CAPÍTULO 34
A Illa dos Corvos
Ramón volvió a abrir los ojos cuando Uxía ya no sabía cuánto tiempo llevaba con la mano apoyada sobre su pecho.
Había contado respiraciones hasta perder la cuenta.
Entre una y otra se abrían pausas tan largas que, cada vez, llegaba a convencerse de que aquella sería la última.
Entonces el pecho volvía a elevarse apenas unos milímetros y el alivio duraba lo que tardaba en empezar la siguiente espera. Sabela dormía a su lado.
Uxía la había intentado despertar dos veces.
En ambas ocasiones consiguió que murmurara algo y volviera a hundirse casi inmediatamente.
No sabía si aquello había ocurrido hacía minutos o mucho antes.
El teléfono permanecía apagado para ahorrar batería y la luz gris no ofrecía ninguna variación a la que agarrarse.
Cuando Ramón movió la cabeza, Uxía retiró la mano de su pecho. Él la miró sin reconocerla.
—Ramón.
El hombre frunció el ceño.
—¿Quién eres?
La pregunta le hizo más daño del que esperaba.
—Uxía.
Ramón repitió el nombre en voz baja, como si tratara de colocarlo en algún lugar de la memoria.
—Uxía.
—Sí.
Miró a Sabela, dormida contra la roca.
—¿Está muerta?
Uxía sintió un golpe de miedo.
—No.
Se inclinó sobre su amiga y buscó otra vez el movimiento del pecho. Tardó en verlo. Ramón observó la escena con una naturalidad que resultó más inquietante que la pregunta.
—Respira —dijo Uxía.
—A veces cuesta saberlo.
Uxía lo miró con atención, tratando de averiguar cuánto de aquella conversación seguía llegando hasta él.
—¿A usted también le pasa?
Ramón tardó tanto en contestar que Uxía dejó de saber si había entendido.
—Al principio no.
—¿Y después?
Él bajó la vista hacia sus manos.
—Después… menos.
No terminó la idea. Uxía quiso preguntarle cuánto tiempo llevaba allí, cuándo había llegado, cuántas veces se había dormido de aquella manera. Se obligó a no hacerlo todo a la vez. Ramón parecía agotado sin haberse movido, y ella también notaba el peso del sueño regresando demasiado pronto.
—¿Recuerda Corvoeira?
Los ojos de Ramón se desplazaron hacia la niebla.
—Sí.
—¿Su casa?
—A veces.
—¿Xosefa?
La confusión cedió un instante.
—Xosefa.
—¿Quién es?
Ramón intentó responder, pero el esfuerzo lo arrastró hacia otro lugar; cuando habló, la voz había bajado todavía más.
—Mi mujer.
Uxía sintió una punzada en el pecho. No sabía cuánto recordaba él de su vida ni en qué punto la había dejado detenida.
—Y Xoán.
Ramón abrió los ojos.
—El neno.
—Sí.
Uxía tragó saliva.
—Ya no es un niño.
Él la miró sin comprender. No había forma de decirle ochenta años. No allí, no en aquel estado, no cuando ella misma podía quedarse dormida en mitad de la explicación y despertar sin recordar haberla pronunciado.
—Está fuera —dijo únicamente.
Ramón siguió observándola.
—¿Fuera?
—Sí.
La palabra despertó miedo en su cara.
—No.
—Sí. Xoán está fuera.
Ramón negó lentamente.
—No puede.
Uxía iba a insistir, pero Sabela emitió un sonido extraño a su lado. Se volvió de inmediato.
La respiración de su amiga se había detenido. O eso creyó. Puso una mano sobre su pecho, esperó y no sintió nada. La sacudió.
—Sabela.
Sabela no reaccionó, y el silencio de su cuerpo hizo que Uxía volviera a sacudirla.
—Sabela, vamos.
El pánico llegó tan deprisa que empezó a golpearle el hombro con demasiada fuerza. Ramón observaba desde la pared.
—Sabela.
Pasaron unos segundos insoportables antes de que ella inspirara de golpe y abriera los ojos con una expresión de terror, como si hubiese regresado desde muy lejos.
—¿Qué pasa?
Uxía se quedó con las manos sobre sus hombros.
—No respirabas.
—Sí respiraba.
—No te notaba.
Sabela se llevó una mano al pecho.
—Estoy bien.
—No lo sabes.
—Uxía…
—No lo sabemos ninguna.
La voz se le quebró. Le costó contener las lágrimas. Ramón las miraba.
—Pasa —dijo.
Las dos volvieron la cabeza hacia él.
—¿Qué pasa? —preguntó Sabela.
Ramón señaló vagamente su propio pecho.
—Despacio.
—¿La respiración?
Ramón apenas inclinó la cabeza.
—¿Cada vez más?
Él no respondió. La mirada empezaba a perderse otra vez. Sabela se acercó.
—Ramón, ¿esto nos va a pasar también a nosotras?
El hombre la observó, pero ya no parecía seguir la pregunta completa.
—Dormiréis.
—¿Cuánto?
—No sé.
—¿Y despertaremos?
Ramón bajó la cabeza. Uxía sintió un frío distinto al de la isla.
—Ramón.
Él no levantó la vista.
—¿Despertaremos?
—A veces.
La respuesta quedó dentro del refugio mucho después de que Ramón cerrara los ojos.
* * *
No podían permitirse dormir las tres personas a la vez. Al menos eso decidieron.
La decisión duró hasta el siguiente hueco.
Uxía recordaba estar sentada junto a la entrada, obligándose a mantener los ojos abiertos mientras Sabela y Ramón dormían.
Después estaba tumbada entre ambos, con la cara contra el suelo y la boca seca.
No sentía sed. Aquello volvió a asustarla más que la sequedad.
Levantó la cabeza. Sabela respiraba. Ramón también.
Se quedó observándolos varios segundos antes de poder moverse. Sacó la libreta.
Había una anotación nueva escrita por Sabela: «Ramón ha despertado. Dice que al principio despertaba más veces. Las marcas son suyas».
Debajo, con otra letra más insegura que Uxía reconoció como la propia, aparecía: «Una cruz. Volver cuando se oye». No recordaba haber escrito aquello.
—Sabela.
Tuvo que despertarla con paciencia, aterrada por la lentitud de su respiración.
Cuando consiguió que abriera los ojos, le enseñó la libreta.
—¿Qué significa esto?
Sabela leyó despacio, deteniéndose en la segunda línea.
—Recuerdo que hablamos de las marcas.
—Yo no.
—Ramón dijo que las hizo para poder regresar a lugares que ya había encontrado.
—¿Y la cruz?
Sabela se quedó mirando la frase.
—Eso no lo recuerdo.
Uxía sintió que el miedo empezaba a subirle por el pecho.
—Lo escribí yo.
—Ya.
—Tuve que estar despierta.
—Sí.
—Y no está.
Sabela tardó en responder.
—No está para ti ahora.
—Eso es lo mismo.
No discutieron. Ramón despertó mientras hablaban y ninguna supo si llevaba rato escuchándolas.
—La cruz —dijo Uxía enseguida.
Él miró la libreta y después la niebla.
—¿Qué pasa con la cruz?
Ramón levantó una mano y señaló hacia fuera.
—Para volver.
—¿Al refugio?
Ramón negó con un movimiento muy lento.
—¿A dónde?
La respuesta tardó.
—Donde se oye.
Sabela se incorporó por completo.
—¿Qué se oye?
Ramón frunció el ceño, como si la pregunta fuera demasiado grande.
—Agua.
—Aquí hay agua.
Él volvió a negar.
—No esa.
Se tocó la oreja.
—La de fuera.
Uxía sintió que el cuerpo entero se le tensaba.
—¿El mar?
Ramón lo confirmó con la cabeza.
—Cuando vuelve.
Sabela y Uxía se miraron. La nota de Sabela, escrita antes de entrar, regresó a las dos al mismo tiempo: el sonido exterior desaparecía primero al entrar. Si el proceso se invertía al salir, el sonido podía volver antes que cualquier otra señal.
—¿Y entonces qué hace? —preguntó Sabela.
Ramón señaló la niebla.
—Voy.
—¿A la cruz?
—Si la encuentro.
—¿Y sale?
El hombre negó. La respuesta fue inmediata y completamente clara, algo poco habitual desde que lo habían encontrado.
—No.
Uxía se acercó un poco más, intentando no perderlo mientras todavía permanecía consciente.
—¿Nunca?
Ramón bajó la mirada.
—No.
—Entonces ¿para qué va?
Él levantó una mano y se quedó mirándola. Los dedos se cerraron como si sujetaran algo invisible.
—Cuerda.
Uxía contuvo la respiración sin darse cuenta.
—¿Qué cuerda?
Ramón hizo un gesto de tirar. Después dijo dos palabras que no encajaban todavía con nada.
—Dos homes.
Sabela se acercó un poco más.
—¿Dos hombres estuvieron aquí?
La mirada de Ramón se perdió.
—Frío.
—¿Los ayudó?
—Agua.
La conciencia se le deshacía delante de ellas. Ya no respondía a la pregunta que acababa de escuchar; hablaba desde imágenes que le llegaban sin orden.
—Ramón —dijo Uxía—. ¿Uno de ellos se llamaba Xoán?
No reaccionó al nombre.
—¿Xoán Freire Rial?
Ramón apretó los dedos alrededor de aquella cuerda inexistente.
—No os soltéis.
Uxía sintió que la piel de los brazos se erizaba. Sabela se quedó inmóvil.
—¿Qué ha dicho?
Ramón repitió, con los ojos todavía cerrados:
—No os soltéis.
—¿A quién se lo dijo?
Ramón no respondió, y Uxía esperó unos segundos antes de insistir.
—Ramón, míreme. ¿A quién?
Él abrió los ojos, pero la mirada pasó a través de ellas.
—No os soltéis.
Después el cuerpo empezó a inclinarse hacia un costado. Uxía lo sujetó antes de que golpeara la piedra.
—No. Ahora no.
Sabela le puso una mano en el brazo.
—Se ha ido otra vez.
—Estaba recordando.
—Lo sé.
Uxía miró el rostro dormido.
—Sacó a Xoán y a Manuel.
—Puede ser.
—La cuerda. Dos hombres. Esa frase.
—Sí. Puede ser.
Uxía entendió por qué Sabela no quería convertirlo todavía en certeza. Allí dentro, incluso una memoria podía estar deformada. Pero algo había ocurrido.
La consecuencia era imposible de apartar: Ramón no había salido con ellos.
* * *
En Corvoeira, Xoán despertó de madrugada con las mismas cuatro palabras en la cabeza.
No había una escena alrededor. Ni una cara, ni una fecha, ni un lugar que pudiera ordenar. Solo una cuerda mojada entre las manos, una tensión que le quemaba los brazos y una voz masculina diciendo: No os soltéis. Llamó a Manuel. Contestó al cuarto tono.
—¿Qué pasa?
—Me ha vuelto algo.
El sueño desapareció de la voz de Manuel.
—¿Qué?
—Una frase.
Hubo un silencio breve.
—No os soltéis —dijo Xoán.
Manuel no respondió.
—¿La conoces?
—Sí.
Xoán se puso de pie.
—¿La recuerdas?
—Desde hace días. Pensé que me la estaba inventando después de hablar tanto de cuerdas.
—Yo no te la he dicho nunca.
—No.
—¿Quién la decía?
Manuel tardó en responder, como si también estuviera buscando la voz dentro de un recuerdo incompleto.
—Un hombre.
—¿Yo?
—No me parece.
—¿Tú?
—No.
Xoán buscó la escena y la cuerda seguía allí: agua en las piernas, frío, algo tirando desde delante o desde atrás; no podía saberlo.
—¿Podía ser un cabo del Santa Bárbara?
Manuel guardó silencio antes de contestar.
—No lo sé. Recuerdo sujetar algo, pero no de dónde salía. El Santa Bárbara apareció fuera de la niebla y nosotros no.
Xoán volvió a buscar en la memoria y solo encontró la misma tensión en las manos.
—Entonces pudo ser una cuerda de allí dentro.
—O una red, o un cabo. No lo sé. Solo recuerdo que no debíamos soltarnos.
—Había alguien con nosotros.
—Eso parece.
—¿Y después?
—Nada.
—¿Antes?
—Nada.
Compartían la misma frase y el mismo vacío a ambos lados.
* * *
Dentro, Uxía volvió a despertar sin saber qué parte de la conversación con Ramón conservaría la próxima vez.
Escribieron todo mientras aún podían recordarlo: las marcas, la cruz, el sonido de agua exterior, la cuerda, los dos hombres y «No os soltéis». Anotaron también que Ramón nunca había conseguido atravesar la salida.
Cuando terminaron, Sabela se quedó mirando la última frase.
—Si reconoce cuándo se abre, ¿por qué sigue aquí?
Uxía miró a Ramón. Dormía con una quietud que continuaba pareciendo demasiado cercana a la muerte.
—No lo sé.
—Puede que no pueda salir.
—No digas eso.
—Tenemos que pensarlo.
Uxía sabía que tenía razón.
—Entonces no lo dejamos atrás.
Sabela la miró.
—No sabemos si podremos moverlo cuando ocurra.
—Lo movemos.
—Cada vez estamos más débiles.
—Lo movemos entre las dos.
Sabela no discutió. Ataron a Ramón con una cuerda de forma que pudiera caminar cuando estuviera consciente y que no se separara de ellas si volvía a dormirse. El gesto tuvo algo terrible: tres personas unidas porque ninguna podía confiar en permanecer despierta.
Ramón abrió los ojos mientras terminaban el nudo.
No preguntó por qué estaba atado. Se quedó escuchando. Uxía contuvo la respiración. Sabela hizo lo mismo.
Pasó un breve intervalo sin que llegara ningún sonido.
Ramón inclinó la cabeza, atento a un lugar que ellas no podían percibir. Después negó lentamente.
—Todavía no.
—¿Qué? —preguntó Uxía.
Él apoyó la cabeza contra la roca.
—Cuando vuelva el mar.
Ramón dejó de atenderlas. Uxía miró la niebla y trató de imaginar el sonido de una ola, un motor, una ráfaga de viento, cualquier ruido perteneciente al mundo exterior. Le costó más de lo que debería recordar cómo sonaba el mar cuando no estaba deformado por aquel lugar.
El hambre casi había desaparecido. La sed también. El frío seguía dentro del cuerpo, aunque cada vez llegaba más amortiguado. Sabela luchaba por mantener los ojos abiertos y Ramón volvía a hundirse en un sueño del que nunca podían saber cuándo regresaría.
Uxía agarró la cuerda que los unía a los tres. La idea de una salida ya no era solo esperanza.
También era otra forma de miedo: podían reconocerla demasiado tarde, podían estar dormidos cuando apareciera, podía cerrarse antes de que llegaran o, peor aún, podía abrirse el tiempo suficiente para que ellas cruzaran y cerrarse antes de que Ramón consiguiera atravesarla.
Aun así, tenían al fin algo concreto que esperar: el regreso del sonido.
Y en aquel lugar, donde casi todo lo demás estaba desapareciendo, esperar a oír el mar se convirtió en una forma de mantenerse vivas.