La brétema CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

A Illa dos Corvos

La forma no volvió a aparecer mientras permanecieron despiertas, pero eso no consiguió tranquilizarlas.

Uxía seguía mirando hacia el punto donde la había visto, convencida de que la niebla podía ocultar a una persona sin necesidad de que se moviera; a cuatro o cinco metros todo se deshacía en gris y el sonido tampoco ayudaba, porque un roce podía parecer cercano y llegar desde otro lugar.

La ausencia de pasos no demostraba que allí fuera no hubiera nadie, y Sabela mantuvo una mano cerrada alrededor de la cuerda mientras vigilaba el mismo vacío.

—Puede haber sido una roca.

—La has visto tú también.

—He visto algo oscuro.

—Con altura de persona.

—Sí.

Uxía esperó que añadiera una explicación razonable. Sabela no lo hizo.

La idea de salir del refugio les produjo el mismo rechazo físico que habría provocado acercarse a un precipicio. Permanecer allí tampoco era soportable. Si realmente había alguien, la pared de piedra y el saliente podían ser precisamente el lugar al que esa persona regresaba.

—No podemos quedarnos dormidas aquí —dijo Uxía.

Sabela la miró con cansancio.

—No sé si eso depende de nosotras.

Aquella era la parte que más miedo daba. Podían decidir no dormir y despertar después sin recordar haber cerrado los ojos.

Uxía cogió la libreta y escribió: «Hemos visto una forma. Creemos que puede ser una persona. No sabemos quién es ni si se acerca».

Después añadió: «Si despertamos y no recordamos esto, leer antes de movernos». Sabela observó la frase.

—¿Y si esa persona encuentra la libreta antes que nosotras?

Uxía levantó la cabeza porque no había pensado en ello y, después de mirar otra vez hacia la entrada, guardaron la libreta dentro de su chaqueta.

* * *

El siguiente tramo de conciencia comenzó con un ruido.

Uxía abrió los ojos sin saber cuánto había dormido, con la espalda apoyada contra la roca y Sabela todavía a su lado, la cabeza caída hacia delante.

Durante un instante creyó que aquel sonido había formado parte de un sueño, pero volvió a llegar: un golpe breve, seguido de un arrastre áspero sobre piedra.

No era agua ni viento; alguien, o algo, había movido peso muy cerca del refugio.

Uxía puso una mano sobre la boca de Sabela antes de despertarla y la sacudió con la otra. Sabela tardó tanto en reaccionar que por un momento el miedo al ruido fue sustituido por otro más inmediato. Finalmente abrió los ojos y Uxía acercó los labios a su oído.

—Hay algo fuera.

Sabela quedó inmóvil. El roce volvió a oírse, esta vez un poco a la derecha. Ambas miraron hacia la niebla. Nada.

Uxía sintió el pulso en la garganta. Había pasado horas preguntándose si seguía habiendo alguien allí dentro y ahora deseaba con todas sus fuerzas que la respuesta fuera no.

—¿Llamamos? —murmuró Sabela.

—No sé.

—Si es una persona perdida…

—¿Y si no quiere que la encontremos?

La pregunta las dejó calladas. No esperaban un monstruo. La posibilidad era más sencilla y, por eso, más real: un desconocido atrapado durante un tiempo imposible de calcular, quizá desorientado, enfermo o incapaz de reconocerlas.

Sabela cogió un trozo de piedra del suelo. No era un arma útil, pero tener algo en la mano le permitió ponerse de pie. Uxía la imitó.

—No nos separamos.

—Ni un paso.

Salieron del refugio con la cuerda corta entre ambas y el cabo que conducía a la Dolores tensado detrás. La humedad les cubrió la cara de inmediato. Avanzaron menos de dos metros.

—¿Hola? —dijo Sabela.

La voz salió hacia delante y pareció regresar desde la izquierda. No hubo respuesta.

Uxía quiso que volviera a llamar y quiso impedirlo al mismo tiempo. Sabela lo intentó otra vez.

—¿Hay alguien?

El silencio se cerró después de la pregunta mientras caminaban siguiendo la pared, sin alejarse del cabo.

A cada paso Uxía esperaba encontrar una figura a menos de un metro; el cuerpo le pedía mirar en todas direcciones a la vez y la niebla le permitía justo lo contrario, porque apenas podía controlar el espacio que tenía delante.

Lo primero que encontraron fue una marca.

Era una línea atravesada por otra, más profunda que las anteriores, grabada en una roca a la altura de la rodilla. Sabela se agachó y Uxía se colocó de espaldas a ella, vigilando el gris.

—Es deliberada —dijo Sabela.

—No tardes.

—Parece hecha con metal.

—Sabela.

—Ya.

Sabela se incorporó y, a unos pasos, encontraron otra marca. Después apareció un trozo de cuerda viejo, medio oculto en una grieta, y más adelante una piedra colocada verticalmente entre otras dos, como si alguien hubiera querido convertirla en señal.

No formaban un camino comprensible. Demostraban algo peor: una persona había necesitado dejar referencias para regresar a lugares que no podía reconocer de otra manera.

Uxía oyó otra vez el arrastre. Muy cerca. Tiró de Sabela hacia ella.

—Ahí.

La forma apareció apenas un instante: una silueta humana cruzó el borde de la visibilidad y desapareció antes de que pudieran distinguir una cara. Caminaba despacio y de una manera irregular, con un lado del cuerpo ligeramente más bajo que el otro.

—¡Espere! —gritó Uxía.

La figura no se detuvo. Sabela la sujetó.

—No corras.

—Es una persona.

—No sabemos quién.

—Está vivo.

—Tampoco lo sabemos.

La frase produjo un silencio inmediato. Uxía había supuesto que aquella forma estaba viva porque caminaba, pero allí dentro ya no confiaba en límites que antes le habrían parecido evidentes; se obligó a respirar y siguieron avanzando sin abandonar el cabo hasta que la cuerda llegó a su límite. La figura ya había desaparecido.

—No podemos seguir —dijo Sabela.

Uxía miró el punto en que la niebla se la había tragado.

—Puede saber cómo salir.

—O puede llevar aquí más tiempo que Xoán y Manuel y no haber salido nunca.

Aquella posibilidad resultó mucho más convincente. Regresaron al refugio.

* * *

Fuera, la tercera semana había terminado sin una sola señal física de la Dolores.

Breogán ya no hablaba de búsqueda marítima del mismo modo. Había avisos, comprobaciones y salidas concretas cuando las condiciones lo justificaban, pero el dispositivo de los primeros días había desaparecido.

Bieito salía casi todas las mañanas de todos modos.

Xoán lo acompañaba cuando podía y Manuel se turnaba con él. Ninguno fingía que recorrer la isla bajo un cielo despejado tuviera muchas posibilidades de encontrar algo. Lo hacían porque permanecer en tierra era peor.

Una tarde, al regresar, Xoán encontró a Carme despierta y extrañamente lúcida.

—¿La habéis encontrado?

No necesitó preguntar a quién se refería.

—Todavía no.

Carme bajó la mirada a sus propias manos.

—Yo te esperaba en la ventana.

Xoán se quedó quieto.

—¿A mí?

—Al principio. Después ya no sabía dónde esperar.

La frase no estaba completamente ordenada, pero la entendió. Se sentó junto a ella.

—Ahora soy yo.

Carme lo miró durante mucho tiempo.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

Carme le cogió la mano.

—No dejes de ir.

Xoán no supo si hablaba de buscar a Uxía, de volver a casa o de algo ocurrido cuarenta años antes. Asintió igualmente.

* * *

Dentro, el hombre volvió a encontrarlas antes de que ellas lo encontraran a él.

Uxía despertó con una presión en la cuerda que no procedía de Sabela y tardó en comprender que el cabo unido a la Dolores estaba más tenso de lo normal. Algo había tirado de él desde fuera del refugio mientras Sabela seguía dormida.

Uxía la despertó y señaló la cuerda.

—¿La hemos movido nosotras?

Sabela negó después de tocarla. El cabo volvió a tensarse.

No fue un tirón fuerte, sino una presión breve y después nada. Se quedaron quietas.

—Eso lo ha hecho alguien —dijo Uxía.

Sabela miró hacia la niebla.

—O el barco se ha movido.

—No hay oleaje aquí.

Sabían que podía existir otra explicación. Ninguna la encontró.

Siguieron el cabo hacia la Dolores con una lentitud desesperante. La embarcación apareció al final de la cuerda, quieta junto a la roca, exactamente donde la habían dejado.

Junto a la Dolores había alguien sentado. Uxía se detuvo tan bruscamente que Sabela chocó contra su espalda: la figura estaba apoyada contra una roca baja, con la cabeza inclinada hacia el pecho, y llevaba ropa oscura, húmeda y muy gastada. Desde aquella distancia no podían saber si respiraba.

—Es él —murmuró Sabela.

Uxía no se movió. El hombre tampoco.

—¿Está muerto?

—No lo sé.

Se acercaron juntas. A tres metros Uxía distinguió las manos, apoyadas sobre las piernas y de un color demasiado pálido; a dos metros vio el rostro parcialmente cubierto por barba clara y pelo húmedo.

Parecía de una edad física próxima a la de Xoán, quizá algo mayor, pero en ningún caso la que correspondería a una persona desaparecida en 1947. Sabela se agachó primero.

—Señor.

No hubo respuesta. Sabela acercó dos dedos al cuello y, tras esperar más de lo que a Uxía le pareció soportable, confirmó en voz baja que respiraba. El dato no trajo alivio: el ritmo era tan lento que tuvieron que mirar el pecho durante varios segundos antes de ver una inspiración.

—¿Qué le pasa?

—No lo sé.

—¿Está inconsciente?

—Parece dormido.

La palabra no significaba ya lo mismo para ellas. Sabela le tocó el hombro.

—Señor. ¿Me oye?

Nada. Uxía se arrodilló al otro lado. Estar tan cerca permitió ver más detalles: la piel castigada por humedad prolongada y una bota izquierda con una suela claramente más gruesa que la derecha. Se quedó mirándolo.

Uxía había visto aquella diferencia en una fotografía, no exactamente esa bota.

Xoán le había contado que su padre había quedado con una pierna algo más corta después de una lesión y que a veces usaba bastón; en una de las imágenes familiares se apreciaban la postura, el hombro ligeramente compensado y la forma de apoyar el pie.

Uxía levantó la vista hacia el rostro del hombre. No podía ser.

La fotografía que conocía mostraba a alguien más joven y vestido para salir al mar. Aun así, había algo en la forma de las cejas y en la línea de la nariz que le resultó insoportablemente familiar.

—Sabela.

Su amiga la miró.

—La bota.

Sabela bajó los ojos. Comprendió.

—No puede ser solo por eso.

—Ya lo sé.

Uxía volvió a mirar la cara.

—Pero puede ser él.

El hombre se movió. Ambas retrocedieron de golpe.

Abrió los ojos despacio, sin enfocar. Miró a Sabela, después a Uxía y finalmente la niebla detrás de ellas. El miedo apareció en su expresión antes que el reconocimiento. Intentó ponerse de pie.

—No —dijo Sabela—. Espere.

El hombre apartó su mano y se incorporó con dificultad. La pierna izquierda respondió peor; dio un paso irregular y tuvo que apoyarse en la roca.

—¿Dónde…? —murmuró.

Uxía sintió que el corazón le golpeaba demasiado rápido.

—Estamos en A Illa dos Corvos.

El hombre la miró como si aquellas palabras necesitaran atravesar una distancia enorme para llegar hasta él.

—Corvoeira.

—Sí.

Pronunció otro nombre.

—Xosefa.

Uxía reconoció el nombre de inmediato: Xosefa, la madre de Xoán, la mujer que había esperado a Ramón desde 1947 sin saber qué le había ocurrido.

—¿A quién busca?

El hombre cerró los ojos, apoyó una mano en la frente y permaneció así varios segundos.

—El neno.

La expresión gallega llegó deformada por la voz débil, pero Uxía la entendió.

—¿Qué niño?

Él no respondió. Sabela le ofreció agua. Bebió apenas un sorbo y apartó la botella.

Antes de que Sabela guardara la botella, el hombre volvió los ojos hacia el cabo que salía de la Dolores y lo tocó con dos dedos, como si reconociera algo que no pertenecía a aquel lugar.

—Nueva.

—¿La cuerda? —preguntó Sabela.

El hombre asintió con un movimiento lento.

—No estaba.

Uxía siguió la dirección de su mano hasta la embarcación.

—¿La siguió hasta aquí?

Él tardó en responder, pero acabó asintiendo otra vez.

—Sí.

La respuesta aclaró lo ocurrido sin volverlo menos inquietante: ellas no habían conseguido localizar a aquel hombre; él había encontrado primero el cabo nuevo de la Dolores y lo había seguido hasta la embarcación.

—¿Cómo se llama? —preguntó ella.

La mirada volvió a perderse. Uxía tuvo la impresión de que se estaba durmiendo de pie.

—Señor, míreme. ¿Cómo se llama?

El hombre pareció buscar la respuesta dentro de sí mismo.

—Ramón.

Uxía dejó de respirar.

—¿Ramón qué?

Los ojos del hombre se cerraron un instante y volvieron a abrirse.

—Freire.

La pierna le falló. Entre las dos consiguieron sentarlo antes de que cayera.

Uxía se arrodilló delante de él.

—¿Ramón Freire Otero?

Él no reaccionó al apellido completo. La cabeza empezaba a inclinarse otra vez.

—Ramón, ¿tiene un hijo?

El hombre frunció el ceño.

—Pequeño.

—¿Cómo se llama?

La respuesta tardó tanto que Uxía creyó que ya no llegaría.

—Xoán.

El nombre apenas fue un soplo. Después Ramón cerró los ojos y su cuerpo perdió tensión. Uxía lo sujetó por los hombros.

—Ramón. Ramón, despierte.

Sabela comprobó la respiración.

—Déjalo.

—Acaba de decir Xoán.

—Lo sé.

—Es él.

La frase le salió rota. Sabela la miró.

Uxía volvió a observar la bota izquierda, la cara envejecida mucho menos de lo que permitían los años y la respiración lenta de aquel hombre que llevaba desaparecido desde 1947.

—Es mi abuelo.

No sintió alegría. No todavía. Lo primero que sintió fue terror al comprender cuánto tiempo podía mantener a una persona viva aquel lugar sin permitirle vivir de verdad.

Ramón respiró otra vez, muy despacio.

Uxía puso la mano sobre su pecho y esperó la siguiente inspiración. Tardó demasiado.