Capítulo 6
Rosina
Rosina empujó la puerta de la cabaña y salió.
Sabía que había amanecido porque el cielo era ahora gris en lugar de un negro turbio, pero si había esperado ver el sol, la decepción fue mayúscula.
Aun así, el aire era relativamente fresco, y aspiró una bocanada, disfrutando de su dulzura después del hedor fétido que impregnaba el interior.
Habría abierto la ventana, pero John Rees temía que el aire nocturno fuera perjudicial para su esposa y la criatura que llevaba en el vientre, y se había negado a dejar entrar aire fresco o a permitir que se apagara el fuego que llevaba encendido toda la noche.
Marsha Rees llevaba de parto toda la noche, sudando profusamente en el calor sofocante del pequeño dormitorio y apretando los dientes mientras una contracción tras otra la sacudía.
Había sido un parto difícil, y la ansiedad de los padres no había ayudado precisamente.
Rosina había asistido docenas de partos, y sabía que solo cuando una mujer estaba de parto y asustada empezaba a cuestionar todo lo que su comadrona sabía y a dudar de su habilidad.
Pero ella no se ofendía. Para cada madre, su bebé era especial y su parto único.
Rosina respondía encantada a sus preguntas y le ofrecía tranquilidad.
Era lo menos que podía hacer cuando la mujer había puesto su fe y la vida de la criatura que llevaba dentro en sus manos, y el marido, sintiéndose impotente y sin saber qué hacer, necesitaba que lo tranquilizaran casi tanto como a su esposa en trabajo de parto, aunque él no lo supiera.
La primera bebé de Marsha por fin había hecho acto de presencia poco después de las cuatro.
La segunda niña llegó unos minutos después, más pequeña y más callada que su hermana, que no paraba de llorar.
Marsha estaba aliviada de que su calvario hubiera terminado, pero se había llevado una sorpresa al recibir dos bebés en lugar de uno.
Rosina había sospechado que Marsha esperaba gemelas, pero no había podido estar segura, ya que los latidos de las gemelas sonaban casi al unísono, y la bebé más pequeña debía de haber estado tan apretujada por su hermana que no podía moverse con libertad.
Aun así, todas estaban sanas y a salvo, y eso era lo único que importaba.
Rosina había limpiado a las bebés, las había envuelto en extremos opuestos de la misma manta, ya que solo habían preparado una para el nacimiento, y se las había entregado a su madre.
Marsha estaba deseando conocer a sus bebés, pero también tenía el semblante sombrío, al igual que su marido.
Un bebé sano era una bendición. Dos bebés, sin embargo, podían resultar una carga para una pareja que ya luchaba por llegar a fin de mes.
Rosina se volvió hacia John cuando este salió y se reunió con ella en el umbral. Parecía cansado y tenso, con la frente perlada de sudor.
—Gracias —dijo—. Ha conseguido que todas salgan sanas y salvas.
Rosina asintió. Ambos sabían lo que ella esperaba, pero John no hizo ademán de pagarle y parecía a punto de volver a entrar.
—Necesito que me pague, señor Rees —dijo Rosina antes de que él la dejara plantada.
Los hombres a menudo se comportaban como si ella atendiera a sus esposas durante los partos por pura caridad.
Era su deber ayudar a una mujer a traer a su bebé al mundo, y se llenaba de asombro cada vez que sostenía a un hermoso recién nacido en brazos, pero como todo el mundo, necesitaba comer.
Y aquí no iba a recibir comida alguna, aunque llevaba casi doce horas con Marsha.
John solo le había ofrecido una taza de cerveza aguada.
—No puedo prescindir de ninguna moneda —dijo John con brusquedad.
Rosina lo miró fijamente, expectante, y él asintió y volvió a entrar. Regresó con un trozo estrecho de tocino envuelto en un trapo de cocina.
—¿Servirá esto?
Sabiendo que eso era todo lo que iba a conseguir, Rosina asintió.
—Gracias.
Si era cuidadosa, el tocino le duraría unas semanas.
Lo racionaría loncha a loncha, usando la grasa para dar sabor a los huevos fritos, la col estofada y las patatas.
Rosina aceptó el tocino, prometió a John que volvería al día siguiente para ver a Marsha y a las bebés, y se encaminó a casa.
Estaba exhausta después de la larga noche y solo quería comer algo y disfrutar de unas horas de merecido sueño en la paz de su cabaña.
Alquilaba la casa a sir Roderick Bentley, quien la había mandado construir para el ermitaño ornamental que había mantenido en sus tierras cuando tales cosas estaban de moda.
Por su amiga Dulcie sabía que a sir Roderick le gustaba exhibir al hombre ante sus invitados y lo trataba más como a una mascota querida que como a una persona, un arreglo que parecía funcionar para todos hasta que el pobre hombre murió de fiebre y nadie descubrió sus restos durante semanas.
La cabaña, considerada desde entonces de mala suerte, había sido abandonada, y cuando por fin se disipó el hedor de la muerte, sir Roderick había renunciado a la idea de emplear a otro ermitaño, ya que a la mayoría de la gente la idea le parecía un tanto ridícula.
Cuando Rosina llegó al pueblo hacía cinco años, se enteró por Dulcie, que resultó ser la primera persona que conoció, de que la cabaña estaba vacía, y preguntó si podía alquilarla.
El administrador de la finca de sir Roderick estuvo encantado de cedérsela, además a un precio muy razonable.
Rosina ventiló el lugar, esparció hierbas que ahuyentarían cualquier residuo persistente de muerte e hizo de la cabaña su hogar.
La principal fuente de ingresos de Rosina era, o hasta hacía muy poco había sido, la partería, pero la complementaba vendiendo remedios herbales.
Había un médico en Chelmsford que atendía a sir Roderick y a su familia y al que los aldeanos más acomodados consultaban en casos de extrema necesidad, pero para dolencias menores y accidentes agrícolas corrientes, la mayoría acudía a ella.
Aunque a veces se lo pedían, Rosina se negaba en redondo a ofrecer pociones de amor o proporcionar tinturas que expulsaran a una criatura del vientre o causaran daño a alguien.
Había personas que con gusto le darían un purgante a su vecino pendenciero o se desharían de un hijo no deseado que no podían permitirse mantener.
Pero si decidían actuar así, no lo conseguirían con su ayuda, y todos los aldeanos lo sabían.
La negativa de Rosina no les impedía preguntar de todos modos, y ella guardaba ciertas tinturas prohibidas por si las necesitaba.
Rosina se ciñó más el chal mientras se apresuraba por el bosque.
Normalmente, en una mañana clara de mediados de junio, el sol brillaría y el aire sería agradablemente cálido, pero después de una primavera fría y lluviosa plagada de truenos y tormentas de granizo, el verano no prometía ser mejor.
Cuando el sol se dignaba a aparecer, era tan pálido como la leche y no ofrecía ni consuelo ni calor.
El suelo estaba empapado por tanta lluvia, y el ganado estaba desnutrido y enfermizo, con las costillas marcándose por falta de alimento.
Si el tiempo no mejoraba, las cosechas no irían bien, y las privaciones que ya habían soportado solo empeorarían a medida que se adentraran en los meses de invierno.
Al acercarse a su cabaña, Rosina suspiró aliviada.
Tenía tanta hambre que le rugía el estómago, y después del calor antinatural de la sala de parto, que le había dejado la camisa empapada de sudor, ahora temblaba de frío y solo quería entrar en calor.
Tenía un huevo y un poco de pan, y freiría una loncha del precioso tocino, fina como el papel, para acompañar la comida, que tomaría junto al hogar.
Satisfecha con este plan, aceleró el paso, pero volvió a aminorar cuando vio algo en el umbral.
Parecía que le habían dejado un paquete.
Quizá alguien le había traído una hogaza de pan o un trozo de queso como pago por un tónico o una visita a domicilio.
Cualquier ofrenda sería bienvenida, pero mientras estudiaba el bulto, a Rosina le pareció verlo moverse y se detuvo en seco, asustada de pronto.
Oyó un débil maullido y se preguntó si alguien le habría dejado un gato.
No se imaginaba por qué alguien haría algo así, pero quizá los niños del pueblo habían pensado que sería una broma divertida.
Recogió un palo robusto, por si acaso, y se acercó a la cabaña con cautela.
Rosina se detuvo a unos metros de la puerta y el palo se le resbaló de la mano.
Ahora estaba lo suficientemente cerca como para ver todo el bulto y la abertura en la parte superior.
El contenido se retorcía y aullaba, pero aquello no era un gato.
Era un bebé, con los ojos cerrados para protegerse de la luz y el diminuto puño metido en la boca.
Probablemente tenía hambre, y debía de tener frío.
Dejando el tocino en el suelo, Rosina recogió a la criatura y la estrechó contra sí.
Dejó de maullar y volvió la cara hacia ella, buscando instintivamente un pezón.
Rosina miró a su alrededor con la esperanza de que la madre del bebé estuviera cerca y saliera del bosque para explicarse, pero no había nadie.
Pero ¿quién dejaría a una criatura en su puerta?
Rosina se lo preguntaba frenéticamente mientras llevaba al bebé dentro, lo depositaba en su cama y se ponía a encender el fuego.
Conocía a todas las mujeres y muchachas del pueblo.
Salvo Marsha, ninguna estaba próxima al parto, y este bebé no parecía prematuro.
Incluso si alguien hubiera dado a luz sola, sin buscar la ayuda de una comadrona, ¿por qué abandonaría a su bebé?
La respuesta era obvia: no podían quedárselo, y nadie debía enterarse de que habían tenido un bebé.
Quizás la criatura era fruto de una pasión adolescente o de un adulterio, o tal vez la madre había sido violada.
Lo más probable era que la pobre mujer no estuviera casada y no pudiera soportar la vergüenza de tener un hijo fuera del matrimonio.
En una comunidad tan pequeña y unida, jamás podría quitarse ese estigma de encima, y la criatura sería considerada bastarda y tratada como tal.
Y había otra posibilidad: quizás la criatura había nacido con alguna malformación y los padres no querían quedársela.
Criar a un niño con discapacidad era difícil y conllevaba su buena dosis de vergüenza, pues la gente daba por sentado de inmediato que Dios lo había maldecido por alguna razón, quizás incluso como castigo a sus padres.
Pero aunque el bebé tuviera alguna dolencia, Rosina seguía sin poder imaginar quién podría ser la madre.
Quizás era alguien de un pueblo vecino que había oído hablar de ella y, movida por la desesperación, le había llevado a la criatura con la esperanza de que se apiadara del pequeño y lo cuidara.
La cabaña se caldeó en cuanto encendió el fuego, y la luz de las llamas brillaba con calidez reconfortante, disipando la penumbra que se colaba del exterior.
Olvidada ya el hambre, Rosina se acercó a la cama y desenvolvió la manta con cuidado.
Dentro, el bebé estaba envuelto en un paño de lino que no le revelaba nada a Rosina sobre su procedencia.
La manta tampoco. No había nada distintivo en ninguno de los dos; podrían haber pertenecido a cualquier familia del lugar.
La criatura se quedó quieta, observando a Rosina con unos ojos oscuros e insondables, enmarcados por pestañas escasas y húmedas.
Era una niña. Nacida a término, o casi, a juzgar por Rosina, y en apariencia perfecta.
Una pelusilla castaña cubría su delicada cabecita, y tenía un antojo en un lado del cuello con forma de corazón deformado.
Rosina calculó que no tendría más de unos días de vida, quizás solo unas horas.
No había nada con la niña, ni una nota ni una prenda que una madre pudiera dejar para su bebé.
La pequeña rompió a llorar y volvió a meterse el puñito en la boca.
Lo mejor para un bebé era la leche materna, pero a falta de madre, la de otra mujer o la de algún animal eran las únicas opciones.
Rosina no podía presentarse sin más ante una madre lactante y pedirle que se hiciera cargo de una expósita.
Así que volvió a envolver a la pequeña, buscó un trozo de lino limpio, lo empapó en una taza de leche que pensaba tomarse con el desayuno y dejó caer unas gotas en la boca de la niña.
La pequeña tragó y volvió a abrir la boca.
Rosina empapó la tela otra vez. Costó un buen rato saciar a la pequeña, pero finalmente la niña se durmió, satisfecha por el momento.
Rosina tendría que conseguir leche fresca pronto, pues necesitaría alimentar a la niña en cuanto despertara.
Pero de momento, tenía un poco de tiempo para descansar.
Sin entretenerse con el tocino y el huevo, mojó un cuscurro de pan en la leche que quedaba y se lo comió.
Después se quitó el vestido manchado, se acostó junto a la pequeña y las cubrió a ambas con la colcha.
Mientras entraba en calor y sus miembros se relajaban sobre el mullido colchón, se preguntó cómo debería llamar a la niña, pues no creía que nadie fuera a reclamarla.
Mientras se sumía en el sueño, la respuesta acudió a su mente.
Holly.