La bruja Winter (Misterios Históricos de Nicole Rayburn 7) Capítulo 67
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Capítulo 67

Rosina

Rosina asistía a la iglesia todos los domingos sin falta, pero si antes había sido una oportunidad para charlar con los vecinos e incluso conseguir nuevos clientes, ahora se había convertido en un suplicio.

Algunas personas se mostraban abiertamente hostiles y hacían la señal del diablo cuando se acercaba, mientras que otras simplemente la ignoraban para luego ponerse a cuchichear en cuanto pasaba.

Nadie se sentaba a su lado ni le dirigía la palabra después del servicio, pero sorprendió varias veces la mirada recelosa del diácono Mills, casi como si esperara que desapareciera en una nube de humo.

Dulcie le dedicó una sonrisa a modo de disculpa antes de unirse a las demás damas, y aunque Sam le había preguntado a Rosina qué tal le iba la primera vez que asistió al servicio tras la acusación, no había vuelto a acercarse a ella desde entonces.

Había esperado que se sentara con Euphemia, pero Sam se sentaba solo en el lado opuesto del banco.

Sir Roderick no prestaba atención a Rosina, pero esta notó que Constance se volvía para mirarla y que sus ojos se desviaban una y otra vez hacia Holly, lo que la llevó a preguntarse de nuevo si Holly sería la nieta de sir Roderick.

De ser así, o él no lo sabía o no quería saber nada de ella.

Varias mujeres estaban encinta, pero ninguna había consultado a Rosina en calidad de comadrona, y se había enterado por Edith Wyck, que aún la llamaba para que le preparara su ungüento, de que una partera de la aldea vecina estaba atendiendo a las mujeres de Halverstead.

Rosina sentía en lo más hondo el rechazo de sus vecinos, pero cuando lograba distanciarse, se maravillaba de lo rápido que la gente se había vuelto en su contra.

No había hecho más que ayudarlos: había traído al mundo docenas de bebés sanos y les había curado cortes, forúnculos y verrugas.

¿Era eso todo lo que hacía falta, la acusación de un borracho zafio y la confirmación de su atemorizada cuñada?

Ya se habían publicado las amonestaciones en el pórtico de la iglesia para las próximas nupcias de Horace Dean y Bettina Ward.

«No han tardado mucho» , pensó Rosina al ver el anuncio.

¿Habían estado liados a espaldas de Abigail, o estaba Bettina tan desesperada por encontrar marido que estaba dispuesta a casarse con el ogro de su cuñado y hacerse cargo de sus hijos?

Probablemente lo segundo. Para algunas mujeres, tener un marido, aunque fuera indiferente, seguía siendo mejor que estar sola.

Y que los hijos de otra la llamaran «madre» seguramente resultaba más gratificante que no tener más que la tumba del propio hijo que visitar.

Si los frecuentes embarazos de Abigail servían de indicio, Bettina pronto tendría bebés propios a los que amar.

¿Había sido una tonta al dejar a su marido?

En su momento, no había creído que pudiera sobrevivir a aquel dolor, pero ahora pensaba que quizá se había precipitado.

De haberse quedado, al menos no estaría pasando hambre y habría tenido una comunidad a su alrededor.

Pero viéndolo con perspectiva, no creía que hubiera podido quedarse.

Una vez rotas, algunas cosas no podían repararse, y una vez que un hombre levantaba la mano contra su esposa o su hijo, no había vuelta atrás.

Mientras regresaba a casa con paso cansino tras otro oficio cargado de hostilidad, deseó haber corrido el riesgo y haberse marchado justo después de la muerte de los Dean. Pero ahora era demasiado tarde. Ya estaban bien entrados en octubre. Los días se acortaban y las noches eran mucho más frías.

Unos meses más, se dijo Rosina. Unos meses más y estaría libre de aquel lugar y de aquella gente desleal.