La brétema CAPÍTULO 42
93%

CAPÍTULO 42

Corvoeira

Ramón tardó tres días en preguntar dónde estaba enterrada Xosefa.

No porque hubiera dejado de pensar en ella.

Uxía lo veía cada vez que alguien mencionaba una fecha, cada vez que Ramón intentaba reconstruir un acontecimiento familiar y comprendía que Xosefa había vivido aquella parte sin él.

Había aprendido ya a no preguntarle inmediatamente qué estaba pensando.

Con Ramón, igual que con Xoán, había silencios que podían quedarse en silencio.

La pregunta llegó durante el desayuno. Carme estaba entretenida deshaciendo una tostada en pedazos demasiado pequeños y Xoán había salido un momento para hablar por teléfono. Puri preparaba café.

Ramón miró a Uxía.

—¿Sabes dónde está?

No hizo falta preguntar quién.

—Sí.

Ramón asintió y siguió removiendo el café.

—Quiero ir.

Puri se volvió desde la encimera.

—Cuando quieras.

Ramón negó.

—Sin gente.

Uxía comprendió. Desde que se había confirmado públicamente su identidad, salir de casa implicaba encontrar miradas.

Algunas eran discretas y otras no tanto.

Había personas que se acercaban para saludarlo, otras querían fotografías y algunas se quedaban observándolo desde lejos como si esperaran descubrir en su cara la prueba de algo imposible.

—Podemos ir temprano —dijo Uxía—. O al final del día.

Ramón miró por la ventana.

—Temprano.

Carme levantó la cabeza.

—¿Adónde vais?

Ramón tardó antes de responder.

—A ver a alguien.

Carme siguió desmenuzando la tostada.

—Saludad de mi parte.

—Lo haré.

Uxía miró a Ramón. Él sostuvo la mirada de Carme unos segundos más y después volvió al café.

* * *

Fueron los tres. Ramón había pedido ir sin gente, pero cuando Xoán se enteró no hizo falta preguntarle si quería acompañarlos.

Llegaron cuando todavía no había nadie en el cementerio. El aire era frío y el cielo estaba despejado. Ramón caminaba despacio, no por la cojera, que seguía siendo visible, sino porque cada nombre sobre las lápidas parecía obligarlo a detenerse.

Reconocía apellidos, no siempre personas.

—Esa familia vivía cerca de nosotros.

Xoán leyó la inscripción.

—Yo conocí a uno de los hijos.

Ramón hizo el cálculo sin querer.

—Entonces estará…

No terminó. Xoán tampoco.

Continuaron. La tumba de Xosefa estaba en una zona antigua que había sido cuidada durante años por familiares y después por Xoán siempre que había podido. No era ostentosa: una lápida sencilla, flores recientes y su nombre grabado junto a dos fechas que Ramón tardó en mirar.

Primero leyó únicamente «XOSEFA RIAL». Después bajó los ojos hasta la fecha de muerte y permaneció inmóvil.

Uxía se apartó unos pasos. Xoán se quedó junto a él. Ramón pasó los dedos sobre las letras.

—Vivió mucho.

—Sí.

—Sin mí.

Xoán respiró antes de contestar.

—Sí.

Ramón cerró los ojos.

—¿Fue feliz?

La pregunta sorprendió a Xoán.

—No puedo responder por toda su vida.

—Tú estabas con ella.

—Durante muchos años.

Ramón esperó.

—Te echó de menos —continuó Xoán—. Eso no desapareció. Pero también vivió. Tuvo familia, amigos, años buenos y malos. No pasó la vida sentada esperando frente al mar.

Ramón asintió lentamente.

—Me alegro.

—¿De verdad?

Ramón volvió los ojos hacia la lápida.

—¿Qué querías? ¿Que estuviera triste setenta años para demostrar que me quería?

Xoán bajó la cabeza.

—No.

—Yo tampoco.

Permanecieron en silencio. Después Ramón sonrió de una forma apenas perceptible.

—Se habría enfadado mucho conmigo.

—¿Por desaparecer?

—Por volver tan tarde.

Xoán soltó una pequeña risa.

—Carme dijo algo parecido.

Ramón se agachó con dificultad y apoyó una mano sobre la piedra.

—Lo intenté muchas veces.

No dijo nada más. No contó las ventanas que había perseguido, los despertares en los que encontraba marcas que no recordaba ni las veces que el sonido del mar había regresado durante unos minutos para desaparecer antes de que pudiera llegar. Xosefa no podía escuchar ninguna explicación.

Ramón permaneció allí hasta que quiso levantarse. Xoán le tendió una mano y Ramón la aceptó. Quedaron un momento frente a frente. La semejanza física resultaba extraña: padre e hijo separados por casi ochenta años de calendario y apenas unos pocos de apariencia.

Ramón miró a Xoán.

—Ella te crió bien.

—También tuvo ayuda.

—Pero estuvo.

Xoán asintió.

—Sí.

Ramón apretó ligeramente su mano antes de soltarla.

—Entonces tengo que darle las gracias por dos cosas.

—¿Cuáles?

—Por vivir. Y por seguir contigo cuando yo no pude.

* * *

El artículo de Uxía tuvo el efecto que Sabela había temido.

Durante los primeros días aumentaron las consultas sobre seguridad marítima.

Después aparecieron las preguntas: a qué distancia exacta estaba la zona peligrosa, si se podía observar la brétema desde tierra, si había coordenadas, si existían vídeos, si era posible registrar alteraciones electromagnéticas y si alguien organizaba expediciones.

Sabela leyó aquel último mensaje dos veces.

—No.

Uxía levantó la vista del portátil.

—¿Qué?

Sabela giró la pantalla. Era una publicación de un pequeño canal dedicado a fenómenos inexplicados. Su autor anunciaba que pretendía desplazarse a Corvoeira para documentar A Illa dos Corvos y preguntaba a sus seguidores si conocían pescadores dispuestos a acercarlo.

Uxía cerró los ojos.

—Era cuestión de tiempo.

—No podemos impedir que venga.

—No.

—Pero sí que alguien lo lleve a la isla.

Uxía cogió el teléfono.

—Voy a llamar a Breogán.

Sabela se quedó leyendo los comentarios. Algunos se burlaban. Otros afirmaban que todo era una operación publicitaria. Uno aseguraba que la brétema no podía existir porque ninguna anomalía conocida producía aquel comportamiento.

Sabela murmuró:

—Eso es muy tranquilizador.

—¿Qué?

—Un señor de internet ha decidido que no existe.

Uxía sonrió mientras buscaba el número.

—Entonces podemos cerrar la investigación.

Bieito entró en ese momento.

—¿Qué pasa?

Sabela le enseñó la pantalla. Su padre leyó.

—Nadie de aquí lo va a llevar.

—Eso espero.

Bieito dejó el teléfono sobre la mesa.

—No lo esperes. Habla con la gente.

—No puedes controlar a todos los barcos.

—No. Pero puedo explicarles lo que vi.

Sabela lo miró. Bieito no hablaba demasiado de la madrugada en que la Dolores desapareció delante de él.

—¿Estás seguro?

—Más que de que alguien venga a convertir esto en una excursión.

Uxía terminó la llamada.

—Breogán dice que ya lo han visto. Están hablando con Capitanía.

Bieito resopló.

—Un papel no detiene a un curioso.

Sabela recordó la frase que él había dicho en el hospital: la variable imposible de medir, curiosidad.

—Entonces tendremos que conseguir que entiendan por qué no es una aventura.

* * *

Ramón pidió ver el mar desde lejos. No el puerto ni la isla, solo un lugar alto desde donde pudiera mirar la costa sin acercarse.

Uxía lo llevó. Xoán se quedó con Carme.

Subieron por una carretera estrecha hasta un mirador desde el que A Illa dos Corvos se distinguía en días despejados como una forma oscura separada de la costa.

Aquel día se veía perfectamente. Ramón permaneció dentro del coche al principio.

—Podemos irnos.

—No.

—No tienes que mirar.

—Quiero hacerlo.

Bajó. El viento era fuerte. Uxía observó cómo cerraba los ojos y dejaba que el aire le golpeara la cara.

—Sigues haciendo eso.

Ramón abrió los ojos.

—¿Qué?

—Comprobar el viento.

—Sí.

—Yo también.

Se apoyaron en la barandilla. La isla parecía pequeña desde allí, demasiado pequeña para contener todo lo que había ocurrido.

—¿La reconoces? —preguntó Uxía.

Ramón negó.

—Desde aquí no.

—¿Dentro tampoco?

—Dentro no se parece a nada.

Uxía miró la costa.

—A veces pienso que si volviera a entrar no encontraría ninguno de los lugares donde estuvimos.

—Probablemente no.

—¿Porque cambian?

Ramón se encogió de hombros.

—O porque nosotros no sabíamos leerlos.

Uxía aceptó la diferencia y Ramón señaló la isla.

—¿Vas a seguir investigando?

—Yo no soy la científica.

—No te he preguntado eso.

Uxía sonrió.

—Supongo que sí. Desde fuera.

—Bien.

—¿Te preocupa?

—Me preocuparía más que fingierais que no pasó.

Uxía guardó silencio.

—Pero no entres otra vez.

—No estaba en mis planes.

—Sabela tampoco tenía ese plan.

Aquello acabó con cualquier respuesta fácil.

—No —admitió Uxía.

Ramón volvió los ojos hacia la isla.

—Las cosas peligrosas no siempre empiezan cuando decides hacer algo peligroso.

Uxía pensó en Sabela avanzando de decisión en decisión hasta encontrarse sola en la Dolores.

—Eso dijo Bieito.

—Entonces Bieito es listo.

—No se lo digas. Se vuelve insoportable.

Ramón sonrió.

* * *

La primera reunión formal sobre la zona de seguridad se celebró cuatro días después. Sabela acudió con una carpeta de notas y Uxía con otra. Bieito fue invitado como testigo de los episodios de 1985 y 2026. Breogán estaba allí, junto con representantes de Salvamento y Capitanía.

Sabela comenzó dejando algo claro.

—No podemos definir un perímetro exacto de anomalía.

Uno de los responsables señaló un mapa.

—Necesitamos algún tipo de zona.

—Podemos establecer una zona preventiva, pero no decir que la anomalía termina en una coordenada porque no lo sabemos.

—¿Siempre se concentra alrededor de la isla?

—Los episodios documentados, sí.

—¿A qué distancia?

Sabela miró sus notas.

—Varía.

—¿Cuánto?

—No tengo suficientes casos.

La respuesta empezó a frustrar a algunos asistentes. Uxía lo notó. También sabía que Sabela no iba a inventar precisión para tranquilizarlos.

—Lo que sí sabemos —continuó Sabela— es que hay una secuencia de señales que se ha repetido.

Explicó la caída del viento, el momento de la marea, la brétema localizada y las condiciones atmosféricas. Después llegó al sonido.

—Esa es probablemente la advertencia más útil para quien ya esté demasiado cerca. Si las referencias sonoras exteriores disminuyen de forma brusca sin una explicación meteorológica normal, no debe continuar avanzando para comprobar qué ocurre.

Bieito intervino.

—Ni un metro.

Todos lo miraron.

—Eso hizo mi hija.

Sabela bajó los ojos y Bieito continuó: