La bruja Winter (Misterios Históricos de Nicole Rayburn 7) Capítulo 29
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Capítulo 29

Kezia

Demasiado asustada para arriesgarse a que la vieran por el camino, Kezia se internó en el bosque y avanzó hacia el norte hasta que encontró una cabaña en ruinas donde decidió pasar la noche.

Estaba cansada y hambrienta; no había comido nada desde el pan que Elspeth le había ofrecido esa mañana.

Bebió agua de un arroyo cercano, cenó pan y queso, y después de lavarse, se acostó a dormir.

Una parte del techo que aún quedaba en pie y los restos de las paredes le proporcionaban refugio suficiente para mantenerse oculta y a resguardo de la humedad.

Se tumbó sobre un lecho de hierba y agujas de pino, apoyó la cabeza en el fardo de ropa y se acurrucó.

Permaneció despierta largo rato mientras las imágenes de su vida desfilaban por su mente.

Pensó en su madre, Varda, y deseó poder estar con ella.

Varda había sido cariñosa y amable, pero la vida no le había resultado fácil, y cuando enfermó y murió a los veintitrés años, su muerte fue una bendita liberación.

Y aunque habría preferido no recordarlo, pensó en Luca.

Cuando su abuela la vendió en matrimonio a los trece años, Kezia había pensado que Luca era el hombre más hermoso que había visto en su vida.

A los veintiocho, él estaba en la flor de la vida y se había prendado de ella; su sonrisa y sus palabras de amor la habían sumido en una falsa sensación de seguridad.

Había sido tierno con ella en su noche de bodas, y todas las noches siguientes, hasta que, finalmente, su ardor comenzó a enfriarse y fijó su atención en otra mujer.

Los ancianos intentaron reprenderlo, pero Luca no permitía que nadie le dijera qué hacer ni cómo comportarse.

Acusó a Kezia de serle infiel y descargó su ira sobre ella.

Ya no le hacía el amor con ternura, sino que usaba su cuerpo como un arma para herirla y degradarla.

Ella era una carga para él, un lastre que lo hundía y le impedía zarpar con su nuevo amor.

Cuando ella le dijo que estaba encinta, él afirmó que la criatura no era suya.

La golpeó y la encerró en el vardo como castigo por sus pecados.

Kezia jamás había mirado a otro hombre, y mucho menos había permitido que ninguno la tocara, pero Luca no atendía a razones.

Quería deshacerse de ella. Se mudó a la caravana de su amante y, por insistencia de la abuela de Kezia, le permitía salir solo una hora al día para que tomara un poco de aire fresco y sol, por el bien de la criatura.

Esa mañana, cuando él se distrajo durante el paseo de ella y fue a examinar un caballo que su primo había robado la noche anterior, Kezia huyó.

Probablemente Luca no se habría molestado en perseguirla si ella no hubiera robado sus objetos de valor, pero él había escondido la bolsa en el vardo mientras esperaba el momento oportuno para vender las piezas, seguramente por miedo a que su nueva mujer echara mano a las joyas.

Kezia había llevado la bolsa colgada del cuello en todo momento, convencida de que algún día tendría la oportunidad de escapar.

Y ahora estaba asustada y sola, sin nadie a quien recurrir en busca de ayuda, ni siquiera su propia familia.

Su abuela había sabido cómo era Luca cuando aceptó su propuesta de matrimonio.

Él había sido mujeriego desde que era poco más que un niño, pero la abuela nunca había querido a su nieta y la había visto como una vergüenza, un recordatorio de la aventura de su madre con un hombre no romaní, un gorgio , que la había utilizado y abandonado.

La abuela de Kezia nunca había sabido que su padre, Aaron, le había dado a Varda un anillo de compromiso.

Él había tenido intención de casarse con ella, pero un día se marchó y nunca regresó, dejando a Varda embarazada y deshonrada.

Varda se había puesto el anillo una sola vez y después lo había escondido, temerosa de que su madre se lo quitara y lo vendiera.

Pero se lo había mostrado a Kezia y le había dicho que le pertenecía por derecho, que podía hacer con él lo que quisiera: quedárselo o venderlo, pero jamás debía dárselo a su abuela ni a su futuro esposo.

Kezia sacó el anillo de la bolsa y se lo deslizó en el dedo.

Le quedaba un poco apretado porque tenía los dedos hinchados por el embarazo, pero no se lo quitó.

Giró la esmeralda hacia dentro y cerró el puño.

Varda nunca había creído que Aaron la hubiera abandonado y le había dicho a Kezia que su padre la habría amado y querido.

Kezia necesitaba a sus padres más que nunca.

Se llevó la mano al corazón mientras por fin empezaba a quedarse dormida.