Capítulo 9
Len había tenido el físico de un jugador de rugby, pero Leo había salido a su madre.
Era delgado y de rasgos delicados. Salvo por los ojos, grandes y azules como los de Len, no se parecía en nada a su padre.
El pobre niño parecía aterrorizado cuando la Sra.
Scales, que nos había pedido que la llamáramos Fiona, lo guio hasta el salón y le preguntó si quería sentarse.
Se acurrucó en el suelo junto al sofá, encogió las rodillas y apoyó la cabeza sobre las piernas, casi como si intentara hacerse lo más pequeño posible.
Quizá fuera el resultado de su miedo y confusión, pero no creía que un niño normalmente feliz y bien adaptado adoptara de inmediato esa postura.
—¿Puede decirnos algo sobre el estado de Amy?
—preguntó Kyle a Fiona, que tomó asiento en el sofá, desde donde podía vigilar a Leo.
Era una mujer baja y delgada, de entre cuarenta y cincuenta años, y llevaba pantalones negros y un jersey gris de cuello alto.
Sus ojos oscuros, de párpados caídos, parecían cansados, y llevaba el cabello castaño recogido en un moño tirante.
—Me temo que no sé más de lo que sabía cuando hablamos antes —dijo la trabajadora social—. Pero aunque supiera algo más, no estoy autorizada a hablar del estado médico de Amy.
—Por supuesto —dijo Kyle—. Debería haberme dado cuenta de que los detalles serían confidenciales.
—He traído las cosas de Leo —dijo la mujer, señalando la bolsa de lona que había dejado en el suelo—. Hay ropa, pijamas y algunos de sus juguetes favoritos. En cuanto vea dónde va a dormir, los dejaré tranquilos, pero volveré mañana a ver cómo está.
Kyle y yo asentimos; después acompañé a Fiona al piso de arriba y le mostré el cuarto de invitados. Asintió al ver la cuna y el vigilabebés que Kyle había instalado. Así podríamos oír a Leo si se despertaba durante la noche.
—¿Y tienen una hija pequeña? —preguntó Fiona.
—Sí. Acabamos de acostarla.
—¿Cómo se sentirá cuando encuentre a Leo aquí por la mañana?
—Espero que esté contenta de tener a otro niño con quien jugar —dije.
La verdad es que no había pensado en cómo podría reaccionar Ava, centrada como había estado en mis propios sentimientos, pero sabía que recibiría bien a Leo.
Ava era cariñosa y muy sociable, y nunca montaba un número cuando alguien quería jugar con sus juguetes.
—¿No se sentirá celosa?
—No lo creo. Y aunque se moleste, se lo explicaremos.
Fiona asintió. A una niña tan pequeña no se le podía pedir demasiada comprensión, y aquello no era una situación permanente. Ava estaría bien si Leo se quedaba unos días.
—¿Leo ha preguntado por su madre? —pregunté.
—No, pero supongo que está en estado de shock y traumatizado. Tengo entendido que no va a ninguna guardería ni escuela infantil, así que pasa la mayor parte del tiempo en casa con su madre. Debe de estar muy apegado a ella.
Que yo supiera, Amy era profesora, así que ¿cómo es que Leo estaba en casa con ella?
¿Ya no trabajaba? ¿De qué vivía? ¿O había conseguido impugnar el testamento de Len y ahora cobraba un porcentaje de sus derechos de autor?
La situación económica de Amy no era asunto mío, pero resultaba difícil no cuestionarme sus decisiones cuando me encontraba metida en esta situación inesperada.
—Estoy segura de que Leo estará a gusto aquí —dijo Fiona—. Es una habitación preciosa, y parecen una familia encantadora.
—Gracias —dije—. Haremos todo lo posible para que se sienta a gusto.
Cuando Fiona y yo bajamos, Leo seguía escondido junto al sofá, pese a todos los esfuerzos de Kyle por convencerlo de que saliera.
Había intentado tentarlo con varios juguetes y le había ofrecido el libro de Ava, pero aunque Leo había aceptado el libro, lo apretaba contra el pecho en lugar de mirarlo.
Parecía tan desvalido que se me partió el corazón, y deseé que la trabajadora social se marchara para poder conectar con él sin sentirnos evaluados.
Fiona y Kyle conversaron unos minutos más, y cuando por fin se marchó, me senté junto a Leo y le sonreí.
—Hola —dije—. Me llamo Nicole. ¿Tienes hambre?
No tenía manera de saber a qué hora le daba Amy la cena ni a qué hora lo acostaba, pero por su mirada supe que tenía hambre, aunque le daba demasiado miedo admitirlo.
—¿Qué te gusta comer?
—Tostadas —susurró Leo.
No era gran cosa como cena, pero si esa era la comida que reconfortaba al niño, no iba a discutir.
Preparé dos tostadas, las unté con mantequilla y saqué una de las cajitas de zumo de Ava del frigorífico.
Leo no quería entrar en la cocina, así que dejé el plato de tostadas junto a él en el suelo y le di la cajita de zumo.
No tocó el pan hasta que apartamos la mirada, así que Kyle y yo nos sentamos en el sofá y nos pusimos a hablar en voz baja.
Cuando Leo se sintió más a gusto, agarró la tostada con las dos manos y la devoró, y me pregunté cuándo habría sido la última vez que el niño comió algo en condiciones.
Fiona había dicho que la agente lo había estado cuidando, pero parecía muerto de hambre.
Leo terminó la tostada, se bebió el zumo y dejó la cajita.
—¿Te apetece un poco de helado? —pregunté.
A Leo se le abrieron los ojos como platos, y supe que había captado su atención.
—¿Cuál es tu sabor favorito?
Se encogió de hombros.
—Bueno, tenemos varios sabores. ¿Quieres elegir tú?
Estaba segura de que sí, pero le daba demasiado miedo.
—Creo que a Kyle y a mí también nos apetece. ¿Qué te parece si montamos una fiesta de helados?
Normalmente no le ofrecería golosinas azucaradas a un niño tan cerca de la hora de acostarse, pero aquella era una situación extraordinaria, y sentía que necesitaba hacer algo para ganarme la confianza de Leo.
Por fin asintió, y le tendí la mano. Leo la cogió, y juntos fuimos a la cocina, seguidos por Kyle.
Abrí el congelador y saqué los tres envases de helado que había comprado la última vez que fui a hacer la compra.
—Tenemos vainilla, chocolate y fresa.
Vi que a Leo se le hacía la boca agua, pero parecía incapaz de decidirse.
—Quiero fresa —anunció Kyle.
—Yo tomaré chocolate —dije—. ¿Y tú, Leo?
Leo me miraba con esos ojos enormes, suplicándome en silencio que eligiera por él.
—¿Qué te parece un poco de cada sabor, para que puedas probarlos todos?
Asintió, y me pareció que sus hombros se habían relajado un poco.
Él y Kyle se sentaron a la mesa, y les serví cuencos de helado antes de ponerme un poco a mí.
En realidad no me apetecía, pero una fiesta era una fiesta.
Kyle empezó con el suyo, pero Leo se quedó allí sentado, mirando el helado como si no pudiera creer que estuviera realmente allí, y que fuera todo suyo.
Por fin cogió la cuchara y probó un poco del helado de chocolate.
La expresión de felicidad en su rostro me alegró el corazón, y lo observé discretamente mientras iba terminando el cuenco, saboreando cada cucharada.
Cuando terminó, retiré el cuenco vacío y dije:
—Ahora, ¿qué te parece un buen baño caliente?
Aunque la trabajadora social obviamente había intentado asearlo, todavía necesitaba un baño en condiciones. Como Leo no tenía padre y no estaba acostumbrado a que un hombre lo bañara, lo lógico era que yo lo bañara en lugar de su madre. Busqué en su bolsa y encontré un pijama de dinosaurios.
—¿Te gustaría ver dónde vas a dormir? —pregunté cuando estuvimos arriba.
Leo asintió, y lo llevé a la habitación de invitados y le mostré la cama infantil.
Quinn y Gabe habían tenido el detalle de incluir un juego de ropa de cama y un edredón azul que debía de haber sido de Alex cuando tenía la edad de Leo.
Llamaría a Quinn al día siguiente para darle las gracias, ya que Gabe no se había quedado lo suficiente cuando trajo la cama como para poder hablar con él.
—¿Qué te parece? —le pregunté a Leo.
Me di cuenta de que aún no lo había oído hablar. No había dicho nada salvo tostada desde que Fiona lo había traído.
—Bonita —dijo con una voz tan bajita que apenas pude oírlo.
—Me alegro de que te guste. Ahora, vamos a darnos ese baño.
Leo me dejó desvestirlo y se quedó de pie ante mí, con la piel blanca como la leche bajo la luz intensa del baño.
No sabía si lo había examinado un médico cuando se lo llevó la agente, pero me impresionó la cantidad de moretones que tenía en el cuerpo.
Algunos parecían estar desvaneciéndose, pero otros eran bastante recientes.
A menos que el niño tuviera problemas de coordinación y se cayera a menudo, no podía imaginar que él mismo se hubiera hecho todas esas heridas.
¿Lo estaba maltratando Amy o alguien más que tuviera acceso a él?
Cuando Leo estuvo en la bañera, le di algunos de los juguetes de baño de Ava.
Parecía gustarle el barco y jugó con él mientras yo le lavaba el pelo y le enjabonaba el cuerpecito.
Era tan pequeño y frágil que me partía el corazón.
Cuando estuvo seco y vestido con el pijama, le propuse que nos laváramos los dientes, pero negó con la cabeza, así que no insistí.
Leo se aferró a mí cuando lo llevé a la habitación de invitados.
—¿Tienes miedo de quedarte solo? —pregunté, y se le llenaron los ojos de lágrimas. Estaba aterrorizado—. ¿Te gustaría que trasladáramos la cama a nuestra habitación?
Leo se lo pensó y luego negó con la cabeza. Quizá le daba más miedo dormir con personas que apenas conocía.
—De acuerdo, pero si tienes miedo por la noche, puedes llamarnos. Estamos justo ahí —señalé la habitación al otro lado del pasillo—. Dejaré la puerta abierta. ¿Te parece bien?
El niño asintió y se subió a la cama. Lo arropé, le di el león de peluche que Fiona había traído y apagué la luz.
La lamparita de noche que Kyle había enchufado bañaba la habitación con un resplandor azulado.
Leo se volvió hacia la pared, apretó el león contra el pecho y cerró los ojos, pero yo sabía que no estaba dormido.
Sus pequeños hombros temblaban con sollozos silenciosos, así que me acerqué a la cama, me tumbé detrás de él y lo estreché entre mis brazos.
Tardó mucho en dejar de llorar, pero cuando lo hizo, se volvió hacia mí, apoyó la cabeza en mi hombro y se quedó dormido, demasiado agotado para seguir luchando contra el sueño.