CAPÍTULO 38
Hospital
Ramón tardó casi once horas en despertar.
Durante ese tiempo, los monitores parecieron a veces contradecir la imagen que ofrecía su cuerpo.
Respiraba, el corazón latía y la temperatura se recuperaba lentamente; los valores de oxígeno se mantenían dentro de unos márgenes que tranquilizaban a los médicos, aunque la frecuencia cardiaca seguía llamativamente baja incluso mientras la temperatura corporal empezaba a recuperarse.
Lo desconcertante era que aquella lentitud no lo deterioraba de forma visible. Dormía, o hacía algo muy parecido a dormir.
Sabela no utilizó la palabra hibernación hasta que uno de los médicos se marchó de la habitación donde también la estaban observando a ella.
Uxía estaba sentada en una butaca con una manta sobre las piernas.
Habían intentado convencerla de que descansara, pero cerrar los ojos seguía provocándole una reacción física inmediata: el corazón aceleraba, las manos buscaban algo a lo que agarrarse y por un instante volvía a estar dentro de la brétema, esperando que Sabela respirara.
—No es hibernación de verdad —dijo Sabela.
—Pues no empieces así.
—¿Así cómo?
—Diciendo una palabra y quitándola inmediatamente.
Sabela tenía todavía una vía en el brazo y el rostro más pálido de lo habitual.
—Porque si digo hibernación parece que sé lo que es y no lo sé.
—¿Pero se parece?
Sabela tardó un poco antes de contestar.
—Mucho.
Uxía se incorporó.
—Explícamelo sin hablarme como si estuvieras dando clase.
Sabela apoyó la cabeza contra la almohada.
—Nuestros cuerpos dejaron de pedir cosas. Primero comida, después agua; luego empezamos a responder menos al frío y cada vez pasábamos más tiempo inconscientes. Ramón lleva décadas exteriores haciendo eso.
—Décadas fuera.
—Sí.
—Para él no.
—Eso es lo importante.
Uxía pensó en el hombre de la habitación contigua.
—Entonces ¿cuánto ha vivido?
Sabela negó.
—No podemos medirlo así. El problema es que seguimos pensando en tiempo vivido como si todo el tiempo que pasa por un cuerpo fuese consciente. Ramón puede haber acumulado años biológicos sin haber vivido esos años despierto.
—¿Como si hubiera estado apagado?
Sabela torció el gesto.
—No completamente. Si estuviera apagado estaría muerto. Pero sí podría haber pasado muchísimo tiempo con el metabolismo reducido, una frecuencia cardiaca muy baja, una respiración mínima y un consumo energético ridículo comparado con el normal.
Uxía miró sus propias manos.
—Por eso no teníamos hambre.
—Puede.
—Y por eso dejábamos de tener sed.
—Puede.
—Y el frío.
Sabela respiró.
—Eso es lo que más miedo me da.
Uxía levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque dentro pensamos que empezábamos a acostumbrarnos. Quizá no nos estábamos acostumbrando a nada. Quizá el cuerpo estaba reduciendo todo lo que podía reducir.
Uxía sintió la misma sensación que había tenido bajo el saliente al mirar a Sabela y no saber si respiraba.
—¿Hasta dónde?
Sabela sostuvo su mirada.
—No lo sé.
—¿Hasta dejar de respirar?
—No sé si dejar o reducirlo tanto que casi no podamos detectarlo.
—Ramón parecía muerto.
—Ya.
—Tú también.
Sabela bajó los ojos.
—Tú también.
Ninguna dijo nada al principio. Uxía pensó en los huecos, en abrir los ojos y encontrar una frase escrita de la que no conservaba ningún recuerdo, en descubrir que habían caminado y en aquella respiración que tardaba demasiado en llegar.
—¿Y eso explica que no haya envejecido?
Sabela volvió a negar.
—Puede ayudar a explicarlo. No sé si explica todo. No sabemos qué ocurre con el tiempo dentro de la anomalía y no podemos asumir que el metabolismo sea la única causa.
—Pero algo hizo.
—Algo hizo.
—Xoán estuvo cuarenta años fuera y envejeció cuatro o cinco.
—Aproximadamente.
—Manuel igual.
—Sí.
—Y Ramón…
—Ramón desapareció en 1947.
La cifra pesó de otra manera dentro de una habitación de hospital. Uxía hizo el cálculo.
—Setenta y nueve años.
—Fuera.
—Si hubiese envejecido aproximadamente una décima parte…
—No hagas una regla.
—Ya sé que no es exacto.
—Uxía.
—Solo quiero saber qué edad parece tener.
Sabela se quedó pensando.
—¿Cuántos años tenía cuando desapareció?
—Treinta y cuatro.
—Entonces físicamente podría estar alrededor de los cuarenta y pocos.
Uxía soltó una respiración.
—Como Xoán.
—Sí.
—Como yo.
Aquello resultaba más difícil de asimilar que cualquier cifra. Ramón tenía alrededor de ciento trece años si uno seguía el calendario; su hijo rondaba los ochenta, su nieta rondaba los cuarenta y cinco y, físicamente, los tres podían pasar por personas de una generación semejante.
—Esto va a ser imposible de explicar —murmuró Uxía.
—Pues no lo expliques todavía.
—Soy periodista.
—Ahora eres su nieta.
Uxía la miró. Sabela hizo una mueca.
—Y antes de que me digas nada, sí, sé que eso ha sonado horrible.
—No.
Uxía se arropó mejor con la manta.
—Ha sonado exactamente como necesitaba.
Breogán les había confirmado esa mañana otra ausencia: la Dolores no había reaparecido. Cuando la brétema se retiró lo suficiente para volver a la zona, Salvamento revisó el entorno de la isla sin encontrar la embarcación ni restos de ella.
A diferencia del Santa Bárbara en 1985, esta vez no había quedado un barco vacío fuera. La pérdida resultaba pequeña al lado de haber regresado vivas, pero cerraba una posibilidad que Uxía había seguido esperando sin darse cuenta.
* * *
Breogán consiguió mantener sin confirmar la identidad de Ramón durante menos de una mañana.
A las nueve ya había dos periodistas en la entrada del hospital y a las diez eran siete.
A media mañana circulaba por redes sociales una fotografía tomada desde demasiado lejos en el puerto y ampliada hasta perder casi toda definición; se distinguían varias personas descendiendo de una ambulancia y alguien había marcado con un círculo rojo la figura de un hombre tumbado en una camilla.
El primer titular hablaba de un tercer rescatado, el segundo preguntaba quién era y el tercero mencionaba ya una posible relación con antiguas desapariciones de Corvoeira.
Breogán entró en la habitación de Uxía con el teléfono en la mano.
—No han identificado a Ramón.
—Todavía.
—Todavía.
Sabela estaba sentada junto a la ventana.
—¿De dónde ha salido?
—No lo sé. Puerto, ambulancia, alguien del hospital… Da igual. En cuanto una historia tiene suficientes ojos alrededor, controlar cada fotografía es imposible.
Uxía extendió la mano.
—Déjame verlo.
Breogán no se lo dio.
—No.
—Soy mayorcita.
—Y llevas menos de un día fuera.
—Por eso.
—Uxía.
Ella sostuvo su mirada.
—Quiero saber qué están diciendo.
Breogán terminó entregándole el teléfono. Uxía leyó varios titulares y se lo devolvió.
—Todavía no saben nada.
—Y cuanto menos les demos, más rellenarán.
—Pues que rellenen.
Breogán se apoyó contra la pared.
—En algún momento tendremos que comunicar algo.
—Que estamos vivos.
—Eso ya está comunicado.
—Entonces no hay nada más.
Sabela intervino.
—Sí lo hay.
Uxía se volvió.
—Ahora no.
—No digo que ahora.
—¿Entonces?
—Algún día habrá que explicar las condiciones.
—¿Qué condiciones?
—Las que creemos que coinciden con las aperturas.
—Creemos.
—Por eso he dicho creemos.
Sabela se incorporó un poco.
—No podemos dejar que la historia termine convertida en una leyenda sobre una niebla que se lleva gente. Si sabemos que hay una combinación de condiciones que aumenta el riesgo, hay que decirlo.
Uxía empezó a entender.
—Una advertencia.
—Sí.
—No una explicación.
—No tenemos explicación.
Breogán respiró profundamente.
—Primero salid del hospital.
Uxía volvió a mirar la puerta.
—Y primero Ramón.
—También.
—Nadie da su nombre.
—De momento, no.
—Ni lo de 1947.
—No.
—Ni preguntan a Carme.
Breogán frunció el ceño.
—No puedo impedir que alguien intente hablar con ella si descubre quién es.
—Pues que no lo descubran.
La dureza de su voz lo hizo callar un instante. Uxía bajó el tono.
—Mi madre no puede enfrentarse a esto. No sabe ni siquiera todos los días que yo había desaparecido. No voy a permitir que una cámara se presente delante de ella para preguntarle por un hombre al que no conoce.
Breogán lo anotó.
—Voy a hablar con seguridad del hospital y con quien corresponda. Pero preparaos. Si se confirma la identidad de Ramón, no vamos a poder mantenerlo fuera de la prensa indefinidamente.
—Entonces, cuando llegue el momento, lo contamos nosotros.
—¿Quiénes?
—Nosotros.
—¿Tú?
—Sí.
—Yo escribo.
Sabela sonrió apenas.
—Eso sí que lo recuerdo.
* * *
Xoán llevaba toda la mañana sentado frente a una puerta.
Manuel le había llevado café y él no lo había tocado.
Puri había llamado tres veces y Xoán había respondido a las dos primeras sin saber muy bien qué le había contado.
Carme estaba en casa con ella y todavía no habían intentado explicarle nada sobre Ramón.
¿Cómo se explicaba aquello? Xoán tampoco lo sabía.
Su padre estaba vivo. La frase era correcta hasta que intentaba relacionarla con alguna experiencia conocida.
No tenía recuerdos de Ramón. Nunca había oído conscientemente su voz antes de la brétema, no recordaba que lo hubiese llevado en brazos ni una mano sobre su cabeza ni un día en el puerto.
Todo procedía de otras personas: su madre, familiares, fotografías e historias repetidas tantas veces que algunas habían adquirido la textura de recuerdos propios, aunque sabía que no lo eran.
Manuel se sentó a su lado.
—Bebe.
Xoán miró el vaso.
—Luego.
—Llevas diciendo luego una hora.
—Entonces aún puedo decirlo un poco más.
Manuel no insistió. Permanecieron juntos.
—¿Tú lo recuerdas mejor? —preguntó Xoán.
—¿A Ramón?
—Dentro.
Manuel tardó.
—Desde ayer aparecen cosas.
—¿Qué cosas?
—No sé si son recuerdos o si las estoy colocando ahora porque sé quién era.
—Eso también me pasa.
Manuel miró el suelo.
—Recuerdo una mano.
—Yo también.
—La cojera.
Xoán levantó la cabeza.
—¿La recuerdas?
—Ahora sí. O creo que sí.
—Yo no.
—No importa.
Xoán soltó una risa sin humor.
—Llevo cuarenta años intentando recordar al hombre que nos sacó y ahora resulta que era mi padre.
—Tú no sabías que era él.