Capítulo 25
Kezia
Agosto
Las ramas le arañaban los brazos y le desgarraban las faldas mientras Kezia corría por el bosque.
El corazón le latía con fuerza y luchaba contra el impulso de mirar atrás para ver si Luca la perseguía.
Le había dado suficiente raíz de valeriana como para tumbar a un caballo, pero él era un hombre fuerte, capaz de aguantar la bebida y disipar cualquier somnolencia residual con una sacudida de cabeza.
También era un excelente rastreador, y le seguiría el rastro en poco tiempo, especialmente si traía a los perros.
Tenía que llegar al camino. Era la hora en que los granjeros se dirigían al mercado, y alguien podría llevarla.
En cuanto subiera a un carro, los perros perderían su rastro y Luca no podría seguirla, aunque era lo bastante astuto como para deducir en qué dirección había ido.
Por eso tenía que ir en dirección opuesta y seguir adelante, mucho después de que él hubiera dejado de buscarla y se hubiera dado por vencido.
Si la encontraba, la dejaría molida a golpes, y luego haría cosas mucho peores. No podía dejarse atrapar. Esta vez no.
Kezia no se había llevado nada. Solo tenía la ropa que llevaba puesta y una diminuta bolsa de terciopelo colgada de una correa de cuero alrededor del cuello.
Eso era todo cuanto poseía, pero Luca era un ladrón experimentado y había robado objetos que valían mucho dinero si se colocaban en el mercado negro.
Sin embargo, nada de lo que Luca había robado podía llevarse a las casas de empeño cercanas a Exeter.
Podrían reconocer las piezas, y entonces Kezia sería arrestada.
Y posiblemente incluso ahorcada, ya que Luca había matado con sus propias manos a un hombre que había intentado detenerlo.
Nadie en su sano juicio creería que Kezia pudiera estrangular a un hombre adulto, pero había quienes no se preocupaban por los hechos.
Que fuera romaní bastaba. Si la acusaban, la condenarían por asesinato.
Pero si Luca descubría que había cogido la bolsa y la encontraba antes, estaría muerta de todos modos.
La mataría, seguro, se dio cuenta Kezia mientras corría por el bosque.
Se detuvo un momento para recuperar el aliento, pero cuando creyó oír ladridos de perros a lo lejos, se lanzó hacia el camino.
Tenía un dolor punzante en el costado, los zapatos le apretaban los pies, y la cabeza y la sangre en las venas le latían al ritmo del corazón, pero siguió adelante.
Sabía que no podía ser real, pero de repente le pareció oír la voz apremiante de su madre.
—Corre, Kizzie. No te pares por nada. Ya casi llegas.
Kezia se sobrepuso al dolor creciente y salió jadeando al camino justo cuando se acercaba un carro.
El hombre del pescante se echó hacia atrás, sorprendido al verla.
Debía de parecer una loca, con el cabello ondeando a su espalda y los ojos desorbitados de terror.
El hombre tendría unos treinta años y, aunque no era lo que se dice guapo, tenía un rostro amable y unos ojos marrones cálidos.
Kezia no tenía más remedio que confiar en él, pues difícilmente podía permitirse esperar al siguiente vehículo.
—Por favor —logró decir con voz entrecortada—. Por favor, ayúdeme.
—Súbase atrás —gritó el hombre sin dudarlo un instante.
Redujo la velocidad y Kezia se encaramó a la parte trasera del carro y se tumbó.
Había una manta apolillada; se la echó encima y encogió los pies.
La paja bajo el rostro estaba sucia y la manta olía a caballo, pero no le importaba.
Era mil veces mejor que el aliento cargado de alcohol de Luca y el hedor de su sudor.
Y a través de la manta podía sentir el calor del sol y oír el viento entre los árboles.
El granjero se puso a cantar. No conocía la canción, pero tenía una voz agradable, y la melodía la sosegó.
Al cabo de un rato, el corazón de Kezia empezó a calmarse y las extremidades se le volvieron pesadas por el agotamiento. Sabía que debía mantenerse alerta, pero el traqueteo la adormecía y, sintiéndose a salvo por primera vez en dos años, se quedó dormida.