La brétema CAPÍTULO 35 #3
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CAPÍTULO 35 #3

Ramón probablemente había sacado a Xoán y Manuel de allí y ahora acababa de impedir que Uxía siguiera avanzando hacia un lugar cuya profundidad ni siquiera podía calcular.

Sabela escribió otra frase: «Ramón reconoce el cierre».

—También reconoce la apertura —dijo Uxía.

—Cuando está despierto.

Las dos miraron al hombre. Respiraba tan despacio que Uxía volvió a necesitar varios segundos para ver el movimiento.

—No podemos depender de que esté despierto.

—No tenemos otra cosa.

—Tú conoces las condiciones.

Sabela negó.

—Conozco algunas coincidencias de fuera. Aquí dentro no sé qué medir con los instrumentos que traje. Ramón sabe algo que yo no sé.

—No sabe explicarlo.

—No hace falta que lo explique si consigue reconocerlo.

Uxía apoyó la cabeza contra la piedra. Estaba agotada y el sueño regresaba ya.

—Entonces tenemos que despertarlo cada vez que oigamos cualquier cosa.

—Sí.

—Y si él oye algo antes que nosotras…

Sabela miró la cuerda que los unía.

—Que tire.

Uxía cerró los ojos un momento y volvió a abrirlos inmediatamente.

—No quiero dormir.

—Yo tampoco.

—Puede abrirse mientras dormimos.

—Sí.

—Y cerrarse.

Sabela sostuvo su mirada.

—Sí.

No había nada que pudiera decir para hacerlo menos terrible.

* * *

Xoán regresó al puerto convencido de que habían estado cerca de algo. No sabía de qué, y Breogán se negó a convertir aquella sensación en un hecho.

—Habéis visto niebla localizada y habéis percibido una alteración de sonido. Eso es lo que tenemos.

Bieito dejó caer las llaves sobre la mesa.

—Y nada más.

—Por ahora.

—No me digas por ahora.

—¿Qué quieres que te diga?

Bieito no respondió. Manuel siguió buscando dentro de la misma imagen: una cuerda húmeda, un tirón, agua llegándole a las piernas, Xoán cerca y una voz que les ordenaba no soltarse.

—Se quedó.

Los demás lo miraron.

—¿Quién? —preguntó Xoán.

Manuel negó lentamente.

—No sé.

—¿Qué recuerdas?

—Nada completo.

—Dilo.

Manuel buscó la sensación antes de intentar ponerle palabras.

—Cuando salimos… creo que alguien seguía al otro lado.

Xoán se quedó inmóvil.

—¿Lo ves?

—No.

—Entonces ¿cómo lo sabes?

—No lo sé.

Bieito se acercó.

—¿Porque soltó la cuerda?

Manuel recuperó un tirón breve que desaparecía antes de poder seguirlo.

—Puede.

Xoán sintió un escalofrío.

—¿Nos estaba sacando?

—Puede ser.

—¿Y se quedó dentro?

Manuel levantó la mirada.

—Eso siento.

No dijo que lo recordaba, porque todavía no podía, pero el fragmento se había movido un poco.

* * *

Dentro, Uxía despertó sola. No sola de verdad, porque Sabela y Ramón estaban a su lado, pero ninguno respondía.

Primero llamó a Sabela, después a Ramón y volvió a llamar a Sabela sin obtener nada.

El miedo llegó con una fuerza tan grande que se puso de rodillas demasiado deprisa y el mundo pareció inclinarse.

—Sabela.

La sacudió. Su amiga estaba fría y Ramón también. Uxía buscó el pulso de una y después el del otro, pero apenas sentía sus propios dedos.

—No.

Acercó el oído al pecho de Sabela y esperó sin oír nada.

—No, por favor.

Siguió esperando hasta que llegó un latido, y mucho después otro. Contuvo un sollozo.

—Vamos.

Sabela no despertó. Uxía pasó a Ramón; su respiración era todavía más difícil de distinguir y durante un momento creyó que se había detenido por completo.

—Ramón.

Le golpeó suavemente la mejilla sin respuesta y regresó con Sabela.

—Despierta. No me hagas esto.

Empezó a llorar mientras la sacudía. Sabela inspiró de repente y Uxía se apartó sobresaltada. Los ojos de su amiga se abrieron lentamente.

—¿Qué…?

Uxía la abrazó.

—Pensaba que no respirabas.

Sabela tardó en levantar los brazos.

—Estoy aquí.

Uxía no la soltó.

—Ramón no despierta.

Sabela se obligó a incorporarse y comprobó el pulso del hombre. Esperó mucho.

—Está.

—¿Seguro?

—Sí.

Uxía se secó la cara con la manga.

—Cada vez es más lento.

Sabela no respondió.

—¿Puede llegar a detenerse?

—No lo sé.

—¿Y luego volver?

—No lo sé.

—¿Y si dejamos de respirar mientras dormimos?

Sabela cerró los ojos.

—No lo sé.

Aquella respuesta fue insoportable. Uxía miró a Ramón y después la niebla.

No sabían qué estaba haciendo aquel lugar con ellas; no sabían si el corazón podía reducirse hasta un punto en que dejara de sostenerlas, si la respiración podía hacerse tan lenta que terminara por desaparecer o si aquella suspensión era, por el contrario, la razón por la que Ramón continuaba vivo después de tantas décadas exteriores.

No podían saber si aquello las estaba matando ni si era exactamente lo que las mantenía con vida.

—Tengo miedo de dormirme —dijo Uxía.

Sabela apoyó la cabeza en su hombro.

—Yo también.

Permanecieron así mientras Ramón seguía inmóvil a su lado.

Ninguna quiso cerrar los ojos y ninguna consiguió evitarlo mucho tiempo.

Antes de perder otra vez la conciencia, Uxía dejó una mano cerrada alrededor de la cuerda: si Ramón despertaba, si volvía el mar, si aparecía otra oportunidad, necesitaba que el tirón llegara hasta ella.

Lo último que oyó fue su propia respiración, lenta y cada vez más separada. Después tampoco estuvo segura de seguir oyéndola.