CAPÍTULO 38 #3
Uxía entró. Ramón estaba mirando el techo y volvió la cabeza cuando oyó la puerta.
—Uxía.
—Sí.
—Eres hija de Xoán.
—Sí.
Él la estudió.
—Entonces eres…
Uxía esperó. Ramón parecía buscar la palabra.
—Mi nieta.
Ella sonrió.
—Eso parece.
Ramón la miró con desconcierto.
—Pareces mayor que yo.
Uxía no pudo evitar reír. La risa llegó mezclada con lágrimas.
—Puede ser.
Ramón también sonrió un poco.
—Esto está mal.
—Bastante.
—No sé dónde poner a nadie.
—Nos pasa a todos.
Uxía se sentó y durante un rato se limitaron a mirarse.
—Me encontraste por la cuerda —dijo ella.
Ramón asintió.
—Era nueva.
Uxía sintió alivio al oír aquella confirmación.
—La seguimos usando para volver a la Dolores.
—Sí.
—Y tú la seguiste hasta nosotras.
—Había algo nuevo.
—El barco.
—Sí.
Ramón guardó silencio un instante.
—Pensé que había gente.
—La había.
—No sabía quiénes erais.
—Nos salvaste igualmente.
Abrió los ojos.
—Vosotras me sacasteis.
Uxía negó.
—Todos.
—Yo no podía.
—Ahora sí.
Ramón miró hacia la ventana.
—No sé por qué.
—Sabela tiene algunas ideas.
—¿La otra chica?
—Sí.
—La científica.
Uxía sonrió.
—No tardaste mucho en darte cuenta.
—Pregunta demasiado.
—Eso significa que ya la conoces bastante.
Ramón mantuvo la sonrisa unos segundos. Uxía lo observó. Su abuelo. La palabra seguía sin encajar del todo y tampoco necesitaba hacerlo aquel día.
Antes de salir, Uxía recordó la pequeña pieza de metal encontrada meses atrás junto a la grieta. Buscó en el teléfono una de las fotografías y se la enseñó.
—¿Reconoces esto?
Ramón acercó la pantalla y observó las tres iniciales corroídas: R. F. O. Tardó un poco antes de negar.
—No.
—Podría haber sido tuya.
Ramón volvió a mirar la imagen.
—No lo sé.
Uxía guardó el teléfono. La pieza había servido para llevarlos hasta una posibilidad, pero ni siquiera Ramón podía convertirla en una prueba. Tendría que quedarse donde siempre había estado: entre las pistas que podían encajar y las certezas que no tenían.
* * *
Por la tarde, Sabela pidió papel. Bieito creyó que quería escribir algo para ella, pero se equivocaba. Cuando Uxía llegó, encontró varias columnas trazadas sobre una hoja.
—No.
Sabela levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Llevas fuera un día.
—Todavía lo tengo todo fresco.
—Tienes una vía puesta.
—No afecta a mi capacidad de escribir.
Uxía se sentó.
—¿Qué haces?
—Separar hechos de hipótesis.
Aquello sí sonaba exactamente a Sabela. Había escrito bajo «OBSERVADO»: pérdida progresiva de hambre y sed; disminución de respuesta al frío; sueño cada vez más profundo; periodos crecientes de pérdida de conciencia; frecuencia cardiaca y respiratoria reducidas; envejecimiento físico muy inferior al tiempo exterior transcurrido.
Debajo, bajo «HIPÓTESIS», había anotado: reducción metabólica extrema; alteración temporal independiente o combinada con la reducción metabólica; persistencia de conexión con el tiempo exterior más fuerte en entradas recientes; mayor dificultad para atravesar una ventana tras exposiciones prolongadas.
Uxía señaló la última línea.
—Eso no lo sabemos.
—Por eso está debajo de hipótesis.
—Podría ser otra cosa.
—Claro.
—Ramón pudo no salir porque la ventana se estaba cerrando.
—También.
—O porque se quedó atrás ayudando a Xoán y Manuel.
—También.
Sabela añadió dos interrogantes.
—¿Contenta?
—Mucho.
Bieito estaba sentado junto a la cama.
—¿Y para qué quieres esto ahora?
Sabela dejó el bolígrafo.
—Porque va a volver a pasar.
Nadie respondió.
—No sabemos cuándo —continuó—, ni podemos impedir que aparezca. Pero sí sabemos algunas condiciones que coinciden con los episodios.
Uxía entendió adónde quería llegar.
—La advertencia.
—Sí.
—Marea.
—Momento del cambio de marea, no solo pleamar o bajamar.
—Viento prácticamente detenido.
—Humedad, presión, temperatura.
—Brétema localizada.
Sabela asintió y Uxía añadió:
—Y el sonido.
Las dos se miraron. Ese era el dato más importante.
Sabela escribió: «Si desaparece de forma repentina el sonido exterior, no continuar avanzando. Alejarse inmediatamente de la zona mientras todavía existan referencias».
Uxía leyó la frase.
—Eso tiene que estar en todas partes.
—Sí.
—Puerto, avisos a navegantes, medios…
Bieito intervino.
—Y aun así habrá quien se acerque.
—Probablemente.
—Por curiosidad.
Uxía pensó en todos los titulares que ya estaban apareciendo, en una isla relacionada con desapariciones imposibles, en Ramón, en Xoán y en Manuel. Sabía perfectamente lo que ocurriría cuando la historia fuese pública: habría personas aterradas y habría personas fascinadas.
—Entonces habrá que contarlo bien —dijo.
Sabela levantó la mirada.
—Sin asegurar lo que no sabemos.
—Sin asegurar lo que no sabemos.
Uxía cogió otra hoja. Todavía no iba a escribir el reportaje ni el libro, pero entonces supo con claridad que, cuando estuviera preparada, quería contar aquella historia.
No como la historia de una niebla que robaba personas, sino como la de quienes habían esperado, quienes habían regresado y quienes, después de perder años que nunca llegaron a vivir, todavía habían encontrado a alguien al otro lado sujetando una cuerda.