La brétema CAPÍTULO 38 #2
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CAPÍTULO 38 #2

—Él tampoco sabía quién era yo.

—Eso casi lo hace peor.

Xoán apoyó los codos sobre las rodillas.

—Me salvó dos veces sin saberlo.

—¿Dos?

—A mí. Y a Uxía.

Manuel entendió.

—Sí.

Xoán respiró despacio.

—¿Qué se hace con eso?

—Nada hoy.

—Muy útil.

—Te conozco desde hace demasiado tiempo para intentar darte respuestas bonitas.

Xoán lo miró y Manuel sonrió levemente.

—Aunque para ti hayan pasado cuatro años.

Aquello consiguió que Xoán sonriera también. Duró poco. La puerta se abrió y un médico se acercó.

—Ha despertado.

Xoán se puso en pie demasiado deprisa.

—¿Puedo verlo?

—Uno de vosotros. Y poco tiempo.

Manuel retrocedió.

—Ve.

Xoán no se movió.

—Ven conmigo.

—Ha dicho uno.

—Manuel.

—Xoán, ve.

Se quedaron mirándose. Manuel inclinó la cabeza hacia la puerta.

—Esta parte es tuya.

* * *

Ramón tenía los ojos abiertos. Xoán se detuvo antes de entrar del todo. Habían retirado parte de los cables que llevaba la noche anterior, aunque seguía conectado a varios monitores. La piel había recuperado algo de color y el cabello, ya seco, parecía más claro.

No había nada en él que correspondiera a un hombre de ciento trece años. Eso era lo primero que resultaba imposible. Lo segundo era tener que pensar en él como su padre.

Ramón giró la cabeza. Lo reconoció como una cara que ya había visto, no como un hijo.

—Tú.

Xoán se acercó.

—Sí.

—Xoán.

El nombre salió despacio.

—Sí.

Ramón lo observó durante un largo rato.

—Dicen que eres mi hijo.

Xoán sintió que la garganta se le cerraba.

—Lo soy.

—No puede ser.

No había rechazo, solo una incapacidad real para colocar las dos cosas en el mismo mundo.

—Cuando desapareciste yo tenía aproximadamente un año.

Ramón dejó pasar unos segundos antes de responder.

—Pequeño.

—Sí.

—No caminabas bien todavía.

Xoán contuvo la respiración.

—Eso no lo sabía.

Ramón abrió los ojos.

—Te caías.

La frase hizo algo inesperado. Había aparecido un recuerdo que pertenecía únicamente a su padre, no una fotografía ni algo contado por otra persona. Ramón había visto a Xoán intentar caminar.

Xoán se sentó.

—¿Te acuerdas de mí?

Ramón negó y después corrigió.

—De cosas.

—¿Qué cosas?

—Una cuchara.

Xoán casi sonrió.

—¿Una cuchara?

—Golpeabas la mesa.

Ramón hizo un pequeño movimiento con la mano.

—Tu madre se enfadaba.

Xoán bajó la cabeza. Las lágrimas llegaron sin aviso.

—No sabía eso.

Ramón lo miró desconcertado.

—¿Por qué lloras?

Xoán se secó la cara.

—Porque llevo toda la vida sin saber ninguna cosa pequeña de ti.

Ramón guardó silencio.

—Me contaron quién eras —continuó Xoán—. Cómo caminabas. El bastón. Tu trabajo. Cosas que hacías. Pero yo no te recuerdo.

Ramón bajó la vista hacia sus manos.

—Yo tampoco recuerdo todo.

—Ya.

—Hay mucho que no está.

Xoán sintió que aquella frase unía sus vidas de una manera cruel.

—A mí me pasa lo mismo.

Ramón levantó la cabeza.

—¿Tú también estuviste allí?

Xoán asintió.

—En 1985.

La fecha no le dijo nada al principio.

—Con Manuel.

Ramón frunció el ceño.

—Los dos hombres.

Xoán notó que la piel se le erizaba.

—Sí.

—Tú eras uno.

—Sí.

Ramón lo miró con una intensidad nueva.

—No sabía.

—Yo tampoco.

—Os saqué.

No era una pregunta.

—Sí.

Ramón respiró lentamente.

—Pensaba que habíais salido.

—Salimos.

—Bien.

La simplicidad de la respuesta desarmó a Xoán.

—Tú te quedaste.

Ramón no contestó.

—¿Por qué?

—No podía pasar.

—Pero soltaste la cuerda.

Ramón miró hacia la ventana.

—Si seguía agarrado…

Se detuvo.

—¿Qué?

—No sé.

Xoán esperó.

—Parecía que volvíais.

—¿Hacia dentro?

Ramón asintió.

—Solté.

Xoán cerró los ojos. Durante cuarenta años había vivido con un hueco y ahora aquel hueco empezaba a tener una forma.

—Nos salvaste.

Ramón pareció incómodo.

—Salisteis.

—Porque tú nos ayudaste.

—No sabía quién eras.

—Eso no cambia nada.

—Para mí sí.

Xoán sintió que volvía a quebrarse algo y no tuvo tiempo de responder antes de que Ramón preguntara:

—¿Xosefa?

La pregunta cambió la habitación. Xoán sabía que llegaría y había deseado aplazarla, pero no podía.

—Ramón…

El hombre lo miró fijamente.

—¿Dónde está?

Xoán se acercó un poco.

—Ha pasado mucho tiempo fuera.

—Ya.

—Muchísimo más del que tú recuerdas.

Ramón no apartó los ojos.

—¿Está viva?

Xoán negó lentamente.

Ramón no reaccionó de inmediato. La información tardó en alcanzar algún lugar.

—No.

—Lo siento.

—No.

—Ramón.

—No.

La palabra dejó de ser una respuesta. Cerró los ojos y Xoán permaneció sentado sin intentar tocarlo, porque no sabía si debía. Después de un rato, Ramón habló.

—¿Cuánto?

—Murió hace años.

—¿Cuántos?

Xoán respiró profundamente.

—No creo que debamos hacer todas las cuentas hoy.

Ramón abrió los ojos.

—Quiero saber.

Xoán dudó.

—Estamos en 2026.

Ramón lo miró sin cambiar de expresión.

—¿Qué?

—Febrero de 2026.

El monitor registró una subida leve de su frecuencia cardiaca. Ramón negó.

—No.

—Sí.

—Salí en cuarenta y siete.

—Lo sé.

—Mil novecientos cuarenta y siete.

—Sí.

Ramón miró sus manos y después su cuerpo.

—No.

—Fuera han pasado setenta y nueve años.

La respiración empezó a acelerarse. Xoán se inclinó hacia él.

—No tienes que entenderlo ahora.

—Setenta y nueve.

—Sí.

—¿Y yo…?

—No has envejecido setenta y nueve años.

Ramón levantó la mirada.

—¿Tú cuántos tienes?

Xoán tardó.

—Ochenta, aproximadamente.

Ramón soltó una pequeña risa de incredulidad.

—No.

—Cronológicamente.

—Eres…

Lo recorrió con la mirada.

—Lo sé.

—Pareces…

—Cuarenta y pocos.

Ramón volvió a negar.

—No.

Xoán sintió una extraña ternura dentro del dolor.

—Yo también llevo una temporada diciendo eso.

Ramón lo observó.

—¿Tú cuánto estuviste?

—Fuera pasaron cuarenta años.

—¿Dentro?

—No lo sé.

Aquella fue la primera respuesta que Ramón aceptó sin esfuerzo.

—No se sabe.

—No.

—No se sabe.

Xoán asintió. Al fin estaban hablando desde un lugar que ambos conocían.

* * *

Uxía entró después. No quería hacerlo todavía; había pensado que Ramón necesitaba tiempo con Xoán, pero su padre salió de la habitación, se quedó apoyado contra la pared y le dijo que quería verla.

—¿Sabe quién soy?

—Sabe que eres mi hija.

—¿Lo entiende?

Xoán soltó aire.

—No sé si alguno de nosotros lo entiende.