CAPÍTULO 36 #2
Sabela se quedó inmóvil.
—Está abierta.
Ramón no respondió. Uxía miró la cuerda y después a él.
—¿Cómo salimos?
Ramón la observó y esta vez comprendió qué le estaba preguntando. Cogió el cabo que los unía, revisó los nudos y señaló a Uxía.
—Tú primero.
—No.
—Uxía.
—Sabela está peor.
Sabela negó.
—Tú puedes tirar desde fuera.
Sabela señaló la cuerda.
—Si consigues pasar y nosotros seguimos atados, tendrás algo que llegue hasta aquí.
La lógica era sencilla; el miedo no. Ramón esperaba su decisión.
—¿Y usted?
El hombre bajó la vista.
—Después.
No le gustó la respuesta.
—Los tres.
Ramón no contestó y Uxía se acercó.
—Los tres.
—Primero tú.
El mar golpeó con fuerza y la oportunidad podía cerrarse. Uxía tomó una decisión.
—Entonces nos atamos mejor.
Sabela comprendió. Ramón no protestó cuando Uxía pasó la cuerda alrededor de su torso. No bastaba con que la sujetara con las manos; si perdía la conciencia mientras cruzaba, lo perderían. Sabela reforzó el nudo.
—No demasiado arriba.
Uxía tiró.
—¿Así?
—Sí.
Ramón observó lo que hacían.
—No.
Uxía continuó.
—Sí.
—No salgo.
La frase la hizo detenerse.
—¿Qué?
Ramón señaló hacia la zona más clara.
—Vosotras.
—Nosotras y usted.
—No puedo.
Sabela levantó la cabeza.
—¿Por qué?
—Vuelve.
—¿Qué vuelve?
Ramón se tocó el pecho.
—Yo.
Uxía sintió frío a pesar del entumecimiento.
—¿Lo ha intentado?
—Sí.
—¿Cuántas veces?
Ramón negó porque no lo sabía, y Sabela lo miró con una atención capaz de imponerse incluso al agotamiento.
—Los otros sí pudieron salir.
Ramón asintió.
—¿Los dos hombres?
—Sí.
—Pero usted no.
Ramón negó y Uxía agarró la cuerda.
—Esta vez va atado.
—No.
—No le estoy preguntando.
Ramón esbozó una sonrisa mínima.
—Eres…
Se detuvo. Uxía esperó, pero no terminó la frase. El mar sonó otra vez y Ramón señaló el agua.
—Ahora.
* * *
Uxía entró primero. El agua estaba helada; lo supo porque sabía que debía estarlo, aunque sus piernas percibían la temperatura de una forma extraña. Avanzó hasta que le cubrió las rodillas y después los muslos.
No veía fondo. La cuerda tiraba de su cintura, con Sabela detrás y Ramón al final.
—¿Por aquí?
—Sí —respondió Ramón.
Uxía dio otro paso y el agua alcanzó la cintura. La niebla se aclaraba delante sin llegar a mostrar nada concreto, pero el sonido exterior crecía: voces, un motor, agua, el mundo. Intentó avanzar más deprisa.
—Despacio —dijo Ramón.
Uxía obedeció. El fondo cambió y perdió pie; el agua le llegó al pecho y gritó. La cuerda se tensó, Sabela tiró desde atrás y Uxía encontró roca otra vez.
—Estoy bien.
Respiraba demasiado deprisa. La voz de Xoán volvió a llegar, esta vez pronunciando su nombre con claridad.
—¡Uxía!
Empezó a llorar.
—¡PAPÁ!
Avanzó. El sonido aumentó y también el viento. La niebla se movía, no desaparecía, pero ahora, por fin, tenía dirección; corría alrededor de ella en pequeños remolinos y dejaba huecos en los que aparecía agua normal antes de volver a cerrarlos.
Uxía dio otro paso y el mundo cambió. No hubo luz ni golpe: fue el sonido. De pronto oyó todo, el mar contra varias embarcaciones, motores, la radio de alguien, una gaviota, personas gritando y su propia respiración. Abrió los ojos con una violencia absurda, aunque ya los tenía abiertos.
Delante había un barco, otro más atrás, cielo, horizonte y distancia. Lloró antes de entender que había cruzado.
—¡UXÍA!
Xoán estaba en una embarcación a pocos metros. Ella intentó responder y tragó agua. Alguien lanzó un aro de rescate y Uxía lo agarró.
—¡La cuerda!
Xoán no entendió.
—¿Qué?
—¡NO ME LA QUITÉIS!
Bieito vio el cabo alrededor de su cintura.
—¡Está unida a alguien!
Xoán se arrodilló junto a la borda cuando consiguieron acercarla.
—Uxía.
Extendió la mano. Ella la agarró y el contacto fue tan real que durante un segundo se quedó mirando sus dedos unidos.
—Papá.
Xoán tiró de ella y Uxía cayó contra él dentro de la embarcación. El cuerpo de su padre, su olor y su voz sin deformar estaban allí. Xoán la abrazó con una fuerza que casi le hizo daño.
—Estás aquí.
Uxía intentó respirar.
—Sabela.
Bieito ya estaba agarrando la cuerda.
—¿Está ahí?
—Sí.
—¿Está viva?
—Sí.
Bieito dejó escapar el aire. Uxía lo agarró.
—Tira.
* * *
Dentro, Sabela sintió el cambio en la cuerda. Primero una tensión distinta y después un tirón. Uxía estaba fuera; lo supo sin necesidad de verla.
—Ha salido.
Ramón asintió.
—Ahora tú.
Sabela miró hacia atrás.
—No se suelte.
Ramón bajó la vista hacia el cabo que rodeaba su torso.
—No.
—No le estoy preguntando.
Aquella frase había sido de Uxía y Sabela casi sonrió. Avanzó mientras el agua le alcanzaba las piernas y después la cintura. Cada paso costaba más.
El sueño había vuelto incluso allí. Era absurdo: podía oír el exterior y, aun así, parte de su cuerpo quería detenerse, cerrar los ojos y dejar que aquella pesadez terminara de llevársela.
—Ramón.
—Aquí.
—Hábleme.
—Sigue.
—Hábleme.
Ramón respiró.
—Bieito.
Sabela se detuvo.
—¿Qué?
—Tu padre.
Sintió que las lágrimas empezaban a caerle.
—Sí.
—Está fuera.
—Sí.
—Entonces sigue.
Sabela avanzó.
* * *
Bieito tiraba de la cuerda con las dos manos. Uxía estaba a su lado, empapada y temblando ahora de una manera que no había hecho dentro. El frío había regresado de golpe junto con el resto de las funciones de su cuerpo.
—Despacio —dijo ella.
—¿Por qué?
—No sabemos dónde está pisando.
Xoán sostenía a Uxía con un brazo.
—¿Quién más está ahí?
Uxía lo miró sin saber cómo decírselo.
—Luego.
—Uxía.
—Tira.
El cabo se movió. Bieito contuvo la respiración. Apareció una mano entre la niebla y después un brazo.
—¡Sabela!
Bieito se inclinó tanto que Manuel tuvo que sujetarlo por la cintura.
—¡SABELA!
Ella emergió tropezando, con el agua hasta el pecho y una expresión de terror absoluto. Bieito gritó su nombre. Sabela levantó la cabeza.
—Papá.
La voz apenas salió. Bieito se lanzó hacia ella hasta donde la borda se lo permitió y, entre él y Manuel, consiguieron acercarla y subirla. Sabela cayó de rodillas y Bieito la abrazó.
—Te tengo.
Ella agarró su chaqueta.
—Papá.
—Estoy aquí.
Sabela empezó a llorar contra él. Uxía habría querido quedarse mirando aquella escena, pero no pudo porque la cuerda seguía tensa.
—Falta uno.
Todos se volvieron. Xoán frunció el ceño.
—¿Quién?
Uxía agarró el cabo.
—Tirad.
—¿Quién está ahí?
—¡Tirad!
Manuel se colocó a su lado. Bieito, todavía con una mano sobre Sabela, cogió también la cuerda. Xoán miró a su hija.
—Uxía.
Ella tenía los ojos llenos de lágrimas.
—No puedo explicártelo ahora.
El cabo se tensó y tiraron. Cedió al principio, pero después dejó de moverse como si algo del otro lado hubiera quedado enganchado.
Uxía sintió el terror regresar.
—Ramón.
Xoán la oyó.
—¿Qué has dicho?
Ella tiró con todas sus fuerzas.
—¡RAMÓN!
* * *
Dentro, Ramón había llegado hasta el punto donde siempre ocurría.
Lo reconoció. El sonido estaba ahí y el aire también; delante aparecía el agua exterior, pero su cuerpo no avanzaba.
No era una pared ni había nada que pudiera tocar.
Simplemente, cada vez que daba un paso, tenía la sensación de volver al mismo lugar.
La cuerda tiró de su torso y Ramón perdió el equilibrio. Del otro lado alguien estaba tirando. Se agarró a la roca, no por miedo a salir, sino por miedo a arrastrarlos de nuevo hacia dentro.
La memoria apareció: dos hombres, agua, una cuerda, el joven gritando y el otro agarrado a él. Ramón tirando. El sonido del mar. Después ellos desapareciendo hacia fuera y él quedándose.
Recordó sus manos soltando la cuerda, no porque quisiera, sino porque comprendió que, si continuaban sujetos, podía hacerlos volver.
El cabo se tensó alrededor de su pecho.
—No.
Intentó aflojarlo. El nudo estaba bien hecho. Otra vez tiraron.
—Soltad.
Nadie podía oírlo.
—Soltadme.
* * *
Fuera, la cuerda dejó de avanzar. Bieito apoyó un pie contra la borda.
—Está enganchado.
Sabela buscó el cabo desde el suelo.
—No.
—¿Qué?
—No está enganchado.
Se puso en pie con ayuda.
—Él no puede salir solo.
—¿Quién?
Uxía tiraba de la cuerda.
—Ayúdame.
—Dime quién está ahí.
Ella levantó los ojos.
—Tu padre.
Xoán dejó de moverse. Al principio no entendió las palabras.
—¿Qué?
—Ramón.
El nombre quedó entre ellos. Xoán miró la niebla, después la cuerda y finalmente a Uxía.
—No.
—Está vivo.
—No.
—Papá.
Xoán dio un paso hacia la borda.
—No puede…
Manuel había palidecido. Miraba la cuerda; delante de él parecía haberse materializado algo que llevaba cuarenta años esperando recordar: frío, agua, un hombre, la tensión en sus manos, la voz y, después, el cabo aflojándose.
—Se soltó.
Todos lo miraron.
—En 1985.
Xoán se quedó sin aire.
—¿Qué?
—Nos sacó y se soltó.
El recuerdo no estaba completo y quizá nunca lo estaría, pero aquella parte sí.
—Se quedó para que nosotros saliéramos.
La cuerda volvió a tensarse hacia dentro. Manuel reaccionó.
—Está intentando soltarse.
Uxía agarró el cabo.
—¡No!
Manuel se colocó junto a ella y entonces la frase regresó entera, no como una idea, sino como una voz de otro tiempo: Ramón delante de ellos, agua hasta las piernas, sus manos alrededor de una cuerda.
La frase volvió a oírse dentro de su memoria: «No os soltéis». Manuel apretó los dientes.
—¡NO LO SOLTÉIS!
Xoán agarró la cuerda. Bieito hizo lo mismo. Uxía volvió a tirar. La niebla empezó a cerrarse alrededor del punto donde el cabo desaparecía y Sabela se incorporó para unirse a ellos.
Cinco personas tiraban ahora desde fuera. Al otro lado, Ramón seguía allí, pero esta vez no era él quien sostenía la cuerda para salvar a los demás: eran los demás quienes se negaban a soltarlo.