CAPÍTULO 37 #2
Salvamento los alcanzó pocos minutos después. A partir de ese momento, todo empezó a llenarse de voces, instrucciones y manos. Querían separar a Uxía y Sabela para explorarlas.
Uxía se negó al principio.
—Estamos bien.
—No lo estáis.
La respuesta del sanitario fue tan firme que no discutió.
Sabela tampoco. Ambas tenían temperatura corporal baja, una frecuencia cardiaca extrañamente reducida y signos de deshidratación menores de lo que cabría esperar después del tiempo que llevaban desaparecidas.
Ese último dato desconcertó incluso a Sabela.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
El sanitario no entendió.
—¿Cuánto llevamos fuera?
Bieito la miró.
—Veintisiete días.
Sabela se quedó inmóvil.
—No.
—Sí.
—Nosotras…
Buscó a Uxía.
—¿Cuánto?
Uxía trató de calcular. Dentro habían dejado de saberlo: dos días, tres, quizá más, tal vez mucho más. Los despertares habían destruido cualquier posibilidad de reconstruirlo.
—No sé.
Sabela cerró los ojos.
—Veintisiete.
Bieito le agarró la mano.
—Ya está.
Sabela abrió los ojos.
—No, papá. Ramón…
Miró hacia el otro extremo de la embarcación, donde dos sanitarios atendían al hombre.
—Él lleva desde 1947.
Bieito siguió la dirección de su mirada.
—Ya.
—No entiendes.
—Creo que empiezo.
Sabela negó.
—No. Si lo que nos ha pasado es lo mismo que a él…
No continuó. Todavía no podía.
* * *
Breogán entendió inmediatamente que tenían un problema distinto del rescate.
La noticia de que habían encontrado a Uxía y Sabela con vida podía mantenerse bajo cierto control durante unas horas; la existencia de un tercer superviviente era otra cosa.
Si alguien identificaba a Ramón Freire Otero, la historia dejaría de pertenecerles en cuanto llegara al primer teléfono.
Se acercó a Xoán mientras los sanitarios preparaban el traslado.
—Escúchame.
Xoán parecía no oírlo. Seguía mirando a Ramón.
—Xoán.
Esta vez volvió la cabeza.
—¿Qué?
—En cuanto lleguemos, esto puede hacerse enorme.
Xoán tardó en entender.
—Me da igual.
—Ahora sí. Dentro de dos horas puede que no.
Señaló discretamente a Ramón.
—No voy a confirmar quién es.
Xoán lo miró.
—¿Puedes hacer eso?
—Puedo no dar información personal y pedir que el hospital proteja a los pacientes. No puedo garantizar que nadie hable.
Uxía había escuchado.
—Nadie habla.
Breogán se volvió.
—Eso depende también de vosotros.
—Entonces nadie habla.
Su voz tenía una firmeza que no había tenido desde que salió.
—No quiero cámaras delante de Carme. No quiero periodistas preguntándole a mi padre cómo es recuperar a un hombre desaparecido en 1947 y mucho menos quiero que Ramón abra los ojos y tenga veinte personas esperando una declaración.
Breogán tomó nota.
—Eso intentaré evitar.
—No intentar.
—Uxía.
Ella respiró. Sabía cómo funcionaba aquello, y eso era justamente lo que la aterraba.
En cuanto alguien descubriera lo ocurrido, llegarían titulares antes que preguntas: una desaparición de 1947, un hombre vivo, Xoán y Manuel regresados cuarenta años después, dos nuevas desaparecidas recuperadas casi un mes después, una isla, una niebla.
Los hechos ya daban titulares de sobra para convertirlo en un espectáculo.
—Lo contamos nosotros —dijo.
Breogán la observó.
—¿Cuándo?
—Cuando sepamos qué podemos contar.
Sabela, desde donde estaba sentada, prestó atención.
—Y qué no sabemos.
Uxía la miró.
—Sobre todo eso.
* * *
Ramón volvió a perder la conciencia antes de llegar al puerto. Esta vez los sanitarios no consiguieron despertarlo. Su pulso seguía allí y su respiración también, muy lenta. Uno de ellos pidió preparar el traslado urgente.
Xoán permaneció cerca hasta que se lo impidieron. No protestó; había agotado toda capacidad de hacerlo. Uxía se sentó junto a él y durante un rato ninguno habló.
Después Xoán miró sus propias manos.
—Me ha sacado.
Uxía sabía a qué se refería.
—Sí.
—Todo este tiempo…
—No sabemos cuánto recordaba.
—Da igual.
Xoán lo miró.
—Estaba allí.
Uxía apoyó la suya en su hombro.
—Y te sacó.
—Sin saber quién era.
—Probablemente.
Xoán cerró los ojos.
—Y después te ha sacado a ti.
Uxía tragó saliva.
—A Sabela y a mí.
Permanecieron así, sin convertir el momento en una explicación.
Todavía tendrían que comprender qué había sucedido; Ramón tendría que despertar, Xoán tendría que contarle que el niño que había dejado era él y tendrían que hablar de Xosefa, de los años, de la familia que había continuado sin Ramón y del mundo al que acababa de regresar. Todo eso podía esperar unas horas.
Desde que Uxía había desaparecido, era la primera noche en que ninguno de los dos estaba al otro lado.
* * *
Cuando la ambulancia se llevó a Ramón, Xoán vio la bota izquierda sobresaliendo de la manta. La suela gruesa era la misma que había observado tantas veces en las fotografías antiguas sin pensar que alguna vez llegaría a verla desgastada por los pies del hombre que la llevaba.
Uxía permanecía a su lado. Sabela abrazaba a Bieito a pocos metros y Manuel estaba quieto, mirando cómo se cerraban las puertas.
Xoán se volvió hacia él.
—Era él.
Manuel confirmó en voz baja.
—Sí.
—Nos sacó.
—Sí.
Xoán miró la ambulancia.
—Y nosotros lo dejamos dentro.
Manuel negó.
—No.
—Manuel.
—No lo sabíamos.
—Él sí.
—Por eso se soltó.
Xoán bajó la cabeza. Manuel se acercó.
—No se quedó porque nosotros lo abandonáramos. Se quedó para que nosotros pudiéramos salir.
Xoán volvió a mirar las puertas cerradas. La frase tardó en encontrar su lugar.
—Esta vez no.
Manuel siguió su mirada.
—Esta vez no.
La ambulancia arrancó. Desde 1947, Ramón Freire Otero no se había alejado de A Illa dos Corvos por el lado correcto de la brétema. Ahora, por fin, lo hacía.