Capítulo 26
Cuando Kezia despertó, el carro ya no se movía.
Apartó la manta de su rostro y levantó la cabeza lo justo para ver por encima del lateral, pero no había nadie.
Estaba en el patio de una cuadra, y aunque seguía enganchado, el caballo tenía la cabeza metida en un cubo de avena.
Al otro lado del patio se alzaba una modesta granja de dos pisos.
Había cortinas de encaje en las ventanas y de la chimenea de piedra salía humo, pero no parecía haber nadie y la puerta estaba bien cerrada.
Kezia creyó oler pan recién horneado, y el estómago le rugió de hambre mientras se le tensaba la garganta de sed.
A juzgar por la posición del sol, el mediodía había quedado atrás.
Bajó del carro, se sacudió la paja de las faldas y caminó hacia la bomba de agua.
El agua estaba fresca, y se lavó las manos, la cara y el cuello antes de beber hasta saciarse.
La puerta de la granja se abrió y salió el hombre que la había llevado.
Ya no llevaba gorra, y se protegió los ojos del sol mientras la observaba.
Kezia se quedó donde estaba, sin saber qué hacer.
Lo más seguro sería huir, pero no sabía dónde se encontraba y se moría de hambre. Quizá pudiera comprar algo de pan.
—Entre —dijo el hombre, y volvió a entrar.
Kezia vaciló. Fuera, tenía una oportunidad.
Dentro, estaba atrapada. Y sabía lo suficiente sobre los hombres como para temer a aquel desconocido.
La había ayudado, pero eso no significaba que fuera inofensivo.
Y había estado encerrada el tiempo suficiente para saber lo difícil que era escapar una vez que alguien cerraba una puerta con llave y la ventana era demasiado pequeña para pasar por ella.
Paralizada por la indecisión, permaneció donde estaba, hasta que una mujer mayor apareció en el umbral.
No invitó a Kezia a entrar. En lugar de eso, se acercó despacio y le entregó una taza de leche y una gruesa rebanada de pan con mantequilla.
—Él no te hará daño —dijo—. Pero haces bien en desconfiar.
—Gracias —dijo Kezia mientras daba un mordisco al pan—. Está muy bueno.
—Soy Elspeth —dijo la mujer—. ¿Cómo te llamas?
—Mary. Mary Smith —dijo Kezia. No podía decirle a la mujer su verdadero nombre. Seguro que recordaría un nombre como Kezia Iven si Luca venía a buscarla.
—¿Adónde te diriges, Mary? —preguntó Elspeth.
Kezia pensó que la mujer probablemente era la madre del hombre, pero no podía estar segura. Algunas mujeres envejecían antes de tiempo, y bien podía ser su esposa.
—No lo sé —dijo tras tragar un bocado de pan y dar un sorbo de leche—. Lejos de aquí.
—Puedes quedarte esta noche si quieres. Hace bastante calor para dormir en el granero.
Kezia se lo pensó. Era una oferta amable, pero cuanto más tiempo se quedara en la zona, más tiempo tendría Luca para encontrarla. Tenía que elegir algún lugar donde él no esperara que fuese, y no cerca de ningún sitio donde la tribu soliera detenerse en sus viajes.
—¿A qué distancia está Londres? —preguntó Kezia.
La mujer se encogió de hombros. —Calculo que al menos cien millas. Probablemente más. ¿Qué hay en Londres?
Libertad , quiso decir Kezia, pero entonces Elspeth querría saber de qué estaba huyendo. Y si pensaba que Kezia había hecho algo malo, podría denunciarla al magistrado.
—Mi madre —dijo en cambio.
Elspeth asintió. —Una chica necesita a su madre. Hay una diligencia desde Exeter. Sale del King's Arms todos los martes, jueves y sábados a las ocho de la mañana.
No iba a ir a Exeter a esperar a que la encontraran en alguna posada de diligencias. Pero había canales. Luca nunca pensaría en buscarla en las vías fluviales, e incluso si lo hiciera, sería difícil que la encontrara, especialmente si cambiaba de nombre y de aspecto.
—¿Tendría un vestido de sobra que pudiera comprarle? —preguntó Kezia a la mujer.
Elspeth era más baja y más robusta que Kezia, pero se las arreglaría. Se había puesto su blusa y su falda más sobrias, pero aún eran demasiado llamativas y podrían revelar lo que era: una gitana.
Elspeth asintió. —Eres más o menos de la talla de mi nuera. Falleció el año pasado. —Su mirada se posó en los aros de oro de Kezia—. Te cambio algo de ropa y zapatos por los pendientes.
Los pendientes valdrían una buena suma si los empeñaba. Eran de oro puro y macizos, no huecos como algunos. Luca se los había regalado, cuando todavía era amable y dulce.
—Y comida que me dure unos días —dijo Kezia. Le habían enseñado a regatear desde que nació.
Elspeth asintió. —No tengo mucho, pero puedo darte una hogaza de pan, algo de queso, unas lonchas de jamón y un par de manzanas. ¿Te sirve?
—Sí —dijo Kezia—. Me sirve.
Se quitó los pendientes sin dudarlo y se los tendió a la mujer mayor.
—Entra —dijo Elspeth—. Puedes lavarte y cambiarte. No tienes nada que temer de Elmer.
Sin embargo, Kezia seguía recelosa. La mujer podía quedarse con sus pendientes y atraparla en la casa con un hombre cuya esposa llevaba muerta el tiempo suficiente para dejarlo solo y frustrado.
Puede que no hubiera considerado prudente asaltarla al borde del camino, pero la granja estaba en medio de la nada, y había aprendido desde pequeña a no confiar en mujeres aparentemente bienintencionadas.
No iba a quitarse la ropa y exponer la bolsita que llevaba al cuello. Sin ella, no sobreviviría.
—Tráigalo todo aquí fuera —dijo Kezia—. Me cambiaré detrás del granero.
Elspeth sacudió la cabeza con incredulidad. —¿Quién te hizo tanto daño? —preguntó.
—Mi abuela —dijo Kezia.
—Cuánto lo siento. Las mujeres deberían cuidarse unas a otras.
Sí, deberían , pensó Kezia. Pero las mujeres a menudo vivían sometidas a los hombres y querían complacerlos por encima de todo.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Elspeth.
—Dieciséis.
No era del todo cierto. Kezia acababa de cumplir quince años, pero era alta para su edad y de cuerpo formado. Su rostro reflejaba las penurias que había afrontado desde la muerte de su madre, lo que la hacía parecer mayor.
—Espera aquí —dijo Elspeth.
Regresó unos minutos después con una enagua, un vestido de estambre azul y unas medias de algodón sobre el brazo. En la otra mano traía un par de botas.
—Traeré la comida mientras te cambias. Puedes vestirte en el granero —dijo Elspeth—. Nadie te molestará allí.
La puerta del granero tenía un tablón pesado que podía colocarse para impedir que los animales escaparan.
Kezia no pensaba entrar allí y dejar que la encerraran.
En cambio, rodeó el granero hasta quedar oculta desde la casa y se desvistió a toda prisa.
Se puso sus nuevas galas, se ató las botas, que le quedaban algo grandes pero tendrían que servir porque las suelas de los zapatos que llevaba estaban casi gastadas, y se recogió el cabello en un moño.
Ojalá tuviera un espejo, pero supuso que debía de parecer otra persona.
Hizo un hatillo con su ropa y esperó a que Elspeth volviera con la comida.
Cuando regresó, la mirada de Elspeth recorrió a Kezia y se detuvo en su cintura.
La blusa ancha había ocultado su figura, pero el corpiño ajustado realzaba sus pechos llenos y la falda se ceñía a su vientre.
Los ojos de Elspeth se abrieron de par en par, y parecía a punto de hacerle más preguntas cuando Kezia le arrebató el bulto de comida y se alejó a grandes zancadas.
Miró atrás varias veces para cerciorarse de que Elmer no la seguía, pero Elspeth había vuelto a entrar y nadie había salido.
Kezia tenía ropa, varias joyas y algo de comida.
Por fin era libre.