente nada era como debía ser, y la propia Naturaleza parecía desconcertada y fuera de quicio.
Rosina hizo entrar a Mina, le dio una manta de lana y la acomodó junto al hogar.
Le ofreció una taza de agua para quitarse el sabor repugnante del vómito.
Mina la aceptó con manos temblorosas. Estaba pálida y miraba las llamas con la mirada perdida. Entonces se puso de pie.
—Me voy —anunció.
—Mina, no puedes hacer esto sola. Y no en la vicaría , quiso añadir Rosina.
—Pareces agotada —dijo Mina—. No puedo dejarte en vela toda la noche. Y tienes que cuidar de la bebé.
—Estaré bien.
—Solo me quedaré si te acuestas un rato. Te despertaré cuando empiecen los dolores —prometió Mina.
Rosina estaba cansada. Debía de ser cerca de medianoche, y llevaba en pie desde mucho antes del amanecer, pero no podía dejar a Mina sola, no después de que la muchacha hubiera visto qué frasco había cogido al preparar el poleo.
Se acercó a su mesa de trabajo y, de espaldas a Mina, deslizó el frasco en el bolsillo del delantal.
Luego se tumbó en la cama. No iba a dormir, pero descansaría un poco.
El fuego crepitaba en el hogar, su llama la única luz en la cabaña. El silencio pesaba entre las dos mujeres, cargado de palabras que flotaban en el aire como copos de nieve. Los minutos transcurrían, la cabaña se iba calentando, y a Rosina empezaron a pesarle los párpados.
Se despertó sobresaltada y se incorporó de golpe, mirando confusa a su alrededor.
El fuego se había consumido, y un montón de brasas resplandecientes bañaba la habitación en un resplandor rojizo.
Mina parecía haberse quedado dormida, y Holly seguía durmiendo plácidamente, con la respiración lenta y acompasada.
Afuera, reinaba un silencio absoluto. Demasiado silencio.
Rosina se levantó y fue a echar leña al fuego.
Al girarse, reparó en la silla. Lo que había creído una muchacha adormilada acurrucada bajo una manta era en realidad solo la manta enrollada y dispuesta para simular una forma humana en la oscuridad.
Mina no estaba. Debían de haber sido el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse y la corriente de aire lo que la había despertado.
No tenía forma de saber cuánto tiempo había dormido, pero debía de haber sido un buen rato, pues la luz que entraba por la ventana era ahora de un gris fantasmal.
Metió la mano en el bolsillo y cerró los dedos en torno al frasco de poleo.
Lo sacó y lo sostuvo a la altura de los ojos, pero no pudo distinguir cuánto quedaba a través del cristal marrón oscuro.
Abrió la puerta y salió. El aire gélido la golpeó como un puño, y el suelo estaba cubierto por un manto esponjoso de nieve.
Un rastro de manchas rojas brillantes se adentraba hacia los árboles; la sangre florecía como rosas de invierno cubiertas por una delicada capa de hielo.
Rosina se arrebujó en el chal y echó a andar tras Mina, llamándola a voces, pero el denso silencio del bosque dormido engulló su voz.
Pronto se dio cuenta de que no podía seguir adelante.
Bajo el dosel de los árboles reinaba la oscuridad, y los montones de nieve acumulados en los huecos ocultaban espesos helechos y madrigueras excavadas por animales que vivían bajo tierra.
Y entonces oyó el inconfundible aullido de un lobo.
No eran solo los aldeanos quienes pasaban hambre.
Los animales también estaban famélicos; la gente que invadía sus tierras les había arrebatado el sustento.
Rosina no podía permitirse correr peligro de muerte.
Holly estaba sola, la cabaña se estaba enfriando, y no lograba recordar si, con las prisas, había olvidado echar el pestillo a la puerta.
Se dio la vuelta y corrió hacia casa, rezando para que Holly estuviera a salvo y Mina hubiera encontrado refugio.
La puerta se había abierto de golpe, y la bebé temblaba en sueños, con el rostro sonrosado por el frío.
Rosina cerró con llave, reavivó el fuego y luego se llevó a Holly a la cama y la estrechó contra sí hasta que la niña estuvo tan caliente como una hogaza de pan recién sacada del horno.
Intentó descansar, pero no logró conciliar el sueño.
No tenía forma de calcular cuánto poleo había retenido Mina.
No había indicios de aborto en la cabaña.
Había visto gotas de sangre en la nieve, pero el rastro habría sido mucho más abundante si Mina hubiera abortado.
Eso sí, se había llevado los trapos antes de verse obligada a marcharse.
Winslow no tardaría en despertar y bajar, sin duda esperando encontrar la cocina caliente y el desayuno listo.
Rosina acabó por quedarse dormida, pero luego Holly empezó a inquietarse.
Necesitaba que la cambiaran y le dieran de comer.
Rosina se ocupó de sus tareas habituales como si estuviera en un sueño.
O en una pesadilla. Era domingo, y el vicario oficiaría el servicio a las diez.
En cuanto oyó la campana convocando a los fieles a la iglesia, vistió a Holly con una túnica de lana y medias, le puso los botines de punto que había tejido para abrigarle los pies, envolvió a la bebé en una manta y la acomodó en el fular.
Rosina bajó a toda prisa por el sendero nevado que conducía al pueblo, procurando no resbalar.
Rezó durante todo el camino para que Mina estuviera en la iglesia, en su lugar habitual cerca de la puerta, ya que siempre era de las primeras en marcharse para preparar la comida del mediodía a su señor.
Necesitaba ver a Mina para asegurarse de que la muchacha estaba bien y de que su secreto seguía a salvo.