La brétema CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

A Illa dos Corvos

Uxía no supo qué la despertó. Permaneció con los ojos abiertos sin comprender si acababa de regresar a la conciencia o llevaba ya un rato mirando la pared de piedra sin verla.

El cuerpo apenas le proporcionaba información: no sentía hambre, la sed era una idea más que una necesidad y el frío se había convertido en una presencia enterrada bajo la piel, tan constante que ya no sabía distinguir qué parte de aquel entumecimiento pertenecía a la temperatura y cuál a algo que estaba ocurriendo dentro de ella.

Movió los dedos y respondieron despacio. Sabela dormía a su lado y Ramón estaba sentado junto a la entrada del refugio, una imagen que terminó de despertarla.

—Ramón.

Él no volvió la cabeza. Tenía una mano cerrada alrededor de la cuerda y la otra apoyada contra la roca; parecía escuchar con todo el cuerpo, inmóvil salvo por una respiración tan lenta que Uxía tuvo que observarlo varios segundos para asegurarse de que seguía produciéndose.

—Ramón.

Esta vez levantó una mano pidiendo silencio. Uxía sintió cómo el miedo le recorría el pecho, se incorporó con dificultad y tocó a Sabela.

—Despierta.

No respondió.

—Sabela.

La sacudió. Volvió a sentir aquel terror conocido: que la siguiente inspiración no llegara, que la brétema hubiese conseguido reducir tanto su cuerpo que ya no quedara nada que pudiera despertar. Sabela abrió los ojos.

—¿Qué pasa?

Uxía señaló a Ramón. Él seguía escuchando. Sabela se sentó y tuvo que esperar unos segundos antes de poder mantenerse derecha. Ninguna habló.

Al principio solo existió el silencio. Después Uxía oyó un golpe de agua, tan reconocible y a la vez tan extraño después de tanto tiempo que se llevó una mano a la boca.

Ramón se puso en pie con una rapidez que contrastó con la fragilidad de sus últimos periodos de conciencia.

—Ahora.

El corazón de Uxía empezó a golpearle con tanta fuerza que, por fin, una parte del cuerpo se comportaba como debía. Sabela agarró la cuerda.

—¿Otra vez?

Ramón lo confirmó. El agua volvió a sonar sin desaparecer y aquel golpe tenía profundidad, distancia, un lugar al que pertenecer. Ya no era el ruido imposible que a veces creían percibir dentro de la isla, sino el mar exterior entrando poco a poco en aquel espacio muerto.

Uxía se levantó y las piernas estuvieron a punto de fallarle.

—Espera.

Sabela la sujetó.

—Estoy bien.

—No estás bien.

—Tú tampoco.

Ramón ya había empezado a avanzar. La cuerda se tensó.

—Tenemos que irnos.

Sabela recogió la libreta y la guardó dentro de la chaqueta; después comprobó el nudo que las unía. Uxía miró a Ramón.

—Usted también.

Él no respondió.

—Ramón.

El hombre se volvió.

—Esta vez sale con nosotras.

Algo cambió en su expresión. No fue sorpresa, sino cansancio.

—No.

Uxía sintió un miedo distinto.

—¿Cómo que no?

Ramón tiró de la cuerda.

—Vamos.

—No hasta que me conteste.

Sabela la agarró del brazo.

—Uxía.

—No pienso dejarlo aquí.

Ramón señaló hacia la niebla. El mar volvió a sonar, más claro.

—Cierra.

No había tiempo. Uxía se obligó a avanzar.

* * *

Fuera, Bieito llevaba más de una hora mirando A Illa dos Corvos.

La concentración de niebla había empezado poco antes del cambio de marea.

No era la primera vez que ocurría desde la desaparición de Uxía y Sabela, pero aquella mañana se acumulaban demasiadas coincidencias para ignorarlas: la presión había descendido dentro de uno de los intervalos que Sabela había señalado en sus notas, el viento había caído hasta quedar prácticamente inmóvil y la humedad era muy alta.

El dispositivo se había acordado con Salvamento Marítimo y la Guardia Civil como un operativo pequeño y controlado.

Nada de entrar, nada de acercarse a la niebla hasta perder referencias.

Una unidad de Salvamento permanecía algo más lejos y otra embarcación de la Guardia Civil mantenía comunicación constante con ellos.

Bieito odiaba cada metro de distancia.

—Está creciendo.

Xoán no apartaba los ojos de la isla.

—Sí.

Manuel estaba junto a la borda, con las manos apoyadas sobre ella.

—La otra vez también empezó así.

Breogán contestó por radio.

—Mantened posición.

Bieito no apartó la vista.

—Está bajando el viento.

—Lo sabemos.

El agua golpeaba suavemente el casco. Entonces el viento desapareció del todo. Xoán lo notó también; no había ocurrido de manera gradual, porque un instante antes sentía el aire húmedo sobre la cara y al siguiente no sentía nada.

—Ya.

—¿Qué?

Xoán escuchó. El motor seguía funcionando y el agua continuaba contra el casco, pero al mirar hacia la zona de niebla tuvo la sensación de que algo se estaba separando del resto del mar.

Manuel dio un paso hacia delante.

—Está pasando.

Breogán volvió a hablar.

—No avancéis.

—No nos estamos moviendo —respondió Bieito.

Xoán apenas los escuchaba. Algo se había despertado dentro de su memoria: frío, agua en las piernas, una cuerda tensándose entre sus manos y aquella voz.

No os soltéis.

—Preparad un cabo —dijo.

Bieito se volvió hacia él.

—¿Para qué?

—No lo sé.

—Xoán.

—Hazlo.

Manuel ya estaba cogiendo uno.

—Yo también lo siento.

Breogán oyó la conversación.

—No hagáis nada que implique entrar.

—No vamos a entrar —respondió Manuel—. Solo quiero tenerlo preparado.

Bieito dejó el motor al mínimo y se agachó para ayudar. Ninguno sabía qué esperaba.

* * *

Ramón los condujo más deprisa de lo que Uxía habría creído posible.

No seguía un camino que ella pudiera reconocer.

Unas veces se detenía junto a una piedra, pasaba la mano por la superficie y encontraba una marca apenas visible; otras continuaba sin mirar nada, guiándose por algo que Uxía no podía percibir.

El sonido. Ahora lo entendía. Ramón no conocía el espacio: conocía momentos y puntos desde los que alguna vez había vuelto a oír el exterior.

—¿Falta mucho?

Él no contestó. Sabela tropezó y Uxía sintió el tirón de la cuerda antes de volverse.

—¿Estás bien?

Sabela estaba de rodillas.

—Sí.

No se levantó. Uxía regresó hasta ella.

—Vamos.

—Espera.

Tenía los ojos cerrados.

—No te duermas.

—No me estoy durmiendo.

—Mírame.

Sabela abrió los ojos y le costó enfocar.

—Estoy despierta.

—Pues levántate.

—Las piernas…

Uxía la agarró por debajo del brazo. Ramón regresó unos pasos y se colocó al otro lado; entre los dos consiguieron ponerla en pie.

Sabela respiró varias veces.

—No siento bien los pies.

Uxía tampoco, pero no se lo dijo. El mar volvió a sonar y Ramón reaccionó al mismo tiempo.

—Vamos.

Sabela dio un paso y después otro.

—Si me caigo…

Uxía apretó su mano.

—No te caes sola.

Continuaron. La visibilidad empeoró y, a veces, Uxía apenas distinguía la espalda de Ramón aunque la cuerda que los unía no llegaba a dos metros.

Si dejaba de mirarlo unos segundos para comprobar a Sabela, al volver la cabeza tenía que buscar la forma oscura dentro del gris.

La idea de que pudiera desaparecer delante de ella le resultaba insoportable.

—Ramón.

—Aquí.

Su voz llegaba mal colocada, demasiado lejos o a la izquierda cuando él estaba delante. Uxía apretó los dientes.

—Siga hablando.

—¿Qué?

—Lo que sea.

Ramón tardó.

—No sé qué decir.

—Da igual.

El hombre continuó caminando.

—Había una casa.

Uxía no supo a qué se refería.

—¿Su casa?

—Sí.

—¿Dónde?

Ramón frunció el ceño mientras avanzaba.

—Corvoeira.

—¿Quién estaba allí?

El hombre tardó tanto que Uxía creyó que había perdido el recuerdo.

—Xosefa.

Su voz cambió al pronunciar el nombre.

—¿Su mujer?

Ramón asintió.

—Y el niño.

Uxía sintió un golpe dentro del pecho.

—Xoán.

Ramón se detuvo sin volverse.

—Xoán.

La palabra pareció dolerle.

—Sí.

Uxía quiso decirle que Xoán estaba fuera, que quizá en aquel mismo momento se encontraba a unos cientos de metros esperando junto a una isla que había marcado toda su vida, pero no lo hizo. El mar sonó otra vez y Ramón comenzó a andar.

* * *

Bieito fue el primero en oír algo diferente.

—Callad.

Xoán y Manuel dejaron de hablar. El motor estaba al mínimo, el agua golpeaba el casco y detrás de ellos sonaba otra embarcación. Todo parecía normal.

—¿Qué? —preguntó Manuel.

Bieito levantó una mano.

—No sé.

Esperaron. Entonces llegó una vibración extraña desde la dirección de la isla. No era una voz ni un motor, sino un sonido atrapado detrás de algo. Xoán sintió que el estómago se le cerraba.

—Apaga.

Bieito apagó el motor. Breogán habló por la radio inmediatamente.

—¿Qué hacéis?

—Escuchar.

La embarcación quedó a la deriva. El agua contra el casco ocupó todo el espacio por un momento y después, desde la niebla, llegó algo muy débil.

Una voz. Bieito se puso en pie de inmediato.

—¡Sabela!

Breogán insistió desde la radio.

—No avancéis.

Bieito ignoró la orden.

—¡Sabela!

Xoán gritó.

—¡Uxía!

Nada. Volvió a hacerlo.

—¡Uxía!

Manuel intentó aislar la voz de todo lo demás. Podía haber sido cualquier cosa deformada por la niebla, pero estaba seguro de que era humana.

—Otra vez.

Xoán gritó el nombre de su hija.

* * *

Uxía se detuvo.

—¿Habéis oído eso?

Sabela y Ramón reaccionaron a la vez. Solo se oyó el mar hasta que llegó una voz tan deformada que no parecía pertenecer a ninguna garganta humana.

—Xoán —dijo Uxía.

—No puedes saberlo.

—Es él.

La voz volvió y esta vez hubo un nombre dentro, no completo, apenas un sonido roto, pero Uxía lo reconoció.

—Papá.

Gritó.

—¡PAPÁ!

Su propia voz desapareció demasiado pronto. No sabía si había conseguido atravesar, así que volvió a gritar. Ramón la agarró del brazo.

—No pares.

—¿Qué?

—Que te oigan.

Sabela empezó a gritar también.

—¡BIEITO!

La respuesta llegó poco después. Las palabras eran imposibles de comprender. Sabela se llevó las manos a la boca y empezó a llorar.

—Es él.

Uxía la abrazó brevemente.

—Están ahí.

Ramón tiró de la cuerda.

—Entonces vamos.

* * *

Llegaron a la cruz y Uxía la reconoció incluso antes de distinguirla por completo. La roca marcada estaba allí y, detrás, la niebla parecía ligeramente menos densa. El agua cubría la base de las piedras.

Ramón se detuvo y escuchó. El mar, voces, un motor que arrancaba y se detenía, una gaviota y, por fin, viento. Una corriente débil les movió la ropa.