CAPÍTULO 39
Hospital
La primera fotografía que Ramón vio de Xoán adulto le produjo más desconcierto que la fecha escrita en la cabecera de su cama.
Puri había llegado al hospital con una bolsa de ropa, el cargador del teléfono de Uxía y un álbum que Xoán no le había pedido. Cuando se lo entregó, se limitó a decir que quizá algún día hiciera falta y que, si no era aquel, podía guardarlo hasta que llegara.
Después entró a ver a Ramón. No permaneció mucho tiempo. Le explicó que era hermana de Carme, la mujer de Xoán, y Ramón la escuchó como recibía casi toda la información desde que había despertado: atento, pero incapaz de encontrar un lugar donde colocarla.
—¿Mi hijo está casado?
Puri sonrió.
—Desde hace muchos años.
Ramón la miró unos segundos.
—Pero él…
No terminó. Ya sabía que Xoán rondaba los ochenta años según el calendario. El problema era que cada vez que lo veía, toda esa información se encontraba con un hombre que aparentaba poco más de cuarenta.
Puri no intentó explicárselo otra vez.
—Te han traído unas fotos.
Ramón miró el álbum sobre la mesa.
—¿De él?
—De todos.
Puri salió poco después y dejó a Xoán solo con su padre. Durante unos minutos ninguno abrió el álbum.
—No tienes que verlo hoy —dijo Xoán.
Ramón apoyó una mano sobre la cubierta.
—Quiero saber.
Xoán se sentó junto a él.
La primera página contenía fotografías antiguas.
Ramón reconoció a Xosefa inmediatamente y tuvo que cerrar los ojos antes de continuar.
Xoán esperó sin tocarlo. Había descubierto que con su padre casi todo necesitaba un intervalo: una fotografía, un nombre o una fecha entraban primero como una información imposible y solo después empezaban a convertirse en algo que pudiera soportar.
Cuando Ramón abrió los ojos, pasó la página. Había un niño.
—Tú.
Xoán sonrió.
—Sí.
Ramón acercó el álbum.
—¿Cuántos años?
—Ahí quizá cinco o seis.
Ramón recorrió el rostro con la punta de un dedo.
—No te vi así.
—No.
Pasó otra página. Xoán en la escuela, Xoán adolescente, Xoán más alto, al lado de una bicicleta. Ramón fue mirando sin hablar hasta llegar a una fotografía de juventud en la que Xoán estaba junto a Carme.
Se detuvo.
—¿Ella?
—Carme.
—Tu mujer.
—Sí.
Ramón volvió a mirar la foto.
—Es guapa.
Xoán soltó una pequeña risa.
—Se lo diré.
—¿Está viva?
La pregunta obligó a Xoán a bajar la mirada un instante.
—Sí.
Ramón aflojó los hombros.
—Quiero verla.
—La verás.
—¿Hoy?
—No sé si hoy.
Ramón frunció el ceño.
—¿Por qué?
Xoán buscó una manera sencilla de explicarlo.
—Carme está enferma. Hay días en los que recuerda bien y otros en los que se confunde. No quiero llevarte delante de ella hasta saber cómo hacerlo sin asustarla.
Ramón tardó en comprender.
—¿Es muy mayor?
Xoán sonrió con tristeza.
—Más de lo que parece que somos tú y yo.
Ramón volvió a mirar la fotografía de Carme joven.
—No entiendo nada.
—Yo tardé bastante en dejar de intentarlo todo de golpe.
Pasó la página. La boda.
Ramón contempló a su hijo con traje, a Carme junto a él y a toda una familia organizada alrededor de una celebración que había ocurrido mientras él permanecía en un lugar sin años reconocibles.
—Te casaste.
—Sí.
—Y yo estaba allí.
Xoán sabía a qué allí se refería.
—Sí.
Ramón acarició el borde de la fotografía.
—Puede que estuviera despierto ese día.
La frase dejó a Xoán inmóvil.
—Puede.
—O no.
—No lo sabemos.
Ramón pasó otra página y apareció Uxía de niña en brazos de su padre. La reconoció.
—Uxía.
—Sí.
—Pequeña.
—Tenía unos meses.
Ramón miró a Xoán, después la fotografía y nuevamente a Xoán.
—Tú ya eras padre.
—Sí.
—Y luego entraste.
Xoán asintió.
—Cuando ella tenía cuatro años.
Ramón apoyó la espalda contra la almohada.
—Entonces tú también dejaste una niña.
La frase tuvo una precisión que ninguna explicación temporal había conseguido.
—Sí.
—Y ella esperó.
—Sí.
Ramón permaneció mucho tiempo en silencio.
—Como tú.
Xoán levantó los ojos.
—¿Como yo?
—Esperando a Xosefa.
Aquella frase reveló hasta qué punto Ramón seguía viviendo con dos tiempos superpuestos. Xosefa había muerto hacía años, pero dentro de él todavía existía como la mujer a la que debía regresar.
Xoán cerró el álbum.
—No tienes que aprenderte nuestra vida en una mañana.
Ramón miró la cubierta cerrada.
—No quiero aprendérmela.
—¿Qué quieres?
—Recordarla.
Xoán sintió un dolor inesperado.
—No puedes recordar lo que no viviste.
—Ya.
La respuesta no contenía reproche, y eso la hizo más difícil de soportar.
* * *
Bieito esperó hasta que Sabela pudo caminar sin que una enfermera apareciera detrás de ella para decirle que volviera a la cama. La llevó hasta una sala pequeña al final del pasillo, donde había dos sillones, una máquina de café y una ventana desde la que solo se veía una parte del aparcamiento.
Sabela supo por qué estaban allí antes de que él dijera nada.
—Te mentí.
Bieito apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Sí.
Sabela había preparado muchas veces aquella conversación mientras estaba dentro de la brétema. En algunas de esas ocasiones quizá ni siquiera había permanecido consciente el tiempo suficiente para terminarla, pero las palabras que más miedo le daban continuaban intactas.
—Te prometí que no iría sola.
—Sí.
—Y fui.
Bieito no añadió nada. Sabela esperó de todos modos.
—Puedes enfadarte.
—Estoy enfadado.
La respuesta le dolió y, al mismo tiempo, le produjo alivio.
—Ya.
—Muchísimo.
Sabela bajó los ojos.
—Lo siento.
Bieito se pasó una mano por la cara.
—No quiero que me pidas perdón para que yo te diga que no pasa nada, porque pasó.
Ella asintió.
—Lo sé.
—Te dije que no quería aprender otra vez lo que era esperar a alguien.
Sabela sintió que se le cerraba la garganta.
—Y te obligué a hacerlo.
—Sí.
No hubo suavidad artificial en la respuesta, solo verdad. Sabela empezó a llorar.
—Pensé que podía medir desde fuera. Pensé que no iba a entrar, que solo necesitaba acercarme un poco y comprobar si las condiciones coincidían. Cada decisión me parecía pequeña hasta que ya estaba demasiado lejos.
Bieito la escuchó.
—Eso es lo que más miedo me da.
—¿Qué?
—Que no hiciste una locura de golpe. Fuiste encontrando una razón para cada paso.
Sabela se secó la cara.
—Sí.
—Y eres lo bastante inteligente para convencerte muy bien cuando quieres hacer algo.
Ella soltó una risa breve entre las lágrimas.
—Eso ha sonado casi a cumplido.
—No lo era.
Esta vez sonrieron los dos. Después Bieito volvió a ponerse serio.
—Durante veintisiete días pensé en todas las cosas que debería haberte dicho para que no fueras.
—No había ninguna frase.
—Ya lo sé ahora.
—¿Qué quieres que haga?
—No quiero otra promesa.
La respuesta la sorprendió.
—¿No?
—No quiero que me prometas que nunca volverás a investigar la isla, porque te conozco y sé que sería mentira o que terminarías odiándome por pedirte que abandonaras algo que necesitas entender.
Sabela guardó silencio.
—Pero no vuelvas a decidir por mí que es mejor mentirme para evitar que tenga miedo.
Ella sintió que la frase encontraba exactamente el lugar que más le dolía.
—No.
—Si vuelves a estudiar esto, quiero saber qué haces. Quiero saber dónde estás y quiero poder decirte que tengo miedo sin que eso signifique que voy a impedirte vivir.
Sabela se acercó.
—Te quiero.
Bieito dejó escapar el aire.
—Yo también te quiero. Por eso estaba tan enfadado que no sabía si abrazarte o encerrarte en casa durante veinte años.
Sabela sonrió entre lágrimas.
—Puedes empezar por abrazarme.
Bieito lo hizo. Permanecieron juntos sin necesidad de convertir el miedo en una lección.
La promesa rota seguía existiendo, igual que la rabia y los veintisiete días en los que Bieito había salido al mar sin saber si volvería a ver a su hija.
Pero Sabela estaba allí y, aquella vez al menos, la espera había terminado.
* * *
La prensa dejó de esperar al segundo día.
Alguien averiguó el nombre de Ramón. Uxía lo supo antes de que Breogán entrara en la habitación: el teléfono empezó a llenársele de mensajes de compañeros, redacciones, números desconocidos y personas con las que no hablaba desde hacía años.
Todos querían saber si era cierto que el tercer rescatado era Ramón Freire Otero, desaparecido en 1947.
Cuando apareció la primera fotografía antigua de Ramón junto a un titular, Uxía dejó el teléfono boca abajo.
—Ya está.
Breogán no fingió no saber de qué hablaba.
—Sí.
—¿Cómo?
—Todavía no lo sé.
—Pues averígualo.
—Lo estamos haciendo.
Uxía caminó hasta la ventana. Abajo había cámaras; no muchas, pero sí las suficientes.
—Ahora van a buscar a Carme.
—Hay vigilancia en el acceso y he hablado con Puri. Nadie ha llegado a casa.
—Todavía.
Breogán asintió.
—Todavía.
Sabela estaba sentada en la cama revisando sus notas.
—Hay que darles algo.
Uxía se volvió.
—No pienso entregarles a Ramón.
—No he dicho eso.
—Si salimos diciendo que es él, mañana habrá cincuenta personas aquí.
Breogán intervino.
—Ya saben que probablemente es él.
—Probablemente no es confirmación.
Sabela dejó las hojas.
—Uxía, el silencio total no va a protegernos mucho tiempo. Solo deja espacio para que otros inventen.
Aquello la irritó porque sabía que era verdad.
—¿Qué propones?
—Una nota mínima.
Breogán asintió.
—Identidad confirmada solo si Ramón y la familia están de acuerdo. Estado médico general. Nada de detalles clínicos. Nada sobre tiempos internos que todavía no entendemos. Y pedir explícitamente respeto a la intimidad.
Uxía miró hacia el aparcamiento.
—Y la isla.
Sabela entendió enseguida.
—Todavía no.
—Si ya están relacionándolo con la brétema, alguien va a querer acercarse.
—Para una advertencia seria necesito ordenar los datos.
—No necesito que digas qué abre la ventana. Necesito que digas qué no deben hacer.
Breogán se cruzó de brazos.
—Eso tendrá que coordinarse con Salvamento y Capitanía. No podemos emitir nosotros una advertencia náutica desde una habitación de hospital.
—Entonces empezad.
Breogán suspiró.
—Ya he empezado.
Aquello la hizo detenerse.
—¿Cuándo?
—Cuando Sabela me explicó ayer lo del sonido.
Sabela sonrió.
—A veces sirve preguntar demasiado.
Uxía la ignoró.