Capítulo 7
Salvo Eli Burns, con quien trocó una botella de leche por dos saquitos de lavanda para sus dolores de cabeza, Rosina no vio a nadie en lo que quedaba de semana.
Pasó los días recolectando hierbas y cuidando de Holly.
La bebé dormía la mayor parte del tiempo, así que Rosina se fabricó un portabebés con un chal viejo y llevaba a Holly consigo mientras hacía sus quehaceres.
La pequeña parecía aceptar bien la leche de vaca y crecía sana.
El primer verdadero obstáculo se presentó cuando Rosina despertó el domingo por la mañana y cayó en la cuenta de que tendría que llevar a Holly a la iglesia, pues difícilmente podía dejar a la niña sola durante varias horas.
Por lo general, Rosina esperaba con ilusión los oficios religiosos.
No porque disfrutara de los sermones insoportablemente moralizantes de Godfrey Winslow, sino porque era una ocasión para alternar con los aldeanos y, a veces, incluso compartir el almuerzo dominical con alguna familia.
No tenía parientes, pero había ayudado a muchas familias de Halverstead, y estas se lo pagaban procurando que no le faltara abrigo ni comida.
Un conejo, una madeja de lana, un tarro de conservas, y el año anterior incluso un abrigo de piel de oveja que había pertenecido a una anciana cuyos dolores de artritis Rosina había intentado aliviar con colquicina, linimentos y cataplasmas de mostaza.
Una vez limpio y aireado, aquel abrigo había mantenido a Rosina caliente durante los fríos meses de invierno, cuando a menudo la llamaban en plena noche para atender un parto o socorrer a la víctima de un accidente.
¿Cómo explicaría lo de Holly? Decir que alguien había dejado a una bebé en su puerta levantaría sospechas, y los aldeanos se volverían locos intentando averiguar qué mujer habría preferido entregar a su hija antes que enfrentarse a las burlas y la deshonra.
La única opción era contarles a todos que había ayudado a una forastera de paso que luego se había escabullido en la noche dejando a su bebé atrás.
Rosina alimentó a la pequeña, le cambió el pañal y la envolvió en su manta; después la acomodó en el portabebés y se encaminó al pueblo.
Al cruzar la plaza, la gente se la quedó mirando, y algunos la señalaron abiertamente.
—¿De quién es esa niña? —preguntó el vicario cuando ella se acercó al pórtico.
Le gustaba apostarse junto a la puerta para saludar a sus feligreses a medida que entraban.
Godfrey Winslow era algunos años mayor que Rosina, rondaba los treinta, pero se comportaba como un hombre mucho mayor.
Los hombres parecían impresionados por su madurez emocional, mientras que las mujeres se sentían atraídas por su buen aspecto y sus modales impecables.
Rosina suponía que era atractivo, pero había algo en él que la ponía en guardia.
Quizá fuera la mirada calculadora de sus ojos grises, o tal vez la ambición que percibía en él.
No era un hombre que hubiera entrado en la Iglesia por fe en Dios.
Winslow era de los que buscaban oportunidades, y las había encontrado gracias a la buena voluntad de sir Roderick.
No es que pudiera culparlo. A un hombre se lo juzgaba por su posición y su fortuna, o por la falta de ellas, y dado que los vicarios empobrecidos eran moneda corriente, Winslow había tenido que valerse de todas las ventajas a su alcance para asegurarse un puesto que le ofreciera un hogar y una parroquia propios.
Y ahora que tenía ambas cosas, sin duda centraría su atención en encontrar una esposa adecuada.
—La niña fue abandonada —respondió Rosina.
—Entonces, ¿cómo es que la tiene usted?
—La madre huyó de noche.
Los ojos de Winslow se entornaron y su mirada se deslizó hacia el abdomen de ella.
Era evidente que no le creía y pensaba que la niña era suya.
Si una mujer se lo proponía, no resultaba muy difícil ocultar un embarazo con la ayuda de los vestidos de talle alto que estaban de moda y los corsés ajustados, sobre todo cuando hacía frío y la futura madre podía esconderse tras una capa amplia o los pliegues cuidadosamente dispuestos de una esclavina.
Cuando salía en público, la propia Rosina llevaba el abrigo de piel de oveja o una vieja capa de lana que ocultaba toda clase de pecados, pero había atendido suficientes partos en los últimos meses, y sus pacientes la habían visto con solo su vestido de faena y un delantal bien ceñido a la cintura.
Habrían notado un vientre de embarazada, y también su comportamiento.
—¿Quién es la madre de la niña? —preguntó el vicario—. Debería rendir cuentas por sus pecados.
—¿Cómo sabe que ha pecado? —replicó Rosina.
—Ninguna mujer abandonaría a su hija si no tuviera algo vergonzoso que ocultar.
Por mucho que a Rosina le hubiera gustado discutir, había pensado más o menos lo mismo al descubrir a Holly en su puerta, y de poco servía desafiar a Winslow.
—No sé su nombre. Estaba de paso cuando le empezaron los dolores —respondió Rosina.
—¿Y dio la casualidad de que se topó con una partera? —preguntó Winslow, sin disimular apenas su desprecio.
—La encontré en el camino y le pregunté si necesitaba ayuda.
—Qué conveniente.
—¿Qué está insinuando, vicario? —lo desafió Rosina.
—Simplemente estoy pidiendo una explicación, señorita De Winter.
—Y yo le he dado una. ¿Puedo entrar?
El vicario le indicó con un gesto que pasara, y Rosina entró en la iglesia y se acomodó en un banco del fondo.
Mantuvo la mirada fija en el altar mientras los feligreses entraban y ocupaban sus asientos de siempre.
Nadie dijo nada, pero al menos algunos habían oído los comentarios de Winslow y no tardarían en cuchichear en cuanto terminara el oficio y salieran.
Rosina observó cómo sir Roderick y su familia entraban en la iglesia y se dirigían al primer banco.
La madre de sir Roderick, lady Anne, iba cogida de su brazo mientras él la escoltaba por la nave, y su hijo e hijas los seguían.
A sus veintidós años, Oliver era un joven apuesto que parecía considerar que el mundo había sido creado para su disfrute.
Su hermana Charity tenía veinte años y hacía poco se había prometido con lord Stanley Belmont.
Se decía que sir Roderick, baronet, estaba encantado con el enlace, pues Charity se convertiría en vizcondesa tras la boda.
A los diecisiete años, Constance era la menor.
Iba detrás de su hermano y su hermana, y se sentó junto a su abuela, que le dedicó una cálida sonrisa.
Se decía que ambas mantenían una relación muy estrecha y pasaban mucho tiempo juntas.
Cuando Constance tomó asiento, Rosina no pudo evitar fijarse en que estaba inusualmente pálida y parecía encontrarse algo indispuesta.
Se acomodó junto a su hermana, y su hermano ocupó el sitio inmediatamente detrás, seguido del propio sir Roderick, que prefería el asiento del pasillo.
Una vez que la familia estuvo sentada y se apagó el último frufrú de faldas y devocionarios, el vicario ocupó su lugar en el atril. Recorrió a la congregación con la mirada antes de abrir el oficio con voz solemne:
—Cuando el impío se aparta de la impiedad que ha cometido…
En toda la iglesia se inclinaron las cabezas, y un momento después los feligreses se arrodillaron para confesar que habían errado y se habían desviado de los caminos de Dios como ovejas perdidas.
Rosina apenas escuchó el sermón que siguió.
El tono bastaba. Winslow era el tipo de clérigo severo e implacable que ella despreciaba.
No parecía albergar ni una pizca de compasión por nadie, ni siquiera por una niña sin madre, y estaba segura de que solo era cuestión de tiempo que tachara a Holly de engendro impío del pecado carnal.
Holly probablemente era ilegítima, pero sin culpa alguna, y no merecía ser castigada por los pecados de sus padres.
Y ella tampoco, pensó Rosina. Llevaba tanto tiempo sola, pero no había solución para su situación ni manera de seguir adelante con su vida.
Había rezado por una familia propia, por alguien a quien amar, y Dios había respondido, aunque no del modo que esperaba.
Le había enviado una bebé, la hija de una desconocida, que sería la hija que tanto había anhelado.
En cuanto terminó el servicio, Rosina salió a toda prisa.
Varias mujeres la siguieron con la mirada clavada en la bebé dormida en su fular, como si el rostro de la criatura bastara para revelar el misterio de su origen.
Rosina las oía cuchichear y, aunque resultaba comprensible, su curiosidad la irritó; deseó que tuvieran un poco más de decoro y al menos esperaran a estar a puerta cerrada, donde nadie pudiera oírlas.
—No es tuya, ¿verdad? —susurró Dulcie mientras acorralaba a Rosina en el camino hacia el pórtico del cementerio.
—Por supuesto que no. ¿Cómo iba a serlo?
Dulcie se encogió de hombros.
—No serías la primera mujer de este pueblo en dar a luz en secreto. Me viene a la cabeza al menos un niño al que le hicieron creer que su madre era su hermana.
Rosina no iba a picar el anzuelo. Sabía a quién se refería Dulcie.
Ella misma había traído al niño al mundo en la remota granja de la familia y se lo había entregado a la madre de la joven de trece años, que lo criaría como hijo propio.
Pero Rosina jamás comentaría los asuntos privados de nadie.
Las alegrías y las penas de cada cual les pertenecían solo a ellos, para ocultarlas o compartirlas según quisieran.
—Tengo que irme, Dulcie. Ya casi es hora de darle de comer.
—¿Y cómo la alimentas? —preguntó Dulcie con malicia, intentando aún pillar a Rosina en un renuncio.
—Uso un trozo de lino para dejarle caer la leche gota a gota en la boca. Tarda mucho en quedarse satisfecha cuando come de una en una.
—Hm —respondió Dulcie—. ¿Y tiene nombre?
—Holly.
—Entonces, ¿piensas quedártela?
—¿Qué otra cosa puedo hacer? —preguntó Rosina, molesta por la curiosidad de su amiga.
—Podrías llevarla a un orfanato en Chelmsford —dijo Dulcie.
—Podría, pero no pienso hacerlo. Y ahora sí que tengo que irme.
—Buen día del Señor, Rosina.
Dulcie era buena mujer, pero también una cotilla incorregible que ocupaba una posición inmejorable para propagar los chismes, pues ella y su marido eran dueños de la única tienda del pueblo y Dulcie hacía además las veces de cartera.
Rosina jamás le contaría nada que no quisiera ver difundido por toda la aldea.
Casada desde hacía diez años, Dulcie se consideraba a salvo de las habladurías, pero Rosina no gozaba de la misma protección.
Como mujer soltera que vivía sola, siempre era objeto de sospechas y recelos, y debía andarse con cuidado de en quién confiaba e incluso a quién ayudaba.
Bastaba muy poco para ganarse la enemistad del pueblo.
Cuando Rosina llegó a casa, dio de comer a la pequeña, la acostó en la cama y subió al diminuto desván donde guardaba trastos.
Encontró una vieja cesta y la bajó. Ya no la usaba para recolectar porque tenía varios agujeros en el fondo, pero forrada con trapos y una manta haría las veces de cuna para Holly.
Acababa de acomodar a la niña en su nueva camita y arroparla cuando llamaron a la puerta.