La bruja Winter (Misterios Históricos de Nicole Rayburn 7) Capítulo 2
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Capítulo 2

Terminada la charla y la lectura, y una vez formuladas y respondidas todas las preguntas, Eleanor me invitó a sentarme a su mesa, donde me sirvieron té y me animaron a probar todos los pasteles.

El de plátano y toffee era demasiado dulce para mi gusto, pero disfruté bastante de una porción de tarta de zanahoria.

Eleanor parloteaba sin cesar, enumerando sus novelas y autores favoritos y criticando varios bestsellers recientes.

Como no esperaba respuesta, mi atención se desvió hacia una mujer al otro lado de la mesa.

Tendría más o menos mi edad, pero era más alta y delgada.

Llevaba el cabello oscuro recogido en una cola de caballo, y sus ojos oscuros me observaban con una intensidad inquietante.

Apenas había abierto la boca y no había hecho ninguna pregunta durante el turno de preguntas, pero tuve la impresión de que quería hablar conmigo.

Cuando se produjo una breve pausa en la conversación, aproveché para hacer una pregunta.

—Pasé por delante del pub de camino a la iglesia. Tiene un nombre bastante inusual. ¿Hay alguna historia detrás?

—La hay —dijo Eleanor—. Pero el Hanging Man no es el nombre original.

La mujer que me había estado observando, a quien me habían presentado como Darla o Donda —no conseguía recordar todos los nombres—, miraba fijamente su té, y pensé que mi pregunta podría haberla molestado. Pero Eleanor continuó sin inmutarse.

—El pub se vendió a finales de los ochenta, y el nuevo propietario decidió que el Hanging Man sería más llamativo.

Bill retocó por fin la pintura de la soga gracias a mi insistencia.

Ya era casi imposible distinguirla —dijo con irritación—.

Debería encargar un cartel nuevo, pero no le parece que merezca la pena.

No es que recibamos muchos turistas, dice él. Y los lugareños vendrán de todos modos.

—¿Cuál era el nombre original? —pregunté en cuanto Eleanor hizo una pausa para tomar aire.

—The Vicar's Drop —dijo la mujer al otro lado de la mesa, y creí ver un destello de satisfacción en su mirada—. Data de principios del siglo diecinueve.

—Como presidente del consejo parroquial, les había sugerido a los nuevos propietarios que cambiaran el nombre —dijo un hombre a su izquierda—.

Siempre me pareció bastante irrespetuoso.

Podrían haberlo llamado de cualquier otra forma, pero supongo que el Hanging Man sigue siendo mejor que el original.

—Oh, Arnold —chasqueó la lengua Eleanor—. Todo eso sucedió hace siglos, y ya no queda nadie vivo que pueda sentirse ofendido.

Aquello sonaba a una discusión que habían tenido muchas veces, y Arnold hinchó el pecho de inmediato, como un gallo a punto de enzarzarse en una pelea.

—Es una pendiente resbaladiza, Eleanor —exclamó—.

Cuando empezamos a faltar al respeto a la Iglesia y a los hombres devotos que dedican sus vidas a servirla y a Nuestro Señor, invitamos al mismísimo diablo a entrar en nuestras vidas.

Y hoy en día corremos más riesgo que nunca de condenar nuestras almas. El mundo...

—Cállate, Arnold —dijo Eleanor, poniendo los ojos en blanco.

El rostro de Arnold adquirió un tono rojo alarmante.

Estaba bastante molesto por no poder decir lo que pensaba, y probablemente también porque Eleanor lo había humillado delante de toda la mesa.

La mujer frente a mí adoptó una expresión que no sabría ni empezar a definir, y las otras dos personas apartaron la mirada, sin querer tomar partido ni censurar a Eleanor por su grosería.

—¿El nombre del pub se refería a una persona en concreto? —pregunté.

Probablemente estaba echando leña al fuego, y Eleanor y Arnold podrían llegar a las manos si dejábamos que la discusión continuara, pero quería saberlo, y francamente me parecía que el razonamiento de Arnold era un tanto ridículo.

El nombre de un establecimiento público tenía poco que ver con la Iglesia o la fe de quienes frecuentaban el local.

Pero debía de referirse a algo que había sucedido en Halverstead y formaba parte de su historia, algo que era importante preservar, ya que las historias tendían a caer en el olvido si las generaciones más jóvenes nunca las habían oído o si se las disuadía de preguntar sobre los lugares históricos.

—Por supuesto —dijo Eleanor, como si la respuesta fuera de lo más obvia.

Supuse que lo era, pero no era frecuente que ahorcaran a un miembro del clero en una época en que el país no estaba sumido en conflictos religiosos, y a los sacerdotes se los trataba con el tipo de deferencia que uno reservaría para miembros respetados del gobierno, especialmente en pequeñas comunidades rurales donde a menudo eran la única figura de autoridad aparte del terrateniente local.

—El vicario se llamaba Godfrey Winslow —dijo Arnold, que parecía haberse calmado—. Lo encontraron ahorcado en esta misma iglesia un domingo de octubre de 1816.

—¿Qué sucedió? —pregunté, fascinada.

—Nadie lo sabe. Y el obispado reclamó su cuerpo en cuanto se enteró el obispo.

Lo interesante es que murió la misma noche en que una mujer a la que había acusado de brujería desapareció de una celda cerrada con llave —explicó Eleanor con regocijo.

O le encantaba esa historia o disfrutaba provocando a Arnold.

—Winslow murió porque ella lo maldijo —dijo la mujer al otro lado de la mesa—. En lo que a mí respecta, recibió su merecido.

—Todo son rumores, Delilah. Nadie sabe qué sucedió realmente —replicó Eleanor.

—¿Qué creía la gente que había pasado? —pregunté.

—La historia cuenta que, después de que murieran varios niños y la cosecha fracasara ese otoño, el vicario acusó de brujería a una mujer del lugar, Rosina de Winter.

Ordenó que la detuvieran y pensaba entregarla en Chelmsford al día siguiente, donde la retendrían en la cárcel local hasta los tribunales de Cuaresma.

Arrastraron a Rosina por el pueblo hasta la prisión, pero antes de que la encerraran, maldijo a Winslow.

Dijo que perecería y sufriría tormento eterno por las mentiras que había contado sobre ella.

—¿Por qué la acusaron? —pregunté.

—¿Por qué crees? —desafió Delilah—. Era la sanadora y comadrona del pueblo, y vivía sola en el bosque. Poseía precisamente las cualidades que los hombres encontraban más amenazantes: inteligencia, independencia y conocimientos que no podían ni entender ni controlar.

—Entonces, ¿qué pasó?

—A la mañana siguiente, encontraron a Winslow muerto.

Se había ahorcado en su propia iglesia —respondió Delilah—.

Y Rosina había desaparecido —añadió con suficiencia, y abrió las manos imitando una explosión—.

¡Puf! Y lo único que había dejado atrás era una cruz de plata.

Probablemente su forma de decir que había terminado con la Iglesia y todo lo que representaba.

—¿Crees en la brujería? —le pregunté a Delilah.

Había oído que se había producido un renovado interés por la Wicca y el paganismo moderno, con aquelarres formados por mujeres y hombres que creían sinceramente en la brujería y celebraban a la Diosa, la naturaleza y los antiguos ritos.

En cuanto a mí, no creía en la brujería ni en ninguna otra forma de magia.

Lo que sí creía era que, a lo largo de los siglos, personas malvadas y egoístas habían acusado de brujería a mujeres inconvenientes y vulnerables para deshacerse de ellas, o para redirigir la ira de la comunidad hacia quienes no tenían medios para defenderse.

—Creo en la capacidad de hechizar —respondió Delilah—. Y eso puede ser igual de poderoso, porque hechizar a alguien es conseguir poder sobre él.

—¿Y crees que Rosina de Winter hechizó a Godfrey Winslow?

—Creo que sí. Y ejerció tal poder de sugestión sobre él que logró que se suicidara.

—¿A distancia? —exclamó Eleanor.

—No hace falta estar al lado de alguien para meterse en su cabeza —espetó Delilah.

—De verdad, Delilah —la reprendió Eleanor—. Nicole no está aquí para escuchar una de tus fábulas absurdas.

—Rosina de Winter prácticamente asesinó a Godfrey Winslow —replicó Arnold, enfadado—. Eso no es ninguna fábula.

Arnold y Delilah parecían tomarse aquella historia de doscientos años de manera muy personal, y me pregunté por qué sería, pero hacía mucho que había aprendido que los historiadores a veces se obsesionaban con los personajes que investigaban e incluso llegaban a preocuparse más por ellos que por los vivos.

—¿Rosina no tenía familia ni amigos? —pregunté.

Era raro que alguien estuviera completamente solo, sobre todo si había vivido en la misma zona toda su vida. Seguro que había habido alguien que se preocupara por ella.

—Se decía que tenía una hija —dijo Eleanor.

—¿Qué le pasó cuando arrestaron a Rosina?

—Nadie lo sabe con certeza. Alguien debió de acogerla.

—¿Podría haber vuelto Rosina a buscar a su hija? —pregunté.

—Nadie volvió a verla. Simplemente desapareció —reiteró Delilah.

—¿Tú también eres escritora? —le pregunté.

Delilah no había dicho su apellido, así que aunque hubiera oído hablar de ella, no lo sabría.

—Sí, pero no de ficción. Estudio el folclore local.

—Si el folclore no es ficción, no sé qué lo es —resopló Arnold.

—Perdona los ánimos exaltados, Nicole —se disculpó Eleanor—. No hay nadie más apasionado ni más empeñado en demostrar que tiene razón que un historiador aficionado.

—Bueno, de eso sé un poco —bromeé—. Y me encantaría saber más sobre lo que pasó. Siempre ando buscando una buena historia, sobre todo si está basada en hechos reales.

—Puedo contarte más sobre Rosina si quieres —ofreció Delilah.

—Me encantaría —me apresuré a asegurarle, ya que no me apetecía pasar más tiempo con Eleanor ni con Arnold.

—Incluso puedo enseñártelo. ¿Damos un paseo?

Ansiosa por saber más, me levanté de un salto.

—Me encantaría estirar las piernas. Dame un momento.

Delilah asintió y salió del salón sin decir palabra. Pasé un momento por el baño, luego cogí el abrigo y el bolso y me reuní con ella fuera. Estaba en los escalones, fumando un cigarrillo, pero lo apagó en cuanto me vio.