La brétema CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Corvoeira

Carme no quiso ponerse los zapatos. Puri llevaba casi diez minutos intentando convencerla mientras Xoán esperaba junto a la puerta con el abrigo doblado sobre un brazo.

—No voy a ningún sitio —repitió Carme.

—Solo damos una vuelta.

—Pues dala tú.

Puri miró a Xoán.

—Déjala —dijo él—. Llevamos toda la mañana preparando esto, pero si no quiere ir, no pasa nada.

Carme los observó como si sospechara que hablaban de ella.

—¿Qué preparáis?

Xoán se acercó.

—Nada malo.

—Eso dice siempre la gente cuando prepara algo malo.

Puri resopló.

—Sigue teniendo más lógica que nosotros.

Carme sonrió, satisfecha consigo misma, y volvió la atención hacia la ventana.

Xoán se sentó a su lado. No quería llevarla al hospital si estaba inquieta. Habían hablado con los médicos y con Puri durante horas, preguntándose cuál era la mejor forma de presentar a Ramón sin convertir el encuentro en una prueba para ninguno de los dos.

No existía una forma buena. Carme podía comprender una explicación y olvidarla cinco minutos después.

Podía reconocer a Xoán como su marido y, una hora más tarde, preguntarle cuándo iba a regresar.

Había días en que Uxía seguía teniendo cuarenta y tantos años y otros en los que Carme la esperaba a la salida del colegio.

Introducir en aquella realidad a un hombre desaparecido en 1947 rozaba la crueldad. Ramón había insistido, no para que Carme supiera quién era él, sino para verla.

Xoán miró a su mujer.

—Hay alguien a quien me gustaría presentarte.

Carme volvió la cabeza.

—¿Un médico?

—No.

—Entonces no quiero.

—No es un médico.

—¿Un periodista?

Xoán se sorprendió.

—¿Por qué iba a ser un periodista?

—Porque últimamente hay gente preguntando cosas.

Puri y Xoán se miraron. Habían intentado mantenerla lejos de todo aquello, pero la casa llevaba días recibiendo llamadas que Puri cortaba antes de que Carme pudiera contestar.

—No es periodista —dijo Xoán.

Carme lo estudió.

—¿Lo conozco?

—No.

La respuesta era más sencilla que cualquier otra.

—Entonces que venga él.

Xoán soltó una risa.

—Está en el hospital.

Carme frunció el ceño.

—¿Está enfermo?

—Un poco.

—Pues déjalo descansar.

Xoán estuvo a punto de abandonar. Entonces Carme añadió:

—¿Es importante para ti?

La pregunta llegó con una claridad inesperada.

—Sí.

Carme lo miró.

—Pues trae mis zapatos.

* * *

Ramón llevaba toda la mañana nervioso. No lo admitía, pero Uxía lo sabía porque había preguntado tres veces qué hora era, había intentado levantarse sin ayuda y había terminado discutiendo con una enfermera porque quería ponerse una camisa en lugar del pijama del hospital.

—No vas a una boda —le dijo Uxía.

Ramón se miró.

—No voy a recibirla así.

Uxía sonrió.

—Carme no va a juzgarte por el pijama.

—Eso no lo sabes.

—La conozco.

Ramón levantó una ceja.

—Yo también conocía a Xosefa y me decía que no le importaba cómo iba vestido hasta que llegaban visitas.

Uxía dejó de sonreír por un instante. Xosefa aparecía cada vez menos en sus preguntas, pero seguía allí, formando parte de una vida que para Ramón había terminado de manera demasiado abrupta.

—Te busco una camisa.

—Gracias.

Cuando volvió, Ramón estaba mirando una fotografía de Carme joven que Xoán había dejado sobre la mesa.

—Es ella.

—Sí.

—Tu abuela.

Uxía se sentó.

—No. Mi madre.

Ramón cerró los ojos.

—Claro.

Aquellos pequeños desajustes seguían apareciendo. No siempre nacían de la memoria deteriorada por la brétema; a veces eran simplemente consecuencia de una familia que había adquirido una geometría imposible.

Ramón abrió los ojos.

—Perdona.

—No tienes que pedir perdón.

—Sí tengo.

—Pues entonces vas a pasarte el día haciéndolo.

Ramón sonrió un poco.

—Te pareces a él.

—Eso dice Puri.

—No físicamente.

Uxía lo miró.

—¿Entonces?

—Cuando no quieres que alguien diga algo triste, haces una broma.

La observación dejó a Uxía callada mientras Ramón seguía mirando la fotografía.

—¿Ella sabe quién soy?

—A veces quizá entienda lo que le expliquemos. Otras puede que no.

—No quiero que se asuste.

—Nadie quiere.

Ramón pasó el pulgar por el borde de la foto.

—Solo quiero verla.

* * *

Carme entró en la habitación agarrada al brazo de Xoán. Puri iba detrás. Ramón se incorporó y, durante un momento, nadie habló.

Carme miró primero a Uxía, después a Ramón y finalmente a Xoán.

—¿Este es el enfermo?

Uxía tuvo que bajar la cabeza para ocultar una sonrisa.

—Este es —respondió Xoán.

Ramón también sonrió.

—Buenos días.

Carme se acercó un poco.

—Eres muy joven.

Ramón miró a Xoán.

—Eso dicen.

Carme se sentó.

—¿Cómo te llamas?

Ramón respiró.

—Ramón.

No ocurrió nada. Carme asintió.

—Mi padre tenía un amigo que se llamaba Ramón.

Puri se sentó a su lado.

—Este Ramón es el padre de Xoán.

Carme volvió la cabeza hacia su hermana.

—No digas tonterías.

Puri no insistió. Xoán tampoco. Ramón bajó los ojos y Uxía sintió que debía decir algo, pero su padre le hizo una señal mínima para que la dejara.

Carme observó de nuevo a Ramón.

—¿Eres familia?

Ramón tardó.

—Sí.

—¿De quién?

Él miró a Xoán.

—De él.

Carme siguió la dirección de sus ojos y su expresión cambió. Durante un momento reconoció algo diferente, o estuvo muy cerca.

—Tu padre murió.

Xoán respiró despacio.

—Eso creíamos.

Carme lo miró.

—¿Quién?

—Mi padre.

—¿Y qué tiene que ver este chico?

Ramón apretó las manos sobre la manta. Xoán se acercó a Carme.

—Nada que tengas que entender ahora.

Ella lo observó.

—Me estás ocultando algo.

—Probablemente muchas cosas.

Carme sonrió.

—Eso sí me lo creo.

La tensión se aflojó. Ramón levantó la vista y Carme lo miró otra vez.

—¿Tú conociste a Xoán de pequeño?

La pregunta hizo que todos se quedaran quietos. Ramón asintió.

—Sí.

Carme se interesó.

—¿Era travieso?

Xoán abrió la boca.

—Carme.

—Estoy preguntando.

Ramón lo miró y una sonrisa muy leve apareció en su rostro.

—Golpeaba la mesa con una cuchara.

Carme soltó una carcajada.

—Eso sí me lo creo.

Xoán negó.

—Me estáis difamando entre los dos.

—Tú calla —dijo Carme—. ¿Qué más hacía?

Ramón buscó.

—Se caía mucho.

—También.

Carme miró a Xoán con un afecto tan inmediato que, por un momento, el tiempo dejó de importar.

—Siempre ha sido un poco torpe.

—Gracias.

Puri se rió. Ramón también. Y allí, en medio de aquella conversación absurda, ocurrió algo que nadie había planeado: Carme dejó de mirar a Ramón como a un desconocido, no porque comprendiera quién era, sino porque acababa de compartir con él una parte de Xoán que ella no conocía.

—¿Y su madre? —preguntó.

Ramón dejó de sonreír.

—Xosefa.

Carme asintió lentamente.

—Sí.

Xoán la miró.

—¿Te acuerdas de ese nombre?

Carme frunció el ceño.

—Claro. Xosefa Rial.

Ramón se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿La conociste?

Carme miró a Xoán, después a Puri. La certeza empezó a deshacerse.

—No sé.

Puri le tomó una mano.

—No pasa nada.

—Sí pasa. Me sé ese nombre.

Xoán se agachó frente a ella.

—Lo has oído muchas veces.

Carme apretó los dedos de Ramón.

—Tu padre.

Ramón apretó los labios y Xoán asintió.

—Sí.

Carme abrió los ojos y miró a Ramón. La comprensión no llegó completa, quizá nunca llegó, pero permaneció observándolo durante un tiempo diferente al anterior.

—¿Tú eres Ramón?

Él tragó saliva.

—Sí.

—El que se fue.

Ramón no pudo responder inmediatamente.

—Sí.

Carme miró a Xoán.

—¿Y volvió?

Xoán sonrió con los ojos llenos de lágrimas.

—Sí.

Carme volvió a mirar a Ramón.

—Pues ya era hora.

Uxía se llevó una mano a la boca. Puri empezó a llorar abiertamente y Ramón bajó la cabeza.

—Sí.

Carme extendió la mano. Ramón dudó antes de cogerla.

—Tu hijo es un buen hombre —dijo ella.

Xoán dejó escapar el aire mientras Ramón apretaba los dedos de Carme.

—Eso veo.

La lucidez duró poco. Unos minutos después Carme preguntó por qué estaban en el hospital y si Uxía no tenía que ir a clase. Nadie intentó forzar el momento para que se repitiera; había ocurrido y podían quedarse con eso.

* * *

Manuel pasó por casa de Amparo aquella misma tarde. Desde la desaparición de Uxía y Sabela había vuelto a pasar demasiadas horas entre el puerto, las reuniones y el hospital, y la aparición de Ramón había reabierto recuerdos que su familia apenas empezaba a ordenar desde su propio regreso.

Amparo lo esperaba sentada en la cocina. Maruxa estaba a su lado y Antón había llegado poco antes.

Manuel se detuvo en la puerta.

—Hola.

Amparo lo miró.

—Ven aquí.

Manuel cruzó la cocina y se agachó delante de ella. Su madre le sostuvo la cara con las dos manos.

—No vuelvas a dejarme enterarme por la televisión de que estás otra vez delante de esa isla.

Manuel entendió que no hablaba de una desaparición, sino de aquellos días en que había vuelto a acercarse al mismo lugar que ya se lo había llevado una vez.

—Te avisaré.

Amparo lo abrazó.

—Te quiero.

—Yo también.

Maruxa se secó los ojos.

—A mí no me abraces todavía, que estoy enfadada.

Manuel la miró.

—¿Por qué?

—Porque has vuelto a salir en todos los periódicos y no me has avisado.

—Perdona.

—Y porque tienes veintiséis años de cara y eres mayor que yo.

Antón empezó a reír y Manuel lo señaló.

—Tú no ayudes.

—Llevo cuarenta años esperando poder decirte que eres el pequeño.

Maruxa acabó abrazándolo. Manuel apoyó la frente un momento en su hombro. Aquella casa estaba llena de personas que habían envejecido mientras él apenas lo hacía y seguía siendo difícil, pero el tiempo perdido ya no ocupaba toda la habitación; también estaba lo que aún quedaba.

* * *

La identidad de Ramón se confirmó públicamente al día siguiente. No porque la familia hubiera cambiado de opinión, sino porque la filtración ya había convertido el silencio en una sucesión de especulaciones cada vez más absurdas.

Uxía escribió el comunicado junto con Breogán y Sabela. Lo revisaron cinco veces. Ramón también quiso leerlo y no entendió por qué había que decir tantas cosas para comunicar simplemente que estaba vivo.

—Porque fuera llevamos setenta y nueve años hablando de ti —le explicó Uxía.

Ramón la miró.

—Eso suena peor cuando lo dices así.

—Lo siento.

—No lo sientas. Es verdad.

La confirmación fue sobria. Ramón Freire Otero, desaparecido en febrero de 1947, había sido identificado entre las personas rescatadas en el operativo de A Illa dos Corvos.

Permanecía bajo atención médica. Las circunstancias de su desaparición y supervivencia estaban siendo estudiadas y la familia solicitaba respeto a su intimidad.

No hablaron de hibernación, proporciones temporales ni ventanas. Eso no impidió que lo hicieran los demás. A las pocas horas, el nombre de Ramón estaba en medios nacionales y después internacionales.

Uxía apagó el teléfono.

—No quiero saberlo.

Sabela estaba revisando el borrador de la advertencia técnica.

—Eso te durará media hora.

—Déjame fingir.

Puri entró en la habitación.

—Hay uno diciendo que Ramón estuvo congelado.

Sabela levantó la cabeza.

—¿Dónde?

—En la televisión.

—No estuvo congelado.

Uxía señaló a Puri.

—Por esto he apagado el teléfono.

—También dicen que la isla tiene una grieta temporal.

Sabela guardó silencio.

—Me voy a dar de alta yo sola.

Uxía empezó a reír y Puri las miró sin entender. La risa se contagió y duró más de lo que cualquiera esperaba.

Después llegó el silencio, pero no era el de la brétema. Había pasillos, carros, voces, teléfonos, puertas, una máquina de café y alguien tosiendo en otra habitación. Uxía escuchó todo y no quiso volver a dar por hecho ninguno de aquellos sonidos.

* * *

Ramón salió al exterior del hospital al cuarto día. No a la calle, sino a una terraza interior protegida de la prensa. Xoán lo acompañó.

El aire movía las hojas de unas plantas pequeñas y Ramón se detuvo.

—Viento.

Xoán lo miró.

—Sí.

Ramón se quedó callado durante un rato.

—Dentro lo echaba de menos.

—Nosotras también —dijo Uxía desde detrás.

Ramón abrió los ojos. Ella acababa de salir con Sabela.

—¿Qué hacéis aquí?

—Espiar.

Sabela negó.

—Caminar.

Ramón levantó una ceja.

—Entonces ella espía.

—Exacto.

Uxía se acercó. Durante unos minutos ninguno habló de la isla.

Hablaron del hospital y de la comida, de cuánto odiaba Ramón el yogur que le daban por la mañana, de la discusión de Sabela con un médico porque ni siquiera sus propios resultados parecían tener sentido y de la costumbre de Xoán de dejar enfriar el café.

Ramón escuchaba. A veces preguntaba y otras olvidaba quién era una persona mencionada y había que explicárselo otra vez.

No importaba. La familia no podía reconstruirse en cuatro días ni en cuatro meses, y quizá nunca se reconstruiría como habría sido si Ramón no hubiera desaparecido. Pero podía convertirse en otra cosa.

* * *

Esa noche, Uxía abrió un documento en blanco. No escribió un titular ni una noticia. Puso cinco nombres: Ramón, Xoán, Manuel, Sabela, Uxía. Después añadió Bieito, Carme, Amparo, Puri, Maruxa y Antón.

Sabela, desde la cama de al lado, se inclinó.

—Eso ya no parece una nota de prensa.

—No.

—¿Qué es?

Uxía tardó en responder.

—No sé.

Sabela sonrió.

—Muy científico.

Uxía le enseñó el dedo corazón sin apartar la mirada de la pantalla. Después escribió una frase: «Hubo personas que desaparecieron dentro de la brétema y otras que se quedaron fuera aprendiendo a esperar».

Se quedó observándola.

—¿Un libro? —preguntó Sabela.

Uxía cerró el portátil.

—Todavía no.

—Eso significa sí.

—Duérmete.

Sabela apagó su lámpara. Uxía no lo hizo enseguida.

Pensó en Ramón escuchando el viento, en Carme diciéndole que ya era hora de que volviera, en Xoán descubriendo un recuerdo de infancia que nadie había podido contarle y en Manuel abrazando a una madre que había envejecido cuarenta años mientras él envejecía cuatro.

Al final apagó también su lámpara y se quedó escuchando los ruidos del hospital al otro lado de la puerta.