La brétema CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

A Illa dos Corvos

Uxía despertó porque alguien tiraba de la cuerda.

Al principio no supo si el tirón pertenecía a un sueño, porque la sensación le llegó amortiguada, igual que el frío, el hambre y casi todo lo que su cuerpo había dejado de comunicarle con claridad.

Abrió los ojos y permaneció tumbada bajo el saliente, intentando comprender por qué tenía el cabo tensado alrededor de la cintura.

Otro tirón, esta vez inequívoco, la obligó a incorporarse.

Sabela estaba a su lado, dormida con la boca ligeramente abierta, y Uxía buscó instintivamente el movimiento de su pecho; tardó tanto en distinguirlo que el miedo terminó de despertarla.

Se inclinó hasta acercar la cara a la suya, aunque en aquel aire húmedo resultaba imposible saber si la mínima corriente que notaba contra la mejilla era respiración o simplemente condensación.

—Sabela.

No respondió. Uxía le puso dos dedos en el cuello y encontró un pulso muy lento, o creyó encontrarlo, porque también sus propias manos estaban entumecidas y cada vez le costaba más confiar en lo que tocaba.

—Sabela, despierta.

La sacudió sin obtener respuesta. Cuando la cuerda volvió a tensarse, giró la cabeza y descubrió que Ramón tampoco estaba donde lo recordaba; la parte del cabo que lo unía a ellas desaparecía fuera del refugio.

—Ramón.

La niebla no devolvió ninguna voz. Uxía sacudió de nuevo a Sabela, esta vez con fuerza.

—Vamos. Despierta.

Sabela inspiró de repente y abrió los ojos. El sonido de aquella respiración hizo que Uxía se quedara inmóvil.

—¿Qué pasa?

—Ramón no está.

Sabela tardó varios segundos en entender la frase. Miró hacia el lugar donde había dormido y después siguió la cuerda con los ojos.

—Está atado.

—Ya lo sé.

—Entonces no puede haberse ido lejos.

—Eso no significa que sepamos dónde está.

Sabela intentó levantarse y tuvo que apoyarse en la pared porque las piernas no le respondieron de inmediato. Uxía sintió la misma torpeza cuando se puso en pie; habían dormido el tiempo suficiente para que el cuerpo pareciera haber olvidado que debía sostenerlas.

La cuerda volvió a tensarse, no con violencia, sino con el movimiento irregular de alguien que avanzaba.

—Ramón —llamó Uxía.

No hubo respuesta. Salieron del refugio y la niebla les pareció más cerrada que cuando la recordaban.

Apenas podían distinguir la roca bajo sus pies y una porción del cabo delante de ellas; todo lo demás terminaba en una masa gris que eliminaba las distancias y hacía imposible saber si tenían una pared a dos metros o una caída a veinte centímetros.

Uxía apretó la mano de Sabela.

—No te separes.

—No puedo aunque quisiera.

La cuerda entre ambas se tensó ligeramente mientras seguían la que conducía hasta Ramón. Caminaban despacio y Uxía no veía al hombre ni oía sus pasos, algo que empezó a inquietarla más que la ausencia de una respuesta.

—¿Cómo puede estar moviéndose sin que lo oigamos?

Sabela no contestó. Apenas se escuchaban a sí mismas. Uxía levantó un pie y lo apoyó con cuidado sobre la roca mojada; el sonido de la bota debería haber sido claro y, sin embargo, llegó apagado, distante, como si la pisada perteneciera a otra persona situada mucho más lejos.

—Sabela.

—Lo noto.

—Mi pie.

—Sí.

Continuaron. La cuerda cambió de dirección junto a una piedra que ninguna recordaba haber visto y Uxía quiso pensar que simplemente no la habían observado antes, pero aquel lugar estaba empezando a borrar la diferencia entre no haber visto algo y haber olvidado que lo habían visto.

Otro tirón las hizo avanzar unos pasos más.

—Ramón.

Entonces distinguieron una forma. Una espalda oscura, apenas separada del gris, que al principio pudo haber sido una roca hasta que Uxía vio que respiraba. Ramón estaba a pocos metros, inmóvil frente a la niebla, con la cabeza ligeramente inclinada. No las había oído llegar, o no había reaccionado.

Uxía se acercó hasta tocarle el brazo.

—¿Qué hace?

Ramón levantó una mano sin mirar a ninguna de las dos.

—Calla.

Uxía iba a preguntarle qué ocurría, pero Sabela le apretó los dedos. Las tres personas permanecieron quietas mientras el silencio volvía a llenar el espacio. Al principio Uxía no oyó nada; después apareció algo tan débil que creyó que lo había imaginado.

Un roce de agua.

Dejó de respirar. Sabela abrió mucho los ojos y Ramón enderezó el cuerpo.

El sonido regresó, esta vez con la forma reconocible de una ola golpeando una costa, no aquella agua extraña que a veces percibían allí dentro sin saber dónde estaba, sino el mar exterior entrando poco a poco en aquel espacio muerto.

—Lo oigo —susurró Sabela.

Uxía sintió que las piernas empezaban a temblarle.

—Yo también.

Ramón tiró de la cuerda.

—Ahora.

La palabra fue tan clara que ninguna tuvo que preguntarle qué quería decir. Empezó a caminar y la cojera le dio al movimiento un ritmo irregular, aunque se movía con una rapidez que no le habían visto hasta entonces. Uxía y Sabela tuvieron que seguirlo casi a ciegas, sujetas entre sí y unidas a él.

—¿Adónde vamos? —preguntó Uxía.

Ramón no respondió. El mar volvió a sonar, más cerca, y después apareció otro ruido: un motor lejano que Uxía no habría podido situar a cien metros ni a varios kilómetros.

—Hay alguien fuera.

Sabela respiraba deprisa.

—Puede ser cualquier barco.

—Está fuera.

Aquella era la única parte que importaba.

El mundo seguía existiendo; no era un recuerdo ni algo que se estuvieran contando para no olvidar.

Había agua real golpeando en algún lugar al otro lado de la brétema y un motor avanzando por un mar donde las personas podían medir las horas y saber cuándo empezaba el día.

Ramón se detuvo ante una roca y Uxía reconoció la marca: una línea profunda atravesada por otra.

—Aquí —dijo él.

Sabela miró alrededor.

—¿Qué hacemos?

Ramón escuchaba con atención. Uxía también. El motor seguía allí, aunque ahora se desplazaba hacia la derecha, o quizá era la niebla alterando la dirección. Entonces una corriente de aire les rozó la cara.

Uxía se llevó una mano a la mejilla.

—Viento.

Sabela la miró. Llevaban tanto tiempo sin sentirlo que aquel contacto resultó casi violento. No era una ráfaga, solo aire moviéndose, pero procedía de alguna parte.

Ramón dio un paso hacia delante y después otro. La cuerda se tensó entre los tres. Uxía intentó distinguir algo en la niebla y, por un momento, creyó ver una zona más clara, no un paisaje ni una costa, sino algo semejante a una apertura en el gris.

—¿Es ahí?

Ramón avanzó. Sabela lo sujetó.

—Espere.

Él tiró.

—Ahora.

—No sabemos qué hay delante.

Ramón se volvió y la lucidez de su expresión resultó casi dolorosa.

—Si esperas, cierra.

—Vamos.

—No sabemos si…

El motor sonó otra vez y Uxía no necesitó convencerla.

Avanzaron con Ramón delante, Uxía detrás y Sabela cerrando aquella pequeña cadena humana, de manera que cada paso se convirtió en una decisión.

La roca empezó a descender y el agua les cubrió primero las suelas, después los tobillos y, unos metros más adelante, la media pantorrilla.

—Ramón.

Él siguió.

—¿Hasta dónde?

No obtuvo respuesta. El sonido del mar exterior aumentó y, durante un instante, Uxía oyó algo más: una gaviota. El grito, completamente normal, estuvo a punto de hacerla llorar.

—Sabela.

—La he oído.

Ramón continuó mientras el agua les alcanzaba ya las rodillas. Uxía no podía ver dónde pisaba; metió el pie en un hueco y perdió el equilibrio, pero la cuerda se tensó de golpe y Ramón se giró para sujetarla del brazo antes de que cayera.

—Despacio.

La voz era distinta, más presente, como si el regreso de los sonidos lo mantuviera despierto. Uxía recuperó el equilibrio y se agarró a él.

—¿Salimos por aquí?

—A veces.

Aquella respuesta enfrió la esperanza.

—¿Qué significa a veces?

No llegó a contestar. El motor desapareció, no porque se alejara, sino como si alguien hubiera cortado el sonido. Sabela levantó la cabeza.

—Esperad.

Ramón siguió avanzando.

—Ramón.

Sabela tiró de la cuerda.

—Ya no se oye.

Uxía escuchó y comprobó que la gaviota tampoco estaba. El golpe del mar se había debilitado hasta convertirse en algo dudoso. Ramón dio otro paso, pero Sabela tiró con más fuerza.

—¡Ramón!

Él se detuvo. El aire dejó de moverse y la quietud regresó tan deprisa que Uxía sintió que acababan de cerrar una puerta alrededor de ellos. Ramón inclinó la cabeza y esperó hasta que el último rumor de agua desapareció.

—No.

Uxía sintió pánico.

—¿Qué?

Ramón retrocedió y tiró de la cuerda hacia atrás.

—No.

—¿Se ha cerrado?

Él volvió a tirar.

—Volver.

Uxía miró la niebla que tenían delante.

—¡Pero estaba ahí!

—Ya no.

—Podemos seguir un poco.

Ramón la agarró de la muñeca. La fuerza del gesto la sorprendió.

—No.

Uxía intentó soltarse.

—¡Podemos estar a dos metros!

Ramón negó.

—No sabes dónde.

Sabela se acercó.

—Uxía.

—Hemos oído el mar.

—Ya no.

—Ha habido viento.

—Ya no.

Uxía miró hacia delante. Todo volvía a ser gris y no distinguía dónde terminaba el agua; ni siquiera estaba segura de que continuaran mirando en la misma dirección por la que había aparecido aquella zona más clara. Ramón tiró de nuevo.

—Volver.

Uxía quiso discutir, pero al mover el pie no encontró suelo. El cuerpo se le inclinó hacia delante y la cuerda se clavó en su cintura mientras Sabela gritaba su nombre y tiraba hacia atrás. Uxía recuperó el apoyo en la otra pierna; el pie adelantado seguía suspendido sobre algo que no podía ver.

Retiró la bota muy despacio. El agua que tenía delante podía cubrir medio metro o diez, y no había forma de saberlo.

Ramón la sujetó.

—Cerró.

Uxía dejó de resistirse.

* * *

Fuera, aquella misma tarde, el viento había caído casi por completo alrededor de A Illa dos Corvos. Bieito fue quien lo notó primero. Estaban en el puerto revisando otra vez las notas de Sabela cuando dejó de pasar páginas y miró hacia la ventana.

—Hoy.

Xoán levantó la cabeza.

—¿Qué?

Bieito señaló el anemómetro pequeño que Sabela solía consultar desde casa y después miró el parte que tenían abierto.

—Está bajando.