La brétema CAPÍTULO 35 #2
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CAPÍTULO 35 #2

Manuel se acercó. La presión llevaba varias horas dentro de uno de los rangos que Sabela había marcado en más de una ocasión, la humedad era alta y la marea se aproximaba a uno de los cambios.

Nada de aquello demostraba nada y habían encontrado condiciones parecidas otros días sin que ocurriera nada, pero había suficientes coincidencias para que Breogán atendiera el teléfono al primer tono.

—No quiero a nadie entrando en la niebla —dijo después de escucharlos.

Bieito apretó el aparato contra la oreja.

—Si aparece.

—Especialmente si aparece.

—Mi hija puede estar allí.

—Y no conseguirás sacarla entrando tú también.

Bieito se quedó inmóvil.

—Entonces ¿qué hacemos?

—Nos colocamos fuera. Observamos. Y si ocurre algo, actuamos desde una distancia que nos permita seguir sabiendo dónde estamos.

No era la respuesta que quería, pero era la única que tenían. Poco después salieron. Xoán y Manuel fueron con Bieito, mientras Breogán coordinó otra embarcación y mantuvo comunicación constante con ellos.

A Illa dos Corvos parecía normal desde lejos, hasta que dejó de parecerlo. Una masa de niebla empezó a concentrarse alrededor de la zona occidental, no avanzando como una niebla corriente, sino volviéndose más densa en un espacio concreto mientras quedaba más limpia a ambos lados.

Xoán sintió que el cuerpo reconocía algo que la memoria no podía ofrecerle.

—Para.

Bieito redujo el motor.

—¿Qué pasa?

—No sé.

Manuel estaba mirando la isla.

—Yo también.

Breogán habló por la radio.

—Mantened posición.

Bieito no respondió enseguida.

—Sabela está ahí.

—Bieito.

—Lo sé.

Dejó el motor al mínimo. Xoán escuchó el agua golpeando el casco, el motor vibrando bajo los pies y, a lo lejos, una gaviota.

Todo era normal hasta que tuvo la impresión de que el sonido de la isla se hundía.

No desapareció; fue apenas una alteración, como si la zona cubierta de niebla recibiera el mar de otra manera.

Manuel se volvió hacia él.

—¿Lo has notado?

Bieito los miraba.

—¿Qué?

—No sé.

Aquella respuesta lo enfureció.

—¿Qué habéis notado?

Manuel señaló la isla.

—Algo en el sonido.

Bieito aumentó ligeramente el motor. La voz de Breogán llegó de inmediato por la radio.

—No avances.

—Solo unos metros.

—No.

Bieito apretó la mandíbula. Xoán le puso una mano en el brazo.

—Hazle caso.

—Mi hija puede estar oyéndonos.

La frase dejó a Xoán inmóvil. Si las notas de Sabela eran correctas, si realmente el sonido regresaba primero desde dentro, podía ser verdad.

Subió la voz sin pensar.

—¡Uxía!

Bieito hizo lo mismo.

—¡Sabela!

Gritaron otra vez. El viento no llevó las voces hacia ninguna parte reconocible y la niebla permaneció cerrada sobre la isla. Manuel agarró la borda, incapaz de saber si estaba recordando o imaginando una cuerda, agua, una voz y alguien delante.

—No os soltéis —murmuró.

Xoán lo oyó.

—¿Qué?

Manuel negó.

—Nada más.

Esperaron. La niebla empezó a adelgazar menos de diez minutos después sin que apareciera ningún barco, ninguna persona ni ningún resto.

Bieito se quedó mirando hasta que la isla volvió a distinguirse.

—Otra vez no.

Xoán no sabía si habían estado cerca o si no había ocurrido absolutamente nada, pero su cuerpo seguía diciéndole que aquella alteración había sido diferente.

* * *

Dentro, regresar al refugio resultó mucho más difícil que llegar a la cruz. Ramón había perdido parte de la lucidez que había mostrado mientras el sonido estaba presente; caminaba más despacio, se detenía y por momentos olvidaba por qué sujetaba la cuerda. Sabela tuvo que tomar la iniciativa.

—Seguimos el cabo.

Uxía mantenía una mano en Ramón y otra en la cuerda.

—¿Es este?

—Sí.

—¿Seguro?

Sabela miró el nudo que habían dejado junto a una de las marcas.

—Sí.

La respuesta salió firme, aunque Uxía vio el miedo en su cara.

La niebla había recuperado aquella cualidad imposible que hacía que cada metro pareciera distinto del anterior.

La piedra marcada apareció más tarde de lo que ambas esperaban y, durante un tramo, Sabela llegó a convencerse de que habían seguido una cuerda equivocada.

—No puede haber otra —dijo Uxía.

—Ya lo sé.

—Entonces esta lleva al refugio.

—Ya lo sé.

Pero ninguna aceleró. Cuando finalmente reconocieron el saliente, Uxía sintió un alivio tan intenso que las piernas estuvieron a punto de fallarle. Entraron y Ramón se dejó caer contra la pared.

—Ha cerrado —dijo Sabela.

Él asintió.

—¿Cuánto duran? —preguntó Uxía.

Ramón no contestó.

—¿Minutos? ¿Horas?

La mirada empezaba a perderse. Uxía se arrodilló frente a él.

—Ramón, necesito saberlo.

—No se sabe.

—¿Puede volver hoy?

—Puede.

—¿Mañana?

—Puede.

—¿Dentro de un año?

Ramón levantó los ojos y Uxía se arrepintió de la pregunta en cuanto vio su expresión.

—No sé cuánto —murmuró.

Sabela se sentó junto a ellos.

—¿Le ha pasado antes que se abriera y no llegara?

Ramón tardó.

—Muchas.

—¿Porque estaba lejos?

—A veces.

—¿Porque estaba dormido?

La cara de Ramón cambió.

—Sí.

Uxía sintió el miedo subirle desde el estómago.

—¿Cómo sabe que se abrió si estaba dormido?

Ramón se quedó mirando la entrada del refugio.

—Despiertas después.

—¿Y?

—Huele distinto.

Sabela frunció el ceño.

—¿A qué?

Ramón buscó la palabra.

—Sal.

Uxía miró la niebla.

—Aquí todo huele a mar.

—No.

Ramón negó despacio.

—Fuera.

Cerró los ojos. Sabela esperó un momento antes de hablar.

—Puede haber pasado muchas veces mientras estaba inconsciente.

Uxía entendió antes de que continuara.

—Y ahora puede pasarnos a nosotras.

Aquella posibilidad cambió todo: hasta entonces habían temido no despertar; ahora también tenían que temer despertarse demasiado tarde.

* * *

Escribieron lo ocurrido porque ya no confiaban en conservarlo entero.

Sabela anotó que el sonido del mar había regresado antes que el viento y antes que cualquier cambio visible, y después escribió que la apertura había durado muy poco y que el regreso del silencio había sido prácticamente inmediato.

Uxía añadió: «Cuando desaparece otra vez el sonido, no seguir avanzando.

El espacio deja de ser fiable. Casi caigo donde antes parecía haber suelo. Ramón lo sabía».

Leyó la frase.

—Nos ha salvado.

Sabela levantó la vista.

—Sí.

Uxía miró al hombre dormido.

—Otra vez.