Capítulo 58
Una noche, ya tarde, a finales de agosto, llamaron a la puerta de Rosina.
Esperaba que no fuera otro caso de malestar estomacal.
Estaba demasiado cansada para sujetarle la cabeza a alguien mientras vomitaba o intentar curar un ataque de diarrea sin más remedio que el té de manzanilla.
Además, tendría que despertar a Holly y llevársela.
Abrió la puerta y se encontró en el umbral a Henry Dean, un chico de once años que últimamente estaba delgado como un junco y visiblemente asustado.
—Henry, ¿qué ocurre? —exclamó Rosina—. ¿Estás enfermo?
—Es mamá —balbuceó Henry—. Por favor, venga, señorita De Winter.
Abigail Dean había dado a luz siete hijos en doce años y nunca había llamado a Rosina para que la ayudara durante el parto.
Era una mujer robusta y estoica que no le daba cuartel al dolor.
Su última hija había llegado tan rápido que Abigail solo había tenido tiempo de levantarse las faldas y ponerse en cuclillas antes de que la bebé cayera al suelo de la cocina.
Abigail había cortado el cordón, limpiado a la niña y luego a sí misma, y había seguido amasando el pan que había empezado antes de que comenzaran los dolores.
Que hubieran mandado a Henry a buscar a Rosina solo podía significar que la situación era grave.
Rosina levantó a Holly de su cesta, la envolvió en la manta y siguió a Henry hacia la salida.
Para su gran alivio, él había traído el carro, así que al menos no tendrían que atravesar el bosque oscuro y húmedo, con sus trampas y animales medio muertos de hambre, para llegar a la granja.
Aun así, el viaje llevó un buen rato, y cuando llegaron y entraron en la casa, Rosina oyó unos gemidos graves y animalescos procedentes del dormitorio de arriba, de esos que asociaba con un parto prolongado y un dolor insoportable.
—Cuida de ella —dijo Rosina, entregándole a Holly a Mabel, la hija de doce años de Abigail.
La niña cogió a la criatura y se acomodó junto al fuego, meciendo a la bebé con la soltura de una madre experimentada. Mabel había ayudado a criar a sus hermanos, y Rosina sabía que Holly estaría a salvo con ella. Subió las escaleras de dos en dos, guiada por los gemidos de Abigail.
La mujer yacía en la cama con las piernas abiertas, los brazos inertes y los ojos cerrados. Había perdido mucho peso y estaba muy delgada, salvo por el vientre redondo, tenso como un tambor mientras otra contracción la sacudía. Estaba casi inconsciente de agotamiento y dolor.
Bettina, la hermana menor de Abigail, permanecía de pie junto a la cama. Estaba blanca como la cera y parecía aterrorizada. Había enviudado hacía poco y había perdido a su propia hijita por disentería el año anterior. Probablemente temía perder también a su hermana.
—¿Cuánto tiempo lleva de parto? —preguntó Rosina mientras se arremangaba.
—Desde ayer a mediodía.
—¿Por qué no me mandasteis llamar?
Bettina no respondió, y Rosina supuso que Abigail le había prohibido ir a buscar ayuda.
Abigail confiaba en su propia fuerza y capacidad.
Pero que una madre de siete hijos llevara un día y medio de parto era inusual.
Sin abrir los ojos, Abigail dejó escapar un gemido bajo y gutural, se tensó y después quedó laxa cuando la contracción por fin cedió.
Rosina colocó las manos sobre el vientre de Abigail y presionó con suavidad en varios puntos antes de apartarse. Miró a Bettina.
—El niño viene de nalgas —dijo en voz baja.
—Lo sé —murmuró Bettina.
—¿Por qué no me mandasteis llamar antes? —exigió Rosina, sin molestarse esta vez en ocultar su frustración.
—Pensamos que podríamos apañárnoslas. Sacarlo con los pies por delante.
—Solo que no viene con los pies por delante —siseó Rosina—. Está sentado con las piernas cruzadas.
Bettina ahogó un grito.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Es demasiado tarde para intentar girarlo —respondió Rosina—. Lo único que puedo hacer es empujarlo hacia arriba, agarrar los pies y guiarlos hacia fuera.
—¿Puedes hacerlo? —Bettina parecía más esperanzada ahora, aliviada de que otra persona asumiera la responsabilidad de su hermana y el niño.
—No lo sé.
Rosina estaba a punto de examinarla cuando Horace Dean, el marido de Abigail, entró en la habitación. Era un hombre corpulento, de rasgos toscos y rubicundos, con puños como jamones. Horace se tambaleaba y apestaba a aguardiente, a establo y a sudor.
—Quiero mi cena —bramó.
—Mabel te dará la cena —dijo Bettina en tono conciliador.
—¿Aún no ha terminado? —preguntó con asco mientras miraba a su esposa en pleno parto—. He visto a Mabel con un crío —farfulló.
—Es Holly. Mi hija —dijo Rosina.
Horace pareció reparar en ella por primera vez.
—¿Qué haces aquí?
—Yo la mandé llamar —intervino Bettina antes de que Rosina pudiera decir que había sido Henry quien había ido a buscarla.
—¿Por qué? Abigail no la quiere aquí.
—Hay complicaciones, Horace —dijo Bettina.
Horace no se molestó en preguntar qué tipo de complicaciones ni en dedicarle otra mirada a su esposa.
—Acabad de una vez —gruñó—. Me estoy hartando del ruido. Y tengo hambre.
Cerró de un portazo, dejando a las mujeres con el asunto del parto.
Rosina no tuvo mucho tiempo para pensar, pero le dio tiempo a reflexionar que era mejor estar sola que casada con un bruto como aquel, que probablemente sentía más compasión por una vaca pariendo que por la mujer que le había dado siete hijos, y que veía el dolor de ella como una molestia y no como motivo de preocupación.
Pero Rosina no tenía tiempo que perder con Horace Dean.
Toda su atención estaba puesta en la esposa de este.
Esperó a que pasara una contracción y luego introdujo los dedos en Abigail.
La mujer gruñó de dolor, pero Rosina no podía permitirse ser demasiado delicada.
Solo tenía unos instantes antes de que llegara la siguiente contracción y necesitaba evaluar la situación con rapidez.
Como había sospechado, sintió el trasero del niño firmemente encajado en el canal del parto.
Rosina empujó tan fuerte como se atrevió, y luego otra vez, hasta que el pequeño trasero blando por fin se movió.
Tenía el brazo dentro de Abigail casi hasta el codo, la muñeca y el antebrazo comprimidos por la fuerza de la contracción que se avecinaba, pero controló la respiración y aguantó, ignorando la presión aplastante en los huesos.
En cuanto la contracción cedió, volvió a trabajar, desplazando con cuidado al niño hacia una posición mejor hasta que, por fin, tras lo que le parecieron horas, logró agarrar un diminuto pie, luego el otro, y cerrar los dedos en torno a los tobillos del bebé.
Otra contracción pasó antes de que Rosina finalmente lograra sacar los pies, y luego las delgadas piernecitas.
—Ya casi está —gruñó, guiando las nalgas del bebé hacia afuera.
Si lograba sacar los hombros, solo quedaría la cabeza, y quizás —Dios mediante— el niño aún podría salvarse. Pero cuando otra contracción sacudió a Abigail, el bebé pareció escurrirse de las manos de Rosina, el cuerpecito retrocediendo como si algo invisible tirara de él.
—¿Qué acaba de pasar? —gritó Bettina. Se había mostrado esperanzada, casi aliviada, al ver al bebé empezar a emerger, pero ahora el pánico le desfiguraba el rostro.
Rosina logró guiar la parte inferior del cuerpo hacia afuera una vez más, pero lo sintió retroceder de nuevo en cuanto la contracción pasó.
—Dios mío —gimió.
—¿Qué pasa? —exigió Bettina.
Las manos de Rosina estaban resbaladizas de sangre y fluidos del parto; su respiración se había vuelto entrecortada y rápida.
—Algo retiene al niño. El cordón, quizás. Puede que esté enrollado alrededor del cuello, o tan apretado que el bebé no puede descender.
—¿Puedes liberarlo? —gritó Bettina.
No. No creo que pueda , quiso gritar Rosina.
Ya era bastante difícil aflojar un cordón cuando el niño venía bien colocado, pero con el cuello todavía tan arriba dentro del cuerpo de Abigail, Rosina no tenía forma de alcanzarlo.
Aquello era tarea para un médico con instrumentos, y aun así, solo Dios sabía si lograría salvar a la madre o al niño.
Rosina carecía de las herramientas y la experiencia para extraer al bebé del vientre, y Abigail no tenía fuerzas para soportar mucho más.
Tanto la madre como el bebé podrían morir en la próxima hora.
Pero ¿qué debía hacer Rosina? ¿Cómo iba a apartarse sin más y dejarlos perecer?
No había tiempo de ir a buscar un médico.
Aunque Henry o su padre ebrio cabalgaran como si el mismísimo diablo los persiguiera, para cuando llegara un doctor —si es que se dignaba a acudir en ayuda de alguien que no podía pagar sus honorarios—, Abigail probablemente ya estaría muerta, y el niño con ella.
Lo único que Rosina podía hacer era terminar lo que había empezado.
Inspiró con un temblor y se obligó a pensar.
El niño estaba atrapado, retenido por el cordón o por el ángulo incómodo de su cuerpo, y Abigail estaba demasiado agotada para ayudar.
Rosina deslizó la mano dentro una vez más, ignorando el calor, la sangre, la terrible presión del cuerpo de la mujer cerrándose a su alrededor, e intentó encontrar qué retenía al niño.
No podía alcanzar el cuello. No podía aflojar el cordón.
Lo único que podía hacer era ir bajando al bebé poco a poco, trabajando con cada contracción en lugar de contra ella.
—Bettina, sujétale las rodillas hacia atrás —ordenó Rosina—. Y cuando te lo diga, suelta y presiona aquí abajo. No tan fuerte como para hacerle daño. Solo lo suficiente para ayudar a que salga el niño.