La brétema CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Corvoeira

Ramón salió del hospital una semana después del rescate.

La decisión había necesitado más conversaciones de las que él consideraba razonables.

Los médicos querían asegurarse de tres cosas: que su frecuencia cardiaca siguiera aumentando de manera estable, que la respiración hubiera recuperado un ritmo menos inquietante y que los periodos de sueño ya no se parecieran a aquellas ausencias profundas en las que costaba distinguir si el cuerpo continuaba funcionando.

Ramón escuchó todas las explicaciones con paciencia hasta que uno de los médicos le dijo que quizá fuera conveniente permanecer un par de días más.

—Llevo demasiado tiempo esperando para volver a casa.

Nadie consiguió convencerlo después de aquello.

El problema era decidir qué significaba casa.

Xoán había pensado en Casa Freire, aunque Ramón nunca había vivido allí.

Puri propuso preparar una habitación tranquila, lejos de las cámaras y de cualquier persona que pudiera aparecer sin avisar.

Uxía estuvo de acuerdo y pasó dos días discutiendo con periodistas que insistían en solicitar entrevistas, imágenes o cualquier declaración que pudiera acompañar titulares sobre el hombre desaparecido durante setenta y nueve años.

Ramón no quería hablar con ninguno.

—No sé qué quieren que les cuente.

Uxía estaba guardando ropa en una bolsa.

—Quieren saber qué hiciste allí dentro.

—Dormir.

—Eso no les parecerá suficiente.

—Pues es lo que hice la mayor parte del tiempo.

Uxía sonrió.

—También quieren saber por qué no envejeciste.

Ramón se miró las manos.

—Cuando lo sepa, se lo digo.

—Sabela tiene hipótesis.

—Sabela tiene demasiadas preguntas.

—Eso te lo advertí.

Ramón la observó mientras doblaba una camisa.

—Y tú tienes demasiadas respuestas.

Uxía levantó la cabeza.

—Empiezo a pensar que llevarnos bien va a ser difícil.

—Eso es bueno.

—¿Por qué?

—Porque las familias que se llevan bien todo el tiempo mienten.

Uxía se quedó mirándolo unos segundos.

—Definitivamente eres el padre de Xoán.

Ramón sonrió.

* * *

La salida se hizo por una puerta lateral, pero no consiguieron evitar las cámaras.

En cuanto el coche apareció, varios periodistas se acercaron hasta donde permitía la seguridad del hospital.

Ramón los vio detrás de los cristales, levantando teléfonos, cámaras y micrófonos como si esperaran que el simple hecho de mirarlo pudiera explicar algo.

—¿Todos esos han venido por mí?

—Por nosotros —dijo Uxía.

Ramón miró hacia atrás.

—No sé si eso mejora la cosa.

Xoán conducía. Puri iba delante y Uxía compartía la parte trasera con Ramón.

—No mires los teléfonos —le dijo ella.

—No estoy mirando los teléfonos.

—Estás mirando a la gente que lleva los teléfonos.

—Porque me miran ellos.

El coche avanzó y las cámaras fueron quedando atrás. Ramón continuó observando las calles sin hablar. Al principio Uxía pensó que estaba cansado, pero pronto comprendió que intentaba reconciliar dos lugares distintos.

—¿Reconoces algo?

Ramón tardó.

—Nombres.

—¿De calles?

—Algunas.

Pasaron junto a una esquina y Ramón se volvió demasiado tarde.

—Ahí había otra cosa.

Xoán lo miró por el espejo.

—¿Qué?

Ramón negó.

—No sé.

Continuaron entre edificios nuevos, fachadas restauradas y calles que conservaban un trazado antiguo bajo señales, coches y escaparates que Ramón observaba como si pertenecieran a otro idioma.

—¿Quieres que paremos?

—No.

Puri se giró.

—Podemos dar una vuelta antes de ir a casa.

Ramón volvió la cabeza hacia la ventana.

—Luego.

No parecía preparado para reconocer demasiado de golpe.

* * *

La primera persona que esperaba en Casa Freire era Carme. Puri había intentado evitarlo, no porque no quisiera que estuviera allí, sino porque nadie sabía en qué momento del día se encontraría cuando Ramón llegara.

Carme estaba sentada en la cocina con una taza entre las manos. Al ver entrar a Xoán levantó la cabeza.

—¿Dónde estabas?

—En el hospital.

—¿Otra vez?

Xoán dejó las llaves.

—Otra vez.

Carme vio a Ramón detrás de él y lo observó con atención. Uxía contuvo la respiración.

—Tú eres el de la cuchara.

Ramón se quedó inmóvil. Xoán empezó a reír.

—Ya veo que esa historia va a perseguirme hasta el final.

Carme señaló una silla.

—Siéntate. Estás muy delgado.

Ramón obedeció. No preguntó si lo reconocía y aceptó la escena tal como venía. Carme abrió un armario.

—¿Café?

—Sí.

—¿Solo?

Ramón asintió.

Carme preparó dos tazas, una para él y otra para Xoán. Después se quedó mirando a su marido.

—¿Tú no estabas muerto?

El silencio llegó sin aviso y Xoán se acercó.

—No.

Carme frunció el ceño.

—Ah.

Aceptó la respuesta con una facilidad que a Ramón pareció desconcertarlo más que cualquier otra cosa.

Puri apareció desde el pasillo.

—¿Y yo qué? ¿No tengo café?

Carme la miró.

—Tú sabes dónde está.

La normalidad de aquella escena hizo que Uxía tuviera que apartarse unos segundos.

Habían pasado semanas pensando en años perdidos, cuerpos que no envejecían y personas atrapadas al otro lado de una anomalía y, sin embargo, Ramón estaba sentado en una cocina mientras Carme le preparaba café. Aquello también era regresar.

* * *

Sabela volvió a casa con Bieito el mismo día. El bar estaba cerrado, no por decisión comercial, sino porque Bieito había pegado un papel en la puerta después de la desaparición y no lo había retirado todavía.

Sabela lo vio al bajar del coche: «CERRADO HASTA NUEVO AVISO».

—Puedes abrir mañana.

Bieito cogió su bolsa.

—Mañana no.

—Pasado.

—Ya veremos.

—Papá.

—Quiero estar un poco contigo sin tener que servir cafés.

Sabela no insistió.

Entraron por la puerta lateral. La casa olía como siempre y aquel olor hizo que Sabela empezara a llorar.

Bieito dejó la bolsa en el suelo.

—No empieces.

—No estoy empezando.

—Te conozco.

Sabela respiró.

—Dentro pensaba mucho en esto.

—¿En la casa?

—En olores.

—No olía a nada allí dentro.

—A humedad.

—Sí, pero no a cosas.

Sabela pasó una mano por la pared.

—No había café, ni comida, ni ropa seca, ni madera. Todo era la misma humedad.

Bieito se acercó.

—Pues aquí tienes demasiado de todo.

Sabela sonrió.

—Eso parece.

—Y mañana desayunas.

—He desayunado en el hospital.

—Eso no cuenta.

Sabela soltó una carcajada y Bieito la abrazó. Aquella vez ninguno volvió sobre la promesa.

* * *

Dos jornadas después apareció la primera advertencia oficial para navegantes. Sabela la leyó tres veces. Uxía estaba con ella.

El texto evitaba cualquier afirmación que no pudieran sostener.

No hablaba de portales, saltos temporales ni ninguna teoría que pudiera presentarse como explicación definitiva.

Advertía de episodios anómalos de visibilidad y sonido documentados en torno a A Illa dos Corvos y recomendaba evitar la aproximación cuando coincidieran brétema intensamente localizada, reducción súbita del viento y alteraciones acústicas no explicables por las condiciones meteorológicas ordinarias.

Había una frase destacada: «Ante una pérdida repentina de referencias sonoras, abandone inmediatamente la zona sin continuar aproximándose a la isla».

Sabela dejó el documento sobre la mesa.

—Está bien.

Uxía levantó una ceja.

—¿Eso significa que no vas a corregir nada?

—No te acostumbres.

—Me estaba preocupando.

Bieito entró con tres cafés.

—¿Ya está?

Sabela le enseñó el aviso. Lo leyó.

—La mitad de la gente no sabrá qué significa alteraciones acústicas.

—Por eso hay una frase debajo.

Bieito la leyó.

—Esta sí.

Dejó el papel.

—¿Crees que servirá?

—A algunos.

Bieito se sentó.

—Y los demás.

Ninguna respondió. La curiosidad era una variable que no aparecía en las mediciones meteorológicas y, sin embargo, quizá fuera una de las más peligrosas.

* * *

Ramón pidió ir al puerto. Xoán intentó convencerlo de que esperara unos días, pero no funcionó.

—No voy a la isla.

—Ya lo sé.

—Solo quiero ver el mar.

Xoán lo observó.

—No tienes que demostrar que puedes acercarte.

—No quiero demostrar nada.

Aquello terminó la discusión.

Fueron temprano para evitar demasiada gente, aunque no lo consiguieron del todo. Dos personas reconocieron a Ramón antes de llegar al final del paseo y se quedaron mirando más tiempo del que habría resultado normal. Una mujer mayor se acercó con timidez.

—¿Ramón Freire?

Él asintió. La mujer se llevó una mano al pecho.

—Mi padre hablaba de ti.

Ramón no supo qué responder.

—Decía que habías desaparecido en el mar.

—Eso creíamos todos —intervino Xoán.

La mujer miró a ambos.

—Mi padre murió hace veinte años.

Ramón bajó los ojos.

—Lo siento.

La mujer se dio cuenta de lo extraño de aquel intercambio.

—No. Yo… Perdona.

Se marchó. Ramón siguió andando.

—Esto va a pasar mucho.

—Sí.

—Personas que conocen gente que yo conocí.

—Sí.

—Y todos estarán muertos.

Xoán no respondió inmediatamente.

—Muchos.

Ramón miró hacia el puerto.

—Entonces tendré que aprender a preguntar por los vivos.

Siguieron caminando. Cuando llegaron cerca del agua, Ramón se detuvo. El mar sonaba: gaviotas, motores, cabos golpeando contra los mástiles, una radio encendida en una embarcación.

Ramón cerró los ojos y Xoán esperó.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Podemos irnos.

—No.

Ramón continuó escuchando.

—Quiero acostumbrarme a que el mar haga ruido.

Xoán se quedó a su lado y no hablaron durante un rato.

* * *

Manuel apareció más tarde. Ramón lo reconoció antes de que él dijera nada.

—Tú.

Manuel sonrió.

—Yo.

Ramón lo observó.

—Eras más joven.

—No demasiado.

—Parecías un crío.

—Tenía veintidós.

Ramón asintió.

—Estabas asustado.

Manuel soltó una risa corta.

—Eso no ha cambiado en mi recuerdo.

—¿Te acuerdas de él mejor que de mí?

Ramón se encogió de hombros.

—A él no tengo que imaginarlo con un año.

Manuel se sentó a su lado.

—Recuerdo tu voz.

Ramón miró el agua.

—Yo recuerdo haber gritado.

—No os soltéis.

Ramón asintió.

—Sí.

Manuel respiró.

—Nos sacaste.

Ramón permaneció en silencio.

—Llevo semanas intentando recordar tu cara.

—No hace falta.

—A mí sí me hace.

Ramón lo miró. Manuel tenía los ojos húmedos.

—Pensé durante cuarenta años que quizá habíamos tenido suerte.

—También.

—No. Alguien estuvo allí.

Ramón bajó la mirada.

—No sabía vuestros nombres.

—Da igual.

—No.

Manuel esperó.

—Si hubiera sabido que era Xoán…

Ramón miró a su hijo.

—Habría tenido más miedo.

Xoán sintió algo en el pecho.

—¿Por qué?

—Porque habría intentado salir contigo.

—¿Y eso qué cambia?

Ramón volvió los ojos hacia el mar.

—Quizá no habrías salido.

Ninguno respondió. La decisión que Ramón había tomado en 1985 empezaba a adquirir una forma más clara: no había elegido quedarse porque no quisiera volver, sino que había priorizado mantener la cuerda, sacar a los dos hombres y soltar cuando sintió que continuar unido podía arrastrarlos otra vez al interior.

Había salvado a su hijo sin saberlo y quizá esa ignorancia le había permitido actuar sin vacilar de otra manera.

* * *

Aquella noche, Uxía cenó con Xoán. Solo los dos. No lo habían planeado: Carme se había acostado pronto y Puri se había marchado; Ramón dormía en la habitación que habían preparado para él.

Uxía dejó dos platos sobre la mesa.

—No cocino mañana.

—Has calentado una tortilla.

—Exactamente. Estoy agotada.

Xoán sonrió. Comieron y durante unos minutos hablaron de Ramón, de los médicos y de la cantidad de periodistas que seguían llamando. Después Xoán dejó el tenedor.

—Pensé que te perdía.

Uxía lo miró. No era una frase que él pronunciara con facilidad.

—Ya.

—No sabía que esperar podía doler físicamente.

Uxía bajó los ojos.

—Ahora sabes por qué mamá y yo no podíamos simplemente alegrarnos cuando volviste.

Xoán asintió.

—Sí.

No había defensa en su respuesta y Uxía notó que eso importaba.

—Cuando estaba dentro pensaba que podían pasar cuarenta años otra vez.

—Yo también.

—Y pensaba que acababa de encontrarte.

Xoán la miró mientras Uxía respiraba antes de continuar.

—Ni siquiera sabía todavía quién eras.

—Todavía no lo sabes.

Ella levantó una ceja.

—Eso ha sonado fatal.

—Quería decir que aún podemos seguir averiguándolo.

Uxía sonrió.

—Mejor.

Xoán cogió el vaso.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—Yo tampoco sé quién eres.

—Soy bastante insoportable.

—Eso sí lo sé.

Uxía soltó una carcajada y Xoán sonrió. No dijeron nada más importante ni necesitaban hacerlo. Después de todo lo ocurrido, sentarse a cenar y poder seguir conociéndose también era una forma de recuperar tiempo.

* * *

Uxía publicó el primer artículo una semana después. No contó todo. No habló de las preguntas de Ramón sobre Xosefa ni de la confusión de Carme. No describió el momento en que Xoán comprendió quién estaba al otro lado de la cuerda, porque aquella escena no le pertenecía únicamente a ella.

Contó lo que podía servir: las condiciones observadas, la desaparición del sonido, la pérdida progresiva de hambre y sed, el frío, el sueño, la fragmentación de la conciencia y las hipótesis de Sabela, claramente identificadas como hipótesis.

Y escribió una frase que había repetido varias veces antes de decidir dejarla: «No sabemos qué es la anomalía de A Illa dos Corvos. Sabemos, sin embargo, que entrar en ella puede separar durante años a una persona del tiempo en que vive su familia».

El artículo terminó con la advertencia oficial, no con Ramón, ni con su edad, ni con una fotografía de su rostro. Cuando lo publicó, las visitas se dispararon. También los mensajes. Algunos daban las gracias y otros preguntaban cómo llegar a la isla.

Uxía leyó tres de esos últimos y cerró el ordenador. Sabela, sentada frente a ella, comprendió sin preguntar.

—Te lo dije.

—Sí.

—La curiosidad.

—Sí.

Uxía miró hacia la ventana. La advertencia estaba publicada y los datos también. Habían hecho lo que podían, aunque eso no significaba que todo el mundo fuera a escuchar.

* * *

Ramón se despertó aquella madrugada y salió al pasillo. Uxía lo encontró junto a una ventana.

—¿No puedes dormir?

—Sí puedo.

—Entonces ¿qué haces despierto?

Ramón miró hacia fuera.

—Quería comprobar algo.

—¿Qué?

—Que cuando despierto sigue siendo el mismo día.

Uxía sintió que se le cerraba la garganta y se acercó.

—Aquí suele funcionar así.

Ramón sonrió.

—Tendré que acostumbrarme.

Uxía se quedó junto a él. Fuera había viento y lo oían contra las ventanas. A lo lejos pasó un coche y después otro. Ramón escuchó todo.

—Me gusta el ruido.

—A mí también.

Permanecieron allí hasta que Ramón preguntó:

—¿Mañana seguirá siendo 2026?

Uxía lo miró. No era una broma.

—Sí.

—Bien. Con eso puedo empezar.

Uxía no intentó decirle que podía empezar con muchas otras cosas. El tiempo, por una vez, no iba a desaparecer mientras dormía y, para Ramón, de momento, aquello ya era un comienzo.