La brétema CAPÍTULO 32 #2
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CAPÍTULO 32 #2

Una de las dos se tumbaba y la otra prometía permanecer despierta, pero después abrían los ojos juntas sin recordar quién había sido la última en vigilar.

Acabaron sujetando la cuerda también a la Dolores, con un nudo que pudieran deshacer deprisa si era necesario pero que les impidiera alejarse sin darse cuenta.

La primera vez que Uxía comprendió por qué aquella precaución era necesaria despertó sentada en el borde de la embarcación.

No recordaba haber llegado hasta allí.

La cuerda tiraba de su cintura. Sabela continuaba tumbada en la cubierta y respiraba tan despacio que Uxía volvió a sentir el terror de la mañana.

Se acercó, puso una mano bajo su nariz y no sintió nada.

Probó en el cuello. Le pareció encontrar el pulso, pero sus propios dedos estaban tan fríos que no confió en ellos.

—Sabela.

La llamó varias veces. La sacudió. Esperó.

El intervalo antes de que su amiga abriera los ojos fue lo bastante largo para que Uxía imaginara todo lo que podía ocurrir si dejaba de respirar mientras ella estaba inconsciente a menos de un metro.

—Sabela.

—¿Qué?

—Tu nombre.

Sabela tardó en enfadarse, lo que resultó aún peor.

—Sabela Barreiro Souto.

—Tu padre.

—Bieito.

—Qué estudiaste.

—Ciencias del Mar.

—Dónde estamos.

—A Illa dos Corvos. Ahora tú.

Se hicieron las mismas preguntas hasta que ambas pudieron responder sin esfuerzo. Aquella comprobación se había convertido en un ritual y Uxía empezaba a odiarlo, porque cada vez que lo iniciaba pensaba inevitablemente en el día en que alguna pudiera fallar.

Buscaron la libreta. La última anotación decía que habían bebido, que Uxía tenía frío en los pies y que iban a caminar un poco sin alejarse. Ninguna recordaba haberlo hecho.

—La letra es tuya —dijo Uxía.

—Ya lo veo.

—¿Caminamos?

Sabela miró sus botas.

—No lo sé.

Uxía cerró la libreta y no quiso volver a abrirla. El objeto que habían creado para proteger sus recuerdos se había convertido en la prueba de que ya estaban perdiéndolos.

* * *

El frío continuó retirándose sin irse. Eso era lo peor.

Seguían húmedas, las botas no se secaban y el aire conservaba la misma temperatura desagradable, pero el cuerpo protestaba menos.

Uxía tocó la punta de sus dedos y tuvo que presionar con fuerza para obtener una sensación clara.

Sabela caminaba despacio, con la espalda encorvada y la mirada más fija de lo normal.

—No quiero sentarme —dijo Uxía.

—Yo sí.

—Por eso.

Sabela entendió y continuó caminando alrededor del barco. Lo hicieron hasta que las piernas empezaron a responder un poco mejor, aunque ninguna entró en calor.

—Me da sueño —dijo Sabela.

Uxía miró el teléfono.

—Acabas de despertarte.

—Ya.

—¿Cuánto hace?

Sabela no supo responder. La pregunta perdió sentido antes de que pudieran discutirla.

Regresaron al pequeño refugio de piedra porque allí la humedad parecía caer menos directamente. Uxía recordaba haber tomado la decisión; lo siguiente que recordaba era abrir los ojos bajo el saliente, con la roca demasiado cerca de la cara y Sabela tumbada a su lado. Se incorporó aterrada.

—¿Hemos venido andando?

Sabela abrió los ojos con dificultad y miró alrededor.

—Supongo.

—No digas «supongo».

—No me acuerdo.

La cuerda seguía tensa y conducía hacia la Dolores. Eso demostraba que habían seguido el cabo. No demostraba que hubieran estado conscientes mientras lo hacían.

Uxía buscó la libreta. Había una anotación escrita con su letra: «Vamos al refugio porque allí se pierde menos calor. Seguimos la cuerda. Las dos estamos despiertas».

No recordaba haber escrito ninguna de aquellas palabras.

—Esto ya no son minutos —dijo.

Sabela no respondió. Entre dos piedras del fondo asomaba un fragmento de cordel oscuro. Sabela tiró con cuidado y sacó un trozo endurecido por la humedad, con parte de un nudo todavía visible.

—No es nuestro —dijo Uxía.

—No.

—¿Estaba antes?

—No lo vimos.

—Te he preguntado si estaba.

Sabela la miró.

—No lo sé.

Aquella respuesta había empezado a aparecer demasiado.

Examinaron las piedras con más atención. Había otras incisiones, algunas tan desgastadas que podían confundirse con arañazos naturales, aunque una línea vertical atravesada por otra más corta parecía deliberada.

Uxía levantó la cabeza hacia la niebla.

—Alguien utilizó este sitio.

—Sí.

—No pasó solo una vez.

Sabela tocó el cordel y después retiró la mano.

—Probablemente no.

La visibilidad no llegaba a cinco metros. Más allá del límite gris podía haber una persona de pie y ellas no verían ni su silueta. Uxía pensó en gritar, pero el recuerdo del sonido desplazado y de la manera en que la brétema parecía tragarse las voces la detuvo.

—¿Y si sigue aquí?

Sabela no respondió. Desde que habían entrado, nunca la posibilidad de tener a alguien cerca les había resultado tan aterradora como la soledad.

* * *

En la tercera semana, el puerto recuperó rutinas que a Xoán le parecieron obscenas sin que nadie estuviera haciendo nada malo.

Los barcos salían a trabajar, las terrazas abrían, la gente compraba pan y los niños iban al colegio.

La desaparición de Uxía y Sabela seguía presente, pero ya no ocupaba todas las conversaciones.

Xoán empezó a comprender entonces una parte de los cuarenta años de Carme que ningún relato le había permitido imaginar.

El mundo no se detenía con quien esperaba.

Uno podía despertarse pensando únicamente en una persona desaparecida y descubrir que alrededor vencían facturas, cambiaban escaparates, nacían niños y alguien celebraba un cumpleaños.

Una tarde encontró a Bieito preparando una embarcación.

—Hoy no hay condiciones parecidas.

—Me da igual.

—¿Qué vas a hacer?

—Buscar.

Xoán subió con él. Durante casi una hora no hablaron. Bieito mantenía la vista en el agua y, cuando por fin dijo algo, lo hizo sin mirarlo.

—Empiezo a pensar en cosas que no recuerdo de ella. La última cena antes de esto, por ejemplo. Sé que estuvimos juntos y no sé qué comimos. Ahora daría cualquier cosa por recordar una noche que entonces no tenía nada de especial.

Xoán observó la isla a lo lejos.

—No podemos saber qué días vamos a necesitar guardar.

—¿Cómo pudo Carme hacer esto cuarenta años?

La pregunta tardó en encontrar respuesta.

—Yo no estaba para verlo.

Bieito soltó aire.

—Eso es una mierda.

—Sí.

—Ahora lo entiendes.

Xoán siguió mirando hacia A Illa dos Corvos.

—Cada día un poco más.

* * *

Cuando Uxía volvió a abrir los ojos, tenía la libreta contra el pecho. No recordaba haberla cogido.

Sabela dormía a su lado y la cuerda seguía uniéndolas. Uxía necesitó varios intentos para despertarla. Después abrió la libreta buscando la última anotación. Había una frase nueva. «Hemos oído algo». La letra era suya. Uxía la leyó varias veces.

—Sabela.

Su amiga abrió los ojos lentamente.

—¿Qué?

Uxía le enseñó la página. Sabela leyó.

—¿Qué oímos?

—No me acuerdo.

—¿Una voz?

—No sé.

—¿Agua?

—No sé.

—¿Un motor?

Uxía negó y notó que la respiración se aceleraba.

—No me acuerdo de haber escrito esto.

Escucharon. Al principio no hubo nada. Después Uxía creyó percibir un roce breve, algo parecido a una suela arrastrándose sobre piedra húmeda. Sabela la agarró del brazo.

—¿Lo has oído?

Uxía asintió. El sonido no volvió.

Miraron hacia la entrada del refugio. La niebla permanecía inmóvil y la visibilidad seguía reducida a unos pocos metros.

Uxía fijó la vista hasta que le dolieron los ojos y entonces creyó distinguir una forma más oscura en el límite del gris, demasiado alta para ser una piedra y demasiado inmóvil para asegurar que fuese una persona. Parpadeó. La forma ya no estaba.

—Sabela.

—La he visto.

Ninguna preguntó qué. Se acercaron la una a la otra hasta que la cuerda quedó floja entre sus cinturas.

El miedo había conseguido despertarlas por completo, pero ninguna sabía cuánto duraría aquel estado ni si, cuando volvieran a abrir los ojos, aquello que acababan de ver seguiría fuera del refugio.