Capítulo 57
Rosina
Tras una primavera fría y húmeda que dio paso a un verano igualmente frío y lluvioso, con el otoño acercándose a toda prisa, las privaciones comenzaron a pasar factura a la comunidad.
Las provisiones del año anterior se habían agotado.
Los sótanos y las despensas estaban vacíos, la tienda apenas tenía género y los precios eran exorbitantes.
Los tallos de trigo se pudrían en los campos, el ganado parecía famélico y exhausto, y quienes ya se habían apretado el cinturón tuvieron que apretárselo aún más.
La pérdida de las cosechas conduciría inevitablemente a una hambruna generalizada durante los meses de invierno.
Ya había varias personas con signos de escorbuto, y dos mujeres habían dado a luz prematuramente a bebés enfermizos y de bajo peso.
En lugar de ofrecer consuelo y guiar a sus feligreses en aquellos tiempos difíciles, Winslow proclamaba semana tras semana desde el púlpito que el hambre y la incertidumbre eran un castigo.
El orgullo, la avaricia, el comportamiento lascivo y la impiedad habían provocado que Dios enviara el Gran Diluvio, y ahora estaba decepcionado de nuevo con Sus hijos y podría decidir empezar de cero si la gente no corregía su conducta.
Mientras los feligreses abordaban sus defectos morales en privado, luchaban por su supervivencia en público.
Si bien algunos vecinos intentaban ayudarse mutuamente, como ocurre en cualquier situación en la que escasea la comida, había quienes robaban, acaparaban y mentían.
El bosque había sido el dominio de Rosina desde que se mudó al pueblo, pero ahora se encontraba con más gente en sus paseos: mujeres y niños que rebuscaban cualquier cosa comestible.
Sir Roderick había amenazado con procesar a los cazadores furtivos con todo el peso de la ley, pero no había ninguna ley que prohibiera recoger plantas o recolectar bayas y setas.
Y lo único que prosperaba en un clima tan húmedo eran los hongos.
Los corros de setas brotaban de la noche a la mañana, y los vecinos se peleaban con frecuencia por lo recolectado; los ánimos crispados a veces acababan en peleas a puñetazos y en advertencias más severas desde el púlpito.
El problema era que no todo el mundo sabía qué se podía comer sin peligro, y llamaban a Rosina para tratar trastornos intestinales graves y casos de vómitos continuos.
Logró ayudar a sus pacientes e intentó ofrecerles consuelo y palabras de orientación.
Pero, a pesar de sus advertencias, la tragedia acabó golpeando a la comunidad.
Tres niños, dos hermanos y su primo, todos menores de diez años, se toparon con un corro de setas y, en lugar de llevárselas a sus madres, hicieron una fogata, las hirvieron en una lata vieja y se las comieron todas.
Robbie, uno de los hermanos Grundy, fue el primero en morir.
Rosina sospechaba que se había comido la seta venenosa entera.
No había nada que pudiera hacer por él. Su hermano Donald y su primo Peter lograron aguantar hasta bien entrada la noche, pero, a pesar de las violentas purgas, ambos sucumbieron de madrugada.
Rosina pensó que una oronja mortal o un ángel destructor había ido a parar a su sopa, y aunque los niños no se hubieran comido esas setas en concreto, eran tan tóxicas que su mera presencia bastaba para contaminar todo el guiso.
Todo el pueblo lloró la muerte de los niños y acudió a los funerales.
Winslow logró moderar su desdén, pero era obvio que culpaba a los padres por permitir que sus hijos buscaran comida en las tierras de sir Roderick y por no haber vigilado mejor lo que comían.
Durante un tiempo tras las muertes, Rosina vio a menos gente en el bosque, pero el hambre era un acicate poderoso y, finalmente, los recolectores regresaron a recoger cualquier cosa que pudieran encontrar para complementar las raciones de hambre con las que todos sobrevivían.
Llamaban a Rosina para ayudar a cada vez más personas, pero tenía pocas medicinas y sus vecinos no tenían con qué pagar.
Aceptaba lo que le ofrecieran: una taza de leche, una patata, puerros, o incluso un trozo de queso mohoso o huesos de animal.
Remojaba el pan en la leche y alimentaba a Holly con aquella papilla, y a veces le daba puré de patata o caldo de huesos.
La niña se desarrollaba con normalidad, pero Rosina había perdido peso y la menstruación ya no le venía con regularidad.
Pero no tenía motivos para preocuparse en ese sentido.
Estaba tan sola como siempre, y aunque la tentación de ir a ver a Sam y decirle que había cometido un error, que quería estar con él, al diablo con las consecuencias, era enorme, no lo había visto en semanas.
Sam no había ido a la iglesia, y Rosina había oído por Dulcie que lo había visto en el pueblo con Euphemia Landers, la hija del tabernero.
Pero en aquellos días los esfuerzos de todos eran tibios, con todas las energías volcadas en la supervivencia, y si Sam estaba cortejando a Euphemia, no le había llegado noticia alguna de un compromiso.
Rosina sabía que era egoísta, pero esperaba que Sam no se casara con Euphemia. Si lo hacía, lo perdería para siempre.