CAPÍTULO 39 #2
—Quiero ver cualquier comunicado antes de que salga.
Breogán arqueó una ceja.
—No trabajas para la Guardia Civil.
—No. Pero soy una de las dos personas que acaba de pasar varios días dentro.
—Y por eso mismo no vas a controlar una comunicación oficial.
Uxía estuvo a punto de discutir, pero respiró antes de hacerlo.
—Vale. Quiero al menos que quede claro que no conocemos una fórmula y que nadie convierta esto en «si hay niebla, desapareces».
—Eso sí.
Sabela añadió:
—Y que la ausencia repentina de sonido es una señal de peligro, no una curiosidad que haya que ir a comprobar.
Los tres permanecieron en silencio. Sabían perfectamente qué clase de personas podía atraer una frase semejante.
Uxía pensó en titulares, vídeos, turistas, embarcaciones acercándose para intentar grabar la niebla y gente convencida de que el peligro siempre era algo que le ocurría a otro.
—Tenemos que contarlo muy bien —dijo.
Sabela asintió.
—Y aun así habrá quien no escuche.
* * *
Ramón quiso saber cómo había sobrevivido. No por curiosidad científica, sino porque no entendía su propio cuerpo.
—No comía —le dijo a Sabela cuando ella pudo entrar a verlo—. O casi no.
—¿Al principio sí tenía hambre?
Ramón buscó el recuerdo.
—Mucho.
—¿Y sed?
—Sí.
—¿Después?
Ramón tardó.
—Menos.
—¿Hasta desaparecer?
—A veces despertaba y sabía que tenía que beber, pero no porque tuviera sed.
Sabela intercambió una mirada con Uxía. Era exactamente lo que les había ocurrido.
—¿Dónde encontraba agua?
Ramón frunció el ceño.
—En las piedras. Había huecos.
—¿Agua de lluvia?
—No sé.
—¿Salada?
Ramón negó.
—No.
Sabela no insistió. No podían reconstruir décadas exteriores a partir de recuerdos que habían sobrevivido en fragmentos.
—¿Y comida?
—Al principio llevaba algo.
—¿Después?
Ramón abrió las manos.
—A veces nada durante mucho tiempo.
—¿Cuánto?
—No sé.
Aquella respuesta se había convertido en la única medida fiable de su vida dentro.
Ramón miró hacia la ventana.
—Lo peor no era eso.
—¿Qué era?
—Despertar.
Uxía sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque cada vez había menos cosas.
—¿Menos recuerdos?
Ramón asintió.
—Al principio sabía lo que había hecho antes de dormir. Después despertaba y encontraba marcas.
—Las que hacías en la piedra.
—Sí.
—¿Y no recordabas haberlas hecho?
—Algunas no.
Sabela dejó de escribir.
—¿Llegó un momento en que no sabía cuánto tiempo llevaba allí?
Ramón soltó una pequeña risa.
—Muy pronto.
—¿Y después de despertar qué hacía?
—Buscaba la salida.
—Siempre.
—Cuando podía.
—¿Cómo aprendió lo del sonido?
Ramón miró sus manos.
—Porque una vez volvió.
—¿El mar?
—Sí.
—¿Y trató de seguirlo?
—Sí.
—¿Funcionó?
—No.
—¿Volvió a ocurrir?
Ramón asintió.
—Muchas veces.
—¿Siempre en el mismo lugar?
—No.
—¿Pero las marcas le ayudaban?
—A veces.
Sabela escribió algo mientras Ramón la observaba.
—Tú quieres explicarlo.
—Quiero saber qué podemos afirmar y qué no.
—No se puede explicar.
Sabela levantó la mirada.
—Eso también puede ser una conclusión.
Ramón recibió la respuesta con satisfacción y Uxía sonrió.
—Ya os entendéis demasiado bien.
* * *
Aquella tarde, Xoán llevó el álbum otra vez.
Ramón lo esperaba. Pasaron las páginas más despacio y esta vez no se detuvieron únicamente en Xoán.
Ramón conoció a Carme a través de fotografías de distintas edades, a Uxía creciendo, a Puri entrando y saliendo de las imágenes y a personas cuyos nombres apenas consiguió retener. No intentaron que lo hiciera.
—Esta es nuestra vida —dijo Xoán—. No tienes que aprenderla de memoria.
Ramón observó una fotografía de Uxía adolescente.
—Yo estaba allí.
Xoán se sentó a su lado.
—Sí.
—Dormido quizá.
—Quizá.
—Y mientras vosotros…
Miró las páginas: cumpleaños, comidas, vacaciones, una boda, una niña creciendo.
—Todo esto pasó.
—Sí.
Ramón permaneció callado.
—¿Tuviste una buena vida?
La pregunta sorprendió a Xoán. Pensó antes de responder.
—Tuve una vida.
—No es lo mismo.
—No.
Xoán pasó una página.
—Tuve a Carme. Tuvimos a Uxía. Trabajé. Me enfadé por tonterías. Me reí. Hubo años buenos y otros menos buenos. Después desaparecí y ellas tuvieron que continuar sin mí.
Ramón bajó la mirada.
—Como tú continuaste sin mí.
—No podía hacer otra cosa.
—Yo tampoco.
Aquello era quizá lo más cercano que podían llegar a una explicación.
—¿Carme sabe que estoy aquí? —preguntó Ramón.
—A ratos sabe que ha ocurrido algo.
—¿Y a ratos no?
—Sí.
Ramón cerró el álbum.
—Quiero verla aunque no sepa quién soy.
—No tienes que demostrar nada.
—No quiero que me reconozca.
—Entonces ¿qué quieres?
Ramón tardó en responder.
—Conocer a la mujer que estuvo contigo cuando yo no estaba.
Xoán sintió que la frase le llegaba demasiado hondo.
—Mañana.
Ramón asintió.
—Mañana.
* * *
Esa noche Uxía escribió la primera nota pública. No el reportaje, no la investigación y mucho menos el libro que empezaba a existir en algún lugar de su cabeza aunque todavía no quisiera admitirlo; solo unas líneas. Las leyó a Sabela antes de enviárselas a Breogán.
«Uxía Freire Rial y Sabela Barreiro agradecen profundamente el trabajo de todas las personas que participaron en su búsqueda y piden respeto para las familias durante los próximos días.
La identidad del tercer superviviente ha sido comunicada a sus familiares y será confirmada públicamente cuando su estado y su voluntad permitan hacerlo.
En colaboración con las autoridades, se está revisando la información disponible sobre las condiciones observadas en torno a A Illa dos Corvos.
Los episodios conocidos comparten algunas condiciones, entre ellas una brétema anormalmente localizada, una caída casi total del viento y alteraciones repentinas del sonido.
Estas coincidencias no constituyen una explicación del fenómeno ni permiten predecirlo con certeza.
Hasta que pueda establecerse un protocolo más preciso, la recomendación es sencilla: si el sonido del mar, del viento o de otras referencias exteriores disminuye o desaparece de forma súbita e inexplicable, aléjense inmediatamente mientras todavía puedan orientarse.»
Sabela terminó de leer.
—Así sí.
Uxía la miró con cansancio.
—¿Nada que corregir?
—No te acostumbres.
Uxía pulsó enviar y permaneció un momento mirando la pantalla.
—Ya está.
Sabela señaló las hojas llenas de datos.
—No. Esto acaba de empezar.
Uxía sabía que tenía razón. La historia de lo ocurrido en A Illa dos Corvos ya no podía volver a ser únicamente de quienes habían entrado, pero todavía podían intentar decidir cómo contarla y, sobre todo, dejar claro algo que ninguna leyenda debía borrar: la brétema no llamaba a nadie, no escogía víctimas y no guardaba intención alguna.
El peligro estaba en eso; podía abrirse otra vez sin querer nada de quien tuviera delante.