La brétema CAPÍTULO 37
79%

CAPÍTULO 37

Corvoeira

La cuerda cedió unos centímetros. Uxía lo notó antes que nadie porque tenía el cabo enrollado alrededor de las manos y cada pequeño movimiento le quemaba la piel mojada.

—Otra vez.

Bieito apoyó un pie contra la base de la borda. Manuel se colocó junto a él, Xoán agarró la cuerda por delante de Uxía y Sabela, todavía temblando y con las piernas inseguras, buscó espacio detrás. Tiraron juntos y esta vez avanzó algo más antes de volver a detenerse.

No era la resistencia del peso de un hombre al otro extremo.

La tensión llegaba a golpes, irregular, como si la cuerda atravesara agua, roca y algo más que ninguno podía ver.

La niebla estaba cerrándose, no rápidamente, pero sí lo bastante para que Uxía percibiera que el punto donde desaparecía el cabo era cada vez más opaco.

—Otra vez.

—Uxía —dijo Xoán.

—¡Otra vez!

Tiraron y el cabo se clavó en las manos de todos. Sabela soltó un gemido, Bieito respiró entre dientes y Manuel no apartó los ojos de la niebla.

—No aflojéis.

Aquellas palabras llegaban desde otro tiempo. Uxía tiró hasta sentir que los brazos empezaban a fallarle.

—Ramón. ¡Ramón, no se suelte!

La cuerda vibró una vez y después otra antes de empezar a desplazarse hacia dentro.

—¡Está tirando al otro lado! —gritó Bieito.

Sabela negó.

—No. No es él.

No podía saberlo con certeza, pero lo sentía en la manera en que el cabo avanzaba a golpes, como si algo estuviera intentando recuperar al hombre que habían atado a él. Manuel agarró con más fuerza.

—No lo soltéis.

Xoán miró la cuerda. Sus manos temblaban.

—¿Está seguro de que es él?

La pregunta no iba dirigida a nadie en concreto. Uxía volvió la cabeza.

—Sí.

—¿Cómo?

—Luego.

—Uxía.

—¡Papá, ahora no!

El nombre lo atravesó de una manera distinta. Xoán cerró la mano alrededor del cabo.

—Tira.

Lo hicieron.

* * *

Ramón había dejado de saber hacia qué lado quedaba fuera.

La cuerda le comprimía el torso y cada tirón lo arrastraba unos centímetros hacia delante, pero después el suelo se inclinaba bajo él y volvía a encontrarse frente a la misma masa gris.

El sonido del mar estaba allí, muy cerca, y también voces que no entendía.

Una le resultaba familiar, no por el timbre, sino por otra cosa. Intentó apoyar el pie izquierdo y la pierna cedió; cayó de rodillas en el agua y el cabo volvió a tensarse.

—Soltad.

La voz apenas salió. No quería que ocurriera otra vez. Recordaba a los dos hombres, no sus rostros completos, pero sí sus cuerpos agarrados a la cuerda, el miedo y a uno de ellos intentando volver cuando comprendió que Ramón no estaba cruzando con ellos.

Ramón había aflojado entonces. Quizá había gritado, quizá no. Los había visto desaparecer hacia un lugar lleno de ruido y después todo volvió a quedarse inmóvil.

Esta vez no podía soltar el nudo. Pasó los dedos por él y comprobó que rodeaba el torso demasiado bien ajustado.

—Soltadme.

Un tirón más fuerte lo hizo caer hacia delante. El agua le llegó al pecho y perdió el aire, con la sensación de que la oscuridad empezaba a entrarle por detrás de los ojos. No podía dormirse allí.

Clavó las manos en la roca. El cabo volvió a tirar y Ramón intentó resistirse, no porque quisiera quedarse, sino porque estaba convencido de que, si seguían sujetos a él cuando la ventana terminara de cerrarse, podía arrastrarlos de vuelta.

—No.

La voz del otro lado llegó deformada. No entendió el nombre y después escuchó una frase.

—¡NO LO SOLTÉIS!

Ramón se quedó inmóvil. Aquellas palabras atravesaron la niebla con una claridad imposible. No eran las mismas y, de algún modo, sí lo eran. Volvió a ver dos hombres jóvenes agarrados a una cuerda y recordó su propia voz.

La frase regresó completa: «No os soltéis». Cerró los ojos y dejó de sujetarse a la roca.

* * *

La cuerda se movió de golpe y todos estuvieron a punto de caer hacia atrás.

—¡Viene! —gritó Manuel.

Tiraron. Esta vez el cabo avanzó un metro, quizá menos, y después otro. Uxía sintió que algo cambiaba en la tensión.

—Está cerca.

Bieito miraba el punto donde la cuerda desaparecía.

—No veo nada.

—Sigue.

La niebla se agitó, no por viento: se abrió alrededor de la cuerda y volvió a cerrarse enseguida. Apareció una mano.

—¡Ahí!

Xoán la vio: primero los dedos, después una muñeca y una manga oscura empapada. Manuel soltó la cuerda únicamente para inclinarse sobre la borda.

—¡Ramón!

La mano desapareció.

—¡No!

Uxía se lanzó hacia delante. El cabo seguía tenso.

—¡Tirad!

Volvieron a hacerlo y apareció un brazo entero, después un hombro. Ramón emergió de la niebla doblado hacia delante, con el agua casi hasta el cuello y el cuerpo arrastrado por la cuerda que rodeaba su pecho. No caminaba; apenas colaboraba.

Bieito y Manuel se inclinaron para alcanzarlo.

—Un poco más.

Sabela se agarró a la chaqueta de su padre para que no cayera. Ramón levantó la cabeza y la cara apareció entre el gris.

Xoán dejó de tirar solo durante un segundo, pero Uxía lo vio. Vio cómo la expresión de su padre cambiaba antes de que pudiera entender por qué.

—Papá.

Xoán no respondió. Ramón volvió a hundirse hasta la barbilla y Manuel reaccionó.

—¡Xoán!

Aquello lo devolvió. Se inclinó y agarró el brazo de Ramón. El contacto debió de hacerle algo, porque se quedó mirando su propia mano sobre aquella manga como si acabara de tocar algo que no debía existir.

—Ayúdame —dijo Manuel.

Entre los dos tiraron. Bieito consiguió agarrar el otro brazo y Ramón salió del agua con un peso muerto que no correspondía a alguien consciente. Lo arrastraron sobre la borda y cayó en la cubierta de costado.

Uxía no soltó la cuerda hasta que estuvo segura de que todo el cuerpo de Ramón se encontraba fuera. Solo entonces el tramo que los había mantenido unidos quedó flojo sobre la cubierta mientras la niebla avanzaba unos metros sobre el agua.

Breogán gritó algo por la radio. Bieito volvió al timón.

—¡Nos vamos!

Arrancó y nadie discutió. La embarcación se alejó mientras la masa gris volvía a cerrarse alrededor de la isla. Uxía miró hacia atrás y todavía alcanzó a ver el punto por el que habían salido. Después desapareció y el mar volvió a ser solo mar.

* * *

—No respira.

La voz de Sabela hizo que todo lo demás dejara de importar. Se había arrodillado junto a Ramón y tenía dos dedos contra su cuello.

—No encuentro…

—Busca otra vez —dijo Uxía.

—Estoy buscando.

Xoán se agachó.

—¿Qué hacemos?

Sabela apoyó una mano sobre el pecho de Ramón y esperó. Uxía observó el rostro del hombre: estaba tan inmóvil que la idea de haberlo sacado muerto resultaba insoportable.

—Sabela.

—Calla.

Pasaron varios segundos, demasiados, hasta que Ramón inspiró. Fue una respiración pequeña, profunda y tardía. Sabela soltó el aire.

—Respira.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Así de despacio?

—Dentro también lo hacía.

Bieito habló desde el timón.

—Salvamento viene hacia nosotros.

Sabela mantuvo los dedos sobre el pulso.

—No sé si está empeorando o si sigue en ese estado.

—¿Puede morirse?

Uxía se arrepintió de la pregunta en cuanto la hizo. Sabela levantó la mirada.

—No lo sé.

Ramón volvió a respirar. Xoán seguía a su lado y no había dicho nada desde que lo habían sacado.

Uxía lo observó. Miraba la pierna izquierda: el pantalón mojado se pegaba al cuerpo y permitía percibir que una era ligeramente más corta que la otra.

Después bajó los ojos hacia la bota y vio la suela izquierda más gruesa.

Xoán tocó el borde con dos dedos.

—Eso estaba en las fotos —dijo Uxía.

Su padre no apartó la mirada.

—Sí.

—Y en lo que te contaron.

—Sí.

La voz era apenas audible. Ramón hizo un pequeño movimiento y Xoán levantó inmediatamente la cabeza.

El rostro que tenía delante no era el de la fotografía, no exactamente.

Había envejecido, tenía más arrugas, el pelo distinto, la piel castigada y un cansancio que ninguna imagen podía contener, pero seguían allí la estructura de la cara, la forma de la frente y la nariz.

Xoán se inclinó.

—Ramón.

No hubo respuesta.

—Ramón.

Los párpados se movieron. Uxía sintió que todos contenían la respiración. Ramón abrió los ojos sin comprender dónde estaba. Miró el cielo, después el borde de la embarcación y el mar. Tardó varios segundos en reaccionar al movimiento de las olas.

—Fuera —murmuró.

Sabela se acercó.

—Sí.

Ramón giró la cabeza hacia ella. El reconocimiento tardó en llegar.

—La chica.

—Sabela.

—Sí.

Después miró a Uxía.

—Uxía.

Ella empezó a llorar.

—Sí.

Ramón cerró los ojos un momento y volvió a abrirlos. Entonces vio a Xoán. No ocurrió nada y eso fue lo que más dolió: no hubo reconocimiento, solo un hombre mirando a otro hombre de aproximadamente su misma edad física.

Xoán permaneció inmóvil. Ramón frunció ligeramente el ceño.

—¿Quién…?

La pregunta quedó incompleta. Xoán intentó responder y no pudo. Uxía se acercó y puso una mano sobre su espalda.

—Papá.

Ramón oyó la palabra. Miró a Uxía, después a Xoán y volvió a mirar a Uxía. La confusión apareció poco a poco.

—¿Papá?

Uxía respondió por Xoán con un gesto. Ramón negó, no con rechazo, sino con imposibilidad.

—Mi hijo…

Su mirada buscó algo que no estaba allí.

—Es pequeño.

La frase atravesó a Xoán entero.

—Sí —dijo finalmente—. Lo era.

Ramón lo miró.

—No.

—Cuando te fuiste.

La respiración del hombre se volvió algo más rápida.

—No.

—Ramón…

—Xosefa.

Xoán bajó la cabeza. No era el momento y Uxía lo entendió de inmediato. Había demasiadas décadas esperando detrás de aquella pregunta y Ramón acababa de salir de un lugar en el que su cuerpo apenas sabía todavía cómo respirar.

Xoán se limitó a decir:

—Ahora estás fuera.

Ramón siguió mirándolo.

—¿Tú quién eres?

Esta vez Xoán pudo responder.

—Xoán.

El nombre produjo algo. Ramón frunció el ceño.

—Xoán.

—Sí.

—Mi niño se llama Xoán.

La voz de Xoán se quebró.

—Ya.

Ramón lo observó durante varios segundos, buscando al bebé dentro de aquella cara adulta sin encontrar ninguna forma de hacerlo.

—No puede ser.

Xoán asintió lentamente.

—Lo sé.

* * *