CAPÍTULO 32
A Illa dos Corvos
La siguiente vez que Uxía supo con certeza que estaba despierta tenía la mano derecha completamente dormida y tardó varios segundos en comprender que el dolor de los dedos pertenecía a su propio cuerpo.
Había quedado tumbada sobre el brazo, con la mejilla pegada a la cubierta húmeda de la Dolores y la cuerda todavía alrededor de la cintura.
No recordaba haberse acostado ni haber decidido cerrar los ojos; su último recuerdo era la voz de Sabela hablando de Bieito y, después, aquella posición distinta, como si alguien hubiese retirado todo lo ocurrido entre ambos momentos.
Sabela estaba a su lado, encogida bajo una manta que no conseguía secarse nunca. Uxía observó su pecho y no vio movimiento. Esperó. Nada. Se incorporó de golpe, pero las piernas le respondieron tarde y tuvo que apoyar una mano en la borda para no caer.
—Sabela.
No obtuvo respuesta. Se arrodilló junto a ella y acercó dos dedos al cuello, aunque le costó notar el pulso porque tenía las manos entumecidas.
Después puso la palma sobre el pecho de su amiga y esperó una inspiración que tardó tanto que empezó a creer que no llegaría.
Cuando el cuerpo de Sabela se elevó por fin bajo la ropa húmeda, Uxía soltó el aire que llevaba reteniendo sin darse cuenta.
—Sabela, despierta. Vamos.
Tuvo que llamarla varias veces y sacudirla con fuerza antes de que los párpados se movieran. Sabela abrió los ojos y durante una fracción de tiempo la miró sin reconocerla. Fue apenas un instante, quizá menos, pero Uxía sintió un miedo tan violento que le agarró la cara con ambas manos.
—¿Sabes quién soy?
Sabela frunció el ceño, molesta y todavía aturdida.
—Uxía.
—¿Dónde estamos?
—En la isla.
—¿Qué isla?
La irritación terminó de despertarla.
—A Illa dos Corvos. Para.
Uxía la soltó y se sentó a su lado. Quiso disculparse, pero en lugar de eso miró el teléfono. La batería había bajado más de lo que esperaba. La hora avanzaba, aunque ninguna de las dos podía relacionarla con una experiencia continua.
Sabela sacó la batería externa de la mochila y conectó el teléfono de Uxía. La usarían por turnos; no sabían cuánto tiempo iban a necesitar conservar los dos aparatos.
—¿Cuánto hemos dormido? —preguntó Sabela.
—No lo sé.
Revisaron las alarmas y trataron de reconstruir la secuencia.
Podían haber sido dos horas. Quizá más. La cifra importaba menos que el hecho de que ninguna recordara haber tenido sueño.
No había un antes en el que los párpados pesaran y un después en el que se quedaran dormidas.
Había conciencia y luego otra conciencia distinta, separadas por un espacio vacío.
Uxía movió los dedos. La sensibilidad regresaba con pinchazos desagradables.
—Casi no los noto.
Sabela se los tocó uno por uno.
—¿Esto?
—Sí.
—¿Aquí?
Uxía dudó.
—Un poco.
Sabela le frotó las manos con las suyas, pero también las tenía heladas.
El frío ya no era el mismo de las primeras horas.
Entonces las había hecho tiritar, buscarse, mover los pies y encoger los hombros.
Ahora parecía haberse instalado más adentro, como si ya no necesitara llamar la atención porque el cuerpo empezaba a aceptar su presencia.
—Estoy dejando de temblar —dijo Uxía.
Sabela se quedó quieta.
—Yo también.
La frase no trajo alivio. Uxía extendió una mano al aire húmedo y esperó el pinchazo inmediato del frío. Lo sintió, pero amortiguado.
—No creo que haga menos frío.
—No.
—Entonces somos nosotras.
Sabela no respondió. Se pusieron de pie y caminaron por la cubierta sin soltarse, moviendo brazos y piernas para recuperar circulación.
Uxía esperaba que el esfuerzo produjera calor, aunque fuera durante unos minutos.
No ocurrió. Lo peor era que tampoco sabía hasta qué punto seguía teniendo frío.
Podía tocar su propia piel y notar que estaba helada, pero la sensación que llegaba desde ella parecía cada vez más lejana.
La pregunta apareció sola: si dejaban de sentir el frío, ¿cómo sabrían que su cuerpo estaba sufriendo?
Si dejaban de sentir sed, ¿cómo sabrían cuándo beber?
Y si aquella lentitud seguía avanzando, ¿podía llegar un momento en que tampoco percibieran que necesitaban respirar?
Uxía inspiró profundamente. Sabela la miró.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Eso no era nada.
Uxía volvió a inspirar y notó el aire frío en la garganta.
—Quería comprobarlo.
Sabela comprendió. Se llevó una mano al pecho como si aquel gesto pudiera confirmar que el cuerpo seguiría haciéndolo sin vigilancia.
—No podemos pensar así todo el rato.
—No sé cómo dejar de hacerlo.
* * *
Decidieron escribir porque los recuerdos ya no eran una medida suficiente.
Sabela sacó la libreta impermeable que había llevado para las mediciones y anotó la hora del teléfono.
Debajo escribió que estaban despiertas, que seguían en la Dolores y que recordaban quiénes eran.
Uxía añadió los nombres de Xoán, Carme y Puri; Sabela escribió el de Bieito y, después de dudar, dejó constancia de que había roto la promesa que le hizo y que él no tenía la culpa.
—Tú tampoco —dijo Uxía.
—No quiero hablar de eso ahora.
—Vale.
Añadieron otras instrucciones: beber aunque no tuvieran sed, comer aunque no tuvieran hambre, no separarse y comprobar los nudos al despertar. Aquellas frases parecían dirigidas a unas versiones futuras de sí mismas y esa idea volvió más difícil continuar escribiendo.
Uxía bebió primero. No tenía sed. El agua estaba fría, la sintió bajar por la garganta y llegar al estómago, pero no produjo alivio porque tampoco había habido necesidad.
Después mordió una galleta y una parte de una barrita.
Podía reconocer el sabor y la textura, pero su cuerpo aceptaba la comida con una indiferencia que le revolvió el estómago mucho más que el hambre habría podido hacerlo.
—¿Tú quieres comer? —preguntó.
Sabela negó.
—Nada.
—¿Y beber?
—Porque sé que tengo que hacerlo.
Uxía dejó la comida sobre el envoltorio.
—Esto no es una ventaja.
—No.
—Quiero tener hambre.
Sabela la miró y asintió. Las dos comprendían por qué. El hambre y la sed habrían sido molestias familiares, señales de que el organismo seguía exigiendo lo que siempre había exigido. Aquel silencio del cuerpo se parecía demasiado al silencio de la isla.
—¿Y si llega un momento en que tampoco nos despertemos porque necesitemos algo? —preguntó Uxía.
Sabela tardó en contestar.
—Entonces tendrá que despertarnos la otra.
—¿Y si estamos las dos igual?
No hubo respuesta.
* * *
Fuera habían pasado doce días. Bieito lo supo antes de que Breogán pronunciara la frase porque aquella mañana había menos motores encendidos en el puerto.
Durante los primeros días casi no había habido espacio en los pantalanes: Salvamento, Guardia Civil, pescadores que se ofrecían voluntarios y gente de localidades cercanas habían recorrido costa, calas y sectores de mar una y otra vez.
Ahora uno de los barcos que había participado desde el principio estaba cargando aparejos para volver a trabajar.
Bieito no podía culparlos. Aquello hacía que doliera más.
—La búsqueda intensiva va a reducir medios —dijo Breogán.
Bieito continuó mirando el barco.
—Han pasado doce días.
—Sí.
—Doce.
—Lo sé.
—¿Y ya toca volver a la normalidad?
Breogán no respondió a la provocación.
—El caso sigue abierto. Cualquier aviso se comprueba y seguimos trabajando con lo que sabemos de la isla. Pero no puedo mantener el mismo dispositivo sin una pista nueva.
—Mi hija es la pista.
Xoán estaba cerca y había oído demasiadas conversaciones parecidas durante la última semana. Se acercó antes de que Bieito pudiera seguir.
—Nosotros no paramos.
—¿Nosotros quiénes somos?
—Tú, Manuel, yo. Y Breogán mientras pueda ayudarnos.
Bieito se volvió hacia él.
—¿Con qué buscamos? Porque barcos cada vez quedan menos.
Xoán miró hacia el pueblo.
—Con lo que dejó Sabela.
Horas después estaban en su habitación, rodeados de libretas, hojas impresas y carpetas del ordenador.
Bieito permaneció un momento detenido en la puerta antes de entrar.
El jersey sobre una silla, la taza de bolígrafos y los libros junto a la cama hacían que todo pareciera preparado para que Sabela regresara al final del día y protestara porque le habían tocado sus cosas.
Encontraron registros de mareas, humedad, presión, temperatura del agua, viento y anotaciones junto a tres fechas que se repetían: 1947, 1985 y 2025. Algunas variables podían reconstruirse; otras estaban llenas de interrogantes.
En una página Sabela había escrito: «No ocurre siempre cuando coinciden las condiciones conocidas. Falta algo o la ventana exige una coincidencia mucho más estrecha de lo que puedo medir». Bieito la leyó dos veces.
—Entonces no sabía abrirla.
—Nunca dijo que supiera —respondió Manuel.
Más adelante encontraron otra frase rodeada varias veces: «El silencio no parece consecuencia secundaria. Puede ser una de las primeras señales».
Debajo aparecía otra anotación: «Entrada: desaparece primero el sonido exterior». Xoán apoyó un dedo en la hoja.
—Esto sí lo recuerdo.
Manuel se inclinó sobre la mesa.
—Yo también.
Había otra anotación: «Si la salida funciona de manera inversa, quizá el sonido vuelva antes de que el paso sea visible. No confirmado». Bieito levantó la cabeza.
—¿Recordáis que volviera?
Xoán cerró los ojos. Encontró agua, una tensión en los brazos y algo parecido a viento. En cuanto trató de acercarse, el recuerdo se rompió.
—No.
Manuel negó también.
—Pero si Sabela tiene razón, ellas podrían oírlo desde dentro.
Bieito miró la frase durante mucho tiempo.
—Entonces tenemos que estar fuera cuando ocurra.
Nadie tuvo el valor de decirle que no sabían cuándo sería eso.
* * *
Dentro, los turnos dejaron de funcionar.