CAPÍTULO 42 #2
—No porque fuera tonta. Porque cada paso parecía todavía seguro. Si alguien nota que deja de oír lo que debería estar oyendo, tiene que dar la vuelta antes de empezar a preguntarse por qué.
El responsable de Salvamento tomó nota.
—Eso sí podemos comunicarlo con claridad.
Uxía observó a Bieito desde el otro lado de la mesa y pensó en Xoán esperando durante veintisiete días, en Carme esperando cuarenta años y en Xosefa muriendo sin saber qué le había ocurrido a Ramón. Las advertencias no podían devolver nada de aquello, pero quizá evitaran repetirlo.
* * *
El canal de fenómenos inexplicados llegó a Corvoeira dos días después. No fue difícil saberlo porque publicó un vídeo desde el puerto.
Uxía lo vio porque tres personas se lo enviaron en menos de diez minutos. El hombre tendría poco más de treinta años. Hablaba a cámara con entusiasmo, explicando que se encontraba en el lugar de las desapariciones y que intentaría averiguar cuánto había de realidad y cuánto de exageración.
No parecía un irresponsable. Ese era el problema. No se reía de nadie ni decía que las víctimas mintieran. Se presentaba como alguien curioso que quería observar y documentar.
Sabela vio el vídeo con ella.
—Este es peor.
—¿Peor que qué?
—Que uno que dijera que todo es mentira. A ese nadie de aquí lo llevaría. Este parece razonable.
—Y quiere acercarse.
—Sí.
Bieito apareció por detrás.
—Ya ha preguntado.
—¿A quién?
—A dos del puerto.
—¿Y?
—Le han dicho que no.
Uxía respiró.
—Bien.
Bieito no parecía tranquilo.
—Hay barcos que se alquilan.
Sabela cerró el portátil.
—No puede ser tan fácil.
—Depende de lo que quiera alquilar y dónde.
Uxía volvió a llamar a Breogán. No podían detener a alguien por tener curiosidad, ni impedir toda navegación legal alrededor de la costa.
La advertencia existía, el área preventiva empezaba a señalizarse y había información disponible.
A partir de cierto punto, la seguridad también dependía de que alguien decidiera escuchar.
—Voy a hablar con él —dijo Uxía.
Sabela levantó la cabeza.
—¿Para qué?
—Porque ha leído mi artículo.
—Entonces ya sabe lo que has dicho.
—Ha leído palabras.
Bieito negó.
—No tienes por qué convencer a cada persona que venga.
—A cada persona, no.
Uxía señaló la pantalla.
—A esta la están viendo miles.
* * *
Se encontraron en una cafetería. El hombre se llamaba Álvaro. Reconoció a Uxía en cuanto entró y apagó la cámara que tenía sobre la mesa sin que ella tuviera que pedírselo. Eso le gustó.
—Gracias por venir.
—No vengo a darte una entrevista.
—Lo sé.
—Y no puedes grabarme.
—No estaba grabando.
Uxía se sentó.
—Quieres acercarte a la isla.
Álvaro no lo negó.
—Sin entrar en ninguna zona restringida.
—La anomalía no sabe dónde acaba una zona restringida.
Él sonrió ligeramente.
—Sé que suena mal dicho así.
—Suena exacto.
Álvaro cruzó las manos.
—No quiero hacer ninguna estupidez. He leído lo que publicaste y la advertencia. Solo quiero grabar desde una distancia segura si se produce brétema.
Uxía pensó en aquella madrugada, en Sabela convencida de que solo iba a medir desde fuera.
—No sabemos cuál es una distancia segura si se abre una ventana.
La sonrisa desapareció.
—¿Entonces nadie debería navegar por allí nunca?
—No he dicho eso.
—Pero tampoco podéis saber cuándo ocurrirá.
—Exacto.
Álvaro guardó silencio y Uxía continuó:
—El problema no es que quieras tirarte dentro de una niebla. Sé que no quieres hacerlo. Sabela tampoco quería.
Él conocía la historia.
—Ella se acercó demasiado.
—Después de muchas decisiones que, una por una, parecían razonables.
Álvaro bajó la mirada.
—¿Qué quieres que haga?
—Que si ves aparecer las condiciones que hemos descrito, te alejes. No te quedes a conseguir una toma mejor. No esperes a comprobar si el sonido realmente desaparece.
—Entonces nunca podré documentarlo.
—Esa es la idea.
Él soltó aire.
—Entiendo.
Uxía lo estudió.
—¿De verdad?
—Sí.
No podía saber si cumpliría. Eso también formaba parte del problema.
* * *
Ramón vio el vídeo de Álvaro esa noche. Uxía no se lo había enseñado. Lo encontró él mismo después de aprender a manejar lo suficiente un teléfono como para abrir enlaces que otras personas le enviaban.
—No me gusta.
Uxía se sentó a su lado.
—A mí tampoco.
—Va a ir.
—Dice que no.
Ramón señaló la pantalla.
—Va a ir.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque mira la isla como la miraba yo cuando oía el mar.
Uxía tardó en comprender.
—Eso no es lo mismo.
—No.
Ramón dejó el teléfono.
—Pero conozco esa cara.
—¿Qué cara?
—La de pensar que si avanzas un poco más vas a entender.
Uxía sintió un escalofrío.
—Hablé con él.
—¿Y?
—Parecía haberlo entendido.
Ramón asintió.
—Yo también entendía muchas cosas cuando estaba dentro.
—¿Y aun así seguías intentando salir?
—Claro.
—No es comparable.
—La curiosidad y la esperanza se parecen mucho cuando estás mirando algo que crees que puede darte una respuesta.
Uxía no encontró qué contestar.
* * *
Aquella noche volvió a trabajar en el documento que había empezado en el hospital.
Ya tenía muchas páginas. No constituían todavía un libro: había notas, fechas, fragmentos de entrevistas con Sabela, conversaciones con Xoán y Manuel, una página dedicada únicamente a las cosas que Ramón recordaba de los primeros días dentro y otra sobre Carme y los cuarenta años de espera.
Uxía escribió un título provisional: «Los que volvieron de la brétema».
Lo leyó. No sabía si se quedaría.
Debajo añadió: «Esta no es la historia de una niebla. Es la historia de todo el tiempo que unas personas perdieron y otras tuvieron que vivir sin ellas».
Se quedó mirando la frase. Desde el pasillo llegó la voz de Xoán hablando con Ramón, después una risa. Carme preguntó algo que ninguno de los dos entendió y Puri respondió desde la cocina.
Uxía se quedó escuchándolos a todos. Aquella casa estaba llena de ruido y, por una vez, ninguno de aquellos sonidos le pareció pequeño.