CAPÍTULO 31 #3
Uxía no se atrevió a moverse. Si había hablado sin conservar la conversación, podía haber hecho otras cosas del mismo modo.
Miró sus manos, las rodillas húmedas, la cuerda alrededor de la cintura y después la niebla, intentando encontrar en su propio cuerpo alguna prueba de aquellos minutos.
No había ninguna. La idea de haber seguido caminando, mirando o respirando mientras su conciencia no guardaba nada de ello le produjo una angustia distinta del sueño: podía desaparecer por fragmentos y, desde fuera, seguir pareciendo despierta.
Sabela no encontró una respuesta, y Uxía se levantó demasiado deprisa y la cuerda tiró de su cintura, sobresaltándola.
—Está empezando.
—No sabemos qué está empezando.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Hablar como científica cuando estás tan asustada como yo.
Sabela bajó la mirada antes de ceder.
—Vale.
Uxía respiró con dificultad y empezó a pronunciar nombres, primero como una comprobación y después como si pudiera sujetarlos con la voz.
—Carme. Puri. Xoán.
—Los recuerdas.
—Sí, pero acabo de recuperarlo.
La voz se le quebró y Sabela se acercó y Uxía se agarró a ella cuando la abrazó.
—Ni siquiera sé todavía quién es. Sé cómo toma el café, que arregla cosas cuando está nervioso y que hace bromas cuando no sabe qué decirme. Sé que muchas veces quiere preguntarme algo y se calla porque cree que tiene que ir despacio. No hemos tenido tiempo.
—Vas a tenerlo.
Uxía se apartó lo suficiente para mirarla.
—No lo sabes.
Sabela dejó caer la cabeza contra la roca.
—No.
No intentó consolarla con una certeza que no tenía, y esa falta de falsa seguridad fue lo que terminó haciendo llorar a Uxía.
* * *
Cuando Xoán regresó al puerto, Manuel estaba sentado sobre una caja de aparejos. Al verlo acercarse preguntó por Carme y esperó mientras Xoán se sentaba a su lado.
—Hoy sabía que Uxía no estaba.
Manuel asintió antes de preguntarle.
—¿Y tú cómo estás?
La pregunta le molestó porque ninguna respuesta parecía útil.
—Acabo de empezar a conocer a mi hija. Sé que trabaja demasiado, que deja enfriar el café porque se pone a leer cualquier cosa y se olvida, que conduce demasiado rápido cuando está nerviosa y que se enfada si intentas protegerla sin preguntarle.
Hace tres semanas me contó que de pequeña le daban miedo los perros grandes. No sabía eso.
Miró hacia el mar antes de continuar.
—Tengo cuarenta años que no conozco.
—Y unos meses que sí —dijo Manuel—. Esos meses existen.
—No me sirven si ahora ella…
Xoán dejó la frase sin terminar y Manuel esperó un poco antes de hablar.
—Cuando nosotros volvimos, no recordábamos lo que había pasado dentro. Si Uxía vuelve igual y ha perdido parte de estos meses, se los cuentas tú.
Xoán volvió la cabeza hacia él.
—¿Qué?
—Todo. Las conversaciones, las discusiones, lo que aprendiste de ella y lo que ella aprendió de ti. Si le falta una parte, tú puedes guardársela hasta que vuelva a ser suya de la manera que sea.
Xoán bajó la mirada antes de responder.
—Tiene que volver para que pueda contárselo.
—Sí.
Xoán dirigió los ojos hacia A Illa dos Corvos.
—Entonces que vuelva.
* * *
Más tarde, cuando Sabela insistió en que debían intentar descansar otra vez, Uxía se negó de inmediato.
—No podemos permanecer despiertas indefinidamente.
—Yo puedo.
—No, y sabes que no.
—No pienso cerrar los ojos.
Sabela apoyó la espalda contra la borda.
—Te vas a dormir quieras o no.
Uxía se volvió hacia ella con brusquedad.
—Antes no me despertaste mientras te contaba lo de mi madre.
—Porque no estabas dormida. Estabas hablando conmigo.
Aquello hizo que el miedo cambiara de forma. Hasta entonces Uxía podía imaginar que los huecos pertenecían al sueño; la posibilidad de haber seguido hablando con los ojos abiertos y no conservarlo después era mucho peor.
Uxía se abrazó las piernas antes de hablar.
—No quiero estar aquí. Quiero oír algo de fuera, lo que sea: un motor, un pájaro, el mar, incluso el viento. Necesito saber que sigue existiendo.
Sabela se acercó hasta apoyar el hombro contra el suyo.
—Existe.
—No puedo oírlo. Mi padre está ahí.
—Sí.
—Bieito también.
Sabela bajó la cabeza al responder.
—Sí.
—Nos estarán buscando aunque hayan pasado más días de los que creemos.
—Nos estarán buscando.
Ninguna añadió la posibilidad de que fuera hubieran transcurrido semanas o meses. La idea estaba presente sin necesidad de pronunciarla.
Prepararon otro turno de veinte minutos. Sabela se tumbó primero y Uxía se quedó sentada con la espalda apoyada en la borda, mirando alternativamente la pantalla y la respiración de su amiga. Para mantenerse despierta empezó a hablar en voz alta.
—Me llamo Uxía Freire Rial. Mi padre es Xoán, mi madre es Carme y Puri es mi tía. Estoy aquí con Sabela. Entramos en la brétema sin querer y la Dolores sigue con nosotras. Hay una pared de piedra y no debemos separarnos.
Aunque se sintió ridícula, continuó recordando la primera comida con Xoán después de su regreso, una discusión absurda y la primera vez que se sorprendió riéndose con él. Consultó el teléfono varias veces y se obligó a repetir la hora.
Después abrió los ojos tumbada sobre la cubierta.
Al abrir los ojos no comprendió de inmediato por qué el teléfono vibraba tan cerca de su cara. Cuando reconoció la alarma, se incorporó de golpe.
—Sabela.
Su amiga seguía tumbada, inmóvil.
—Sabela, despierta.
La sacudió y, al no obtener respuesta, insistió con más fuerza. Los párpados de Sabela terminaron moviéndose y Uxía notó que estaba llorando antes de que llegara a abrirlos del todo.
—Vamos. Mírame.
—¿Qué…?
—Nos hemos dormido.
Sabela frunció el ceño, todavía aturdida.
—Tú estabas vigilando.
—Lo sé.
—¿Cuándo te has dormido?
—No lo sé.
Sabela buscó su teléfono con manos temblorosas.
—¿Qué hora era cuando empezamos?
Uxía abrió la boca, pero la cifra que había memorizado y repetido en voz alta ya no estaba.
—No me acuerdo.
Al comparar ambos teléfonos vieron que había pasado más de una hora desde que prepararon la alarma, aunque no podían saber cuánto llevaba sonando antes de que Uxía reaccionara.
Lo que la aterrorizó no fue haberse dormido, sino que aquel sonido hubiera estado vibrando a centímetros de ellas y ninguna lo hubiera oído.
Uxía se quedó mirando a Sabela y volvió a observar su pecho.
El pensamiento apareció sin permiso: si podían dejar de oír una alarma a pocos centímetros, también podían dejar de notar que la otra respiraba cada vez más despacio.
Se preguntó cuánto tiempo habría tardado en descubrirlo si Sabela no hubiese vuelto a abrir los ojos, y tuvo que apartar la mirada porque la respuesta era insoportable: allí dentro no podía confiar ni siquiera en permanecer consciente para cuidar de la persona a la que estaba atada.
Revisaron el barco y comprobaron que la mochila seguía donde la recordaban y las cuerdas permanecían atadas, pero Uxía descubrió que estaba tumbada a casi dos metros del lugar donde recordaba haberse sentado.
—Puedo haberme movido al dormirme —dijo, aunque la explicación no le devolvió ninguna tranquilidad.
Sabela la miró fijamente.
—Dime tu nombre.
Se hicieron las preguntas una a otra. Recordaron apellidos, padres, lugares, estudios y la madrugada que las había llevado hasta allí. Recordaron Casa Freire, la promesa que Sabela había roto y las razones por las que Uxía había salido a buscarla.
Todo lo esencial seguía en su sitio. Lo que faltaba era el tramo intermedio: no sabían si habían hablado, si Uxía se había desplazado estando medio dormida o cuánto tiempo habían permanecido realmente sin conciencia.
—Seguimos siendo nosotras —dijo Sabela, cogiendo la cuerda.
Uxía cerró la mano alrededor del cabo.
—Entonces no nos soltamos, aunque una se duerma o cueste despertarla.
Permanecieron muy juntas y no propusieron otro turno.
Intentaron mantenerse despiertas hablando, pero las palabras empezaban a salir más despacio y el frío parecía empujarlas hacia una quietud que ninguna deseaba.
Uxía se pellizcó la palma, se levantó, dio dos pasos por la cubierta y volvió a sentarse.
Sabela mantenía los ojos abiertos, aunque cada parpadeo duraba un poco más que el anterior.
—Háblame —pidió Uxía.
Sabela empezó a contar otra historia sobre Bieito.
Uxía siguió la voz, concentrándose en cada frase como si hacerlo pudiera mantenerla en el presente.
En algún momento dejó de estar segura de si había cerrado los ojos.
Cuando volvió a fijarse en la mano de Sabela dentro de la suya, las dos continuaban sentadas y la cuerda seguía entre ellas.
—¿Te has dormido? —preguntó.
Sabela tardó en responder, como si incluso esa duda le pesara.
—No lo sé.
Uxía miró el teléfono, pero esta vez no quiso calcular nada.
—Yo tampoco.
Todavía recordaban sus nombres, a sus familias, la Dolores, la pared de piedra y cada razón por la que necesitaban regresar. Sin embargo, ya no podían asegurar que todo lo ocurrido entre un recuerdo y el siguiente hubiera quedado dentro de ellas.
Eso era lo único que podían afirmar. Todo lo demás empezaba a depender de marcas, posiciones de objetos y de la palabra de la otra.
Uxía comprendió que el miedo ya no consistía solo en no salir de la brétema; empezaba a temer que, antes de encontrar una salida, dejara de ser capaz de asistir a su propia permanencia allí.
Uxía apretó la cuerda y Sabela respondió con la misma presión. Al otro lado de la anomalía, la búsqueda avanzaba minuto a minuto; dentro de la brétema, algunos de esos minutos empezaban a desaparecer antes de que ellas pudieran conservarlos.