Capítulo 28
Me desperté sobresaltada, convencida de que era hora de levantarme, pero el sol aún no había salido y la habitación estaba bañada por la luz plateada de las estrellas.
Apenas distinguía los contornos de los muebles, y solté un jadeo de miedo cuando una silueta se desprendió de la pared y flotó hacia mí.
Tardé un momento en darme cuenta de que era Leo.
Se acercó lentamente a la cama y se quedó de pie a mi lado.
Tenía el rostro en sombras, y cuando me tomó de la mano, sentí sus dedos helados.
—¿Mamá? —susurró.
Por un momento pensé que me llamaba mamá a mí, pero enseguida comprendí que preguntaba por su madre, y se me partió el corazón. Era tan pequeño, estaba tan asustado, y era imposible que entendiera lo que estaba pasando.
—Mamá está muy enferma, cariño —dije—. Los médicos del hospital la están cuidando. Pero se pondrá bien pronto.
—¿Ver a mamá? —repitió Leo, y una lágrima cayó sobre mi mano.
No me parecía buena idea que Leo viera a Amy en el hospital. Verla así bastaría para asustar a un adulto. Pero negárselo tendría sus propias consecuencias. Podría pensar que todos le estaban mintiendo y que su madre lo había abandonado.
—Hablemos de eso por la mañana —sugerí.
Leo negó con la cabeza.
—Yo lo llevo —dijo Kyle—. Vamos, campeón.
Kyle se levantó de la cama, cogió a Leo en brazos y se lo llevó al cuarto de enfrente.
Oí a Kyle hablarle en voz baja hasta que Leo por fin se durmió. Después, Kyle volvió a la cama.
—Tengo una reunión con mi editor a las nueve, pero luego puedo llevar a Leo —dijo medio dormido.
—Yo lo llevo —me ofrecí—. No tengo nada que hacer, y mi investigación está estancada.
—¿Estás segura?
—Claro. Y después lo llevaré al parque. Le vendrá bien un poco de aire fresco y ejercicio.
—Genial. Gracias —dijo Kyle.
Cuando fui a responder, ya estaba dormido.
Una vez que los niños estuvieron listos y hubieron desayunado, Leo y yo dejamos a Ava en la guardería y seguimos hacia el hospital.
No creía que me dejaran acercarme a Amy, ya que no era familiar ni la persona de contacto designada, pero Leo era su hijo y tenía derecho a ver a su madre.
Había llevado una foto de él con Amy que Fiona había tenido el detalle de incluir entre sus cosas.
No era un documento de identidad oficial, pero a falta de pasaporte o partida de nacimiento, tendría que valer.
Las enfermeras de la UCI fueron amables, y una de ellas le ofreció a Leo una piruleta, que él aceptó y se guardó en el bolsillo para después. Se le notaba nervioso, y le cogí la mano mientras se pegaba a mi lado.
La enfermera jefe —en su placa ponía Jennifer Bateman— se agachó hasta quedar a la altura de Leo.
—Tu mamá está muy malita, cielo, pero seguro que se sentirá mejor en cuanto oiga tu voz. Solo dile que la quieres y que la echas de menos, ¿vale?
Leo asintió, y la enfermera Bateman se incorporó y se volvió hacia mí.
—Dos minutos como máximo.
—Con eso bastará, creo —respondí. Veía a Amy a través de la ventana de su habitación, y tenía un aspecto horrible.
—Mamá está dormida —le dije a Leo al entrar.
Se quedó rezagado, mirando los tubos conectados a los brazos y la boca de Amy y las máquinas que parecían pitar todas a la vez. Amy no se movió, y de no ser por el pitido constante del monitor cardíaco, habría pensado que ya había muerto.
Armándose de valor, Leo por fin se acercó a la cama. Cogió la mano de Amy y entrelazó sus deditos con los de ella. Me quedé detrás de él, con la mano en su hombro.
—Mamá —susurró—. Soy yo, mamá.
Al no obtener respuesta, Leo lo intentó de nuevo.
—Despierta. Por favor.
Estaba llorando, con los hombros sacudidos por los sollozos. Iba a sugerir que nos fuéramos cuando uno de los monitores empezó a pitar con rapidez y los números comenzaron a subir. El ritmo cardíaco de Amy se aceleraba a una velocidad alarmante y su pecho empezó a agitarse.
—Vamos, cariño —le dije a Leo—. Mamá necesita descansar.
Pero Leo estaba clavado en el suelo, con la mirada fija en su madre, como si esperara que se despertara en cualquier momento.
Horrorizada, vi cómo la sangre empezaba a gotear de los ojos cerrados de Amy.
Lágrimas carmesíes serpentearon por sus mejillas pálidas y demacradas antes de caer sobre la funda blanca de la almohada.
—¡No! —gritó Leo, con la voz teñida de pánico. Estaba aterrorizado—. ¡No, mami!
La enfermera Bateman irrumpió en la habitación. Miró primero el monitor y luego a Leo, como si él fuera de algún modo el responsable.
—Tienen que irse. Ahora mismo —ordenó.
—¿Qué está pasando? —exclamé—. ¿Por qué le sale sangre de los ojos?
—En algunos casos puede ocurrir durante una crisis hipertensiva grave —respondió la enfermera.
Antes de que pudiera hacer más preguntas, un médico joven entró a toda prisa en la habitación.
Cogió el brazo de Amy y le inyectó un medicamento en la vía, supongo que para controlar su tensión arterial, peligrosamente alta.
Intenté que Leo saliera, pero se negó a moverse.
Al final, lo cogí en brazos mientras gritaba y se retorcía, y lo saqué de la habitación.
Me golpeaba con los puños y pataleaba frenéticamente, desesperado por soltarse.
Las lágrimas me resbalaban por las mejillas mientras lo sujetaba con todas mis fuerzas, aterrada de que se me escapara y se hiciera daño.
No dejaba de llorar llamando a su madre.
—¿Nicole?
La voz me resultaba familiar. Me volví y vi a Logan, el hermano de Quinn, que venía hacia mí a toda prisa.
Ya había coincidido con Logan, pero no lo conocía bien.
Y creía que trabajaba en Urgencias, no en la UCI.
Echó un vistazo rápido a Amy, a quien el médico estaba atendiendo, y luego centró su atención en Leo.
—¿Y quién es este? —preguntó.
Leo berreaba desconsolado, con la cara bañada en lágrimas.
—¡Mamá! —gritó.
Logan extendió los brazos y le pasé al niño, agradecida, pues ya no podía sujetarlo más.
—Tranquilo, tranquilo —dijo Logan en tono reconfortante, estrechando a Leo contra su pecho—. Tu mamá se va a poner bien. ¿Ves al médico tan simpático? La está ayudando a sentirse mejor para que pueda descansar.
—¿Por qué? —logró decir Leo entre sollozos—. ¿Por qué está enferma?
Logan habló con dulzura.
—No lo sé, campeón. Pero está en el mejor lugar posible para recuperarse. ¿Qué te parece si dejamos que el médico haga su trabajo y vamos a por algo de picar?
Leo negó con la cabeza de inmediato, pero luego vaciló. Tras un momento, sorbió por la nariz y asintió.
—Vale —susurró.
Logan nos guió fuera de Cuidados Intensivos y yo lo seguí, infinitamente agradecida de que hubiera aparecido justo en ese momento.
Nos llevó a la cafetería y le compró a Leo una bolsa de patatas fritas y un cartón de zumo.
Sin preguntar, también nos trajo a los dos una taza de té.
Una vez que nos sentamos a una mesa, abrió las patatas de Leo, metió la pajita en el cartón de zumo y se aseguró de que el pequeño estuviera cómodo antes de volverse hacia mí.
—¿Estás bien?
Asentí.
—No esperaba...
—Parece peor de lo que es —dijo Logan.
No creía que fuera cierto y pensé que solo intentaba que Leo y yo nos sintiéramos mejor, pero no iba a discutir.
—Gracias. No sé qué habría hecho. ¿Cómo es que estabas allí? Pensaba que trabajabas en Urgencias.
—Así es, pero subí a devolver una cartera que se había dejado un paciente recién trasladado a Cuidados Intensivos. Momento oportuno, supongo —dijo, y me sonrió con amabilidad.
—Me alegro mucho de que estuvieras allí.
Miré a Leo, que estaba entretenido con sus patatas, y en voz muy baja pregunté:
—¿De verdad parece peor de lo que es? ¿Amy se pondrá bien?
—No lo sé —admitió Logan—. No es mi paciente y no tengo acceso a su historial. Pero lo que sí sé es que el personal la atenderá de maravilla.
Asentí.
—Gracias.
—Os acompaño a la salida —ofreció Logan una vez que Leo terminó su tentempié y acabamos el té—. ¿Os vais a casa?
—Voy a llevar a Leo al parque.
—Parece buena idea. Le vendrá bien distraerse.
Logan me dio un beso en la mejilla, luego se agachó y abrazó a Leo.
—Sé valiente, hombrecito —dijo.
Leo asintió, luego alargó la mano y cogió la mía.
Estaba listo para irse. Permaneció en silencio durante el trayecto, pero se animó en cuanto llegamos al parque.
Varios niños de su edad corrían alegremente, trepaban por las barras y montaban en los caballitos y leones de muelle de plástico.
Leo no quería jugar con los otros niños y esperó pacientemente hasta que quedó libre un columpio.
Le di un empujón y lo observé mientras empezaba a relajarse, la mirada soñadora y el rostro vuelto hacia el cielo.
Cuando estuve segura de que Leo estaba contento, mis pensamientos volaron hacia Quinn y, a su vez, hacia Kezia.