La bruja Winter (Misterios Históricos de Nicole Rayburn 7) Capítulo 64
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Capítulo 64

Aquel domingo, Rosina se preparó para ir a la iglesia, pero una vez lista, con Holly alimentada y envuelta en su manta, descubrió que no tenía fuerzas para salir.

No podía enfrentarse a todas aquellas miradas escrutadoras ni a los comentarios a sus espaldas o, peor aún, en su propia cara.

Quizá fuera solo su mala conciencia, ya que en el fondo sabía que lo ocurrido en la granja de los Dean era una anomalía y que el niño debería haber seguido muerto.

Y todo giraba en torno al niño, no a Abigail.

Las mujeres morían en el parto constantemente, y nadie habría cuestionado el fallecimiento de Abigail si hubiera muerto justo después de dar a luz.

Sin embargo, el hecho de que tanto la madre como el hijo hubieran fallecido días después, cuando ambos se consideraban fuera de peligro, resultaba más difícil de explicar.

Pero Rosina no podía permitir que los aldeanos vieran sus dudas ni se alimentaran de su debilidad.

Llena de energía nerviosa, no creía poder quedarse quieta, así que cogió a la bebé y salió a caminar por el bosque hasta que Holly empezó a tiritar de frío.

Luego regresó a la cabaña, alimentó a la bebé, la acostó y se calentó un poco de caldo sobrante.

El líquido caliente debería haberla reconfortado, pero seguía helada por dentro; su instinto le decía que faltar a la iglesia un domingo no bastaría para acallar las lenguas viperinas ni para que la comunidad volviera a confiar en ella.

Apenas había dejado el cuenco vacío cuando llamaron a la puerta.

Anhelaba ver una cara amiga, y por un breve instante, al oír aquella llamada decidida, pensó que podría ser Sam; pero al abrir la puerta se encontró con la mirada fría y dura del vicario.

Este entró y se quitó el sombrero, pero rechazó el ofrecimiento de sentarse y permaneció de pie.

Era evidente que no estaba allí para recibir asistencia médica.

—¿En qué puedo ayudarle, vicario? —preguntó Rosina. Sonaba fría y profesional, pero por dentro temblaba de aprensión.

—Cuénteme qué ocurrió en casa de los Dean —exigió sin preámbulos—. Debo saberlo.

—Atendí el parto del hijo de Abigail Dean —respondió Rosina.

—Necesito los detalles.

Rosina le ofreció a Winslow una versión de los acontecimientos adecuada para oídos masculinos y esperó a que respondiera.

—Horace Dean afirma que usted trajo a su hijo de vuelta de entre los muertos. Su cuñada confirma su relato.

—No traje al niño de vuelta de entre los muertos —respondió Rosina con calma—. Y Horace Dean no estuvo cerca de su hijo, ni en el momento del nacimiento ni después.

—Pero Bettina sí estuvo, y dice que presenció lo que usted hizo con sus propios ojos. Dice que usó un hechizo para revivir a un niño nacido muerto.

—No hice tal cosa —exclamó Rosina.

—Entonces, ¿el niño estaba respirando cuando vino al mundo? —presionó Winslow.

—No —admitió Rosina a regañadientes.

—¿Cuánto tardó en respirar por primera vez?

—Unos minutos como mucho.

Fue más que eso. Al menos cinco minutos, quizá incluso más, pero no iba a decírselo a Winslow. La única otra persona en la habitación había sido Bettina. Abigail no había sido consciente del paso del tiempo, no en su estado.

—¿Qué hizo para conseguir que el niño respirara? —preguntó Winslow. Tenía los ojos entrecerrados y la observaba con una mirada que ella solo podía describir como hambrienta.

—Lo calenté y le masajeé el pecho con cuidado.

—¿Le dijo algo al niño?

—Solo «Vuelve» —admitió Rosina.

—¿Cuántas veces lo dijo? —ladró Winslow.

—Dos, tres veces.

—Entonces fue un conjuro —concluyó.

—No fue un conjuro —exclamó Rosina—. Simplemente le estaba hablando.

—¿Niega haber traído al niño de vuelta de entre los muertos? —exigió Winslow.

Sintiéndose ahora verdaderamente amenazada, Rosina se revolvió contra él, aterrorizada.

—Vicario, ¿de verdad cree que tengo el poder sobre la vida y la muerte?

El Señor da y el Señor quita. Fue Su voluntad que el niño respirara, así como fue Su voluntad que el niño y su madre fallecieran.

No hice nada que cualquier otra comadrona no hubiera hecho.

Mi deber es preservar la vida, y tanto Abigail como Joshua estaban vivos cuando los dejé. Y siguieron vivos durante varios días.

—¿Niega que Horace Dean rehusó pagarle?

—No lo niego.

—Y estaba enfadada.

—Sí, lo estaba, como lo estaría cualquiera a quien le negaran el pago por su trabajo. Pasé casi toda la noche en la granja de los Dean.

—Una bruja no tendría ningún problema en revertir su hechizo —anunció Winslow—. Especialmente si se confabuló con el diablo.

«¿Y qué sabría usted de eso?» , quiso gritar Rosina. «¿Alguna vez se ha encontrado con una bruja? ¿Ha presenciado cómo se lanza un hechizo? ¿Ha visto con sus propios ojos cómo se extingue una vida como consecuencia? ¿Ha conocido al diablo?»

—Soy una comadrona experimentada, vicario. Mi único objetivo es preservar las vidas de las madres a las que asisto en el parto y las de sus bebés —reiteró Rosina con los dientes apretados—. No conozco ninguna magia ni me confabulo con el diablo.

Winslow volvió a encasquetarse el sombrero.

—Espero verla en la iglesia el próximo domingo. Y todos los domingos a partir de entonces. Y le sugiero que rece por su alma y pida perdón. El Señor no ve con buenos ojos a las mujeres que conspiran para engañarlo.

El vicario salió airado sin decir otra palabra, dejando a Rosina temblando de nervios.