Capítulo 63
Después de la visita de Edith Wyck, Rosina sintió demasiado miedo para ir al pueblo.
Todo el mundo sabía que Horace Dean era un borracho desagradable y que sus acusaciones, fruto de la cerveza, podían no tener nada que ver con la realidad.
Y debía de estar bebiendo hasta perder el sentido, pensó Rosina, en lugar de ayudar a sus hijos a sobrellevar la pérdida de su madre y su hermanito.
¿De dónde sacaba siquiera el dinero para pagar la bebida?
Todo el mundo se las apañaba con lo mínimo y compraba solo lo estrictamente necesario.
Pero aunque sus vecinos no creyeran a Horace, seguro que escucharían a Bettina.
Era conocida por ser una mujer serena y práctica.
Seguramente no estaría difundiendo historias de brujería ni diciendo que Rosina había resucitado a Joshua para luego fulminarlo por pura malicia. ¿O sí?
Rosina se había sentido desconsolada tras perder a su madre, y ahora, de repente, volvía a sentirse igual: como una niña perdida.
No tenía a nadie en quien apoyarse, ni familia, ni marido, ni siquiera una amiga leal.
Había visto a Dulcie en la iglesia, pero no habían hablado a solas desde que Rosina le pidió que fuera la madrina de Holly.
Dulcie se había presentado brevemente junto al arroyo, pero se apresuró a volver a casa en cuanto terminó el bautismo y Rosina se dispuso a llevar a Holly a casa.
Por un momento, Rosina consideró marcharse.
Ya lo había hecho antes y podía volver a hacerlo, pero la idea de establecerse en un lugar nuevo e intentar una vez más hacerse un nombre la desanimó por completo.
Estaba tan cansada de no pertenecer a ningún sitio.
Había pensado que podría quedarse en Halverstead para siempre y labrarse un hogar en aquella comunidad, pero últimamente sus vecinos eran como lobos hambrientos, dispuestos a despedazar cualquier cosa que vieran como presa.
Aun así, tenía que quedarse. Por el bien de Holly.
Puede que no tuvieran mucho, pero al menos tenían un hogar y el bosque.
Rosina se consideraba una mujer honrada y jamás había tomado nada que no le perteneciera, pero la honradez no llenaba el estómago.
Sabía dónde estaban las trampas. Había pasado junto a ellas muchas veces cuando salía a buscar bayas y plantas.
En varias ocasiones había visto conejos, y a veces incluso algún ciervo atrapado en las trampas, muerto o todavía agonizando; ella pasaba de largo y apartaba la mirada.
Pero quizá la próxima vez no se limitaría a alejarse.
No se atrevería a llevarse el cadáver de un ciervo, pero si pudiera birlar un conejo o un tejón, tendría carne suficiente para alimentarse durante semanas.
Tenía que sobrevivir al invierno y, cuando llegara la primavera, ya decidiría qué hacer.